Flectere si nequeo Superos, Aqueronta movebo.
Virgilio, La Eneida
En el mundo posmoderno e individualista que nos ha tocado transitar, vemos que la especialización del saber ha producido “profesionales” con una formación intelectual y cultural absolutamente deficiente. En muchos casos, y de manera estructural, la cultura general de estos profesionistas, como se dice, es escasa y eso reduce su trabajo a la simple y mecánica aplicación de una técnica, un accionar acrítica y ágrafa. Quizás en varias disciplinas pudiera justificarse esta falta de interés por saberes que no correspondan estrictamente a su especialidad, sin embargo, esto no podría ocurrir en aquellas prácticas profesionales que se proponen trabajar con lo humano. No puede ser así en las llamadas disciplinas “Psi”: las psicologías y la psiquiatría fundamentalmente.
Sigmund Freud es un hombre de su tiempo, con una amplia cultura y con una formación muy sólida y rigurosa en la tradición científica de finales del siglo XIX. La ciencia es el cielo para el mundo de Freud. El inventor del psicoanálisis apela a los dioses de su cielo, sin embargo, no encuentra en el discurso de la ciencia elementos para explicar los enigmas de la vida anímica que le muestran los cuerpos sufrientes de sus histéricas. Los cuerpos de las mujeres hablan en sus síntomas, en sus convulsiones, sus parálisis y sus conversiones, dejando al científico Freud desarmado para poder escuchar los síntomas que emanan de su sexualidad negada. La ciencia no le ayuda para poder profundizar en lo que se juega en los síntomas histéricos, y en las formas en que el inconsciente y sus formaciones se muestran, por lo que se ve llevado a buscar otros saberes que le auxilien. Como Eneas, en la Eneida, Freud buscará conmover a los dioses del infierno.
Aunque la formación intelectual de Freud es vasta (antropología, Historia, biología, mitología, teoría del derecho, etc.), es en la literatura donde Freud buscará la chispa con la cual encender su linterna de curiosidad. El doctor vienés hace una analogía entre las obras literarias y los casos clínicos. El psicoanalista francés Jacques Lacan reconocerá a Freud como a quien encontró en Sófocles el nombre de un héroe condenado, Edipo, cuyo destino permite explicar algunos fenómenos universales. Por su parte, Lacan encontrará en el mismo Sófocles las peripecias de Antígona y la inversión de la ética, el brillo fálico, el valor de la tragedia y el colocarse entre-dos-muertes. En fin, desde Freud y con Lacan se percibe que los síntomas de los analizantes están organizados como un texto escrito. La verdad, la verdad del sujeto, se presenta a modo de ficción. Freud mismo escribía, sobre todo los casos clínicos, con un estilo literario. Vamos, lo hacía a tal grado que el primer reconocimiento que Freud recibió fue el Premio Goethe de la ciudad de Frankfurt en 1930, se dice que el principal postulante y defensor, en reconocimiento a su prosa, es el notable escritor Thomas Mann.
Sabemos que el psicoanálisis tiene un origen fuertemente ligado a la literatura, incluso en algunos temas, como el amor, Freud reconoce que el escritor, y los poetas en particular, llevan la delantera. En La interpretación de los sueños, libro que es considerado como princeps del psicoanálisis, en el mismísimo epígrafe, Freud mismo hace un reconocimiento a este origen citando la Eneida de Virgilio: “flectere si nequeo superas, Acheronta movebo”. Que podría traducirse así: “si no puedo doblegar a los dioses de los cielos, sacudiré el Aqueronte (los infiernos):
Como no encuentra respuesta en los dioses celestiales para poder acceder a la comprensión del inconsciente y los efectos en los síntomas, entonces, acudirá a los dioses infernales.
En realidad, lo que lo seduce de Virgilio, así se lo comenta Freud a su amigo Fliess, es el viaje imaginario que emprende al interior del infierno personal. En este viaje, lo primero que recomienda, en sentido contrario a esa expresión popular que dice por ver los árboles se pierde el bosque, se trata no sólo ver el bosque sino de detenerse en los árboles. En su recorrido por los casos clínicos, como ocurre con el viaje a Ítaca de Kavafis, Freud apuesta de inicio por lo singular, por los detalles, por las ocurrencias, que nos muestran las desgarraduras y bemoles de la vida interior del paciente y, más aún, escuchaba como si estuviera leyendo una ficción literaria. Freud concibe su obra clínica como si fuera un largo diálogo con la literatura y otros saberes, constituyéndose en un viaje iniciático, con sus pruebas, sus dudas, sus vueltas en círculo, con sus obstáculos y miedos. Si alguna cualidad se reconoce en el inventor del psicoanálisis es su valentía intelectual, no se frena en su curiosidad, busca constantemente ir más allá que todos en la exploración del alma humana, no retrocede incluso ante el afecto potente que se produce en la relación con el enfermo. En este sentido, el verso de Virgilio citado arriba es una constatación, casi un lugar común del gesto de una voluntad que no cede ante ningún obstáculo.
En La interpretación de los sueños Freud se lamenta incluso no poder ir más directo en la interpretación, pero con ello marca un estilo de abordaje de lo humano. Y ese abordaje se va a diferenciar radicalmente de otras apuestas terapéuticas en el sentido en que le da el peso al significante, a la palabra y a la letra. La verdad tiene estructura de ficción, dirá Lacan. Lacan mismo recurre a la literatura tanto para ilustrar alguna cuestión de la teoría como en el sentido de referencia clínica; así, pasan por su enseñanza Edgar Allan Poe, Genet, Gide, Marguarite Duras, Sade, Joyce, pero también Platón, Aristóteles o Antígona o Hamlet mismo, entre muchas otras referencias literarias.
Volviendo. Las referencias literarias son frecuentes en Freud. No podría ser de otra manera, incluso utiliza si amplio conocimiento literario para explorar las pasiones humanas. La literatura se ha visto con frecuencia como una posibilidad de viajar a otros mundos, en otros tiempos, eso mismo es el psicoanálisis. Freud lo mismo se refiere a Schiller, o Goethe o Shakespeare, lo mismo a Cervantes (aprende español para poder leer al autor de El Quijote); en la literatura encuentra a los dioses del infierno, a los que recurre para poder alumbrase en el oscuro y trágico mundo interior. En ellos encuentra lo que la ciencia no le pudo proporcionar. Sin embargo, si continuamos con la analogía con el viaje de Virgilio, el recorrido a las profundidades infernales encuentra un símil en Freud con el trabajo del arqueólogo: el trabajo clínico va descubriendo las “viejas ciudades” que expresan su arcaica presencia en la actualidad de un sufrimiento. Roma misma es el paradigma de coexistencia de diversas superposiciones en el aparato psíquico. Así como los vestigios de antiguas ciudades persisten en las actuales, nada de lo que se produjo una vez en la vida de un sujeto se ha perdido, de esta manera la infancia convive con la actualidad del sujeto. “Toda neurosis es neurosis infantil”, nos dice el maestro vienés. Es el drama de la infancia lo que lleva al sujeto a crear, porqué no, “la novela familiar del neurótico”.






