Los amantes de los libros versus los que queman libros

La humanidad progresa. Hoy solamente quema mis libros; siglos atrás, me hubieran quemado a mí.

Sigmund Freud

Yo sigo jugando a no ser ciego, sigo llenando mi casa de libros.

  1. Luis Borges.

 

En la CDMX, y en buena parte del país, la gentrificación se muestra como un fenómeno muy complejo. Algunas posiciones en contra, y desde grupos odiadores infiltrados, durante una marcha reciente, protagonizaron uno de los más aberrantes actos de la humanidad: quemar libros, ahora en la librería Julio Torri de la UNAM.

Pocos instrumentos han traído tantos beneficios, y a la vez han sido tan peligrosos para la humanidad, como los libros. Los libros pueden exaltar o envilecer, seducir o asquear; magnificar la sensibilidad o banalizarla. Los libros han sido los mensajeros que contienen las crónicas de los encuentros del hombre con Dios, han sido los correos del amor; los libros, lo mismo que los códices y los petroglíficos, desde su nobleza o su fiereza, han mantenido los lazos comunicantes entre las mujeres y los hombres de todas las épocas.

Este acto de barbarie nos lleva a reflexionar sobre esa intención siempre presente de quemar libros. Para Jorge Luis Borges, bibliotecario y bibliófilo, el libro es el más asombroso de los instrumentos que el hombre ha inventado; un instrumento que es extensión de su espíritu y no de su cuerpo.

Más allá de la que ya va siendo una vieja sentencia de muerte del libro para ser sustituido por dispositivos digitales y virtuales, sin embargo, con independencia de su formato, el libro es una de las encarnaciones del triunfo sobre la muerte; los autores habrán de morir, algunos libros nunca.

George Steiner afirma, en su libro Los logócratas, que “los que queman libros, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen”. Saben lo que hacen porque al echarlos a la hoguera reconocen que el poder de los libros es incalculable. La historia de la humanidad está plagada de momentos en que los totalitarismos de más diverso cuño han tenido la peregrina idea de que eliminando los libros se elimina el peligro que encarnan; buscan eliminar al libro como anhelan eliminar al otro, al diferente. Promueven la eliminación del libro los enfermos de Lo Mismo, como dice Robert Musil.

Al respecto de la quema de libros, Fernando Báez, en un muy interesante trabajo llamado Historia universal de la destrucción de los libros, nos narra que quizás el momento de quema de libros que está más presente en la memoria moderna es la tarde del 10 de mayo de 1933, cuando en la Opernplatz de Berlín, 70 mil estudiantes habían llevado más 20 mil libros para echarlos a la hoguera bajo el discurso cargado de odio de su líder, Herbert Gutjahr, un joven de tan solo 23 años: “Hemos dirigido nuestro actuar contra el espíritu no alemán. Entrego todo lo que representa al fuego”, vociferaba. Para el nazismo, los libros se habían vuelto peligrosos y fueron retirados de los estantes de las librerías públicas. Las obras de Marx, Einstein, Freud, Henrie Heinch conocieron el fuego en ese evento que presidía el lugarteniente de Hitler, Joseph Goebbels, quien, en un discurso literalmente incendiario, sostenía que: “la época extremista del intelectualismo judío ha llegado a su fin y la revolución de Alemania ha abierto las puertas nuevamente para un modo de vida que permita llegar a la verdadera esencia del ser alemán”. Ahora, ese “intelectualismo judío”, antisemita, no puede, o no quiere detener el genocidio en Gaza, más grave aún que la quema de libros

Pero, nos dice Baéz, no han sido los nazis los únicos ni los primeros que han mandado a los peligrosos libros a la hoguera. En la China Imperial de 212 a. C., en la provincia de Qin Shi Huang, no sólo quemaron libros sino a sus autores que se opusieron a entregarlos. Otra célebre quema de libros es la de la Biblioteca de Alejandría en el año de 292 a. C., ordenada por el emperador Diocleciano. En Europa conocemos la que se dio en llamar “La hoguera de las vanidades”, en Florencia, donde fueron quemados libros y obras de arte, quema promovida por el religioso dominico Girolamo Savonarola. En nuestra América también la barbarie religiosa ha hecho de las suyas: el sacerdote Diego de Landa, el 12 de julio de 1562, en la localidad de Maní (Yucatán), instruye la quema de códices mayas con el argumento de que contenían “superstición y falsedades del demonio”. Una de las escenas más conmovedoras de El nombre de la rosa de Umberto Eco es la quema de la laberíntica biblioteca del monasterio.

