Pensar las Infancias

...Todo niño que juega se conduce como un poeta, creándose un mundo propio, o más exactamente, situando las cosas de un mundo en un orden nuevo, grato para él.

Sigmund Freud

El psicoanálisis, entre muchas otras cosas, se distingue como discurso por darle lugar y relevancia a la sexualidad y a la infancia como factores decisivos en la constitución del aparato psíquico y la subjetividad. Mejor aún, el psicoanálisis es una disciplina que tanto en lo teórico como en la clínica reconoce el valor constitutivo de la sexualidad infantil. En sus inicios, a finales del siglo XIX, la innovadora idea de que la infancia no era el lugar de inocencia como se le pensaba, sino que se trataba ya de una etapa crucial pero marcada por la sexualidad, se trató de una idea polémica que generó (y sigue generando) un fuerte rechazo.

Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis, en los primeros años de su recorrido teórico, plantea que es en la infancia donde se va a vivir una experiencia de seducción por parte de un adulto y ubica en esa escena la etiología de la histeria. Esta era la lógica de formación del síntoma: sus pacientes de entonces, casi todas mujeres, recordaban haber vivido esas experiencias de seducción durante su infancia de manera pasiva, incluso se vive con “espanto”, lo que les imposibilitaba una representación que les permitiera defenderse de ella, es decir, se trata de una vivencia sin síntoma; sólo más tarde, por alguna circunstancia desconocida, adviene el síntoma asociado a la vivencia primera de seducción.

Pero lo que ahora vale, más allá de los desarrollos teóricos posteriores, es que Freud reconoce el valor de la infancia (en un momento en que a nadie le interesaban las infancias), en correlato con el drama edípico, como el epicentro de la constitución del entramado psíquico del futuro sujeto, lo mismo que de la posición sexuada que habrá de sostener en su historia.

Que Freud pensara al niño como sexuado es una novedad y también una innovación teórica en un momento en que todo lo referente a la sexualidad era tabú (aunque en los interiores se viviera de manera desenfrenada, el discurso imperante es el de la familia y la reproducción). Estas ideas no son en absoluto bien recibidas por el imaginario que en la época victoriana se tenía de las infancias. Se trata de una época marcada por una moral conservadora que hace a los niños y las niñas ajenas por completo a la sexualidad. Aún resulta sorprendente saber que, como se puede corroborar en la clínica psicoanalítica, los sujetos reconocen su elección de posición sexuada desde una muy temprana infancia.

Pensar las infancias ha sido siempre complicado. La actitud de los adultos frente al niño ha ido cambiando lentamente. Por fortuna, las infancias han pasado del casi olvido a ser el centro de la vida familliar.

El historiador de las mentalidades Phillipe Ariès, en su libro El niño y la vida familiar en el antiguo régimen, va a poner en cuestión la tendencia a la naturalización de la noción de infancia, al enunciar que “el sentimiento de infancia es un concepto propio a la modernidad”. Lo que no implica evidentemente que antes no hubiera niños sino que no existía en el antiguo régimen la posibilidad de pensar en las particularidades y diferencias entre los niños con respecto a los adultos. Con lo que, según Ariès, la intención de desarrollar conocimientos científicos específicos sobre la infancia, las leyes de protección a la infancia, así como la salida del niño del “anonimato” surgen con la llegada de la modernidad.

Entre los siglos XVII-XVIII, con la Reforma del Estado y las transformaciones en las formas familiares (especialmente con el surgimiento de la noción de “familia nuclear”), se empiezan a generar legislaciones propias para la regulación de las relaciones paterno–filiares, y los modos de crianza pasan a ser asunto de Estado, con lo que se va a instituir como tal la noción de infancia. De esta manera, en el inicio de la modernidad, el imaginario de la infancia se presenta en sus comienzos como un tiempo de preparación para la vida adulta, con lo que la escuela, como institución del Estado, pasará a jugar un papel prioritario en el desarrollo moral de los futuros ciudadanos, de quienes se espera que sean útiles y productivos para el Estado.

