Vuestras mujeres callen en las congregaciones, porque no les es permitido hablar
Corintios 14: 34
El 25 de noviembre se conmemora el da Internacional de la Eliminacin de la Violencia contra la Mujer. Esto nos motiva a la reflexin en torno a la violencia que histricamente se ha ejercido contra las mujeres, y desde ah preguntarse, ms all de reconocer que se trata de una cuestin estructural, qu motiva el odio contra las mujeres?
El odio a las mujeres es ancestral. La historia de la humanidad bien puede trazarse a partir del lugar (o no-lugar) que las mujeres han tenido en las diversas pocas. En la historia de la sexualidad una constante se revela: nunca se ha sabido qu hacer con el horror que la condicin femenina genera y que hoy, como en otros tiempos, se expresa en la violencia contra ellas y la expresin mayor del odio que se manifiesta en los feminicidios.
Hesodo, en su Teogona, narra el mtico y ejemplar castigo que Zes impone a los hombres a partir de que Prometeo les entreg el brillo del fuego: y al punto, a cambio del fuego, prepar un mal para los hombres, manda a hacer a una mujer modelada de la tierra, con apariencia de doncella, de ojos glaucos y vestida con un adornado velo: [] y un estupor se apoder de los inmortales dioses y hombres mortales cuando vieron el espinoso engao, irresistible para los hombres. Pues de ella desciende la estirpe de las fminas mujeres. Gran calamidad para los mortales, con los varones conviven sin conformarse con la funesta penuria, sino con la saciedad.
Muchos son los referentes del temor y odio que las mujeres han generado a los hombres (y a las mismas mujeres) de todos los tiempos. Encontramos en el libro Una breve historia de la misoginia, de Anna Caball, que un filsofo francs llamado Andr Glucksmann deca que el odio ms largo de la historia, ms planetario incluso que el odio a los judos, es el odio a las mujeres.
Contrario a lo que se piensa, la misoginia no es un asunto de falta de educacin o escasa cultura. Por ejemplo, Alfonso X, llamado el sabio, escriba de las mujeres: confundimiento del hombre, bestia que nunca se harta, peligro que no guarda medida. Tampoco es cuestin de gnero, lo mismo se da en hombres que en mujeres. Como un ejemplo podemos leer que la escritora espaola Almudena Grandes escribe: entre las escritoras de mi edad hay muchas que son unas petardas, que van llorando por ah, convertidas en unas pobres chicas tiernas a las que los crticos quieren tocar el culo y se sienten acosadas sexualmente, y reclaman apoyo por ser chicas.
La convivencia entre hombres y mujeres ha sido desde siempre complicada. El orden patriarcal les ha dado a las mujeres un lugar centrado en la maternidad y, de esa manera, su discurso, la singularidad de su discurso, su deseo, no es escuchado; muy por el contrario, ha sido silenciado, segregado, violentado. Aunque no les resulta exclusivo, como ya dijimos, los hombres desde siempre han mostrado su desprecio por las mujeres, mejor an, por la palabra de las mujeres. Los hombres no escuchan a las mujeres, ste es el fundamento de la misoginia o el odio a las mujeres.
Las relaciones de dominio masculino se dan a partir de un rechazo a la palabra femenina.
As entonces, el problema no es la misoginia que ha existido desde siempre, quiz el odio a lo femenino, en tanto que est cerca de lo real, no pueda eliminarse. Sin embargo ah no radica el problema. Lo realmente grave es la negacin o invisibilizacin de esta condicin estructural de violencia. Si se oculta no se puede hacer nada. En este sentido, la accin propositiva iniciara con reconocer que lo femenino nos afecta, y nos afecta a todos, hombres y mujeres.
Pero, qu es lo que no se escucha en las mujeres?, Qu es lo que produce tanto horror, violencia y rechazo a las mujeres? Quiz sea justamente que en el centro mismo de la constitucin psquica de la mujer se encuentra Nada. Lo indecible, lo que la acerca a Dios, y al Diablo, a lo real. Quiz por ello la tendencia a adornar el cuerpo femenino, a cubrirlo de afeites para velar esa nada que lo habita y constituye. Un cuerpo sin centro, un discurso sin sentido, eso es una mujer. La mujer representa la alteridad a todo discurso dominante. La mujer es un sntoma para un hombre, como dice Lacan. Y eso es justamente lo que se vive con recelo, no se sabe qu con ellas: gozan demasiado!
Es justamente esta condicin de gozante sin lmites, sin tiempo ni localizacin corporal de su goce, lo que no se soporta.
Esta condicin gozante en la mujer, insisto, no es nueva, ocurre desde tiempos inmemoriales, tal y como lo revela Ovidio Nason en Las metamorfosis. Ah nos cuenta que Jpiter y Juno discutan con respecto a quines reciben ms placer en el acto carnal, es decir, quin goza ms, si las hembras o los varones (en el fondo, es lo mismo que se discute en la pareja, quin da ms?, quin ama ms?, quin goza ms?). Jpiter opinaba que eran las mujeres quienes ms gozaban. Cmo no se ponan de acuerdo, deciden acudir al sabio Tiresias, que haba gustado del amor bajo los dos sexos. El mito cuenta que Tiresias encuentra en el camino a dos serpientes enroscadas copulando. Con su bastn las separa y en castigo se convierte en mujer por siete aos. Pasado ese tiempo, nuevamente en el camino se encuentra a otras dos serpientes. Con su bastn las separa y se convierte nuevamente en hombre. Escribe Ovidio: este sabio juez, nombrado para dirimir la contienda, se inclin por la opinin de Jpiter. Juno se ve descubierta y en castigo priv a Tiresias de la vista; como no es dado ir en contra de un dios, Jpiter en compensacin lo hizo adivino. Vemos a Juno, a la mujer, del lado del exceso.
Lejos estara de decir que el psicoanlisis tiene la respuesta para la misoginia. Sin embargo, s es posible decir que se constituye como un discurso y un espacio clnico, quizs el nico en las sociedades occidentales, donde se escucha lo excluido, donde se escucha a las mujeres en su singularidad, es decir, en lo propio de su deseo inconsciente. La apuesta del psicoanlisis es justamente no ceder ante el horror a la castracin que se encuentra en el origen del desprecio a las mujeres.
El psicoanlisis, al escuchar la singularidad del sufrimiento del sujeto, le abre una perspectiva diversa a la pulsin de muerte, una que posibilita, sin negarla, ir ms all de la tendencia destructiva.






