Capítulo 3, Tercera parte. La huida de Victoria Navarro

Lavando platos y cacharros hediondos, llenos de grasa y salsa picante, se encontraba Victoria Navarro. Habían estado, aquellos trastos de hojalata, en el viejo fregadero desde hacía ya varios días porque, en medio de las correrías de su difícil trabajo nictálope, olvidó deshacerse de la herrumbre del consumo diario. Sentíase, ella, como Magdalena penitente; Pandora arrepentida de los años que le perseguían debido a los infortunios del mundo. Victoria lavaba, sin pensar en su sexo húmedo de la noche anterior; sin preocuparse por los hombres restregándose entre sus pudencias. Ella fregaba trastos sucios y nada más. Su hijo dormía plácido entre cobertores con olor a aserrín. Era un niño de mirada obtusa y ceño retrógrado. Un retrasado, como en el pueblo solían decirle. Pero Victoria solía amarle. A veces. Ella podía, también, odiarse a sí misma otras veces más. Porque el mundo llega a ser una ruleta donde nada es lo que debe ser. Por eso ella lava los trastes.

El toc toc de la puerta y Victoria sin inmutarse. El toc toc otra vez y ella cierra el grifo. Otro toc toc y se pregunta quién demonios la molesta. Miró por una abertura en la madera cuarteada de su puerta, pintada apenas con unos cascajos quebradizos color verde esmeralda. No veía claro; sólo unos cuajos de neblina grisácea del amanecer donde sobresalía una silueta escueta y torcida.

-¿Quién es? -dijo Victoria en tono firme.

-Soy yo, Emilio. Ábreme, por favorcito, mi amor.

-Tenías que ser tú, cabrón.

Abre la puerta para encontrarse con la misma peste amada. Otra vez el mismo niño de mirada pusilánime y de cortos placeres. Le deja entrar en su vida nuevamente porque es imposible romper con ciertos vínculos y antojos. Él se acuesta en el catre y disfruta de ella mientras puede, en una mezcla de angustia y lujuria. Victoria lo rehúsa, pero es demasiada la costumbre. Ella sigue haciéndolo hombre.

Durante varias madrugadas consecuentes, cuando Victoria Navarro regresaba de sus nocturnas correrías en la cantina, se dio a Emilio Carbajal en un acto de compasión a él y amor a sí misma. Montar al machito le parecía una recompensa, al fin, para su cuerpo y su corazón. Sentir ese enorme animalote viscoso vomitando su semilla hasta adentrito. Incluso llegó a amarle por breves instantes; incluso llegó a amarlo realmente, nada más por eso. Pero en el fondo seguía madurando el odio su semilla. Un laberinto llevaba mucho cocinándose en su cabeza.

-Tienes que largarte ya, cabrón, te andan buscando. No han de tardar mucho en sumar dos más dos y averiguar que andas acá escondido. No me chingues, ya la has chingado mucho conmigo, ¿no?

-¿Y pa’dónde carajos me voy a ir? No tengo familia ni conozco a nadie fuera de aquí.

Victoria no podía ver el gesto adusto, tan parecido al de su hijo, sin sentir verdadera compasión por el hombre temeroso frente a sus ojos. A ella, alguna vez, cuando era niña y viajaba en algunas caravanas, le dijo su abuela que la misericordia era un cuchillo muy afilado para deshacerse de aquellos que amas y de aquellos que odias. Sintió ella, entonces, misericordia por Emilio Carbajal.

-Tengo una hermana en Guaymas, vete para allá. Está muy lejos y nadie sabrá de ti. Hasta allá no te van a buscar por la mugrosa vaca que le perdiste al cabrón ese de Nacho Punzón.

-Muchas gracias. ¿En serio sí se hizo mucho jaleo por aquello?

-¡Uy, claro, papacito! Hasta tu pinche noviecita esa, la cara de estatua, se hizo célebre por denunciarte. Ahora no es nomás la vaca, sino la santa a la que le metiste el animalote.

Victoria echó a reír y se puso de pie. Encendió el fogón y preparó café en el trasto quemado y despostillado de peltre. Comenzó a desnudarse en el medio del cuarto. Dejó caer primero su falda y después su blusa. Victoria Navarro nunca necesitó bragas porque su cuerpo de fruta madura nunca las necesitó. Ella dejaba que sus aromas se hicieran poemas por sí mismos, que hablaran con voz de olfato.

