La docencia como una prctica ertica

No hay comunidad, credo, disciplina o artesanía que no tenga sus Maestros y discípulos, sus profesores y aprendices. El conocimiento es transmisión. En el progreso, en la innovación, por radicales que sean, está presente el pasado. Los maestros protegen y e imponen su memoria.

George Steiner

 

Durante más de treinta años en mi vida laboral he recorrido únicamente dos territorios, los dos son territorios amorosos: el psicoanálisis y la educación. Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis, señaló que hay tres actividades humanas marcadas como imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar. También señala que en estas tres actividades “se puede dar anticipadamente por cierta la insuficiencia del resultado”. En estas tres actividades el fracaso está garantizado. Entre ellas hay algo que no se obtiene, hay algo que queda no logrado, no terminado. Dos de estas tres actividades, gobernar y educar, son funciones ejercidas y reguladas por los Estados Nación mediante dispositivos específicos; la tercera, el psicoanálisis, por fortuna, sólo se regula por el amor.

En el caso de la educación, lo mismo en la formal como en la informal, se trata de un dispositivo puesto en operación para lograr el “gobierno de las infancias” y su preparación para el mundo del trabajo. En nuestros días, la educación opera de acuerdo con un modelo capitalista de producción que hace del consumo su horizonte, el engaño es este: vale el que tiene. Ya prácticamente no se oculta que en el horizonte de las prácticas educativas en nuestro tiempo se encuentran el control y la explotación.

Más allá de lo que podría ser un análisis profundo sobre los resortes que mueven las maquinarias educativas, lo que nos interesa aquí es el ejercicio de la docencia, por lo que en principio es necesario tener una visión global sobre dónde estamos parados en el ámbito de la educación; hay que preguntarse en qué condiciones se realiza hoy día la relación maestro-alumno, es decir, cómo se viven los procesos enseñanza-aprendizaje en nuestros días.

Sin duda alguna, ya no vivimos en las escuelas esa época donde bastaba que el docente entrara al salón de clase para que se hiciera el silencio y se prestara atención. Ya no son los tiempos, salvo excepciones, donde la palabra del docente estaba dotada de autoridad, con independencia de sus capacidades de transmisión o de los conocimientos que trajera consigo, su sola presencia se hacía valer. Ahora, lo sabemos, cuando un profesor entra al aula tendrá que ganarse en todo momento el silencio y atención de los alumnos. La docencia se encuentra en una época marcada por el debilitamiento generalizado de toda autoridad simbólica. Vivimos una época inédita, una época donde hay una crisis de credibilidad generalizada. En nuestros días las creencias son débiles. En estas condiciones, la práctica de la enseñanza está amenazada con quedar reducida a la fría transmisión de información. La enfermedad de la escuela en nuestros días es el automatismo y la burocracia a la que se ve reducida la actividad docente. Lamentablemente la educación se ha reducido a una práctica que recicla un saber siempre idéntico a lo ya sabido, lo ya visto, lo ya hecho, lo que conduce a reducir el amor por el conocimiento, que tendría que ser su motor, a simple administración del conocimiento. La práctica docente se ha reducido a una simple burocracia intelectual.

Estando en este ámbito, podemos sumarnos a esta tendencia sobre la burocracia educativa o bien reflexionar sobre las coordenadas que nos permitan devolver a la práctica docente esa vivencia que mantenga activa la relación erótica del sujeto con el saber. Esta última opción, que es la que aquí nos proponemos, como señala Massimo Recalcati en su libro La hora de clase, se funda en la necesidad de que el profesor, enseñante o docente pueda preservar el lugar de lo imposible. Dice Recalcati: “El maestro no es aquel que posee el conocimiento, sino aquel que sabe entrar en una relación única con la imposibilidad que recorre el conocimiento, que es la imposibilidad de saber de todo saber”. El saber no puede llegar a saberse todo, en su misma estructura es un no-todo, un imposible.

