Cuando, en el amor, pido una mirada, es algo intrínsecamente insatisfactorio y que siempre falla porque –Nunca me miras desde dónde yo te veo.
Jacques Lacan.
El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve.
Antonio Machado
El mal de ojo es una expresión que se escucha en las más diversas culturas. Desde siempre la mirada ha sido la parte del cuerpo a la que más se le han atribuido poderes sobrenaturales; en diversas latitudes se sostiene la superstición que asegura que la mirada tiene el poder de hacer daño. Se habla, por ejemplo, de miradas que matan, se asegura que hay miradas que parecen puñales, o bien se dice que el ojo es espejo del alma.
En México, dentro de la medicina tradicional, en los pueblos originarios, el mal de ojo es una de las enfermedades del alma que afecta fundamentalmente a los niños, incluso se le conoce también como “ojo de niño”, o simplemente ojo si aqueja a los adultos.
Se dice que es una enfermedad causada por aquellas personas que tiene “la vista fuerte”, es decir, una mirada dotada del poder de hacer el mal, de enfermar con la mirada, con frecuencia una mirada cargada de envidia.
La sintomatología con la que se reconoce el mal de ojo es muy rica en sus descripciones. Quien padece de mal de ojo sufre de calentura, diarrea, vista sin brillo y triste, pérdida del apetito, y falta de sueño. El diagnóstico se realiza mediante “pulsar” al paciente, dado que se supone que el aquejado de mal de ojo no tiene sangre o su sangre es tan débil que no tiene pulso, como un cadáver. El tratamiento consiste en diversas formas de limpia, van desde el uso de un huevo que se pasa por todo el cuerpo —se cree que el huevo absorbe el “aire malo” —, al terminar, el huevo se rompe y el curandero determina el origen del mal en las formas que la clara del huevo deja ver. El ritual se acompaña de rezos y un frotamiento del cuerpo con ramas de albahaca, romero y otras muchas.
Ser mal-visto denota el mal que se ve en la mirada de alguien a quien se le supone querer causar daño y puede incluso causar la muerte; se sostiene la creencia de que existen “Miradas que matan”.
Sigmund Freud habla del mal de ojo en su trabajo de 1919, Lo Ominoso. Ahí dirá que una de las formas más extendidas y más siniestras de la superstición es el temor al mal de ojo. La fuente es clara, dice: “Quien posee algo precioso, pero perecedero, teme la envidia ajena, proyectando a los demás la misma envidia que habría sentido en el lugar del prójimo”.
Esos impulsos de envidia se transmiten por la vía de la mirada, aunque uno se niegue a expresarlo con palabras. Bien aplica aquí la conocida frase: “una imagen (una mirada) dice más que mil palabras”.
Freud asociará el mal de ojo con la envidia, escribe: “Cuando alguien se diferencia de los demás por unos rasgos llamativos, en particular si son de naturaleza desagradable, se le atribuye una envidia de particular intensidad y la capacidad de trasponer en actos esa intensidad. Se teme así un propósito secreto de hacer daño, y por ciertos signos se supone que ese propósito posee también la fuerza de realizarse”.
El ver y la mirada, entonces, son conceptos que vinculan, por un lado, una función fisiológica y, por el otro, una omnipotencia del pensamiento. Sabemos que la función de la mirada es fundamental en la constitución del sujeto. Para que advenga un sujeto es necesario que se produzca una operación significante que venga a poner límite a la omnipotencia de la mirada del Otro a la que el sujeto se encuentra desde el origen alienado.
La mirada o presencia absoluta del Otro deberá ser acotada. El juego del fort-da freudiano es el ejemplo que mejor ilustra este límite que permite acotar el goce del Otro. Se articularía a partir de un “ahora te veo, ahora no te veo”.
Se trata de un doble juego fundante, por un lado, si la mirada del Otro falta, el infans no es inscrito en el registro simbólico, sin embargo, si nada pone límite a la mirada omnipotente del Otro, entonces el niño quedaría sometido a la voracidad de la mirada.
Jacques Lacan dedica cuatro lecciones a la mirada como modo de acercarse al concepto de pulsión, a la pulsión escópica. En la segunda parte del seminario XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, se cuestiona sobre la función de la mirada en el cuadro del pintor. Aborda la pulsión escópica a partir de lo que ocurre entre la obra del pintor y el espectador, y de ahí extiende una analogía con lo que ocurre en el amor. El cuadro es una “trampa-engaño”, dirá, y el aficionado sería engañado del mismo modo que lo sería el amante. Lacan propone que, en la dialéctica del ojo y la mirada, tanto en el cuadro como en el amor, no hay ninguna coincidencia, sino fundamentalmente señuelo. Lo que el pintor propone al espectador es deponer la mirada, asumir la existencia de una falta, algo que escapa entre el cuadro y su mirada, y lo mismo ocurre con el amante.
Lacan, desde el Seminario X sobre la angustia busca pensar la pulsión escópica en relación a las diversas modalidades de la emergencia del objeto a (objeto causa del deseo), incluso dirá que el mencionado objeto emerge como tal, propiamente dicho, a partir de ponerse en juego la mirada, ahí donde el objeto va más allá del cuerpo.
Lacan señala que la mirada que está en juego es la mirada de la que habla Sartre: “esa mirada que me sorprende, y me reduce a la vergüenza… esa mirada que encuentro no es en absoluto una mirada vista, sino una mirada imaginada por mí en el campo del Otro”, y es en ese imaginario de la mirada del Otro donde se forja la presencia del mal de ojo. Se trata de una mirada que, dice, lo sorprende, lo desconcierta, lo perturba y lo reduce a un sentimiento de vergüenza.
Lacan sostiene que lo que está en el fundamento de la visión es la estructura vuelta de revés de la mirada, verse ver, mejor aún, en la hiancia entre ambos. En este sentido, en psicoanálisis se trata de lo mal-visto, incluso lo que se ve de reojo.
Esa dimensión de la mirada, desde lo mal-visto, inside en ese instante de ver que se juega en ese instante súbito del amor que se conoce como el flechazo: ahí donde algo se ve, lo real, pero no se sabe qué se mira.
Al respecto, Jean Allouch, en su libro El amor Lacan, nos hablará del “amor engañoso”, al que ubica en la línea de diversas adjetivaciones que el amor tendría para Lacan, tales como “falsedad”, “negación”, “inoportuno”, etcétera, el amor es como una “máscara”.
Dice Lacan: “Desde un principio, en la dialéctica del ojo y la mirada, vemos que no hay coincidencia alguna, sino un verdadero efecto de señuelo. Cuando, en el amor, pido una mirada, es algo intrínsecamente insatisfactorio y que siempre falla porque Nunca me miras desde dónde yo te veo”
La mirada es un sostén para mostrar la incidencia del objeto a sobre el amor.
Freud desplegó la emergencia del objeto perdido como una sucesión de escalones, oral, anal, fálico; Lacan, en cambio, propone otras dos vías: la mirada y la voz. Todas comparten la premisa del consentimiento en una extracción, que se convertirá después en el objeto de deseo, en el símbolo de lo que se perdió. Y como símbolo, todos ellos son el mismo, el falo, si lo entendemos como el comodín, como el vacío que imaginariamente rellenamos con tal o cual objeto.
Nos angustia la mirada del Otro porque sabemos que somos vistos, pero no sabemos qué nos ve el Otro, es decir, potencialmente somos mal-vistos.