-Vete por el niño y mételo a la casa. Me cambio y me voy pa’ la cantina. -No había más que un enorme pesar en sus movimientos, como si quisiera morirse ahí mismo de fatiga. Harta de lo era y de que podría ser, Victoria miraba en el niño y en Emilio dos rémoras de las que ya no podía deshacerse, una por pudor cristiano y la otra por las ansias locas del oficio que la orillaba a sentirse nada donde no sentía más que desprecios.

De pronto, un bam bam en la puerta resonó. Victoria supo que eran aquellos que venían por Emilio, porque habían sumado dos más dos.

-¡Abre la puerta, pinche furcia!- se oyó tras la puerta.

Emilio Carbajal se arrastró bajo el catre de madera mientras las carnosas piernas de Victoria Navarro se movieron hasta la entrada.

-¿Qué quieres, cabrón? -dijo Victoria cuando abrió. Sin inmutarse siquiera, permaneció desnuda frente a aquellos dos hombres que le vieron la carne trémula y desnuda, remojándose los labios y olfateándole sutilmente los rincones.

–Voy pa’ la cantina. Se me está haciendo tarde. Métete chamaco, rapidito. -dijo al niño tronando violentamente los dedos. -Me dices qué quieres, Eladio, porque ya me voy y no tengo tiempo pa’ tarugadas.

-Pues con tu respeto o sin el tuyo, Victoria, venimos a registrar tu casa para ver si aquí no está Emilio Carbajal.

-¿Y por qué ha de estar aquí metido ese fulano?

-Pues porque no está en ningún lado y sólo nos falta buscar por aquí. Y a sabiendas de sus tratos…

-Ta’ bueno. Pásale nomás tú Eladio, en lo que me visto.

Eladio Almonte era pariente de Emilio. Un primo de un tío; cosa nada fraternal. Había trabajado con Ignacio Punzón desde tiempo antes que Emilio. Prieto él, con el ceño adusto y el bigote tieso, como hecho de cerdas manchadas de chapopote. Él había vivido envidioso de Emilio Carbajal desde que le disfrutó el pubis a Soledad Medina. Lo odiaba como los hombres odian a otros hombres. Por eso, desde que la cabeza de Carbajal tenía precio, él fue el primero en saberse útil para el señor Punzón y estaba entusiasmado de reventarle la cabeza con la carabina treinta treinta que portaba en el hombro. Decía que iba a cortarle la tripa de hombre y ponerla en vinagre para guardarla y enseñarla a todos, a ver si era como todas decían.

El grueso hombre dejó en la puerta a su compinche y entró siguiéndole los pasos a Victoria Navarro, pegándole las pupilas negras a los glúteos que se contoneaban delante. No podía decir palabra alguna ante el espectáculo que le ofrecía la meretriz y se quedó parado en medio de la habitación con la carabina colgando al hombro y con el gesto de un niño en la espera de su merienda.

-Ay, pero qué bonito ha de ser sentir tu afecto. –dijo Eladio con una voz calmada, como si rezara una plegaria. –Qué rebonito ha de ser abrazar el cariño de una mujer bonita y formada como tú. Pero amor de verdad, no ese que se compra con dinero. Oírte decir “te quiero” con sinceridad, con esa sinceridad de las mamás. Figúrate que cuando te miro me pregunto qué debe hacerse, qué palabras tienen que decirse. Pero nomás pienso en mi fealdad y en lo tosco de mis maneras y creo que no merezco nada de eso bonito que tienes ahí.

Victoria se puso el vestido en silencio, pero escuchó con atención las palabras de Eladio; palabras que salían de una parte ronca de su pecho, como si quisiera llorar y la voz se le hubiera atravesado en el pescuezo. Se sirvió café y se sentó al filo del catre sin poder sostenerle la mirada al hombre que permanecía parado en el centro del cuartucho con la carabina al hombro y las botas lodosas. Eladio sentía vergüenza de sus palabras, así, de pronto.

