La buena y la mala muerte

El lenguaje es una herida. Cada palabra que pronuncio me abre y me expone, pero también me salva, porque en esa herida reconozco que estoy viva.

Alejandra Pizarnik

 

Siempre resulta paradójico reconocer que acerca de la única certeza que tenemos en la vida no sabemos nada en definitiva. No sabemos nada de nuestra muerte, que es nuestra única certeza, por tanto, sólo podemos hacer ficciones.

La participación de la filosofía en todas las construcciones que se hacen sobre la muerte resulta evidente; es decir, si las ficciones sobre la muerte abordan lo desconocido, entonces todas entrañan en sí mismas un problema filosófico. Lo cierto es que la filosofía y la muerte están estrechamente ligadas. La filosofía es parte fundamental de las construcciones culturales sobre la muerte, es la pregunta por excelencia. La muerte, dice Edgar Morin, es “una idea sin contenido, o, si se quiere, cuyo contenido es el vacío del infinito”.

Los seres humanos no podemos quitarnos nunca el fantasma de la muerte, se nos confiere al ser nombrados; y aquí vale destacar la importancia que Jacques Derrida concede al asunto del nombre al hablar de la muerte. Dice este filósofo francés, en su libro Dar la muerte: “el nombre es ya portador de la muerte de su portador, la memoria anticipada de su desaparición”. El fantasma que se elabora ante la certeza de la muerte no se puede eliminar.

El ser humano está marcado por la condición de ser mortal, por portar un nombre y con ello una deuda de vida con lo social, con el otro. Le debemos una vida a la muerte.

El sujeto está marcado por la condición de ser mortal a partir del lenguaje. Dice Alejandra Pizarnik: “El lenguaje es una herida. Cada palabra que pronuncio me abre y me expone, pero también me salva, porque en esa herida reconozco que estoy viva”.

Uno de los datos del proceso de hominización es la idea de trascendencia, las inscripciones y las flores en las tumbas son señal de ello. Tener conciencia de la muerte, tener conciencia de la finitud, es, en consecuencia, condición de humanización (de cultura). Sin embargo, la adquisición de esta conciencia es también fuente generadora de diversas actitudes y posturas.

En un recorrido por las actitudes ante la muerte seguramente nos encontraremos con abundancia de matices.

Éstos están determinados por los parámetros establecidos desde la cultura, de acuerdo con lo que dentro de ella se ha considerado como “buena” y “mala” muerte, según consigna Philippe Aries en su libro Morir en Occidente.

En la Edad Media, por ejemplo, la buena muerte tenía como rasgo esencial dejar tiempo para el aviso; el moribundo sabía que pronto moriría y eso no era en absoluto fuente de angustia sino toda una distinción.

En la antigüedad, la muerte avisaba, no llegaba a traición, y eso era algo que se tenía que agradecer. Se sabía que algunos moribundos tenían la visita de cierto espectro, ese mensajero que solía aparecer en sueños o en un franco y divino delirio, en fin, como una aparición que le informa al moribundo la inminencia del momento de su muerte. Que la muerte se hiciera anunciar era, dice Philippe Ariés, un fenómeno absolutamente natural, incluso cuando iba acompañada de malos presagios.

La mala muerte, en contraste, se manifestaba cuando llegaba a traición, de súbito, por accidente y sin dejar el mínimo tiempo para tomar alguna actitud de preparación para recibirla. La muerte súbita era temible, como una condenación. Ariés refiere que esa muerte era calificada como infamante y vergonzosa, como cólera de Dios; de esa muerte no se hablaba. Incluso las exequias de aquellos difuntos por muerte súbita, violenta, cruel, esos ritos funerarios toman un tono aún más funesto, incluso siniestro.

Pero existía otra muerte aún más infamante, se trata de, dice Aries: “la muerte fea y villana es también la muerte clandestina que no tuvo testigo ni ceremonia, la del viajero en el camino, la del ahogado en el río, la del desconocido cuyo cadáver se descubre a la vera del camino, o incluso del vecino fulminado sin razón. Poco importa que fuera inocente: su muerte súbita le marca como una maldición.”

