Capítulo 1: Las culpas de Emilio Carbajal*

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Las antorchas en la noche brillaban en manos de los jornaleros y caporales, así como en manos de muchos más empleados que se vieron afectados con la muerte de “Jicarito”, la enorme bestia que durante el transcurso de la mañana desapareció del corral para ser encontrada vuelta girones de carne, huesos y tripas en las vías que construyó el Presidente Díaz muchos años antes. Don Ignacio Punzón creyó que en verdad todo aquel gentío le era fiel hasta la muerte y que todos querían al semental Jicarito tanto como él. No se acordaba, o no quería acordarse, que había mandado decir que todo el rancho pagaría con su propio salario los miles y miles de pesos que costaba la bestia aquella y los miles y miles de pesos de pérdidas en crianza. Y no era para menos, de los mismos testículos de Jicarito habían salido las mejores faenas de los últimos años. Como verdaderos valientes, sus vástagos habían derramado su sangre en las mejores plazas del país. La agonía convulsa de esos toros fue para miles de personas el furor y el éxtasis. Algunos habían llegado hasta las lejanas tierras del Perú a demostrar su valía y otros más habían hecho historia en Madrid, dejando sangre y entrañas en las tierras de la Hispania. Una vez, mientras arrastraban el cuerpo casi sin vida de uno de esos magníficos toros, aquella famosa actriz se acercó al moribundo y le besó el hocico mientras una sangre negra y espesa se le escurría a borbotones. “Qué hermosa mirada para morir tienes, criatura” dijo ella y se embadurnó su hermoso rostro con sangre. Fotografías y primera plana en los periódicos de la capital. Don Ignacio Punzón creía entonces, mientras iba al frente de la muchedumbre, montado en su alazán, que todo el rancho había leído aquella noticia en el periódico y que todos los pobres tenían sapiencia del valor de sus toros a lo largo y ancho del mundo y por eso la furia contra el infame culpable de tan réprobo crimen. Porque nadie culpó al maquinista, que al final de cuentas resultó otra víctima en la historia, al ser el responsable sólo ante la compañía de ferrocarriles, que habría de castigarlo como si él hubiese puesto a “Jicarito” en las vías del tren para destruirse la vida.

