Todos los días te quiero y te odio irremediablemente
Jaime Sabines
Si el amor aspira al desarrollo del ser del otro, el odio aspira a lo contrario: a su envilecimiento, su pérdida, su desviación, su delirio…
Jacques Lacan
Algo no anda en la relación entre los sexos, es una evidencia que se muestra en la vida cotidiana y se escucha en la clínica de los y las psicoanalistas. La violencia en la pareja, en sus diversos matices, es la evidencia más dolorosa de esta imposibilidad de responder a la inadecuación estructural en las relaciones de pareja, con independencia de la orientación sexual de sus componentes. Si pensamos que la violencia es la no-palabra, parece que en esos vínculos donde la palabra no tiene lugar se establece un “vínculo” que transita por el odio. El psicoanalista francés Jacques Lacan acuña un término que intenta dar cuenta de esa extraña asociación entre un cierto tipo de amor y el odio: odioenamoración (Hainamoration).
En las llamadas por el psicoanalista las pasiones del ser, el amor y el odio se encuentran al nivel de la ignorancia, aunque es hasta el 23 de marzo de 1973, en el seminario 20, cuando se acuña el término “odiamoración”, que, dice, debe escribirse o.d.i.o.a.m.o.r.a.c.i.o.n. Con esta expresión vincula fundamentalmente al amor con el saber y lo hace el núcleo de la experiencia en la clínica psicoanalítica. Odioenamoración se constituye en una sola palabra, una sola entidad indisociable, no se trata del amor y el odio por separado sino un deslizamiento. Aunque los vínculos entre el amor y el odio han sido señalados desde siempre, “entre el amor y el odio no hay sino un paso”, sí, la cuestión está en el límite entre ambos. El odio, decía Lacan desde 1954, tras el amor, no se satisface con la desaparición del adversario, lo que quiere “es su disminución, su derrota, su desvío, su delirio, su subversión”.
Las relaciones amorosas de pareja, insisto que con independencia de la orientación sexual de sus componentes, al inicio se sustentan en una ilusión de hacer del dos, Uno. Una ilusión de unidad donde el otro podrá otorgar lo que falta para una vida plena, obviando necesariamente que en tanto que el amor se funda en un hecho de contingencia, no se puede programar, por tanto conlleva el desencuentro, aunque los amantes sostengan que se trata de un encuentro señalado por el destino. En este sentido, el amor es esencialmente un encuentro de dos carencias, de dos faltas. Y este hecho le da su carácter de extraordinario al encuentro: lo que se pone en juego eso que les falta a los parteneires, se funda en lo que se inventan para darse.
Para el fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, el amor y el enamoramiento son cuestiones distintas. El segundo se comporta esencialmente como un fenómeno de masa, por más que, aclara, la masa esté constituida por dos sujetos; se trata de ese instante en el que el sujeto cae rendido ante la certeza de haber encontrado en el otro lo que tanto anhelaba, aquel que colma su falta. Se produce en el enamorado un vaciamiento del yo por investidura del objeto que se vuelve todo para él, se convierte en el ideal del yo, no es por tanto una exageración escuchar decir “sin ti mi muero” en estado de enamoramiento. Freud establece una analogía entre el enamoramiento, la hipnosis y la sumisión al líder. En el clímax del enamoramiento, en pleno arrobamiento, el enamorado no advierte que la mirada que lo sostiene sólo le devuelve su imagen invertida. Pero el encuentro es una ilusión, como hemos dicho. Estructuralmente se trata de un desencuentro, es decir, hay un límite que eventualmente se resquebraja, esto es el desencuentro estructural se hace presente y el amor se desliza hacia el odio. Freud advierte que en el enamoramiento puede ocurrir que se vacíe la libido del yo en la persona del amado dando lugar a ese deslizamiento.
Pero, ¿de dónde proviene ese afán por alcanzar el ideal de una verdadera complementariedad, hacerse Uno, por la vía del amor? El anhelo de complementariedad con la pareja es lo que caracteriza al amor en la modernidad. “Dar lo que no se tiene” es lo que decía Lacan con respecto al amor, lo que indudablemente tiene que ver con el concepto de falta. Una vía para analizar esta frase es por la vía del Don, pero otra, que aquí seguiremos, hace referencia a que amar es mostrarse en falta, dejar al descubierto que algo quiere alcanzarse en el otro. El otro que, al revelarme mi falta, se vuelve objeto de deseo, como si el otro tuviera lo que me falta. Amor, decía Lacan, es lo que engaña. Es en el amor donde se crea la ilusión de que dos puedan hacerse uno.
Para Lacan el amor “es lo que coloca al narcisismo al servicio de un engaño”. No sólo es un engaño, también para el psicoanalista se trata de una falsedad, una negación, incluso como un monstruo, como inoportuno y, más aún, de una máscara. Pero, de qué engaño se trata, justamente en que el amor es un don de lo que no se tiene. Claramente en el amor se juega un engaño, que ocurre por lo menos en dos dimensiones: a) se ama a quien se supone un saber, aunque también se lo odia por lo mismo, no se trata entre ambos de una oposición sino que se trata de una continuación a partir de ese otro componente del vínculo que es el desengaño; b) hay engaño posible desde que el amor se ofrece como intrínsecamente limitado y, cuando haciendo caso omiso a esa determinación, uno espera más. En ambos sentidos se pone en juego el odioenamoramiento. Jean Allouch dirá en El amor Lacan: “En efecto, configurado como obtención de un amor que no se obtiene, el amor Lacan es claramente odioenamoración: no puede más que dejar abierta la posibilidad de su viraje puro y simple al odio, se esmera incluso en forma decidida a ello al no descuidar su no-obtención, al colocarla permanentemente en el orden del día”. El odio surge como continuación del amor, ante la no-obtención del amor, y nunca se obtiene, cuando el amor decepciona, y la decepción es un componente del amor de pareja.
Todo se juega en esa dialéctica imposible entre el amor (que apunta al Uno) y la singularidad del goce en cada sujeto que no genera lazo social. Justamente ahí radica el fracaso que el encuentro amoroso implica: el goce no puede hacer de dos Uno, ese es el problema insalvable del amor que opera siempre como suplencia de esa inequidad entre los goces, el odio aparece cuando se revela que la relación sexual no existe, y la suplencia del amor no alcanza, el odio es el efecto de esa frustración, y en ese sentido, si el objeto de la frustración es real, el daño que se produce es imaginario.
En el vínculo entre los partenaires se muestran dos tendencias en constante contraposición: el amor apunta a la ilusión de unidad, hacer del dos Uno, mientras que el odio lo desgaja. Y algo más, en tanto que el amor como el odio se vinculan con el saber: se ama a quien se le reconoce un saber, mientras que el odio deriva de la interrogación de ese saber, el odio se produce cuando se quiere saber todo del otro.
Un punto más, entre el par componente de la pareja se produce como elemento insoslayable una tensión agresiva que en principio se encauza por el amor y el ideal narcisista, cuando esta función declina el odio resurge y toma la dirección en contra de quien fuera amado. Se le ama por el saber que se le supone, y se le odia cuando ese saber se le de-supone.






