Capítulo 2. Primera parte
La vida de Victoria se había trastocado, como la de todos, por la muerte de El Jicarito. Al principio no hubo nada digno de su atención. Ella vivía, hasta ese día, en sus propios asuntos y lidiando con sus propios infortunios, donde apenas encontraba alegrías en las cosas simples, como las frutas cristalizadas, el café tostado y el sonido del agua. Y en esa misma simpleza, en la que encontraba un refugio, fue que Victoria Navarro bajaba caminando por el empedrado de la calle donde alguna vez estuvo su casa, tomando rumbo hacia el arroyo de los ajolotes, ese cuerpo de agua vivo que se escurría de las montañas como un sudor divino y que se rebozaba y se colmaba en las siembras de hortaliza y las lagunas estancadas. El calor del final del verano se humedecía solito en las hojas de los árboles, en la tierra de los caminos y extendidos, en la hierba crecida y bajo el vestido amarillo de Victoria, uno de anchas enaguas sueltas que bajaban hasta las rodillas, moviéndose con el viento caprichoso para hacer visible apenas, en el destello de un segundo, la forma precisa que busca el ojo que sabe mirar. Sus hombros, cubiertos apenas por la misma tela amarilla que la enmarcaba toda, contrastaban el color de dos frutas maduras. Su abundante cabello rizado con olor a lavanda apenas disimulaba los otros aromas primitivos que salían por las ventanas y las puertas de su cuerpo, confundiendo a todos los que la miraban pasar estupefactos, como quien mira un ángel caído pasear entre mortales. Y así, a paso menudo y pausado, moviendo grácilmente su andamiaje, se inclinaba, a veces, frente al arroyo para mojarse el cabello y refrescarse de las acometidas del verano. Y los árboles guardaban silencio y las nubes se detenían a mirar esa mano frotando agua fresca sobre el tibio sudor íntimo de Victoria. Y muchas veces los ajolotes subían desde el fondo de las aguas solo para verla y amarla mientras se estremecían húmedos y carnosos junto a su mano. Y ella los acariciaba como experta amante y les hacía saber que estaba feliz de verlos vibrar como niños lánguidos en el seno de su madre. Y así, sabiéndose dueña de los ajolotes húmedos que tiemblan escurridos, ella contemplaba su poder sobre los hombres y se regodeaba en ese pequeño pedacito de felicidad que le daba ser mirada, ser deseada y ser amada.
Pero el día que los cimientos de El Jícarito fueron trazados, el corazón de Victoria Navarro y el pueblo mismo amaneció cubierto de una bruma que parecía provenir del mismo aliento del toro que una vez había pastado en aquella tierra antes de conocer su abrupto final. Algunos no podían mirar ese horizonte sin sentir el peso de la tragedia que les robaba la santísima Navidad y las tortillas del diario, porque a veces la muerte de un hombre es menos que la muerte de un animal. Pero ahí, en ese terraplén donde la bestia fue despedazada, se respiraba todavía el olor a res y sangre, a heces y tuétano, como el recordatorio de un banquete inefable de carne que no se podía comer y que rugía en las tripas hambreadas de los pobres, que nada tontos tuvieron oportunidad para saciar antojo a carne a pesar de que tuviera bilis y tierra con pasto. Y fue allí, en el mismo lugar donde un tren despedazó al orgulloso semental de Ignacio Punzón, donde Victoria y Eladio comenzaron a erigir la estructura que se convertiría en el reino oscuro de sus vidas.
La decisión de levantar una casa de vicio en ese punto exacto no fue fortuita. Victoria, en su rencorosa memoria, no podía desligar el destino del toro del de Emilio, el hombre que la había devastado con esa semilla podrida que la dejó preñada por un descuido desafortunado en el oficio. Fue un arrobamiento inexplicable el que ella sintió solo de pensar en fundar ahí su casa de vicio, como si todos los males y las bendiciones del mundo tuvieran de pronto sentido. Casi como profecía, como sortilegio o como una revelación angélica. Victoria no sabía cómo describir ese sentir y se arrodilló y se persignó y enunció los rezos olvidados y levantó las manos al cielo y agradeció la buenaventura y lloró y cerró los puños y golpeó la tierra entre los gritos más ahogados que llevaba en el pecho. Vio Eladio ese clamor gitano de Victoria y sintió también un arrobamiento y se hincó junto a ella, en silencio, como un enorme sabueso melancólico con el sombrero en las manos, como muestra de respeto hueco, autómata y sin sustancia, como ese que se le tiene a veces a las santas llorosas y sufridas de las iglesias, esas que no tienen nombre porque lo han olvidado todos.
