El psicoanálisis, de tener éxito, prueba que del nombre del padre se puede prescindir, a condición de servirse de él
Jacques Lacan
La humanización de la vida exige el encuentro con «al menos un padre»
Massimo Recalcati
Dos días después de la celebración del día del padre en Mexico, y en muchas partes del mundo, resulta relavante pensar sobre esa función siempre fallida que es ser un padre. Sin duda, la cuestión del padre es una de esas interrogantes sobre las cuales Sigmund Freud retorna con frecuencia. Así lo constata el inventor del psicoanálisis cuando narra que en una conversación con la princesa Marie Bonaparte, él le confiesa que, después de 30 años de pensarlo, la cuestión del padre era para él una cuestión abierta (junto a la pregunta sobre la mujer). Freud en su propia vida no escapa a sus interrogantes y efectos: él mismo se hace padre del psicoanálisis sólo a partir de la muerte de su propio padre.
¿Qué es un padre? Es una pregunta profunda, compleja, atemporal, que no admite respuestas rápidas. Ya Freud nos advertía sobre el riesgo del furor curandis, o las respuestas rápidas, imaginarias o intuitivas a cuestiones complejas, como sin duda lo es la interrogación sobre el padre. No ayuda en nada decir que el padre es el que engendra o padre es el que paterna, cuida, protege, etc. En la obra de Freud, la cuestión del padre es abordada de manera directa en por lo menos tres desarrollos teóricos, de las tres recibimos herencia: en la tragedia de Edipo, en el Padre de la Horda primitiva y en el ensayo sobre Moisés y la religión monoteísta.
Es en el complejo de Edipo donde el padre tiene su función en el drama constitutivo del sujeto, el drama edípico es la célula inicial que permite la asunción de una posición sexuada y, además, permite reconocer la función asumida por el sujeto en las relaciones simbólicas que abarca el campo de las relaciones simbólicas, además de hacer operar el super yo. Sexuación, identificación y conciencia moral son herencias del complejo de Edipo, es ahí donde la función del padre es fundante.
Por otra parte, en el argumento central de la la relación del sujeto y la ley se encuentra un texto freudiano de 1913, en Tótem y Tabú. Allí, con el mito del padre de la horda primitiva, se construye la imagen del padre gozador, tirano, que se impone sobre los hijos y las mujeres; ocurre entonces que los hermanos se unen y le dan muerte para después comerlo en la llamada comida totémica. Sin embargo, por la culpa, y ante la imposibilidad de procurarse el orden social, los hijos se ven obligados a imponerse una renuncia esencial: el acceso a todas las mujeres, así el orden bajo la prohibición del incesto como instancia de la ley. Este mito es fundamental, se explica en el sentido de que solo a partir de la función de padre muerto (muerte de la cual todos somos partícipes), se puede sostener un pacto que posibilite la regulación del goce. Bien podríamos decir que lo que Jacques Lacan llama el-nombre-del-padre es un regulador del goce, para el sujeto y para la sociedad. El sometimiento a la ley es otra herencia del padre.
El tercer punto de reflexión sobre la función del padre se encuentra en el interés de Freud por la figura del profeta Moisés, lo que lo lleva a escribir Moisés y la religión monoteísta. El texto fue uno de los últimos escritos de Freud. La primera parte fue realizada en Viena en 1937, mientras que la segunda parte la escribe ya en su exilio en Londres. Las preguntas que plantea en su análisis, de una u otra manera, van a girar en torno a la cuestión del Padre, en este caso, como se pudo instaurar el Dios único y abandonar las bondades del politeísmo. De lo que se trata en su análisis es del mito del padre muerto, como señala Lacan.
La pregunta sobre el padre es una cuestión abierta, la literatura también hace eco de la figura del padre y sus herencias. Por ejemplo, en la literatura es famosa la larga carta que Franz Kafka le escribe a su padre, un padre con el que tiene una marcada ambivalencia afectiva, como ocurre con todo padre. La relación padre-hijo se vive con tal tensión que Maurice Blanchot nos revela que Kafka quiso darse muerte cuando, por estar encargado de la fábrica de su padre, no pudo escribir por 15 días.
