La Virgen de los Remedios

Capítulo 2, Segunda parte

La Virgen de los Remedios, la que desde lo alto de la iglesia en el cerro vigila el andar de los hombres y mujeres de Santa María de los Remedios, no es una simple imagen de adoración más entre las devociones de las gentes de la región, sino que parece haberse desprendido de algún pliegue de lo divino para mezclarse con la carne del pueblo, como si la madera misma, ese ahuehuete milenario que una vez se alzó en el cerro altiplano donde hoy reposa la iglesia, hubiera brotado de la tierra empujada por fuerzas incomprensibles para los hombres. Nunca se supo con certeza quién fue el artífice de tal prodigio, esa mano desconocida que, como movida por el hálito de los ángeles, esculpió, en la más pura y añosa madera, la forma de la madre de Nuestro Señor con una precisión que sobrepasa el entendimiento humano, como si el propio árbol hubiera prestado su esencia, su savia, sus raíces profundas para darle vida a una efigie que parece respirar con los rezos y los lamentos de quienes se arrodillan frente a ella. No es extraño escuchar entre susurros, en las cocinas o en las tabernas, que la Virgen de los Remedios no fue tallada por manos humanas, que su creación fue un designio más alto, uno que no se explica con palabras simples; palabras sin sentido, casi como el manto, tan real y tangible hecho en corteza misma y que se mueve con el viento como si fueran ligeritos, ligeritos ropajes.

Nadie se atrevía realmente a verla de frente.

Enorme es ella, más de treinta metros, llegando a la cima de la bóveda. Enorme, enorme, con el niño del cabello de miel en brazos y los ojos verdes, tan verdes como nadie en ese pueblo, salvo Soledad Medina. Una corona dorada de reina de lo cielos y su nívea mano sosteniendo el báculo de la justicia divina que se reparte entre los mortales que sufren en este mundo hincados en su desgracia esperando la vida eterna. Y con su divina planta pisa la luna y la serpiente negra del infierno, retorcida y terrible, porque esa furia contenida en ese hermoso pie era una declaratoria del poder de la misericordia y el amor que vence al mal. Y si era capaz de pisar al demonio como quien pisa una hoja, cómo no iba a tener el poder de cumplir los milagros a sus fieles que lloraban y clamaban al cielo con las manos en lo alto para recibir dinero, amor y fortuna; un marido, una cosecha, una amante joven, un mal de ojo, un enemigo muerto. Y por eso la cargaban en las procesiones, a pesar del peso y el tamaño, a veces muriendo, aplastados como cucarachas excitadas de pasión divina. Pero no importaba, era el precio a pagar por el milagro de tener a un joven amante en la cama o un pariente en el sepulcro.

Porque la fe está bañada también de pecado.

La iglesia misma, un monolito que desafía cualquier lógica conocida, es un despliegue exuberante, un carnaval de formas y colores que parece haber nacido del capricho de los poetas dipsómanos, que, en algún arrebato de locura, decidieron mezclar palabras sagradas con blasfemias. Su fachada, rebosante de vida y tormenta, estalla en una amalgama de relieves donde lo churrigueresco se retuerce en el sueño de las frutas y las flores que se entrelazan con rostros de ángeles, como sapos hinchados, con facciones feroces, narices chatas y ojos desorbitados que parecieran contemplar el pecado y la virtud con la misma indiferencia. Flanquean las columnas salomónicas y corintias la entrada principal y se retuercen hacia el cielo como serpientes enroscadas, dotando al templo de un equilibrio imposible, como si en cualquier momento fueran a desmoronarse bajo el peso de las nubes cargadas de aguacero pétreo que siempre se ciernen sobre el lugar. Y entre ellas, esculpidos en el mismo estuco que adorna las paredes, aparecen rostros de guerreros de Chicomostoc, con pieles de ocelote guerreando con los querubines y los santos, creando un derretimiento de sapiencias que se niega a olvidar su pasado. Pareciera que toda la fachada, con sus colores que varían del dorado verdoso al grisazul amarillento, ha sido pintada por el mismo viento que arrastra las hojas y flores secas de los campos, dejándola convertida en un arcoíris desgastado por el sol y la lluvia, como un delirio de confeti eterno que nunca termina de caer, como fuegos artificiales nunca vistos que chisporrotean escupidos desde lo alto como las lluvias de septiembre.

Pero, antes de ser tal, Santa María de los Remedios no era más que un terraplén disperso, sin nombre ni gloria; un puñado de ranchos donde la gente vivía del zacate, el maíz y el frijol. Fue precisamente la aparición del ahuehuete del que brotó la Virgen lo que dio origen a la comunidad, allende a otras muchas que tienen siglos de existir. Porque en los tiempos más lejanos, cuando el sol aún iluminaba la tierra con una claridad que se le atribuía a las serpientes, dicen que el ahuehuete, ese árbol gigante que crecía en lo más alto del cerro, y que surgió así nada más, comenzó a hablar, a susurrar palabras que ya nadie puede entender. Y es que, aunque los rostros tallados en la fachada del templo sonrían con esa grotesca alegría barroca, nadie puede negar que, detrás de todo ese sueño de confeti, hay algo más oscuro, algo que respira en el silencio de la madrugada, cuando el viento se cuela entre las columnas y las campanas no suenan. En esos momentos, la iglesia, con su fachada que parece un caleidoscopio descompuesto, parece cobrar vida y los querubines deformes se agitan y los guerreros esculpidos prepararan sus lanzas y la Virgen misma, en su trono de madera tallada, observara el destino del pueblo con una tristeza infinita, sabiendo que lo maravilloso y lo terrible siempre van de la mano en este rincón olvidado del mundo. Y así se alza sobre su altar, no solo como protectora madre, sino como oráculo y sibila de lo que los hombres no se atreven a nombrar.

