El profesor del deseo

Me gusta enseñar. Pocas veces me siento tan feliz y contento como cuando estoy aquí con mis páginas de anotaciones y mis textos llenos de marcas y con personas como ustedes. En mi opinión, no hay en la vida nada que pueda compararse a un aula.

Philip Roth, El profesor del deseo.

 

Con todo mi reconocimiento a mi querido carnalito, amigo y maestro, Marcel Arvea.

 

Quizás una de las figuras más entrañables en la sociedad es la del profesor o profesora. El profesor es el eje del proceso enseñanza-aprendizaje, sin embargo, lamentablemente su función se ha reducido a una simple instrumentalización. En la actualidad, se ha reducido al maestro a un simple empleado de la institución. Dejó de acompañar al alumno, ya no desencadena afectos ni genera en el discípulo reconocimiento y admiración.

Todo proceso educativo implica la presencia del Otro. Incluso el autodidacta aprende de ese Otro que es el libro. Ese Otro está representado por el docente y por todo el sistema educativo, este sistema requiere de un mecanismo que haga factible la transmisión.

En la clínica psicoanalítica, ese mecanismo se conoce como transferencia. Ahí se trabaja con la transferencia, sin embargo, es un fenómeno que también aparece en otros ámbitos, como el educativo. La transferencia se trata, dice Freud, “de un fenómeno universal que gobierna en general los vínculos de una persona con su ambiente humano”.

El psicoanalista francés Jacques Lacan, en su seminario 8, aborda la tema de la transferencia, y para hacerlo recurre a la lectura de El banquete o sobre la erótica, de Platón. Nos presenta lo que llama metáfora del amor, la que más adelante nos servirá a nosotros aquí. Si bien es cierto que la relación analista-analizante es distinta de la relación profesor-alumno, sin embargo, hay algo en común: ambas tendrían que operar desde una posición ética respecto al deseo.

¿Qué ocurre en el banquete? Agatón organiza un banquete, ha ganado un torneo de poesía, se reúnen, comen y se proponen hacer elogios a Eros. Sócrates está invitado pero se retrasa. Agatón, al verlo entrar, de inmediato le pide que se siente a su lado. Massimo Recalcati, en su libro La hora de enseñar, nos muestra en ese hecho algo del eros (del deseo) que se juega en el proceso educativo: “alcanzar una proximidad máxima con el cuerpo del maestro para absorber todo el saber”. Cercanía peligrosa si no se opera desde la ética.

Pero ¿cómo se inicia el proceso de enseñanza-aprendizaje? El inicio de todo el proceso parte de suponer al Otro (al maestro) un saber. El profesor posee un valioso saber guardado en un joyero.

En el diálogo, Alcibiades llama “Sileno” a Sócrates. El sileno es un sátiro pero también es un joyero, una cajita que guarda un valioso saber. La joya se llama agalma. Eso es el maestro: un joyero que contiene el agalma. Este agalma es el detonador de esa experiencia que vincula al amor con el deseo. La petición del discípulo es recibir el saber del maestro, ahí se juega su deseo. Desea lo que el maestro posee, el maestro sabe, sin embargo, que no posee al agalma, sólo lo transmite.

El alumno, una vez que supone un saber en el maestro, buscará, dice Recalcati, “abrevar en el saber ya constituido del maestro o de los maestros, considerados como objetos amados, como erómenoi”. El discípulo pretende recibir todo el saber del maestro.

Sin embargo, en El banquete Sócrates hace un gesto: se niega a encarnar el lugar de erómenos, niega tener el saber todo, se presenta como un vacío de saber. Escribe Recalcati: “un vacío de saber, como un no-saber, como una carencia de saber, es decir, como un erastés, un puro amante”.

Sócrates sabe que en el centro del conocimiento del maestro hay un vacío, algo que falta, el se mueve desde la imposibilidad de saberlo todo, de explicarlo todo.

Lacan, en el seminario sobre La transferencia, dirá: “Su esencia, la esencia de Sócrates es -de hecho- ese vacío, esa cavidad”.

El trabajo inicial del profesor es hacer vacío, desmarcarse del lugar de quien lo sabe todo, negarse a quedarse en el papel de objeto amado. Su trabajo es abrir las mentes y los ojos y el alma, abrir el mundo. Y es este deslizamiento el núcleo de la erótica de la enseñanza.

Este vacío generado en el deslizamiento de lugar que ejecuta el profesor es lo que hace posible que el proceso educativo sea creativo, lúdico; sin este vacío no hay posibilidad de generar nada vivo.

Pero ¿qué es esta metáfora del amor? La metáfora es una sustitución del erómenos por el erastés, del amado por el amante. Cumple esa condición de, dice Lacan, “metáfora, la sustitución del erastés al erómenos que constituye en sí misma la metáfora del amor”.

La metáfora del amor es la operación necesaria para abrir el proceso de la cura en psicoanálisis.

Y propongo que esta metáfora del amor es necesaria para que inicie el proceso de enseñanza, y esto sólo se posibilita por el trabajo del docente, que es deslizarse, moverse del saber todo.

