Y yo pienso: Bello es lo que se ama
Safo
Probablemente los cíclopes, que tienen un solo ojo, se sorprenden de los que tienen dos, como nosotros nos maravillamos con aquellas criaturas con tres ojos…Consideramos feos a los etíopes negros, pero para ellos el más negro es el más bello.
Giacomo da Vitra
Para Bayan Güzul
Umberto Eco fue, esencialmente, un semiólogo, aunque también fue filósofo, nacido en Alessandría Italia. Se trata de un escritor erudito, dueño de una narrativa de muy alta hechura. Fue además un apasionado filósofo y un dedicado estudioso de la Edad Media, e influye en otras áreas académicas como el campo de la comunicación. Si en alguna obra da cuenta de estas habilidades es en su novela histórica El nombre de la Rosa, de 1980.
Es vasta su obra, muchas son las aristas que aborda, sin embargo, aquí propongo acercarnos a Umberto Eco a partir de dos obras que parecen contrastantes sin serlo: me refiero a Historia de la belleza (2004) e Historia de la fealdad (2007). El interés por definir lo bello y, por tanto, su opuesto, lo feo, no es nuevo. Cada época establece sus criterios y parámetros para definir uno y otra. En nuestra época, esos criterios están marcados por una ideología de estereotipos comerciales, es decir, los hilos de estas definiciones se mueven desde el capitalismo y la moda; hay incluso historietas populares que le dan lugar a estas dos dimensiones del ser, como La bella y la bestia. Los estereotipos son claros: ella, bella e ingenua; él, feo pero rico y culto.
Las obras de Umberto Eco, cargadas de erudición, con tintes e intenciones enciclopédicas, hacen un recuento de las formas en que se han concebido la belleza y la fealdad, no sólo históricamente sino también desde las diversas disciplinas humanas: el arte, las matemáticas, las letras, la música. No se trata sólo de la belleza y fealdad humanas, sino de todo aquello que nos resulta en una experiencia sensible, positiva o negativa. Hay en cada época una concepción al respecto que no se puede separar de la ideología imperante. Por ejemplo, lo bello, la belleza, siempre ha estado relacionado con lo verdadero, lo bueno, lo justo y lo armonioso, mientras que lo feo ha estado relacionado con lo marginal, lo malo, lo distinto y lo decadente, lo viejo.
Las referencias, tanto para lo belleza como para la fealdad, para Eco están el arte, fundamentalmente la pintura, pero no sólamente, también la literatura, en especial la novela y la poesía. En La historia de la belleza, su mirada y erudición se pasean por la Grecia antigua (lo Apolíneo y lo Dionisíaco), pero también por la belleza de la proporción y la armonía (combina el estudio del número y la música, lo mismo que lanza su mirada al cosmos y la naturaleza), sin duda se detiene en esa época que tanto le interesa, la Edad Media, vista desde la luz como signo de Dios y el color en la mística. También puede ver elementos de belleza en los monstruos. En la mitología griega, por ejemplo, abundan figuras como faunos, cíclopes, quimeras y minotauros, incluso divinidades como Príapo, todos ellos considerados monstruos según el canon de belleza de la época, sin embargo, algo de bello hay en ellos, una cualidad, un atributo que le genera brillo. Lo mismo escrutina la belleza en las Damas y los héroes que la belleza en la razón y las pasiones, lo mismo la belleza de lo cruel, la belleza tenebrosa.
La pregunta está abierta: ¿cómo discenir entre lo bello y lo feo? Lo cierto es que no hay consenso. Cada época, como hemos dicho, genera sus criterios y jueces. El arte y lo estético no siempre coinciden en los cánones de belleza y, en consecuencia, lo que queda por fuera es la fealdad. Con respecto a la fealdad, hay un sinónimo que permite pensarla: se trata de lo grotesco. Aunque, dado que los criterios van cambiando, sería posible que ¿lo que ahora es grotesco, o ridículo y de mal gusto, pudo y puede ser en otro momento algo estético? ¿Lo estético sólo se tendría que pensar en el arte con respecto a lo bello? En otras palabras: ¿será el arte la vía para darle un lugar en la estética a lo feo y lo grotesco? Si hay un artista que haga conjunción estética de lo grotesco y lo feo, teniendo al cuerpo humano como leitmotiv es Francis Bacon.