Y Eladio usó sus violentas manos callosas y se puso a trazar en el terraplén los ejes imaginarios y la arquitectura de su alcázar. Victoria, como reina de Cártago, usó un trozo de piel del animal muerto para medir palmo por palmo la distribución de su ahora reino de nada. Pero la sola idea de ser la reina de ese trozo de tierra encinta con sangre la hacía estremecer de un extraño placer en la barriga. Porque Victoria soñaba despierta, y soñaba mucho, en los ayeres y las cosas que nunca habían pasado, pero que repetía en su cabeza una y otra vez: en el hubiera que no existe y el tuviera que no es, que no ha llegado. De ese mañana que no es hoy ni que tampoco es mañana o de ese ayer que tiene miles de versiones infinitas hacia un solo y sinuoso sendero.
Esa noche, como muchas noches, como casi siempre, fantaseó con que entraba a su jacal y le ultimaba la vida a ese charrito temeroso, ese, el mismo día que decidió irse del pueblo. Ni ella sabía por qué lo había perdonado y se arrepentía de su benevolencia y apretaba las quijadas hasta que le crujían las muelas y se metía la mano entre las enaguas para frotarse y hallase alivio un ratito. Después oía la respiración agitada de su hijo maltrecho y chueco, que dormía torcido en una hamaca en medio del cuartucho rentado, recostada junto al corpulento Eladio, en un petate donde sentía ahogarse en el mar de su desesperanza. Y rezaba a la Virgen que fuera, agarrando con fuerza un escapulario gitano que tenía desde niña, el último recuerdo de su abuela húngara que dejó la vida en las playas de México, sin siquiera llegar a ver las casas de los esclavos, hechas con los galeones encallados por petición de Don Antonio de Mendoza. Ah, esas casas de madera del mar que se erigían tan lejos y tan cerca y de las que recordaría relatos siempre, como si ella misma hubiera vivido ahí, porque Victoria se contaba tantas historias que ya ni sabía cuáles eran suyas y cuáles no, cuáles reales y cuáles mentiras exageradas a fuerza de pegar la hebra y gozar fandangos. Después recordaba a Soledad y se mordía la lengua para no gritar de ira. El toro muerto y despedazado era para ella la perfecta representación de su antojo por Emilio, quien había sembrado la semilla maltrecha en sus entrañas para arruinarla, dejándola con las ansias rotas y las ganas tuertas.
Pero de algo hay que vivir y no sólo de muina se alimenta la fuerza. La cantina quedó terminada al iniciar la época de lluvias, por ahí de septiembre, cuando bajaban los vientos del norte en el sureste y las aguas caían a cántaros tendidos escurriendo lodo desde la Malinche y bañando de agua oscura los canales de Zacatelco, Tenancingo y Nativitas, llegando hasta Huamantla en el norte y Puebla por el sur. Eran lluvias pesadas que venían del Golfo y se estrellaban en el malecón de la Villa Rica de la Vera Cruz. La familia de Victoria había bajado de un barco en ese malecón en los días en que el General Porfirio Díaz estaba uniendo los destinos de la nación con el fuerte acero del norte y la recia madera del sur, hacía ya varias décadas, cuando esa nación era otra, pero era la misma al mismo tiempo. De su familia poco sabía, si no es que nada. Vendida como cabra cuando niña, sirvió de criada y después de mujerzuela en la misma cantina desde que tenía memoria. Por eso es que mientras las niñas jugaban con muñecas, ella se pasaba las tardes junto a los corrales, hablando con las cabras y los cerdos, quienes le revelaban secretos que solo los ojos de los animales pueden ver en ese lenguaje que sólo ellos conocen. Se sentía amarrada con el mundo animal y sus olores, pero esa sensación se fue diluyendo como el azúcar en el café amargo, a medida que crecía, y nunca desapareció del todo, porque era el único dulzor que le quedaba después de tanta chingadera. La naturaleza, al final, le había enseñado que el amor y la traición podían coexistir, que la brutalidad y la ternura eran parte del mismo juego de serpientes y escaleras donde alguien con muy mala sangre echa los dados. Subes y bajas y te trepas y te caes y te rompes el hocico, y un día eres el gallo que canta al astro rey y al otro eres un caldo rancio para los perros. Pero ella aún tenía esas piernas de venada y los ojotes de gata, esos que le habían servido para amansar y enamorar a los tarugos y los bravucones. Eladio, el hombre que había caído bajo ese encanto, era un tipo protervo que emergió del caos y la matanza. Un matón que servía a cualquiera que le pagara por usar las pistolas. Y como buen matón sin sentimientos, se le movían las entrañas con las formas femeninas y caía rendido como corderito, para después volverse el mismo matón sin corazón de toda la vida. Dicen que eso pasa a los hombres que no tuvieron amor cuando eran niños y no saben lo que esa palabra significa y la confunden con sus ansias, sus antojos y sus tristezas, con sus borracheras y sus gritos de mariachi. Así que, tras varios meses de restregarse y gozar las rosadas fragilidades de Victoria, dejó de verla como esa maravilla trágica de las canciones rancheras para convertirla, en sus pensamientos de aguardiente, en el producto para su usufructo. Victoria sintió el cambio repentino en Eladio y supo que era momento de convertirse en una verdadera hija de la chingada o ser otro cadáver en la cuenta tácita del matón. Así que le agarró disfrute a esa maldad y le hizo saber con su cuerpo que ella era una demonia de la misma calaña que él.