Y en ese vaivén de la vida en aquel pueblo olvidado, Soledad Medina se erguía, delgada y frágil como una ramita temblorosa en medio del zacate espeso y los magueyes robustos y oblongos. Su semblante cargado de la impronta de un sufrimiento asemejado a una obra de arte sacro, un rostro que, en su quietud inamovible, parecía estar atrapado en la inmutabilidad de la piedra, que provocaba inquietud en aquellos que se atrevían a mirar por más de unos minutos. Nadie podía definir con claridad si lo que se proyectaba de su ser era una belleza que deslumbraba o una desgracia que se cernía como un velo oscuro sobre su existencia. Una cara tiesa tallada en madera como la mismísima Virgen de los Remedios.

A Soledad, desde su nacimiento, marcado por las campanas que resonaron en la capilla del pueblo como un eco que se extendía por el valle, se le había destinado un papel de mujer buena sin siquiera pedirlo. De esas imposiciones odiosas que se tienen que cumplir desde los susurros y los rumores de las ancianas. Pero ella no se miraba ni buena ni mala, solo extrañada de sí misma, incapaz de sentir nada sino solo nostalgia por volver a ser una niña. De mujer no tenía nada, porque no había aprendido a sentirse una, ni había madurado en su cuerpo el goce del amor. Para ella todo roce, desde aquellos días en que Emilio Carbajal la enamoraba no le habían sabido ni a melón. Pretendía y fingía por no darle penas a su marido, pero ella no sentía nada salvo una enorme sensación de caerse y nunca estrellarse o como irse meciendo fuertemente en el columpio con los ojos cerrados. Y para terminarla de amolar, seguí en su corazón aquel juramento que se hizo de amar a Emilio ya fuera por las buenas o por las malas, así que de vez en cuando sentía las cosquillitas bonitas en el lecho de Ramón, si a punta de imaginación podía evocar un poquito a Emilio. Pero nada más. ¿Eso la hacía mala? Pues ella sentía que no, pero en veces la gente le decía que sí, que era malo. Y entonces sentir poquito o mucho era malo y no sentir era bueno, pero era malo no sentir y entonces ella se confundía porque hiciera lo que hiciera, sintiera lo que sintiera, ella estaba mal ante todos, ante su mamá y su papá, ante los que la adoraban y los que la deseaban y los que la querían ver, ya fuera por las buenas o por las malas como una virgen milagrosa.

Una tarde, de 1953, en Santa María de los Remedios habían decidido hacer la primera procesión sin sacar a la maravillosa escultura de la santísima, y le pidieron a Soledad que ella fuera quien vistiera el manto y la corona. Y así fue y Soledad fue cargada en hombros por toda la plaza y las calles con gente vitoreando y la orquesta tocando el ronco sonido de su fe. Hombres con las rodillas destrozadas arrastrando sus encomiendas y juras bañadas en virtud, plañideras en rebozos de Santa María chirriando como talavera rota y ebrios de sodomía y amor fingido a la Señora del cielo. Y los mismos hombres con máscaras de hombres hechas de madera, y los chivarrudos sangrando los muslos a fuetazos y los hijos de los huichilobos aullando como perros heridos; todos caminando sobre tapetes de aserrín colorido con formas de flores y sellos, como los descritos por el evangelista Juan. Y el pueblo lleno de fe caminaba y caminaba entre rezos de una partitura más mundana que divina, como si de sus lenguas salieran las estrofas de un himno nacional y no los himnos del cielo.

La banda de las fiestas de siempre siguió tocando, ronca y desacompasada, como si el bronce estuviera fatigado de tanta alegría. El pueblo caminaba. Caminaba porque siempre ha caminado.

Y allí estaba ella.

No salió de la iglesia. No descendió del cielo. Simplemente estuvo allí, alzada sobre los hombros de cuatro muchachos que temblaban bajo el peso del manto y la corona. Soledad Medina, envuelta en la tela dorada que olía a incienso viejo y a madera húmeda, llevaba los ojos fijos en un punto que nadie más podía ver. No miraba a la multitud; miraba más allá, como si los cerros mismos le hablaran desde sus entrañas.

La corona le quedaba apenas grande, pero nadie lo notó. El sol, ya cayendo, se enredó en los bordados y la hizo arder. Por un instante, el pueblo no vio a la muchacha flaca del zacate, sino a la Reina del Cielo. Las manos se alzaron. Los hombres lloraron con la frente en el suelo. Las mujeres apretaron los rebozos contra la boca para no gritar su nombre como si fuera el de una hija.

“¡Reina!”, gritó alguien.

El grito se multiplicó, rodó por las calles arenosas, se enredó en las columnas salomónicas y subió hasta la bóveda donde la Virgen de madera, inmensa e inmóvil, observaba con sus ojos verdes. Y mientras la alzaban y el pueblo gritaba su nombre como si el cielo hubiera descendido al polvo, Soledad sostuvo la mirada al frente, inmóvil, casi rígida bajo el manto que la convertía en emblema. Fue en ese balanceo lento de los hombros exhaustos donde la sangre comenzó a correrle por la pierna, una línea delgada, obstinada, que no manchó el vestido ni interrumpió el rito, que no pidió atención ni perdón; nadie la vio salvo una niña detenida entre los adultos, una muchachita que siguió con los ojos ese trazo rojo que unía el cuerpo a la madera del anda, y comprendió, así, sin palabras, sin escándalo, que la Reina del Cielo también tenía carne, y que el pueblo estaba adorando algo que latía y sangraba en secreto en alguien que nunca había solicitado la adoración.

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Miguel Ángel H. Rascón

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