La obra de Francis Bacon nos hace visible la gruta que es propia de lo humano, “hiancia” se le llama en psicoanálisis. Nos muestra lo grotesco, ridículo, y amorfo que es el cuerpo humano, todo cuerpo humano. Pero al mismo tiempo nos hace ver la sensualidad que habita lo amorfo, lo discolocado del cuerpo. Los cuerpos desmembrados y desfigurados de Bacon nos dejan ver lo más oscuro del fantasma de lo humano. Él mismo buscaba “que la pintura pase directamente al sistema nervioso” y lo consigue. Nos conmueve, sin duda. Observar su propuesta plástica produce una gruta en el espectador, nos muestra lo grotesco que nos habita.
En su Teoría de la estética, Theodor Adorno escribe que: “El arte tiene que convertir en uno de sus temas lo feo y lo proscrito”, pero además nos dice en qué sentido preciso tendría que ser: “pero no para integrarlo, para suavizarlo o para reconciliarse con su existencia […] tiene que apropiarse de lo feo para denunciar en ello a un mundo que lo crea y reproduce a su propia imagen”. La historia del arte, quizá, también pueda ser una historia de lo grotesco o de lo feo.
Umberto Eco señala, en Historia de la fealdad, que los criterios para distinguir lo bello y lo feo no son estrictamente estéticas. Se trata de una construcción política, cultural y social. Con frecuencia tienen un sentido político o, como es claro en nuestros días, económico. Ya Marx decía que en el capitalismo, “el dinero suple a la fealdad”. El dinero embellece al feo y al tullido lo hace bello.
Para Eco, hay una distinción de la fealdad en tres fenómenos distintos: la fealdad en sí misma, la fealdad formal y la representación artística de ambos. Señala que de esas representaciones, en la historia del arte se ha dado un lugar recurrente al vínculo entre la fealdad y lo femenino. Entre la Edad Media y la época barroca, dice Eco, prospera el tema del vituperio (vituperatio) contra la mujer cuya fealdad, se decía, manifiesta dos cosas: la maldad interior y el poder de seducción. Por ello, la mujer tendrá que recurrir al maquillaje o cosméticos para ocultar la fealdad propia de su ser mujer. Se maquillaba para enmascarar sus defectos físicos y el alma. Eco cita el trabajo de Patricia Betella quien distingue tres fases para el desarrollo del tema de la mujer y la fealdad: a) en la Edad Media, con la representación de la vieja, símbolo de la decadencia tanto física como moral, en oposición al elogio o exaltación de la juventud y la belleza; b) en el Renacimiento, donde la fealdad femenina se vuelve objeto de diversión burlesca; y c) en la Época Barroca, donde hay una revalorización positiva de las imperfecciones femeninas como elemento de atracción.
La “estética de lo feo”, si la podemos pensar así, nos muestra de la manera más clara la descolocación que el cuerpo tiene en su constitución misma. No es de extrañar que sea el cuerpo femenino el que sea históricamente considerado como fuente de esa descolocación, lo fuera de orden, lo excesivo. Se trata de esa condición del cuerpo propio de ser nuestro mayor desconocido, portador de malestares indecibles, que el psicoanálisis pudo conceptualizar. El cuerpo es para el psicoanálisis un cuerpo que habla.
En el dispositivo psicoanalítico se nos muestran las grutas (grotto, lo grotesco), las desgarraduras propias de un cuerpo fragmentado, desfigurado, amorfo, por efectos del significante. Ahí se escuchan los residuos de una fragmentación del cuerpo y las desgarraduras de la existencia. Posiblemente la escucha en análisis, la escritura del sujeto que ahí se genera, sea también, como en la pintura, una forma estética darle lugar a lo feo y lo grotesco de la existencia, como una vía otra para acceder al brillo de lo bello, es decir, el Agalma, para darle lugar al deseo de lo bello.






