La voz: la pulsión invocante

El compañero imaginario es la voz más antigua que uno mismo […] De allí el lazo indivisible entre la música y el pensamiento.

Pascal Quignard (Último reino IX)

La voz es uno de los mayores enigmas del cuerpo, linda en sus bordes; la voz es territorio de la pulsión, eso que hace borde entre soma y psíque, se trata a la vez de algo tan físico como incorpóreo. Para el psicoanálisis, se trata de un “objeto parcial”, una fuente de satisfacción, un reducto del erotismo y un vínculo esencial con el Otro. La voz es el núcleo fundante del deseo.

Un hermoso canto, o bien un profundo discurso, lo mismo que una exclamación, un suspiro, incluso un gemido, son experiencias donde, de alguna manera, la voz está involucrada, y todas ellas pueden desencadenar lo mismo el más sublime sentimiento de amor que ser la puerta de entrada al horror. La voz es un despertador de la pasión (tensión) que subyace a toda relación con el Otro, y con el otro. La voz promueve un auténtico “flechazo vocal”, algo del orden de lo real aparece justo cuando quien la profiere esté fuera del alcance de la mirada, o alcanza tonos insospechados, como señala Paul-Laurent Assoun en su libro La mirada y la voz. En un efecto metonímico, la voz nos conduce de la parte al todo y así, aquel que no se conoce, el locutor, será amado como portador de ese objeto voz y por ello, despertado la pasión, o bien el temor o el terror, en ambos sentidos, la voz alcanza el estatus del falo. La voz del Otro es amada o es odiada, repudiada, con la voz del Otro la subjetividad entra en tensión.

El sujeto afectado por la voz entrará en una aventura pasional que le conducirá a la incesante búsqueda de La voz inicial, fuente de satisfacción, la voz nos hace presas de la repetición. El sujeto, en su constitución queda prendado no de lo que ve, cómo puede ocurrir en el flechazo amoroso o amor a primera vista, no, el sujeto queda seducido en principio por Eso que habla y es aquello que se anhela volver a escuchar, y que cuando se escucha horroriza. Se trata de la voz, sí, pero no cualquiera, será aquella voz que tenga toda “la energía de su acción”, como señala Descartes al hablar de La admiración, que es propuesta como la primera de las pasiones en su libro Las pasiones del alma: “su fuerza depende de dos cosas, a saber, su novedad y el hecho de que el movimiento que causa tenga desde el inicio toda su fuerza”.

Sin duda, en el objeto parcial que es la voz, (la voz que se tiene y la voz que se escucha), pulsión invocante le llama Jacques Lacan, es posible reconocer el valor de fetiche, según nos enseña Freud, como el signo de una falta; la voz encarna algo que se espera del otro (el Otro) quien lo porta: el síntoma neurótico es un llamado, una invocación del Otro. Y si algo es posible destacar como síntoma en la neurosis (en tiempos de Freud era un clásico) es la pérdida de la voz. Se trata de una histeria de conversión que toma a la voz como un objeto a paralizar.

Freud hace referencia a la afonía o pérdida de la voz en por lo menos dos ocasiones. Primero, en Estudios sobre la histeria, ahí nos habla de cierta Rosalie H., una joven que está empeñada en ser una cantante famosa, sin embargo, se queja con frecuencia de que su voz no le obedece en ciertas tonalidades. Cuando aparecen esos “fallos de la voz”, ella vive una sensación de estrangulamiento y cerrazón de la garganta. Más tarde, la voz vuelve a ser clara y brillante, pero ante la más ligera excitación la constricción de la voz reaparece. Por otro lado, en el famoso caso Dora, la señorita experimenta entre sus muchos síntomas “accesos de tos con pérdida de la voz”. Freud señala que este síntoma aparece cuando el señor K, a quien, según Freud, ella ama en secreto. El psicoanalista destaca que es “la presencia o la ausencia de un objeto lo que determina secretamente la llegada y la desaparición de los fenómenos patológicos”. Es decir, en los casos de afonía que sobrevienen periódicamente, hay que postular la existencia de “un amado provisionalmente ausente”.

