Sólo tuve una afición verdadera a los lugares donde se piensa en paz en la muerte, las iglesias, las sepulturas, los lechos de sueño y amor.
Murras (citado por Philippe Ariés)
Para Sariale y el caprichoso azar.
Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis, nos advirtió que no dejamos de hablar de aquello de lo que nada puede decirse en definitivo: el amor, dios (el padre), la mujer y la muerte están permanentemente en el discurso cotidiano por más que escapen a la palabra. Al abordar el fenómeno de la muerte se escucha el profundo silencio de todo lo dicho.
Sobre la muerte y el morir se han pronunciado de una u otra forma casi la totalidad de los sistemas de pensamiento: la muerte está presente en el parto mismo de la humanidad y es quizás el misterio sobre el que más discursos se han producido.
La muerte llegará, se sabe, pero se ignora cuándo y en qué condiciones. Las diversas cosmovisiones le han otorgado un lugar especial al enigma de la muerte. Hay incluso culturas que, de manera expresa, han construido sus formas de vida y organización social en torno a sus concepciones sobre la muerte y el morir.
Ante esta evidencia, Sigmund Freud señaló que es precisamente la cultura lo que se erige como defensa contra la muerte. En este sentido, las nociones que se tengan de ella determinan las formas de vida. De esta manera, la iglesia católica, por nombrar un ejemplo, reconoce que en torno al misterio de la muerte gira la vida entera del hombre, según se consigna en el documento conciliar Gaudium et Spes.
Pese a su carácter de certeza absoluta, o quizá por ello, resulta difícil acercarse a la noción de muerte. Pese a su recurrencia, es complejo siquiera establecer una definición de ella que nos auxilie de manera definitiva. De entre los muchos intentos, encontramos algunas que poco dicen. Un clásico diccionario de medicina conocido como Dorlan define a la muerte de la manera siguiente: “Cesación de la vida. Suspensión permanente de todas las funciones corporales vitales […] cesación irreversible de los siguientes datos: función cerebral total, función espontánea del aparato respiratorio, función espontánea del aparato circulatorio.” Según esta definición de la medicina, el hombre es un ente físico y, por tanto, la muerte se especifica por el cese de las funciones vitales. Pero, ¿será la física (biológica) la única muerte?
Para algunos teóricos que conciben al hombre como una integración de factores bio psicoculturales, además de espirituales, como Babb Stanley, la definición de muerte recibe otro tratamiento. Se concibe en una dimensión más integral: fundamentalmente a partir de la pérdida del alma. Siendo aquello que parte al último y que incluye las funciones espirituales, emotivas y mentales de la persona, el alma es la esencia de ese ser como individuo único. Paralelo a la partida del alma se reconoce la pérdida del flujo de las sustancias vitales: oxígeno y sangre. Y con ello la pérdida de la integridad corporal como unidad bio-psico-sociocultural y espiritual. Además de la pérdida de la conciencia y de la capacidad para interactuar socialmente, así como de las funciones integrales del individuo. La suma de estas cuatro pérdidas es igual a la muerte como un proceso vital y final.
Un mundo de opiniones y ficciones se cruza entre estas dos posiciones, digamos modernas, de la muerte. Sin embargo, en este entrecruzamiento, por lo menos así se refleja en estas concepciones, no se trata más que de una actualización de la vieja división entre cuerpo y alma.
En torno al océano de ideas que se han escrito sobre la cuestión de la muerte, el tono ha sido más bien oscuro, donde acaso brilla con algo de claridad la certeza de que la muerte, en términos humanos, es la posibilidad más propia. No sólo termina con el organismo, su llegada cuestiona de manera profunda los lazos de unión de los sujetos. Se trata, por tanto, de un fenómeno social (intersubjetivo) que tiene manifiestas repercusiones en la caja de resonancia subjetiva en cada sujeto que sabe de ella.
Siempre resulta paradójico que de la única certeza que tenemos, la certeza de que moriremos, no sabemos nada en definitiva. No sabemos nada de nuestra muerte, por tanto, sólo podemos hacer ficciones.