-Dispénseme Victoria, no me haga caso. Digo puras tarugadas, pero la verdad es que usted se me hace muy chula y me llena de muina a sabiendas que es puta y que su corazón se lo entrega a todos, menos a mí. Yo ni pagando la puedo tener, porque a leguas veo que le doy asco. Se acuerda que una vez le di el dinero, pero sólo de ver su cara toda bonita mirarme con ese desdén, pues no subí al catre en la cantina. Ese día maté a mi primo Claudio Almonte, el manco, por el puro gusto. Le inventé una trampa en la baraja española y le metí tres balas en la panza, así, a lo cabrón. Y después me fui a buscar a la que fuera su prometida, Azucena Munive, la hija de Estanislao, ese que está acá afuera, figúrate, y la maté también, en su propia casa cuando no había nadie, no sin antes hacerme de su cuerpecito todo chulito y tiernito. Y qué jugosita estaba la mujercita, hasta me dio pena matarla. Me la llevé en mi jaco envuelta en un petate y la enterré allá en Barranca Muerta y le requerí a un arriero que dijera que la vio huir con fulano en un auto rumbo a Santa Ana. Y Estanislao lo creyó y escupió su nombre. Figúrate que antier estuve con ese pobre diablo en mientras lloraba a su hija, toda una furcia y una perdida. Y figúrate además que cuando la hice mía a la fuerza sólo pensé en ti, Victoria. Yo quería que fueras tú y no ella. Yo soy un matón y no tengo sentimientos para nadie, más que para ti. Y viene a tu casa a buscar a Emilio para matarlo, porque lo odio y lo odio porque sé que tú lo quieres. Pero también quería decirte que me cuadras y que te quiero. Pero, pues ahora sí que ya dije mucho y mejor me pongo a registrar tu casa y a meterte plomo a ti también.

-Pues tienes de dos, Eladio -le dijo Victoria Navarro con una voz suave y firme-: registras la casa o me registras a mí.

Y ella dio un paso hacia atrás, para ser contemplada como una Venus espuria, un trozo de carnaza para el hocico de un perro rabioso. Y se acostó y se quedó quieta sobre eso que llamaba cama, silbando una tonada dulce, como un llamado primitivo y natural.

Eladio acometió con fuerza sobre el cuerpo de Victoria, encima del catre. Ella sintió por primera vez, en mucho tiempo, un placer desaforado, fuera de sí. Sintió al verdadero hombre y al niño que su cuerpo había llamado desde hacía años. Las flores le caían a borbotones sobre la piel y las mariposas le revoloteaban en el vientre para salir volando de su boca a través de suspiros. Sus muslos de venada se abrazaban a las caderas de este nuevo amante del que no sabía nada, pero del que ya conocía todo. Cuando Victoria era niña, y viajaba con las caravanas, escuchaba el corazón de todas las criaturas y las cosas; entendía el lenguaje de los latidos. Para ella alguna vez todo tuvo un corazón y una vida; platicaba con las tortugas y los gatos, con los peces y las plantas; con las luces y las muñecas. Para ella los corazones hablaban por sí mismos, sin obedecer a las bocas, porque estas hablaban cosas sin sentido. Cuando le tocó ser vendida como cabra pensó que el lenguaje de los corazones iba a volverse mudo, pero no fue así. Siempre pudo escuchar esas palabras hasta el día en que dejó de oírlas por escuchar las voces del mundo. Se volvió sorda para escuchar a las personas. Y por años ella se quedó sin alma ni vida. Hasta que los latidos de su niño le volvieron a conectar con ese reino olvidado. El hijo de Emilio Carbajal le devolvió a la niña de las caravanas; por eso lo amaba por ratos; algunas veces y a diario. Entonces, ese día, el niño vio el amor surgiendo en los gemidos de su madre. A través de los incomprensibles movimientos de los cuerpos sudorosos; sin poder entenderlos. Emilio también escuchó, revolcado bajo el catre. Victoria Navarro se transformó por última vez y decidió quedarse así, con su nueva forma.

-No tengo mujer, Victoria -dijo Eladio-. Vente conmigo y deja esta vida.

-Sí, Eladio, lo que tú digas.

Eladio se colgó la carabina y se puso el sombrero.

-Toma tus cosas y no regreses a la cantina. Vengo en la noche por ti.

-Así lo haré Eladio, pero…

-Dile a Emilio Carbajal que puede salir de abajo del catre. Dile que su hijo tiene padre y que no debe volver aquí nunca o yo le dispararé por mi cuenta. Ya debe saber lo que le pasó a su primo, el otro manco bueno para nada y sabe que no estoy bromeando.

-Yo creo que ya te escuchó. Aquí te espero con mis chivas.

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Miguel Ángel H. Rascón

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