Ignacio Punzón pensaba, como piensan los hombres que creen tener poder y dinero, que sus problemas son asunto de todos y que todos son culpables de sus infortunios menos él mismo. Orgulloso de su genealogía andaluza, don Ignacio, presumía que sus ancestros habían llegado con las carabelas de Colón, para después decir que fueron los encomenderos del pacto con las tribus de Tepeticpac o que un tío abuelo muy lejano había sido oidor en los tiempos de Baltasar de Zúñiga y Guzmán. El señor Punzón había mandado a hacer, en un salón junto a su comedor, una biblioteca enorme repleta de títulos forrados de cuero y letras doradas que mandaba a traer de la capital con su amigo el gobernador. Pasaba horas y horas hojeando los libros, tratando de leer esos enormes tomos empastados sin comprender mucho, pero entusiasmado de saber que por ahí debía haber algo de sus ascendientes. Aprendía de memoria palabrejas como Leyes de Indias, Ley de Haciendas, Primer Imperio y República Centralista para entablar conversaciones interesantísimas con su amigo el gobernador y con políticos e invitados en cada navidad celebrada con espléndido banquete en el Rancho Los Remedios. Ese magnífico latifundio del altiplano, herencia de su padre don Francisco Punzón y Guarneros de quien había heredado la tierra y los complejos; Ignacio lo convirtió de patrimonio a fortaleza para acorazarse a él mismo. Temeroso de ser menos en otro lado, nunca intentó siquiera salir de ese pueblo a sabiendas de que es mejor ser cabeza de ratón que cola de león. Fustigado por su padre, se negó a contraer nupcias con mujer alguna que no estuviera en esa ensoñación idealizada que provenía de lo poco que entendía acerca de los visigodos en esos tomos que leía con tanta paciencia y tan poco discernimiento. Y esa quizá fue la razón de su extraño y esperpéntico matrimonio con la nívea Irma Zempoaltécatl, muchacha albina, hija de un campesino muy humilde de Zacatelco que había vivido trabajando en ejidos ajenos sin posibilidades de tener una parcela propia. De lacios y sedosos cabellos blanqueados y ojos azules como el arroyo de los axolotes, Irma era más como un fantasma envuelto en rebozo caminado por la noche sobre la plaza de Domingo Arenas, entre el tumulto de los cohetes y el gentío de las festividades de los chivarudos y los huichilobos. Ignacio, después de verla y sabiéndose ya hombre maduro, decidió comprarla a Pedro Zempoaltécatl, el padre, quien aceptó sin chistar siquiera; hizo el trueque a cambio de una pequeña parcela junto al arroyo de los axolotes y uno de esos artefactos que llamaban camionetas, todo a sabiendas que la piel de salamanquesa de Irma era muy mal vista entre la gente de abajo, pero muy bien vista entre la gente de arriba y que una parcela propia vale más que la dignidad. Ignacio Punzón mandó, entonces, a vestir y refinar a la muchacha como si la hija de un príncipe ostrogodo se tratara y hasta le cambió el nombre; le hizo llamar doña Irma Peñaflor, la patrona silenciosa y callada de Los Remedios. La nívea indita de ojos marinos se convirtió, inadvertidamente, en un trofeo para la recámara de don Ignacio Punzón y tres hijas nacieron de su vientre de alabastro: Catalina, Paulina y Gracia. Las dos primeras conservaron la blancura de Irma y los ojos moriscos y hundidos de Ignacio, excepto Gracia, que tenía la piel y el rostro tal y como Pedro Zempoaltécatl, lo que hizo que Ignacio la rechazara y la mantuviera encerrada en la casa del rancho, como si tuviera una rara enfermedad. Y nadie la veía y nadie la conocía más allá de su madre, sus hermanas y la servidumbre, quienes veían en Gracia toda la faz de los Zempoaltécatl, una familia que tenía siglos de existir en ese lugar.

Ignacio compró hermosos alazanes árabes para sus dos hijas mayores cuando cumplieron edad y las enseñó a cabalgar para llevarlas a todos lados, como si fueran una extensión de su dinastía inventada. Y las dos señoritas doradas fueron el deleite de diputados y senadores durante los banquetes de Navidad en el Rancho Los Remedios o en las corridas de toros en la Plaza de Huamantla, donde se les veía como dos perlas exquisitas de provincia o dos princesitas rancheras, según el tono de la conversación. En ese caso, la charla alrededor de su compraventa era sutil y tácita, como un poema susurrado por las ninfas y los sátiros en torno a la diosa Venus. Pero Ignacio Punzón parecía ignorar esa poética insulsa a sabiendas de que los verdaderos tratos se pactarían con su amigo el gobernador quien tenía una enorme cama de latón preparada para los rituales santos del amor.

La noche que Ignacio salió con la turba iracunda para ajusticiar al infame que había provocado la muerte del Jicarito, Catalina y Paulina iban en la comparsa, más por una obligación protocolaria que por una convicción genuina de buscar algún culpable en un asunto que no les interesaba y mucho menos entendían. Pero iban arrastradas por la obligación y el deseo ajeno, como suele sucederle a toda gente que dejó de tener control sobre su vida. Y porque había un culpable y para la masa iracunda el culpable era Emilio Carbajal, el hombre que dejó abierto el corral del Jicarito por estar pensando en las suculentas piernas de Victoria Navarro a la hora de estar haciendo su labor.

Eran las nueve de la noche cuando llegó la turba a la casa de Fausto Medina. Hasta ese momento él sólo sabía que un toro del rancho Los Remedios, de don Ignacio Punzón, había sido arrollado por una locomotora, pero al ver que el gentío con antorchas estaba en su puerta, pensó que andaba ya involucrado en una cosa peligrosa.

