Yo es otro: el doble y sus juegos

Desde el fondo remoto del corredor,

el espejo nos acechaba.

L. Borges

 

Nos equivocamos al decir: yo pienso; decir: alguien me piensa. Perdón por el juego de palabras. Yo es otro.

Arthur Rimbaud

 

El tema del doble ha sido un tópico constante en la literatura de todos los tiempos; forma también parte de las fantasías recurrentes en todas las culturas. Pienso de botepronto en una novela de José Saramago, El hombre duplicado, donde se juega con la idea de que un día Tertuliano Máximo Alfonso, profesor de historia, se encuentra consigo mismo al ver una película que le prestó su colega, profesor de matemáticas. Tertuliano participa en una tertulia imaginaria: se ve en otro que es a la vez él mismo, pero siendo otro.

Sabemos que en el teatro de la antigüedad el uso de la figura del doble era recurso frecuente, tanto en el drama como en la comedia. El doble ha sido motivo constante de equívocos y enredos en toda clase de situaciones. El doble está en la esencia del juego de lo humano: Yo es otro dice Rimbaud. Es posible encontrar ecos de esta relevancia del doble (en esa paradoja de lo idéntico pero distinto) en una importante cantidad de obras literarias modernas. Para muestra tenemos que mencionar, sin duda, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert L. Stevenson, publicada en 1886. El Dr. Jekyll, en sus experimentaciones, hace surgir dentro de él a una extraña criatura que es él mismo, pero a la vez resulta alguien absolutamente desconocido, es lo ajeno y lo propio. Dentro de él vive Mr. Hyde, personaje que se permite placeres que el recatado Dr. Jekyll no concibe reconocer siquiera. El Dr. Jekyll se mueve en un conflicto de carácter ético, mientras que Mr. Hyde se entrega a los placeres, se mueve por la vía de la estética, al estilo del seductor, tal como lo pinta Kierkeggard en su Diario de un seductor. La apetencia de Mr. Hyde va en aumento, como una adicción, hasta que invade la vida toda del doctor, que termina por suicidarse en su laboratorio, bajo el supuesto de que así escaparía de “eso” que le habita. Sin embargo, el cuerpo que se encuentra en la escena mortal es justamente el de Mr. Hyde, al Dr. Jekyll no se le encuentra por ninguna parte.

En ese preciso sentido, el poeta Antonio Machado escribe “somos víctimas, pensaba yo, de un doble espejismo”. El doble funciona como espejo: se trata de una imagen (o presencia) que nos reduplica, pero, y éste es el punto, dejando ver lo desconocido que nos habita; nos re-duplica hasta entregarnos a lo abominable de la repetición del error hasta el infinito, como quiere Jorge Luis Borges.

El escritor erudito en literatura inglesa, lo sabemos, aborrecía los espejos (tanto como aborrecía la paternidad, lo que abiertamente implicaría reproducirse, hacerse en otro) y el horror que le producía la idea de que al verse reflejado en ellos en algún momento pudiera ver algo que no era él. El espejo, con su producción del doble, idéntico pero invertido, nos introduce al horror personal que conlleva la disolución del yo, a la pérdida de la identidad. De tal magnitud es su rechazo a la duplicación de la imagen que hace al espejo símbolo del Mal. Escribe en Quinta noche: “Realmente es terrible que haya espejos, creo que Poe lo sintió también […] Nos hemos acostumbrado a los espejos, pero hay algo terrible en esa duplicación visual de la realidad.” El tema de la identidad asume en Borges características de pesadilla especular, donde el yo se va desdoblando hasta disolverse. Al estilo de las casas de los espejos de las ferias. Lo espeluznante ha de resultar del encuentro desdoblado con uno mismo: éste es el núcleo de la pesadilla en Borges, el encuentro con lo Real del sí mismo, el encuentro con El Horla de Guy Maupassat o el Aleph, del mismo Borges. El encuentro con el horror del espejo es, en última instancia el encuentro con la propia muerte. Quizá con su horror a los espejos Borges pone de manifiesto el horror que puede producir en los sujetos saber que nadie conoce su cuerpo completo. El cuerpo mismo es, para cada quien, un doble desconocido. No hay dispositivo óptico que posibilite vernos el cuerpo entero, nunca lo hemos visto y, en ese sentido, el cuerpo es siempre portador de lo desconocido de sí mismo, es lo Otro que introduce la dimensión de lo siniestro. Es portador de la muerte misma, nuestra más familiar desconocida. En tanto que está habitado de nuestra muerte, nuestro cuerpo es nuestro gran desconocido.