La filosofía es parte fundamental de las construcciones culturales sobre la muerte, dado que, como decía Sócrates, sobre la muerte es la pregunta por excelencia. La muerte, dice Edgar Morin, es “una idea sin contenido, o, si se quiere, cuyo contenido es el vacío del infinito”.
El ser humano, el sujeto, no puede quitarse nunca el fantasma de la muerte, se nos confiere al ser nombrados. Por esto, vale destacar la importancia que Jacques Derrida concede el asunto del nombre al hablar de la muerte. Dice este filósofo francés en su libro Dar la muerte: “el nombre es ya portador de la muerte de su portador, la memoria anticipada de su desaparición”.
El fantasma que se elabora ante la certeza de la muerte no se puede eliminar. El ser humano está marcado por la condición de ser mortal, por portar un nombre y con ello una deuda de vida con lo social, con el otro. Le debemos una vida a la muerte.
El sujeto está marcado por la condición de ser mortal a partir del lenguaje. Tener conciencia de la muerte, de la finitud, es, en consecuencia, condición de humanización (de cultura). Sin embargo, la adquisición de esta conciencia es fuente generadora de diversas actitudes y posturas.
Precisamente, en las actitudes ante la muerte queda expresado el primer misterio de la muerte. En un recorrido por las actitudes ante la muerte seguramente nos encontraremos con abundancia de matices. Éstos están determinados por los parámetros establecidos desde la cultura, de acuerdo con lo que dentro de ella se ha considerado como “buena” y “mala” muerte, según consigna Philippe Aries en su libro Morir en occidente.
En la Edad Media, por ejemplo, la buena muerte tenía como rasgo esencial dejar tiempo para el aviso; el moribundo sabía que pronto moriría y eso no era en absoluto fuente de angustia sino toda una distinción. La muerte avisaba, no llegaba a traición, y eso era algo que se tenía que agradecer. Algunos moribundos tenían la visita de cierto espectro, el cual con frecuencia solía dar la noticia en sueños, les informaba con exactitud el momento de la muerte: dichosos eran ellos. Que la muerte se hiciera anunciar era, dice Philippe Ariés, un fenómeno absolutamente natural, incluso cuando iba acompañada de malos presagios.
La mala muerte, en contraste, se manifestaba cuando la muerte llegaba a traición, de súbito, por accidente y sin dejar el mínimo tiempo para tomar alguna actitud de preparación para recibirle. La muerte súbita era temible, como una condenación.
Ariés refiere que la muerte súbita era calificada como infamante y vergonzosa, como cólera de Dios; de ella no se hablaba. Incluso las exequias de aquellos difuntos toman un tono aún más funesto, e incluso siniestro. “la muerte fea y villana —señala este autor— es también la muerte clandestina que no tuvo testigo ni ceremonia, la del viajero en el camino, la del ahogado en el río, la del desconocido cuyo cadáver se descubre a la vera del camino, o incluso del vecino fulminado sin razón. Poco importa que fuera inocente: su muerte súbita le marca como una maldición.”
Ahora, y sobre todo en los recientes tiempos de pandemia, la mala muerte es la que se nos revela cuando sabemos que ha fallecido quien no pensamos, la muerte, que siempre es súbita, llega ahora en el momento menos esperado y con quien menos se espera.
En nuestro tiempo, en nuestra civilización occidental que por sistema excluye aquello que resulta imposible de clasificar y manipular, que por sistema segrega lo diferente a lo hegemónico, se va operando un cambio fundamental: la buena muerte es aquella que aparece sin anunciarse, sin presentimiento alguno que despierte el más mínimo estado de angustia o miedo; la buena muerte (aunque más claramente, el “bien” morir) se idealiza en absoluta tranquilidad y, de ser posible, durante el sueño, sin anuncio y prácticamente sin conciencia.
La mala muerte moderna, en consecuencia, de la que no se habla, es la que se anuncia, la que trae consigo todo el dolor de la agonía, todo el enfrentamiento con la degradación del cuerpo y el olvido en las frías salas de hospital.