—¡Soledad! Sal a la calle a ver qué quieren. ¡Que salgas Soledad, que ya han de venir por mí! —Soledad sabía que el dinero robado por su padre, que se ofrecía de sacristán en la iglesia bajo el pretexto de ser el padre de la Santa Soledad, no era el problema que a sus puertas estaba tocando. No, ella presentía en su corazón que Emilio tenía que ver en algo. La muchachita de ojos verdes salió valerosa por el portón de madera y levantó las manos, haciendo ademanes para aplacar los humores y las brasas ardientes en los corazones de los jornaleros y caporales del rancho Los Remedios.

—¿Dónde anda Emilio Carbajal, si me permite indagar, señorita Soledad? —le preguntó don Ignacio Punzón a la frágil chamaca. Don Ignacio respetaba a Soledad por la única cosa por la que, según él, ella era digna de su respeto y ella sentía ese respeto por él, por la única cosa que una muchachita puede sentir al ver a un hombre con poder. Y al ver que se inspiraban mutuamente respeto, ella se animó a endurecer el miocardio y sacarse un fogón de las entrañas. Porque el respeto lo es todo y sin éste, el hombre no es nadie.

—¡Emilio Carbajal no está aquí! —gritó Soledad, con todas las fuerzas que sus pequeños pulmones pudieron darle. El gentío se calló estrepitosamente; aquello era como ver a la madrecita de Dios enojada y eso era para guardar mucho respeto—. ¡El muy cabrón se ha pelado! La muerte de ese toro y su presencia aquí me lo confirman. Y yo lo sé también… —hizo, Soledad, una pausa que pareció eterna y fría como los témpanos en los polos del mundo, mientras llegaba a esa conclusión que le desgarraba el corazón —¡Porque seguramente Emilio Carbajal ya se rajó pa’ desposarme a mí, el muy canalla! Hay cosas que son verdad porque son absurdas.

Dicen que el grito iracundo que resonó a través de los cerros durante esa noche, sólo se había escuchado durante los años de La Bola. Emilio Carbajal podía darse ahora por muerto. “¡Ah que jijo e’ la chingada!” exclamó Fausto Medina mientras tomaba su carabina, uniéndose al contingente y dando gracias a la Virgen de los Remedios por permitirle seguir gozando de las limosnas por tiempo indefinido. Y no fue Fausto Medina el único que se sintió aliviado: muchas jovencitas ahora podían culpar a ese criminal sin escrúpulos por haberles gozado las fragilidades durante las noches de sudor: “con magia negra”, dijeron unas; “es el Diablo”, dijeron otras. No importaba la versión, para el pueblo todas eran iguales. Y muchos hombres, por su parte, vieron la oportunidad de hacerse del cuerpo de Soledad Medina; otros pocos con hacerse de su corazón y sólo uno que otro atolondrado de convertirse en su marido. Así que el pueblo pospuso la cacería de Emilio Carbajal para hacer un jolgorio con el pretexto de unas nuevas nupcias para Soledad Medina. “Total que sí se puede”, “No más hay que hablarle bonito”, “Si ya las dio una vez, ya las da pa’ siempre”. Y así fue que se pospuso por una semana la búsqueda de Emilio y todo el pueblo cooperó para arreglar el kiosco, el parque y sus calles aledañas para la fiesta del domingo. Una familia llevó el papel picado, otra puso las serpentinas y el confeti, otra puso las lámparas empapeladas. La comida corrió a cargo de don Ignacio Punzón, porque ya les había quitado la Navidad por adelantado a sus empleados, así que pensó en retribuir de cierta forma, para no tenerlos tan inconformes todo el año; sin embargo, las fritangueras de siempre, no se hicieron esperar y sacaron muy puntuales sus comales, por aquello de que no alcanzara para todos. El padre Jacinto no vio correcto que se llevara fiesta sin Santo que celebrar, pero no puso objeción, ya que Soledad Medina lo valía, y dado que la fiesta de la Virgen de los Remedios estaba muy lejos y hacía falta la cooperación, pues terminó por aceptar que el atrio fuese la pista de baile ante la concurrencia esperada. Y los hacendados llegaron en sus lujosos artefactos llamados camionetas y se pusieron espléndidos y generosos al llevar juegos y cohetes para tronar. Hasta los mariachis llegaron desde las ciudades cercanas y lejanas y todo el pueblo se unió a la fiesta, como si con eso espantaran sus culpas los unos y sus intenciones los otros.