Ovidio, en La metamorfosis nos cuenta la historia de la pasión de Eco, la ninfa que ama a Narciso y que, sin embargo, se queda sin poder decir su amor, dado que es presa de una maldición que la condenada a sólo repetir las últimas palabras que escucha. El castigo es en represalia a que Eco era muy parlanchina. Por otro lado, con respecto al origen de Narciso, cuenta la mitología que el adivino Tiresias le suelta una profecía a la ninfa Liriope, quien había concebido al pequeño Narciso, forzada por el río Cefiso. Liriope le pregunta al adivino si el niño llegaría a viejo y el adivino sentencia que sólo llegaría a viejo “si no se viese nunca a sí mismo” porque entonces caería presa de su imagen.

Ocurre que Eco se encontró a Narciso vagando por el campo y al instante se enamoró de la belleza del muchacho y lo empezó a seguir a hurtadillas. Lo seguía y lo amaba cada vez más, pero por la maldición nunca pudo hablarle. En alguna ocasión, el bello joven se había apartado de sus compañeros y preguntó en alta voz “¿quién está presente?”, y Eco repitió esta última palabra. Pasmado al oírla, Narciso gritó “Ven”, y ella le contestó con la misma voz, ¡Ven! Engañado por la enigmática voz, seducido, el joven siguió hablando y le dice a Eco: “¡Juntémonos!” Eco le contestó con la misma palabra y salió de la selva dispuesta a abrazarlo. Narciso entonces sale huyendo y dice “moriré antes que tengas poder sobre nosotros”. Ella, despreciada, vuelve a ocultarse en la selva y ahí permanecerá, cubierto el rostro de follaje y solitaria, rechazada, ama aún con mayor intensidad a Narciso, y su cuerpo enflaquece y pierde toda belleza. De ella sólo quedaron huesos y voz, después sus huesos se hicieron piedra y queda sólo voz. Un sonido repetido que aún podemos escuchar. El final de la historia de Narciso también la conocemos: huyendo de Eco se encuentra frente a un arroyo y al verse, como estaba dicho en la profecía, se arroba en su propia imagen y por quererse alcanzar muere ahogado.

Mientras que para Freud la afonía es un hecho clínico fundamental, para Lacan la voz está ligada a la invocación. La pulsión invocante es catalogada por Lacan como lo más próximo a la experiencia de lo inconsciente, y lo es porque expresa un modo de comunicación sumamente paradójico. El encuentro del sujeto con el Otro, el lugar de la palabra, es un encuentro con la voz del Otro primordial que le habla. Desde el origen el sujeto sabe que el Otro habla, es voz, lugar de la palabra.

Hay fenómenos como el espanto o las pesadillas donde se experimenta quedarse mudo, sin voz, un auténtico roce de lo real, vivencia de angustia; allí, lo que se pierde es la voz. En el espanto, la voz es el objeto que cae y lleva al sujeto al encuentro con el goce de lo indecible, roce con la muerte, donde se pierde justamente la voz. 

Sabemos que la afonía es, en términos médicos, una pérdida parcial o total de la voz que puede ser causada por una lesión o por una parálisis del órgano de la fonación. Sin embargo, casi todos tenemos la experiencia de que, frente al Otro, ante el encuentro con la alteridad, experimentamos una ausencia de voz, “quedarse mudo”, la palabra se ausenta aunque esté en la mente o, como se dice, en “la punta de la lengua”. La voz, más allá de una patología médica, puede faltar en el encuentro con la “hora de la verdad”.

La voz es aquella función del cuerpo que ha sido exaltada e incluso se le considera como el primer y más sofisticado instrumento musical. La voz, como expresión de la pulsión invocante, en su dimensión significante, sostiene la relación del sujeto con el Otro. La función de la voz va más allá del órgano, no es natural, depende de la función del Nombre del Padre (es decir un significante que ordene y al mismo tiempo falte) lo que permite que la voz permanezca articulada al habla. En el seminario sobre La angustia, Lacan va a decir de la voz: “que creemos conocer bien bajo el pretexto de que conocemos sus desechos, sus hojas muertas, bajo la forma de las voces extraviadas de la psicosis, su carácter parasitario bajo la forma de los imperativos interrumpidos del superyó”. La voz es quizás el compañero imaginario más antiguo, como dice Pascal Quignard: “…es por su voz, su timbre, su intensidad, su caudal, su ritmo, que el recién nacido reconoce a su madre”.

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Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanaltica. Miembro fundador de la Fundacin Social del Psicoanlisis. Ha sido Director fundador de la Maestra en Psicoanlisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicologa. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del pas y atiende clnica en prctica privada en Puebla.

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