La carta que Kafka le escribe a su padre inicia con estas duras palabras: “Querido Padre: una vez me preguntaste por qué afirmaba yo que te temía. Como de costumbre, no supe qué contestarte, en parte precisamente por ese miedo que me infundes y en parte porque en el fundamento de ese miedo intervienen muchos detalles, demasiados para que pueda coordinarlos medianamente en una conversación”. Se trata de una carta que es un reclamo de amor al padre, la carta es una demanda de amor; una carta que se sabe el padre nunca leyó. El vínculo entre este padre y su hijo no es otro que el miedo, la amenaza constante; la angustia y la incertidumbre son los vínculos más visibles entre Kafka y su padre, a quien el escritor reconoce como el Verdadero Kafka, quedándose él en ser un Lewi (como el apellido de la madre). Franz escribe: “éramos tan distintos y tan peligrosos el uno para el otro que si alguien hubiese pretendido conocer anticipadamente cómo habíamos de comportarnos, yo el niño en lenta evolución, y tú, el hombre formado, habría podido aventurar que tú me aplastarías bajo tu pies, no quedando nada de mí”. Se trata sin duda de un vínculo de amor y odio, una herencia insoportable.
Otra referencia literaria, entre muchas, es la novela Patrimonio una historia verdadera del extraordinario escritor Philip Roth. En la historia, el padre de 86 años, quien vive solo, es diagnosticado con un tumor cerebral. En la vida real, el escritor se hace cargo del cuidado de su padre anciano con cáncer, entonces, en la novela va a narrar las vicisitudes cotidianas que vive en esa cercanía con su padre, quien además se resiste con terquedad a ser cuidado por el hijo. Roth escribe sobre su padre, a quien toma como referente de amor y dignidad, ese es justamente el Patrimonio que de él va a heredar: “el seguirá vivo no sólo como padre mío, sino como padre, en permanente juicio de todas mis acciones”. Lo que hereda del padre es el amor y la dignidad con la que enfrenta, el escritor mismo, su vejez, la enfermedad y la muerte.
En fin, nadie escapa a tener un padre, ser un hijo, eventualmente ser un padre, perder un padre; se trata de dimensiones misteriosas, no hay manuales para tales ejercicios, aunque siempre han existido empeños por plantear los lineamientos (roles) sobre lo que habrá de ser un padre y sus deberes, en realidad nunca los manuales o escuelas para padres han funcionado, hoy más que nunca la cuestión del padre se plantea como una crisis de la función paterna. Pero esta crisis ha sido señalada desde hace ya un rato, quizá, desde el planteamiento de la muerte de Dios (padre) de Nietzsche, sin embargo, el duelo del padre ha sido largo y difícil, se trata de un duelo en suspenso, fundamentalmente porque se revela, al mismo tiempo que se evapora, la necesidad de un padre, por lo menos uno, como señala Massimo Recalcati en su libro ¿Qué queda del padre? La paternidad en la época hipermoderna, “la humanización de la vida exige el encuentro con «al menos un padre»”.
Jacques Lacan, en 1957, habría dicho que toda la interrogación freudiana se reduce a esto: ¿Qué es ser un padre?. Él mismo escribe el 12 de octubre de 1968 una Nota sobre el padre donde nos señala esta condición propia del padre en la posmodernidad que es la evaporización:
“Siempre es asombroso ver en Freud el polimorfismo de lo que concierne esa relación al padre. Todo el mundo parece decir que el mito de Edipo se da por hecho; yo, pido evidencias. Allí, la neurosis demoníaca es muy importante. La posesión en el siglo XVII tiene que comprenderse en un cierto contexto que concierne al padre que toca las estructuras más profundas. Pero la pregunta que nos plantea es saber dónde está ahora esa cosa. Creo que, en nuestra época, la huella, la cicatriz de la evaporación del padre, es lo que podríamos poner bajo la rúbrica y el título general de la segregación”. Tal es la evaporización del padre que «cualquier cosa» podrá ejercer su función dice Recalcati, ante esto, el sujeto tendrá que saber hacer con la herencia del padre, escribe Massimo: “Hacer seriamente el duelo por el Padre, significa aceptar la herencia del padre, aceptar toda su herencia. ¿Qué significa esto? El sujeto, escribía Sartre, sólo puede realizarse haciendo algo con aquello que el Otro (el padre, la madre, la familia, la sociedad, los otros) ha hecho de él”.






