Philip Roth: la soledad sin angustia

Hice lo que hice: eso es todo lo que uno sabe cuando mira hacia atrás.

Philip Roth

El 22 de mayo de 2018 murió Philip Milton Roth, a los 85 años. Se fue del mundo cuando ya se había retirado de la literatura, por lo menos de la escritura, desde hace varios años. Lo hace, morir y retirarse de las letras (dejó de publicar en 2012), quizá después de haber alcanzado, como él mismo escribe en Sale el espectro, “El hábito de la soledad, de la soledad sin angustia”. Philip Roth había alcanzado ese anhelado estado que sólo alcanzan los espíritus más elevados, ese estado de gracia donde se viven “los placeres de no tener que responder a nada y ser libre… paradójicamente libre de uno mismo”. Quizá sea por ello que, en buena parte de sus obras, el tono es de un monólogo de autocomprensión, aunque sea por la extraña vía de las contradicciones propias de una existencia. Este genial escritor norteamericano es prolijo en mostrarnos las desgarraduras de su ser y de sus reparaciones, sus recuperaciones sinthomáticas.

Su literatura siempre contó con la fuerza de quien ve la vida sin caretas, con toda la potencia de quien se acerca, sin mordazas, a lo que hervía en su interior. Se trata en Roth de un escritor que, con una elocuente y fina parsimonia en su prosa, nos permite confrontarnos con nuestros más íntimos demonios. Es Roth un escritor que escudriña las complejísimas relaciones sociales, enmarcadas en los estereotipos deshumanizantes de las clases sociales, las etnias, y los sexos. Un escritor que nos permite convertir el pensamiento en una fuerza vital que rebasa a la conciencia. Philip Roth, con su literatura, nos ha dotado de una poderosa lupa invertida, una lupa que nos desnuda; y lo hace recurriendo a esa fuente de todos los tesoros que es la infancia. La suya, su infancia, es una que está marcada por una familia judía que tenía al centro de ella a una madre toda presencia, con afectos ambivalentes, autoritaria y amorosa a la vez.

La intimidad de su escritura conmociona, estruja porque toca el alma, siendo judío, escribe más allá de regionalismos o de latitudes, más aún en tiempos donde los escritores universales escasean, y el sionismo es una plaga depredadora. Roth era judío, pero alejado de la religión, era judío, y quizá por ello, apegado a la letra. Aquello lo hizo un escrutador del alma, como lo fue ese otro gran judío llamado Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis. Philip Roth era judío pero expresamente prohibió rituales judíos en su funeral. Fue judío, con lo mejor del judaísmo.

Quizá su grandeza es que nunca dejó de pensar y escribir como lo haría la gente ordinaria, en su ser y en su sentir más íntimos, con sus mismos padecimientos, dudas, amores y desamores, dolencias y sufrimientos. Se trata de un escritor que supo describir la vida cotidiana aun en medio de un vendaval de rituales y ceremonias organizadas para darle pertenencia a él, para quien el único lugar de pertenencia, autoasignado, fue la soledad y el amor no realizado.

También como Freud, Philip Roth toma la sexualidad como uno de sus temas recurrentes. Sabe que ahí, entre los vericuetos, las inseguridades, los miedos y las angustias que provoca el encuentro de los sexos, está la clave de lo íntimo y de lo humano. Nada gira sino por esas grandes interrogantes sobre la sexualidad, como Roth lo hace ver en su memorable libro Los lamentos de Portnoy, donde escribe: “¡si mi padre hubiera sido mi madre! ¡Y mi madre mi padre! ¡Pero qué mezcla de sexos es nuestra casa!” O más adelante: “por la casa yo veía menos el aparato sexual de mi padre que las zonas erógenas de mi madre”. Lo sexual siempre presente, como ocurre en esa secuencia de escenas de Sale el espectro, donde el protagonista (quizás él mismo) se descubre amando a una joven escritora justo cuando él ha decidido retirarse de la vida mundana y, desde luego, de todo escarceo sexual, yéndose a vivir en las montañas. Los agravamientos de una enfermedad que le produce incontinencia urinaria lo hace regresar a Nueva York y enfrentar a todo aquello que había abandonado, incluyendo lo sexual. La familia, lo judío y lo sexual, lo mismo que la soledad, la enfermedad o la muerte, son los temas recurrentes de Philip Roth.

Philp Roth crea un personaje, Nathan Zuckerman, un alter ego (o alter-mente como el escritor le llama) que le permite mal disimular el carácter autobiográfico de sus obras. A él, a este alter-mente, le hace saber que su vida toda estuvo dedicada a socavar la experiencia, embellecerla y ensancharla. Y así lo hizo hasta 2012, cuando decidió retirarse de la escritura, ya enfermo y con una salud muy deteriorada.

El mundo académico y el mundillo de la literatura, con su glamour y sus narcisismos, también fueron mundos visitados por Roth; sin embargo, más tarde salía huyendo de manera radical de todo lo artificial y superfluo que resultan estos ambientes. Fue precisamente en una estancia académica como profesor en Chicago donde conoció al novelista y premio Nobel Saul Bellow (quizá su gran inspiración para abordar la cuestión de la cotidianidad judía y sus problemáticas identitarias en Estados Unidos) y también a la que fuera su primera esposa, Margaret Martinson.

De entre las muchas novelas de Roth quizá valga detenerse un poco en Elegía,un ensayoque se publica en 2006 y es una profunda reflexión sobre la vejez, la enfermedad y la muerte (esas tres condiciones que se le prohibieron conocer al joven Buda).

El recorrido de Elegía nos lleva por la humillación, la degradación moral y física que vive un cuerpo que envejece en una sociedad que no tolera a la vejez, que la arrincona hasta convertirla en un estorbo. Ahí nos va a decir que la vejez no es una batalla, es una masacre. No es desde luego la única novela donde aborda estos tópicos, sin embargo, como en pocas, en Elegía se nos muestra eso que la vox populi dice que ocurre ante la inminencia de la muerte: el recuento de una vida. Una a una se van sucediendo las escenas de una vida: la silueta de un ahogado, la estancia en un hospital, la desaparición de sus padres y después la sucesiva muerte de sus contemporáneos.

En esta novela el tono es distinto. No hay ironía, no hay lamento, hay una distancia emocional de quien sabe que el curso de la vida es así de simple, y así de fuerte. Se le considera como la obra de despedida de Roth (aunque su última obra fue Nemesis), con esa serena calma de haber vivido doblemente, es decir, con la serenidad de quien ha vivido (fue el escritor más premiado de Estados Unidos) y también ha sabido narrar su vida.

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Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanaltica. Miembro fundador de la Fundacin Social del Psicoanlisis. Ha sido Director fundador de la Maestra en Psicoanlisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicologa. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del pas y atiende clnica en prctica privada en Puebla.

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