El entorno en el que El Jícarito se alzaba no era diferente a esos amantes. El sol caía a plomo sobre las planicies áridas del zacate, donde la vegetación escasa se retorcía entre los pedregales, en un intento por sobrevivir. Allí cerquita, las vías del tren se extendían como cueros viperinos secos, olvidados; el polvo se alzaba del suelo como una desilusión mientras los magueyes enormes y terribles se erguían como dioses guerreros rumbo a una batalla. El aire olía a estiércol y agua estancada. Cuando comenzaron los trabajos de construcción, en ese año de 1953, Victoria observaba desde un hoyito en la pared en un rincón sombrío del cuartucho improvisado donde vivían, donde la luz del sol apenas penetraba. Su rostro, marcado por la concupiscencia, le había ensombrecido la mirada. No era vieja, tenía un poquito más de años que Soledad, pero la vida dura la hacía ver mayor, como si estuviera gastándose la vida muy a prisa. Los trabajadores traídos para la construcción, hombres toscos y callosos, se dieron gusto con ella como otra forma de pago, un incentivo que Eladio había ideado para no gastarse todos sus fierros y ella lo aceptó por puro antojo y por pura sinvergüenzada. Porque también disfrutaba de ese pulque que emanaba de los hombres que la desvestían. Gustaba de verlo salir como escupitajo para caerle tibiecito en la panza o sentirlo adentrito, salpicado desde los hermosos latidos del amor apócrifo. Para ella, cada que esos hombres se vaciaban, se acercaba más y más al trono de su reino y por eso lo gozaba con el mismo arrobamiento que tuvo una mañana.
Avanzaba la construcción y Victoria sabía que El Jícarito debía ser más que un simple lugar para el goce de los corruptos. Quería, desde las profundas voces de su cabeza, que los hombres que cruzaran sus puertas sintieran que estaban entrando en un templo sagrado, como si eso fuera una venganza silenciosa. Ella se encargó de que las paredes fueran revestidas con cal y cenizas de lo que quedó de toro despedazado, de tal manera que cada ladrillo estuviera impregnado con el murmullo del suceso. El cráneo, con sus cuernos blanqueados por sosa cáustica, colgaba como un trofeo, como un recordatorio inerte del animal. Deseaba Victoria, a través de esos símbolos, fraguar una venganza contra Soledad Medina, a quien le guardaba rencor como sólo una mujer puede guardar rencor a otra, desde esos celos del vacío que se nombran con sudor en las noches, con el entripado de saberse poca cosa ante la santa con la cara de estatua.
Porque Victoria había sido envidiosa desde niña, ya que nunca tuvo nada y todo lo envidiaba. Se le quedó entonces ese sentimiento de muina como un hambre o una sed que no se sacia y que le enfermaba la cabeza. Pero no quería reconocerse que esa envidia que le emborrachaba tenía su origen, a veces, en las ganas de no ser ella y ser otra; ser como Soledad, la amada porque sí, la admirada porque sí, la deseada porque sí, la mantenida porque sí, la que tenía familia porque sí. Como si en esa otra ella reconociera todo lo que no podría ser por más que su hermoso cuerpo hiciera hervir el agua y prendiera solitas las velas de un altar. Pero agarró fuerzas de sus odios y recordó su poder de hacer que las nubes y los árboles se detuvieran a mirarla y los ajolotes subieran por las aguas para besar su mano.
Y así, sabiéndose dueña de su nuevo feudo y de los seres húmedos que tiemblan escurridos, ella contemplaba su poder sobre los hombres y confirmaba que era más grande que el de la santidad de Soledad. Esa santidad hermosa que le había robado el amor de Emilio, esa santidad por la que todos hacían fiestas y cohetazos. Entonces cayó un torrencial, de esos de septiembre, y el lodo que bajó por las faldas de la Malinche ensució para siempre el estanque de ajolotes.