La metáfora del amor permite pasar al discípulo de objeto que ha de llenarse de conocimiento a un sujeto que buscará lo que le falta. Recalcati dice que se trata de la emergencia de un sujeto, el alumno, que se siente “arrebatado, atraído, capturado hacía un saber nuevo.

Y hace una puntualización adicional que no debe escandalizarnos: “ese arrebato erótico hacia el saber es, sin duda alguna, un nombre verdadero, en absoluto postizo, del amor. No hay enseñanza posible sin el erotismo de la transferencia, sin la transformación del estatuto inerte del erómenos en el activo y deseante del erastés”.

Freud señalaba que hay tres prácticas vinculadas con lo imposible: gobernar, psicoanalizar y educar. El profesor, al someterse a lo imposible de su profesión, introduce una falta, algo que no se alcanza y, con ello, posibilita una relación que no vincula al discípulo a obediencia alguna; el profesor no ocupa a tomar la posición de amo.

No es Amo pero, sin embargo, el profesor no puede prescindir de la autoridad: la pérdida de autoridad del maestro es la enfermedad más grave de la educación en nuestros días.

Pero ¿qué es la autoridad en pedagogía? La autoridad es el eje de la escuela, está fuera y dentro del aula. El maestro ocupa siempre el centro entre la institución y el alumno.

Lamentablemente, la autoridad del docente está prácticamente evaporada, tiene una autoridad de caricatura, la institución los instrumentaliza y a los alumnos no les genera respeto alguno. Estamos en la época del maestro humillado, vapuleado, y ahora también por los padres; se ha roto el pacto generacional entre padres y maestros.

El maestro que conocemos es uno cada vez más solo. Las disposiciones políticas, morales y sociales con respecto a la educación lo han dejado en una situación de precariedad social y económica, e incluso es criminalizado. En estas condiciones, resulta todo un misterio cómo el profesor podría mantener viva la erótica como la esencia de su práctica.

Pese a todo lo dicho, resulta vigente que el encuentro con un profesor puede cambiar de manera radical una vida, puede favorecer una transformación singular.

Para Massimo Recalcati, lo esencial de la enseñanza estriba en movilizar el deseo de saber. Lo esencial de la enseñanza es, hay que decirlo, el placer de saber. Sin embargo, uno de los padecimientos del cuerpo enfermo de la educación, tal como lo vemos en la cotidianidad de las prácticas de enseñanza, es que los docentes se ven sobrecargados de trabajos que no tienen nada que ver con su “profesión”: se le carga de trabajo administrativo o de representación gremial. Cuando la educación queda sometida a la dictadura de lo medible y lo evaluable, y los criterios son cognitivos y productivos, el profesor se reduce a un mero burócrata de la educación.

Ante esto hay que decir que, en la escuela, en el escenario de la institución escolar, hay un espacio y un tiempo que, al recuperarse y hacerse valer, hace posible romper el automatom de la repetición para devolver, como hemos visto, la erótica de la enseñanza, a ese espacio tiempo, Recalcati le llama La hora de clase.

En esa hora de clase podemos encontrarnos con otros mundos. En alguna medida es como una cápsula del tiempo: nos podemos encontrar con lo inédito, con lo maravilloso. En una hora de clase, como una sesión con el psicoanalista, se puede cambiar una vida. Lo que puede ocurrir en una hora de clase puede ocurrir si se produce ese fenómeno que hemos llamado Transferencia, necesaria para que se realice ahí la metáfora del amor.

El maestro es el director del proceso de enseñanza, así como el psicoanalista conduce la cura, pero lo hace asumiendo lo imposible del proceso de enseñanza, lo hace haciendo lugar en su acto al vacío, opera la metáfora al colocarse en el no-todo-saber.

Para que la magia de la transmisión se produzca, la hora de clase requiere de la palabra del maestro. El maestro aporta su deseo, que se materializa en la palabra viva, ese es su aporte, es la palabra (no sólo el conocimiento) habitada de deseo. Cuando la palabra viva se presenta, se verifica esa experiencia auténtica, se genera el encuentro con lo nuevo, tyche se dice en griego. El aceite de la docencia justo en la hora de clase es el eros, la experiencia que ahí se hace viva, no puede prescindir del eros, no le teme jamás.

Un enorme escritor, Philip Roth, escribe El profesor del deseo, donde dibuja lo esencial de la profesión de profesor:

 

“Me gusta enseñar. Pocas veces me siento tan feliz y contento como cuando estoy aquí con mis páginas de anotaciones y mis textos llenos de marcas y con personas como ustedes. En mi opinión, no hay en la vida nada que pueda compararse a un aula. A veces, en mitad de un intercambio verbal -digamos, por ejemplo, cuando alguno de ustedes acaba de penetrar, con una sola frase, hasta lo más profundo de un libro-, me viene el impulso de exclamar: «¡Queridos amigos, graben esto a fuego en sus memorias!» Porque una vez que salgan de aquí, raro será que alguien les hable o los escuche del modo en que ahora se hablan y se escucha entre ustedes, incluyéndome a mí, en esta pequeña habitación”

Picture of Antonio Bello Quiroz

Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanaltica. Miembro fundador de la Fundacin Social del Psicoanlisis. Ha sido Director fundador de la Maestra en Psicoanlisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicologa. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del pas y atiende clnica en prctica privada en Puebla.

notas