En Borges el tema del otro (del otro-yo) es recurrente y su insistencia, como ya vimos que ocurre con el Dr. Jekyll y Mr. Hyde, la experimenta consigo mismo. Se desdobla y escribe en Borges y yo: “Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas.” Pero el otro yo no es el semejante, no es el ideal; se trata de lo siniestro, lo más desconocido que habita al yo: las resonancias de la muerte. En su poema Junín afirma Borges: “Soy yo, pero soy también el otro, el muerto.”

Una referencia literaria más: Dostoievski escribe en 1846 su segunda novela, El doble, donde Goliadkin un buen día entra en contacto con un hombre que es idéntico a él. Ser dos resulta atractivo en un principio, incluso divertido, pero no por mucho tiempo. Pronto ese “otro Goliadkin” empieza a hacer cosas que el original no consentiría: estafa a sus jefes y termina provocando su desgracia. Las vías ética y estética otra vez en escena en el mismo sujeto, sujeto dividido, por tanto.

Sigmund Freud, en 1919, escribe dos textos relevantes en el corpus de su obra, que no pueden desligarse. Por un lado, Más allá del principio del placer, que marca un giro determinante de su propuesta teórica y en la clínica del psicoanálisis. Ahí postula que, contrario a lo que había sostenido en el sentido de que la vida anímica estaba comandada por el principio del placer, hay una fuerza más primitiva que gobierna la vida psíquica, y confiesa que no le queda más que llamarle Pulsión de muerte. Por otro lado, en el mismo año, escribe Das Unheimlich, que ha sido traducido como Lo ominoso o Lo siniestro, lo que pertenece al orden de lo terrorífico, lo que genera angustia y horror. Siguiendo a Schelling, Freud señala que lo siniestro es todo lo que, estando destinado a quedar en secreto, ha salido a la luz. Lo ominoso es lo que a un tiempo resulta ser lo más familiar y lo más desconocido.

La idea de estar en convivencia permanente con el doble, según Freud, tiene su origen en una enérgica desmentida del poder de la muerte y es, entonces, el alma inmortal lo que constituye el primer doble del cuerpo. Escribe el inventor del psicoanálisis, hablando del doble: “estas representaciones han nacido sobre el terreno del irrestricto amor por sí mismo, el narcisismo primario, que gobierna la vida anímica del niño; con la superación de esta fase cambia el signo del doble: de un seguro de supervivencia, pasa a ser el ominoso anunciador de la muerte”.

En el fondo de lo siniestro está lo reprimido, punto de anudamiento de la angustia, y que no cesa de retornar, así es que se puede pasar de lo familiar a lo siniestro, el doble-siniestro es lo extrañamente familiar.

Para el psicoanalista francés Jacques Lacan la idea del doble la encuentra asociada con los celos, que en su base tienen no sólo la rivalidad sino una “identificación mental”, y así, en 1938 escribe un trabajo llamado La familia, donde hace referencia a San Agustín, para ilustrar la agresividad que se desencadena en la identificación especular, vale la pena recordar aquí la cita por la claridad con que ilustra el afecto de los celos: “He visto con mis ojos, y he observado a un pequeño que todavía no hablaba, como dominado por los celos, no podía mirar sin palidecer el espectáculo amargo de su hermano de leche, prendido al seno de su madre.” Pero, así como la idea del doble se cuela con toda su fuerza destructiva en los celos, también Lacan nos la mostrará en la paranoia. Haciendo referencia a un trabajo de Freud, escribe, en 1922, De algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad, que “la hostilidad que el perseguido encuentra en otros es el reflejo especular de sus propios sentimientos hostiles hacia esos otros”.

Quizás es por ello, por lo insoportable que el doble nos revela, que los crímenes de odio (donde se busca exterminar al otro), como la homofobia, la misoginia o los genocidios, no sean sino actos que buscan acallar lo ominoso que nos habita. Se mata al otro insoportable que somos, este mecanismo también operaría en el suicidio donde el actuante se hace uno con su otro doble esencial, su muerte.

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Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanaltica. Miembro fundador de la Fundacin Social del Psicoanlisis. Ha sido Director fundador de la Maestra en Psicoanlisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicologa. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del pas y atiende clnica en prctica privada en Puebla.

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