Creo que no tenemos que profundizar mucho para darnos cuenta de que nuestra época está marcada por una crisis generalizada de la educación. La escuela ha perdido su potencia, ha dejado de ser un mecanismo de control social, no es ya la instancia donde se generen vidas ordenadas, en suma, la escuela se encuentra extraviada, ha dejado de ser un Aparato Ideológico de Estado. La escuela en nuestros días ve debilitado su prestigio simbólico, por un lado, los alumnos son depositarios de un conocimiento estéril que no los implica y los docentes son humillados social y económicamente, se les ha despojado de la autoridad que tenían. La escuela es una institución que se transformó en un lugar de socialización, un centro de consumo y un espacio de inmensa frustración, como dice Giovanni Battiroli.

En la escuela de nuestros días, la palabra está perdiendo peso, la referencia ya no es el libro sino la tecnología, ya no la palabra sino la informática, ya no la inteligencia sino la inteligencia artificial. Si la escuela es un reflejo de las sociedades, entonces la educación en nuestros días cumple precisamente con la función de moldear el yo de los sujetos, conforme al principio de realidad que una sociedad determinada estima como válida. Digámoslo ya: la escuela se ha convertido en una productora de consumidores y una gestoría de fuerza de trabajo acrítico y despolitizado.

Sigmund Freud, en Psicología de las masas y análisis del yo, establece una conexión en la relación que se entabla entre educador y educando, con lo que ocurre con el hipnotizador y el hipnotizado, lo mismo que entre el líder y la masa. El maestro ocupa para el alumno el lugar del ideal del yo, esto le otorga al maestro un poder de sugestión, dado que, dice Freud: “El proceso educativo requiere que el educador tome el lugar del ideal del yo de manera que el educando se someta a sus exigencias y, por otra parte, por identificación con algunos rasgos del educador, el ideal mismo del educando sufra su influencia”. Dado que enseñar es fundamentalmente influir sobre el yo y el ideal del yo de otro, vale entonces preguntarse sobre la profesión de “Profesor”.

Hay tantas formas de ser profesor como relaciones humanas existen. Nos encontramos con una gradiente de la profesión de profesor casi infinita, pero bien podríamos colocar los polos entre el maestro destructor de almas y vidas, esos profesores que quebrantan el espíritu de sus alumnos, aquellos que con su abuso de poder provocan la deserción del alumno y, en el peor de los casos, hasta el suicidio; en el otro polo está el profesor carismático que, si no le da un sentido ético a su carisma, se hace Uno con el alumno, el maestro buena ondita que renuncia la transmisión para quedarse en el convivio, se hace uno más de los educandos.

George Steiner, en un extraordinario libro que se llama “Lecciones de los maestros”, nos hace ver que en esas diversas áreas de la enseñanza (elemental, técnica, humanística, moral, filosófica) hay un algo del orden del misterio de la transmisión, se pregunta sobre ese misterio que es inherente a la dialéctica educativa, se pregunta: “¿Qué es lo que confiere a un hombre o una mujer el poder de enseñar a otro ser humano? ¿Dónde está la fuente de su autoridad?”

Ante el enigma de ese misterio que se juega en la transmisión, hay que reconocer que la docencia se trata de una práctica erótica. Entre el maestro destructor de almas, el que arrebata todo, y el maestro buena ondita, el que da todo, Steiner propone una tercera vía para la transmisión, se trata de la vía del intercambio, vuelvo a citarlo: “el eros de la mutua confianza e incluso amor… en un proceso de interrelación, de ósmosis el Maestro aprende de su discípulo cuando le enseña. La intensidad del diálogo genera amistad en el sentido más elevado de la palabra. Puede incluir tanto la clarividencia como la sinrazón del amor”.

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Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanaltica. Miembro fundador de la Fundacin Social del Psicoanlisis. Ha sido Director fundador de la Maestra en Psicoanlisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicologa. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del pas y atiende clnica en prctica privada en Puebla.

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