Enigmas del cuerpo: la voz

Ellas encantan a todos los mortales que se les acercan,

¡pero muy necio quien ceda en sus esfuerzos y escuche su canto!

Homero, Odisea

La voz es quizá uno de los mayores enigmas del cuerpo. Se trata a la vez de algo tan físico como incorpóreo: sale de la cavidad bucal para irse al infinito. Se trata, desde el psicoanálisis, de una especie de “objeto parcial”, con la ambigüedad que le es propia a todo objeto parcial.

La voz es el núcleo de lo que bien se podría llamar la pasión amorosa. No es la carne sino la voz lo que nos trajo al mundo. Aunque no hay voz que no venga acompañada de su silencio. Es por la voz que es posible alcanzar a rozar el momento de la verdad en el vínculo amoroso: “Digo ¡Te amo, y me abismo!”, dice Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso. El amor, lo sabemos, es un hecho de palabra, pero no sólo de la palabra escrita (aunque hay grandes cartas de amor escritas que han despertado monumentales pasiones), en el amor se requiere de la palabra hablada.

Escuchar un hermoso canto, un profundo discurso, una exclamación, e incluso un gemido, son experiencias capaces de desencadenar las más potentes pasiones amorosas. La voz promueve un auténtico “flechazo vocal”, aun cuando quien la profiere esté fuera del alcance de la mirada, como señala Paul-Laurent Assoun en su libro La mirada y la voz. En un efecto metonímico, la voz nos conduce de la parte al todo y así, aquel que no se conoce, el locutor, por así decirlo, será amado como portador de ese objeto voz que ha despertado la pasión, se trata de un objeto que brilla y se vuelve espejo interior de la pasión. Escucho su voz y algo en mi interior resuena. La voz opera como una descarga que vela y al mismo tiempo “hace ver”; deslumbra y hace ver o, si se quiere, la voz deslumbra y a la vez enceguece. La voz nos lleva al cielo o, como ocurre con el grito, nos aturde y nos puede llevar al infierno.

El sujeto afectado por la voz entrará en una aventura pasional mandatada por el constante intento de volver a escuchar a esa voz. El que escucha queda encantado, convertido en cochino. El que escucha queda prendado, aunque no de lo que ve, como puede ocurrir en el flechazo amoroso o amor a primera vista; el que escucha queda seducido por lo que escucha, eso que fue y ya no es pero puede volver a ser. Se trata de la voz, pero no cualquiera. Es la voz que tendrá que tener toda “la energía de su acción”, como señala Descartes en su tratado sobre Las pasiones del alma, cuando estáhablando de la admiración que es propuesta como la primera de las pasiones “su fuerza depende de dos cosas, a saber, su novedad y el hecho de que el movimiento que causa tenga desde el inicio toda su fuerza”, escribe.

Es en la voz donde Lacan termina de señalar la emergencia del objeto. A la voz es posible reconocerle el valor de fetiche, según nos enseña Freud. Lo es en tanto que el objeto amoroso, el fetiche (aquí la voz), no es más que el signo de una falta; la voz encarna algo que se espera del otro, algo que falta y se supone en el Otro. El síntoma neurótico es un llamado, una invocación del otro. Y si algo es posible destacar como síntoma amoroso en el neurótico es la pérdida de la voz. La afonía es, al decir de Freud, una histeria de conversión que toma a la voz como objeto a paralizar.

Freud hace referencia a la afonía o pérdida de la voz en por lo menos dos ocasiones. Primero en Estudios sobre la histeria, ahí nos habla de una cierta Rosalie H. una joven empeñada en ser cantante famosa, sin embargo, se queja con frecuencia de que su voz no le obedece en ciertas tonalidades. Cuando aparecen esos “fallos de la voz” vive la sensación de estrangulamiento y cerrazón de la garganta. Más tarde la voz vuelve a ser clara y brillante, pero ante la más ligera excitación la constricción de la voz reaparece.

Por otro lado, en el famoso caso Dora, la señorita experimenta entre sus síntomas “accesos de tos con pérdida de la voz”. Freud señala que este síntoma aparece cuando el señor K, a quien ama en secreto, se hace presente en su recuerdo. El psicoanalista destaca que es “la presencia o la ausencia de un objeto lo que determina secretamente la llegada y la desaparición de los fenómenos patológicos”. Es decir, en los casos de afonía que sobrevienen periódicamente, hay que postular la existencia de “un amado provisionalmente ausente”.

Por otro lado, en La metamorfosis, Ovidio nos cuenta la historia de la pasión de Eco, la ninfa que ama a Narciso y se queda sin poder decir su amor dado que está condenada a sólo repetir las últimas palabras que escucha. Eco, es una joven y bella ninfa que fue condenada por Juno a perder el habla y sólo devolver las últimas palabras que escuchaba. El castigo fue en represalia porque Eco era muy parlanchina y con su hablar sin cesar distraía a Juno mientras Júpiter le era infiel. Con respecto al origen de Narciso, cuenta la mitología que el adivino Tiresias le da una profecía a la ninfa Liriope que había concebido, a la fuerza, con el río Cefiso al pequeño Narciso. Se le preguntó al vidente ciego si el niño llegaría a viejo y el adivino sentenció que eso ocurriría sólo “si no se conociese, si no se viera a sí mismo”. y ocurre que Eco se encontró a Narciso vagando por el campo y al instante quedó prendada de la belleza del muchacho (belleza que el desconocía) y lo empezó a seguir a hurtadillas, lo seguía y lo amaba cada vez más, pero nunca pudo hablarle. En alguna ocasión, durante un paseo, el bello joven, que se había apartado de sus compañeros, preguntó en voz alta: “¿quién está presente?”, y Eco repitió esta última palabra. Pasmado al oírla, Narciso gritó “Ven”, y ella le contestó con la misma voz. Engañado, seducido, el joven siguió hablando y caminando en búsqueda de la evasiva voz que repetía la última palabra dicha por él, entonces Narciso llegó a decir: “Juntémonos.” Contestó Eco con la misma palabra, y salió de la selva dispuesta a abrazarlo. Narciso ante esa aparición sale huyendo y dice “moriré antes que tengas poder sobre nosotros”. Ella, despreciada, vuelve a ocultarse en la selva y ahí permanecerá, cubierto el rostro de follaje y solitaria, en la ausencia, como ocurre, ama aún con mayor intensidad, y su cuerpo enflaquece y pierde toda su belleza, y de ella ya sólo quedó huesos y voz, después sus huesos se hicieron piedra y queda sólo la voz. Un sonido que aún podemos escuchar en lo profundo de las cuevas. El final de la historia de Narciso también la conocemos: el bello joven, huyendo de Eco, se encuentra frente a un arroyo y al verse, como estaba dicho en la profecía, se arroba en su propia imagen y por quererse alcanzar muere ahogado. De ahí la idea general de lo que hoy conocemos como narcisismo, prácticamente, alguien que ama sólo su propia imagen.

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Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanaltica. Miembro fundador de la Fundacin Social del Psicoanlisis. Ha sido Director fundador de la Maestra en Psicoanlisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicologa. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del pas y atiende clnica en prctica privada en Puebla.

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