Uno de los aspectos menos importantes en el Antiguo Régimen, como llama Ariès a la época anterior al siglo XVII, era la mortalidad infantil, y una fuerte tendencia a la tolerancia del infanticidio. La muerte de los niños no producía demasiada aflicción, incluso cuando venía de las manos de sus propios padres o personas cercanas. El infanticidio resultaba algo común. Esto indica que, en el imaginario de la antigüedad, pareciera que no se le otorgaba inscripción simbólica a “eso” que era el niño y resultaba poco menos que insignificante. Este olvido de la infancia, o mejor aún, esta insignificancia de la infancia, es un fenómeno que pareciera renacer en nuestros tiempos, donde, pese a las muchas legislaciones y proclamas de los niños y adolescentes, éstos quedan olvidados, con un altísimo índice de desnutrición y mortalidad, además de ser explotados sexual y laboralmente de manera recurrente y sin mayor sanción, quedando así como “entes” insignificantes para un Otro que les niega ser mirados en sus particularidades.

Los sentimientos respecto a la conservación de los hijos, su crianza, su atención y cuidado, lo mismo que el reconocimiento de la infancia como tal, si bien pasan por la biología, en lo humano están sujetos al lenguaje, plasmado en discursos y prácticas que revela cuál es el lugar que a las nuevas generaciones se les otorga, cuál es el topos que una sociedad le asigna a su infancia.

Este es el proceso de inscripción de los nuevos seres en el devenir histórico de una comunidad. Una relevante tesis podemos leer con respecto a la infancia en Philippe Ariès, quien señala que la antigua sociedad tradicional no podía representarse al niño en su singularidad. Además de que la duración de la infancia se reducía al período de mayor fragilidad, cuando la cría del hombre no podía valerse por sí misma y compartía sus trabajos y juegos con los adultos. En el antiguo régimen, la educación, la transmisión de los dispositivos de la cultura, no estaba otorgada a la familia. Muy temprano al niño era separado de sus padres (como ocurre ahora de facto) y la educación era producto del aprendizaje que esencialmente era concebido a partir de la convivencia de los niños con los adultos, ya fuese en el taller artesanal o en el campo.

Pero volvamos al psicoanálisis, ahora con el psicoanalista Jacques Lacan, para quien pensar las infancias es un punto que marca su planteado retorno a Freud. Es desde ese retorno que Lacan reconoce el valor del juego en la constitución psíquica del niño, reconoce que para Freud el juego es la primera y más importante actividad para un niño. Lacan va del fort-da freudiano a pensar la psicosis infantil en Alocución sobre las psicosis del niño (1967), donde dirá que la infancia es tan trascendente en la vida del sujeto que afirma que “no hay personas mayores”, lo que hace resonancia con esa expresión freudiana que sostenía que toda neurosis es neurosis infantil. Dos años después, en su trabajo Nota sobre el niño, que en realidad es una carta a Jenny Aubry, señala el lugar del niño como una función de “residuo” de la familia conyugal que se sostiene en tanto que “implica la relación con un deseo que no sea anónimo”. Del lado de la madre, en tanto que sus cuidados están orientados en articulación con su propia falta, y esto porque es justo donde falla el cuidado aparece el deseo. Del lado del padre, Lacan sostiene que su nombre, es decir, lo que transmite, es el vector de la ley que organiza la filiación del sujeto en los desfiladeros de la cultura, sin embargo, es necesario que quien hace función paterna represente la ley sin creer que él es la ley, ahí encontramos la función residual en su relación con la ley. De esta manera, lo que una forma de decir lo residual, el niño deviene síntoma de la pareja parental, hecho fundamental en su constitución psíquica y sexuada.

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Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanaltica. Miembro fundador de la Fundacin Social del Psicoanlisis. Ha sido Director fundador de la Maestra en Psicoanlisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicologa. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del pas y atiende clnica en prctica privada en Puebla.

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