Sólo tuve una afición verdadera a los lugares donde se piensa en paz en la muerte, las iglesias, las sepulturas, los lechos de sueño y amor.
Murras (citado por Philippe Ariés)
El amor y la muerte constituyen los dos mayores raptos que los humanos puedan conocer.
Pascal Quignard (La noche salvaje)}
Mi primer libro, publicado hace 22 años, lleva por título Ficciones sobre la muerte. Comparto aquí algunas reflexiones que allá entonces, y aún ahora, me causaban asombro.
Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis, nos advirtió que no dejamos de hablar de aquello de lo que nada puede decirse en definitivo: el amor, Dios (el padre), la mujer y, sobre todo, la muerte. Sobre la muerte se ha dicho mucho y se seguirá diciendo mucho, representando mucho, y no se dirá nunca nada en definitivo. Al abordar el fenómeno de la muerte se escucha el profundo silencio de todo lo dicho. Sobre la muerte no nos queda más que hacer ficciones.
Sobre la muerte y el morir se han pronunciado, de una u otra forma, casi la totalidad de los sistemas de pensamiento: la muerte está presente en el parto mismo de la humanidad y es quizás el misterio sobre el que más discursos se han producido.
La muerte llegará, se sabe, pero se ignora cuándo y en qué condiciones. Las diversas cosmovisiones le han otorgado un lugar especial al enigma de la muerte. Hay incluso culturas que de manera expresa han construido sus formas de vida y organización social en torno a sus concepciones sobre la muerte y el morir.
Ante esta evidencia, Sigmund Freud señaló que es precisamente la cultura lo que se erige como defensa contra la muerte. En este sentido, las nociones que se tengan de la muerte determinan las formas de vida. De esta manera, la iglesia católica, por ejemplo, reconoce que en torno al misterio de la muerte gira la vida entera del hombre, según se consigna en el documento conciliar Gaudium et Spes.
Pese a su carácter de certeza absoluta, o quizá por ello, resulta difícil acercarse a la noción de muerte; pese a su recurrencia, es complejo siquiera establecer una definición de ella que nos auxilie de manera definitiva. De entre los muchos intentos, encontramos algunas definiciones que poco dicen. Un clásico diccionario de medicina conocido como Dorlan define a la muerte de la manera siguiente: “Cesación de la vida. Suspensión permanente de todas las funciones corporales vitales […] cesación irreversible de los siguientes datos: función cerebral total, función espontánea del aparato respiratorio”. Según esta definición de la medicina, el hombre es un ente físico y, por tanto, la muerte se especifica por la cesación de las funciones vitales. Pero, ¿será la física (biológica) la única muerte?
Para algunos teóricos que conciben al hombre como una integración de factores bio psicoculturales, además de espirituales, como Babb Stanley, la definición de muerte recibe otro tratamiento. Se concibe en una dimensión más integral: fundamentalmente a partir de la pérdida del alma. Siendo aquello que parte al último y por tanto requiere de prolongados rituales espirituales, tiempo de duelo también del alma, es la esencia de ese ser como individuo único. Paralelo a la partida del alma se reconoce la pérdida del flujo de las sustancias vitales: oxígeno y sangre. Y con ello, la pérdida de la integridad corporal como unidad bio-psico-sociocultural y espiritual. Además de la pérdida de la conciencia y de la capacidad para interactuar socialmente, así como de las funciones integrales del individuo. La suma de estas cuatro pérdidas es igual a la muerte como un proceso vital y final.
En torno al océano de ideas que se han escrito sobre la cuestión de la muerte, el tono ha sido más bien oscuro, donde acaso brilla con algo de claridad la certeza de que la muerte en términos humanos es la posibilidad más propia. No sólo termina con el organismo, su llegada, siempre súbita, cuestiona de manera profunda los lazos de unión entre los sujetos. La muerte, de muchas maneras, impacta en el colectivo. Aunque le ocurre de uno a uno, se trata de un fenómeno social (intersubjetivo) que tiene manifiestas repercusiones subjetivas en cada sujeto que sabe de ella.
Siempre resulta paradójico que de la única certeza que tenemos, la certeza de que moriremos, no sabemos nada en definitiva. No sabemos nada de nuestra muerte, por tanto, sólo podemos hacer ficciones.
La filosofía es parte fundamental de las construcciones culturales sobre la muerte, dado que, como decía Sócrates, sobre la muerte es la pregunta por excelencia. La muerte, dice Edgar Morin, es “una idea sin contenido, o, si se quiere, cuyo contenido es el vacío del infinito”.
Los seres humanos no podemos nunca quitarnos de encima el fantasma de la muerte, se nos confiere al ser nombrados; por esto, vale destacar la importancia que Jacques Derrida concede el asunto del nombre al hablar de la muerte. Dice el filósofo francés en su libro Dar la muerte: “el nombre es ya portador de la muerte de su portador, la memoria anticipada de su desaparición”.
El fantasma que se elabora ante la certeza de la muerte no se puede eliminar, surge de la conciencia de muerte. El ser humano está marcado por la condición de ser mortal, por ser vivo, por portar un nombre y, con ello, una deuda de vida con lo social, con el otro. Le debemos una vida a la muerte.
El sujeto está marcado por la condición de ser mortal a partir de estar constituido en el campo del lenguaje. Tener conciencia de muerte, de finitud, es, en consecuencia, condición de humanización (de cultura), sin embargo, la adquisición de esta conciencia es fuente generadora de diversas actitudes y posturas, más aún, es resorte de diversas expresiones subjetivas.
Precisamente, en las actitudes ante la muerte queda expresado su primer misterio. En un recorrido por las actitudes ante la muerte seguramente nos encontraremos con abundancia de matices. Éstos están determinados por los parámetros establecidos desde la cultura, de acuerdo con lo que dentro de ella se ha considerado como “buena” y “mala” muerte, según consigna Philippe Aries en su libro Morir en occidente. Sabemos que en la antigüedad la buena muerte era la que avisaba, tan buena era que nos daba tiempo de poner “el alma” en paz; la mala muerte, por lo contrario, era súbita, sin anuncio, como un castigo divino. En la actualidad, dice Aries, la relación está invertida: se considera buena muerte a la que llega sin sufrimiento, sin agonía, mientras que la mala muerte sería la que se tarda en llegar, como si ni la muerte quisiera al moribundo.
La muerte es lo más propio del organismo vivo, en los animales es su condición, pero en los humanos, además, hay que agregarle la muerte por intención propia, el suicidio. Una de las muchas enseñanzas que me dejaron sorprendido, con la hechura de Ficciones sobre la muerte fue constatar que la muerte llega sólo de tres maneras: o bien se trata de un accidente, o bien de un homicidio o bien un suicidio. La muerte natural no tiene lugar entre los seres humanos.
De las tres maneras, el suicidio es quizá la que más desconcierta a la sociedad y también la que más fascinación genera. Horror y fascinación. Le debemos una muerte a la vida y el suicidio es una forma de pagar, entre otras.
El suicidio en todas las épocas ha ocupado lugares ambiguos: lo mismo se le ha prodigado la más alta condena moral que una exaltación casi absoluta. Albert Camus, en El mito de Sísifo, eleva el suicidio a la categoría de problema filosófico y expresa: “no hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio.” Aunque esta afirmación de poco vale si no se lee a la luz de la frase que sigue y que le confiere total sentido al planteamiento: “Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía”. El suicidio, dice Jacques Lacan, es “el único acto de éxito sin fracaso”. Le debemos una vida a la muerte, existe otra forma de pagar, involucra al deseo.