En nuestra época hemos vivido una variante de la mala muerte, ahora en tiempos de pandemia, la mala muerte es la que se nos revela cuando sabemos que ha fallecido aquel que no pensamos, con quien menos se espera, sólo tuvo una pequeña fiebre y ya no salió del hospital, se escuchaba. Muertes sin duelo, un puro agujero.

En nuestro tiempo, en nuestra civilización occidental que por sistema excluye aquello que resulta imposible de clasificar y manipular, esta civiliación que por sistema segrega lo diferente y exalta lo hegemónico, en esta sociedad nuestra se ha venido operando un cambio fundamental: para nosotros, la buena muerte es aquella que aparece sin anunciarse, sin presentimiento alguno que despierte el más mínimo estado de angustia, temor o temblor. En nuestro tiempo, la buena muerte, el “bien” morir, se idealiza en absoluta tranquilidad, y de ser posible en el sueño, sin anuncio, sin tiempo para la angustia, sin dolor, sin sufrimiento y prácticamente sin conciencia.

La mala muerte moderna, en consecuencia, de la que no se habla, es la que se anuncia, la que trae consigo todo el dolor de la agonía, todo el enfrentamiento con la degradación del cuerpo que queda muchas veces en el olvido en las frías salas del hospital.

Como se ve, el cambio de perspectiva con respecto a la muerte no es menor. Sin duda alguna, las actitudes modernas tienen aspectos importantes de considerar.

Esto se expresa en las diversas formas en que se transitan los duelos. Y aquí si hay que ser contundente, hay tantas formas de transitar por el duelo como sujetos haya; el duelo es una cuestión singular, sólo atañe a quien lo vive, no hay modelos, no hay fórmulas.

Pese a no conocerse alguna aplicación efectiva de escalas de medición para saber en qué rangos y sentido las actitudes ante la muerte se han ido modificando, resulta perceptible ese cambio si observamos y tomamos como indicador, por ejemplo, a las costumbres funerarias de cada época. El recorrido sería muy largo, y por el momento sólo cabría pensar en los duelos en nuestra época. En un mundo tan agitado, como resulta ser nuestro mundo, con su mezcla de modernidad-posmodernidad, donde la familiaridad y la proximidad de la muerte, que era tolerada en la antigüedad, ha sido transformada en una actitud más bien fóbica: en nuestros días, pensar en la muerte genera tanto miedo que ya no se osa decir su nombre, la muerte se ha vuelto salvaje. Por ello se idealiza la muerte súbita, que si, como ya se decía, nos puede tomar durmiendo (sin conciencia) mucho mejor: se anhela la muerte rápida, la que en otros tiempos era considerada como una muerte infamante.

En los países tecnológicamente desarrollados los ritos funerarios, que entre otras cosas permitían incorporar la idea de la muerte en lo social, cambiaron la casa por las salas funerarias; el morir ha devenido en negocio bastante productivo y con ello la muerte va siendo excluida del hogar y de la compañía de los otros.

Ya decía que incluso esto se recrudeció en tiempos de pandemia, donde no se podía siquiera asistir al funeral.

Así entonces, los ritos funerarios, los únicos actos que posibilitan incorporar a lo social lo indecible de la muerte, han quedado prácticamente forcluidos. En las sociedades modernas la muerte no se narra, se vive y se excluye, se aconseja el pronto olvido: “la vida tiene que seguir”, se dice para consuelo. En un mundo donde incluso la idea de la eugenesia, o clonaciones humanas, la visión que de la muerte se tiene resuena similar a la que ya señalaba Epicuro: “cuando Yo soy ella no es, cuando ella es Yo no soy […] por lo que no vale la pena preocuparse por la muerte”. Esa no preocupación le condena al exilio y al silencio. La muerte se ha vuelto salvaje.

 

Picture of Antonio Bello Quiroz

Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanaltica. Miembro fundador de la Fundacin Social del Psicoanlisis. Ha sido Director fundador de la Maestra en Psicoanlisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicologa. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del pas y atiende clnica en prctica privada en Puebla.

notas