Con la quema de libros se busca eliminar todo aquello que sea contrario a los regímenes totalitarios; quemando libros se busca eliminar la palabra del disidente, se busca eliminar la diferencia, por tanto, la quema de libros no puede ser sino un acto de odio. A comienzos del siglo XVI, los andaluces en la península ibérica tenían que entregar los libros escritos en árabe para ser quemados, sin embargo, y por fortuna, aunque solo sea por convenir a sus intereses, se salvaron los de medicina, filosofía o historia.

La dictadura de Augusto Pinochet, después del golpe de estado del 11 de septiembre de 1973, requisó los libros de los disidentes políticos. Lo mismo ocurrió en Argentina, donde la dictadura quemó un millón de libros. El general Luciano Benjamín Menéndez se justificó así: “destruimos por el fuego la documentación perniciosa que afecta al intelecto y nuestra manera de ser cristiana”.

Los que queman libros saben lo que hacen, dice Steiner, saben que el encuentro con el libro cambia la vida, el libro nos convertirá, nos transformará, nos abrirá a ser algo más de lo que somos, nos enseñará ideologías desconocidas, mundos ajenos, nos mostrará la otredad, y por eso son peligrosos estos artefactos portadores de la lengua escrita. El libro está ahí, esperándonos, en una vuelta de la mirada, en el lugar y momento menos pensado, en un polvoriento estante, olvidado, ahí está el libro que nos dará nueva vida. De esto Borges sabía algo e hizo del libro una mitología: un libro auténtico nunca es impaciente, escribía. Borges era sin duda un amante de los libros.

Del otro lado, en las antípodas de los que queman libros, se encuentran quienes los acumulan, para quienes los libros son joyas, no tanto por su contenido sino por el objeto mismo que son. Los libros son vistos incluso como hijos. El psicoanalista Néstor Braunstein, en su Ficcionario de psicoanálisis, nos regala una hermosa historia, la de Antoine-Marie Henry Boulard, un amante de los libros. Un hombre ordinario, un infame (un sin fama, como decía Foucault), que coleccionaba libros. Se nos dibuja como un hombre cuyo mayor escándalo en su vida lo protagonizó con su mujer una noche que no llegó a dormir a su casa por haberse quedado en otra casa acomodando los libros que cargaba en tres carros y que había comprado la víspera. La mujer lo perdonó bajo la consigna de no comprar un libro más. Este personaje, descrito como un viejo digno y canoso, recorría las librerías de usado y se embriagaba del olor del papel pero, ¡vaya sufrimiento!, no podía adquirir lo que husmeaba. Cayó enfermo de una grave melancolía, sólo así pudo obtener permiso de comprar los libros que quisiera. Su pasión no apuntaba a la lectura sino al libro mismo como objeto. Se trataba más de un bibliómano que de un bibliófilo. Se trataba de un bendito maniaco del libro.

Los bibliófilos, y los hay muy grandes, verdaderos amantes empedernidos de los libros, no tanto como objetos (sin dejar de apreciar las ediciones, las formas) sino por su contenido; tanto ha sido su amor por los libros que han consagraron su vida a exaltar su relación con ellos, a vivir con ellos, tal es el caso de Jorge Luis Borges, “El bibliotecario valiente” como le llamaba Roberto Bolaño. Borges imaginaba al paraíso como una gran biblioteca, y su vida no le era concebible sin los libros.

Otro excelente bibliófilo fue el filósofo y escritor francés Georges Bataille, el autor de El erotismo, pasó buena parte de su vida entre la biblioteca y el burdel, fue bibliotecario y medievalista de la Biblioteca Nacional de París de 1924 a 1942, y director de la Biblioteca Municipal de Orleans de 1951 a 1962.

Frente a los que queman libros, los bibliómanos que los acumulan y los bibliófilos que los aman, lamentablemente tenemos que padecer a los despreciadores de los libros, los que recomiendan no leer. En décadas ya por fortuna pasadas, México sufrió la vergüenza de tener un presidente que no pudo recordar sólo tres libros que hayan marcado su vida. Con ese analfabetismo funcional, ¿cómo pretender gobernar una nación que reconoce en los códices (en latín codex significa “libro manuscrito”) y en los Tlacuilos (“los que escriben pintando”) un valor fundamental?

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Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanaltica. Miembro fundador de la Fundacin Social del Psicoanlisis. Ha sido Director fundador de la Maestra en Psicoanlisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicologa. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del pas y atiende clnica en prctica privada en Puebla.

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