Camila Medina, la madre de Soledad, le hizo hermosas trenzas con listones de colores, le puso colorete rojo en las mejillas y la adornó con arracadas, collares y pulseras de platería jalisciense. Fausto Medina le compró, gracias a los favores de la Virgen de los Remedios, un hermoso vestido de tul y zapatos de raso bordados en seda. La abuelita sacó un rebozo de Santa María, uno que le dieron el día de su boda. Veíase Soledad, a ella misma, con extrañeza, como fuera de sí misma; sabiéndose lejana y apartada de la alegría de ese día. Ella no quería a Emilio Carbajal, pero lo extrañaba. No lo extrañaba con cariño, ni siquiera como se extraña a una persona. Lo extrañaba como extrañaba al perro que anduvo en su jardín tantos años, de cuyo nombre no se acordaba; o como al gato que nunca regresó y no pudo ponerle nombre. Lo extrañaba como a sus muñecas o a sus juegos de té. Pero ella sí se extrañaba a sí misma por sobre todas las cosas. El necio amor que había jugado con Emilio había terminado y le quedaba un sabor como el de la leche de magnesia y la purga de nopal. No obstante, y como suele pasar cuando hay jolgorio, lo que Soledad Medina pensara o sintiera no tenía importancia para la gente porque la fiesta fue un evento maravilloso, con todas esas mariposas de papel revoloteando entre las luciérnagas de pólvora encendida. Y las notas alegres del violín nadando entre los brazos de los bailarines igual que pececillos en el agua clara. Después, el bullicio de los juegos y las risas de los niños; el tronar de los cohetes y el ladrido de los perros flacos que buscaban entre las sobras un pedazo de algo que comer. El olor del ponche se confundía con el olor del humo de los comales y el sabor de las aguas frescas con el picante de las garnachas. Aparecieron de pronto los hombres con máscaras de hombres, talladas en madera, con los ojos fijos y la mirada en la nada; como muertos que sonreían por la fiesta para Soledad Medina. Y los hombres con máscaras de hombres muertos que ríen por las fiestas bailaron como posesos y se golpearon indiscriminadamente con lazos de cuero, hasta que su sangre alegró a la comunidad, que rió con su dolor y el placer de sus bailes. Y los mariachis, por un lado, y banda del pueblo por otro, como peleándose la supremacía del sonido desafinado de sus trompetas. El aguardiente corrió, entonces, como suele correr todos los días, pero ahora sin remilgos de mujeres ni tacañería de hombres: todos a beber y a bailar, a comer y a amar. Salud por Soledad Medina y sus nuevas nupcias, aunque sabrá Dios con quién. Salud. Y Soledad Medina no salía. “¿A qué voy a salir si ando extrañándome a mí misma?” se preguntaba mientras esperaba permanecer entre las sombras y sombras nada más. De pronto todo cesó y empezó a escuchar a los mariachis bajo su ventana: la serenata de los pretendientes de pueblo y los alrededores. Todos querían su oportunidad y todos la tuvieron, entre berridos inentendibles y voces aguardientosas. Tuvieron que pasar mil canciones antes de que Soledad identificara aquella con la que Emilio Carbajal había ganado su corazón unos meses atrás y entonces se asomó para descubrir al hombre más hermoso que había visto en toda su vida y con la voz más agraciada del mundo.


* Título de la Redacción

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Miguel Ángel H. Rascón

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