te amo, pero porque inexplicablemente amo en ti algo más que a ti, que es ese objeto a, te mutilo
Jacques Lacan (Seminario 11)
Decía el poeta alemán Heinrich Heine que “Hablar de locura de amor es un pleonasmo, el amor en sí ya es locura”. Ante esto vale preguntar: ¿Qué tiene o qué implica el amor que termina por introducir la locura? La locura es aquí tomada como aquello que no se deja meter en razón, algo que tiene carácter de lábil, lo que se resbala cuando se quiere aprehender, lo que se ama conlleva un engaño, el de la ilusión de posesión y completud. La locura en el amor es la muerte: lo que se ama está amenazado con perderse. El amor incluye la mutilación, lo que se ama habrá de perderse.
En el Cantar de los cantares, el amor es más fuerte que la muerte, hablar del amor es meterse a un laberinto muy complejo de mociones oscuras. La definición del amor contenida en el diccionario de la Real Academia Española lo señala como un “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro con el otro ser” y, en otra acepción, se trata de “un sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, nos alegra y nos da energía para convivir, comunicarnos y crear”. En ambos casos el amor nos hace pensar en el vínculo con el otro, es en el partenaire donde estaría ese “algo que falta”. El amor entonces estará ligado a la falta.
El diccionario de psicoanálisis de Chemama consigna que el amor es “Sentimiento de apego de un ser por otro, a menudo profundo, incluso violento, pero que el análisis muestra que puede estar marcado de ambivalencia y, sobretodo, que no excluye el narcisismo”. Sabemos que, desde Freud, el narcisismo es una de las dimensiones estructurales del amor. A partir de 1914 el narcisismo deja de ser referencia exclusiva de la perversión (en lugar de tomar un objeto de amor o de deseo exterior a él, el sujeto elegía como objeto su propio cuerpo) para devenir en una forma de investidura pulsional necesaria para la vida subjetiva. Ya no se trata de una cuestión patológica sino una condición estructural del sujeto y un componente inherente al amor.
Sigmund Freud, con Introducción del narcisismo, hace del narcisismo ancla del amor. Instala al amor narcisista como eje de la constitución subjetiva. Freud va a mostrar que con frecuencia el amor por otro disimula (y aquí ya hay una primera dimensión del engaño) un amor mucho más real dirigido al propio yo. Es decir, el sujeto ama al otro en tanto que le devuelve de sí mismo una imagen favorable. Freud aquí va a plantear una división entre pulsiones yoicas y las pulsiones de objeto, y nos dice que entre ambas hay una influencia recíproca, y como ejemplo nos señala al fenómeno, casi hipnótico, del enamoramiento. En esta condición de enamoramiento se produce un empobrecimiento del yo que se presenta como una “resignación de la personalidad en favor de la investidura de objeto”, al extremo de provocar la humillación del enamorado. Escribe Freud: “El enamoramiento consiste en un desborde de la libido yoica sobre el objeto. Tiene la virtud de cancelar represiones y restablecer perversiones. Eleva el objeto sexual a ideal sexual. Puesto que en el tipo de apuntalamiento adviene sobre la base del cumplimiento de condiciones infantiles de amor, puede decirse: se idealiza a lo que cumple esa condición de amor.” De esta manera, amamos “lo que posee el mérito que falta al yo para alcanzar al ideal”.
Pero ¿De dónde proviene ese afán por alcanzar el ideal de una verdadera complementariedad, hacerse Uno, por la vía del amor? El anhelo de complementariedad con la pareja es lo que caracteriza al amor en la modernidad, incluso radica ahí su peligrosidad. “Dar lo que no se tiene” es lo que decía Lacan con respecto al amor, lo que indudablemente tiene que ver con el concepto de falta, dar lo que no se tiene. Una vía para analizar esta frase pasa por ese extraño gesto del dar, del Don de amor, pero otra, hace referencia a que amar es mostrarse en falta, dejar al descubierto lo que no se tiene y se quiere alcanzar en el otro. El otro, el partenaire, al revelarme mi falta, se vuelve objeto de deseo, y sostiene en la ilusión necesaria de que el otro tuviera lo que me falta. Amor, decía Lacan, es lo que engaña. Es en el amor donde se crea la ilusión de que dos puedan hacerse Uno.
El amor en su esencia ha sido definido por Jacques Lacan de diversas maneras: como un engaño en 1964, y en esa línea es designado más tarde como una “falsedad”, también cómo “negación”, incluso como un “monstruo” y en 1971 dirá el amor es una “máscara”.
Lacan, en el seminario de 1964, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, va a priorizar a la mirada (es ahí donde freudianamente se distinguen dos pulsiones: el amor y el odio, por un lado, y el exhibicionismo/voyeurismo, por el otro) como el elemento significante por donde pasa el amor, de ahí que haga una analogía con lo que ocurre con la pintura, (y en particular el impresionismo), dirá que entre el cuadro y el espectador existe una similitud con lo que ocurre entre el amado y el amante: el espectador será engañado de la misma modo que el amante. Pero ¿Dónde está el engaño? En que el encuentro no sería fallido y que, fallido, no podría ser otra cosa. Jean Allouch cita al respecto esta frase de Lacan: “Demando una mirada; cuando ruego de este modo en el amor, es porque hay ahí algo fundamentalmente insatisfactorio y desde siempre fallido, porque ‘tú nunca me miras allí donde yo te veo’.” Es decir, lo que miro nunca es lo que quiero ver, así el órgano que ve (el ojo) y la pulsión que incita a mirar nada tienen que ver, como no se puede reducir la sexualidad a la satisfacción de órgano, sino que se encuentra organizada en torno a aquello que en el amor se muestra como imposible de dar, para el varón, e imposible de ser, para la mujer: el falo.
Y aquí está la clave: el amor impide la satisfacción pulsional, lo cual no implica que esta se agote, de ninguna manera. Se muestra en su residuo, Lacan le llama el objeto a, que le cosquillea al amor, lo desestabiliza, lo hace desbarrar. Evidentemente en este momento el amado ha sido desplazado por ese más allá del objeto, ahora es el objeto a (objeto causa del deseo como se le conoce), lo que va a ocupar esta función. Lacan así lo expresa en el seminario 11: “te amo, pero porque inexplicablemente amo en ti algo más que a ti, que es ese objeto a, te mutilo”. fórmula enigmática que nos muestra la esencia del desliz que se encuentra en el núcleo del amor donde se accede al otro sexo, al partenaire, pero bajo la condición de objeto a que, en alguna medida, funciona bajo las condiciones fetichistas. La mutilación es la reducción, por ejemplo, que permite el acceso a algo del cuerpo de una mujer, pero con la condición de reducirlo a un rasgo parcial. Se revela la ilusión de que sólo nos relacionamos con una parte del cuerpo del partenaire. El amor que se sostiene en la ilusión de la completud corre el riesgo de mostrarse intransigente, mortífero






