Tus ojos son demasiado puros para mirar el mal.
Hab 1.13
Quien sabe endurecerse frente a los males del otro se trasforma en seguida en impasible ante los suyos propios.
Marques de Sade
La idea de la existencia del Mal ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad. Podríamos trazar un recorrido histórico transversal y no encontraremos época en donde el mal no se muestre con alguno de sus rostros, tres resultan relevantes: el diablo.
La historia del mal es correlativa con la historia de lo humano. El mal ha sido definido como aquello que queda por fuera de lo que se señala como el Bien. El mal ocupa, por definición, el lugar de lo marginal, lo excluido, lo diferente, lo que no entra en el canon. Esta conceptualización del mal ha traído como efecto tratar como una amenaza a lo que se considera diferente, la otredad, la alteridad.
La idea del mal ha existido desde siempre, lo que cambia en cada época es el lugar y los entes portadores que lo encarnan. El mal ha tenido las formas más extendidas y diversas: actúa como la sombra amenazante que pone en riesgo a la comunidad. Una sombra que se mueve por los caminos de la incertidumbre y acecha con la enfermedad, el sufrimiento y la muerte.
El mal también se hace visible al verse perdido el control imaginario del propio destino: el mal se muestra con el rostro terrible del destino, es fata, la fatalidad. El mal invade el destino de los pueblos con plagas como la peste o pandemias como la del cólera o el covid, maldición que no podría provenir sino del lado oscuro, impulsado por los demonios, identificado con lo que queda por fuera de dios.
El demonio, los demonios, o el diablo, son los primeros portadores y agentes del mal; en el imaginario colectivo, los demonios provocan la degradación del alma y del cuerpo. Al final de la Edad Media, Satanás ocupará su lugar.
Pero el Mal no puede ser sin el Bien, el Mal es resultado del Bien. Digamos que el Mal sólo puede ser señalado, sostenido y administrado desde y por quien se posiciona en el lugar del Bien, de la divinidad; desde el bien que representan se presentan como las encarnaciones de la justicia.
No hay mal sin su Otro que le nombre. El mal ha sido ubicado en torno al demonio, al loco, al criminal y a la mujer. El mal ha existido siempre, y el odio que propicia se extiende hasta nuestros días y se descarga contra todo lo que se muestre como diverso a lo heterogéneo y validado por los sistemas patriarcales: la misoginia y los feminicidios son su más cruenta expresión.
Desde la antigüedad han sido numerosas y desastrosas las figuras que asocian los términos “mal” y “mujer”. Las mujeres han sido señaladas como malvadas y destructoras del orden, la imagen de la mujer fatal (femme fatal) es la de aquella que se vale de sus encantos para destruir a los hombres y a las sociedades.
Lamentablemente, persiste hasta nuestros días esa terrible dualidad que identifica semánticamente al hombre con el bien (el sol, el día, la luz, la cordura, etc) y a la mujer como la encarnación del mal (la noche, la sombra, la locura, la luna, etc); dualidad que ha estado presente en toda la historia de la humanidad hasta dar lugar a una siniestra fórmula que ha sido utilizada para justificar el borramiento de lo femenino: la mujer es la última encarnación del mal.
Si, por un lado, el hombre es asociado al orden, el cosmos, el mundo, por el otro, la mujer es vista como lo incierto, el caos, lo inmundo. Se dice incluso que de una mujer, por tener mala fama, se pude decir lo que sea.
El mundo griego antiguo, en sus mitos, nos muestra a la mujer como la portadora de todas las calamidades a partir de un castigo decretado por Zeus, quien, según Hesíodo en su Teogonía, al descubrir que Prometeo ha robado el fuego a los dioses para dárselo a los humanos, manda a Pandora, la primera mujer (iniciadora de la “especie hembra” como le llama Nikos Kazantzakis en Zorba el griego), con una jarra. Ella no puede con la curiosidad y, al abrir su jarra (o caja), deja salir todas las calamidades de la humanidad. Así, una mujer es la bella maldición que Zeus les manda a los hombres después de la traición de Prometeo; Hesíodo, en sus Teogonias, nos dice que Zeus (el Padre) la designa como el origen del mal para los hombres: “Gran calamidad para los mortales, […] con los varones conviven sin conformarse con la funesta penuria, sino con la saciedad”.
Por otro lado, más cerca aún a nuestro mundo, el cristianismo ha señalado a las brujas como portadoras del mal dado que, decían, sostienen comercio sexual con el demonio para hacerse de saber y poder. Durante siglos, con estas delirantes y peregrinas ideas, se ha perseguido a las mujeres (curiosamente, se perseguía a las que podrían tener una posición de poder o saber) señalándolas como brujas y sometiéndoles a los más atroces castigos por ser, se dice, portadoras del pecado. El cuerpo es la sede del pecado y es utilizado para tener comercio sexual con el diablo. Pero, por otro lado, las buenas mujeres, las no brujas, las mujeres pasivas y abnegadas, tampoco se salvan del cautiverio: sometidas al varón han sido identificadas con la virgen, sin embargo, al adorarlas también son negadas en su singularidad.
Se podría creer que esta asociación entre la mujer y el mal era producto de la ignorancia, la superstición o los prejuicios de otras épocas ya superadas. Lamentablemente no es así y, aunque con otras argumentaciones, la siniestra fórmula donde las mujeres son el mal resulta más vigente y real que nunca. En el fenómeno del feminicidio se muestra el rostro más real de esta fórmula.
El feminicidio, expresión mayor de la encarnación del mal en la mujer, es una lacerante realidad en México y en muchas partes del mundo. Se ha vuelto incluso una cuestión de emergencia social y humanitaria. El parto de una sociedad que pueda organizarse desde el reconocimiento de lo diverso está costando demasiado alto. La incidencia de los feminicidios muestra una crisis sistémica del Estado, los gobiernos e instituciones, quienes debieran ser garante de seguridad y, con mucha frecuencia, se muestran como cómplices por omisión.
Aún más, el mal, ubicado históricamente en la mujer, ahora se ha extendido a las poblaciones sexualmente diversas, dejando en claro que lo insoportable es lo diverso, lo femenino.
Se demonizaba a las mujeres, ahora se estigmatizan (por su forma de vestir, sus conductas, etc.) o se les patologiza (es la loca, etc.). Las sociedades se revelan incapaces de procesar una “realidad de las mujeres” que ahora, en diferentes ámbitos, se presenta con libertad no conocida: ahora, como en ninguna otra época, las mujeres tienen la capacidad de decidir si son o no madres, si trabajan o no y si se casan o no.
Lo insoportable de la libertad de las mujeres se expresa mediante el incremento de la violencia en su contra: nadie sabe ahora, ni hombres ni mujeres, cómo ejercer la libertad adquirida. Ante tan ominosa y lacerante realidad, la violencia a partir de la libertad de las mujeres, el psicoanálisis no puede guardar silencio.
El psicoanálisis ofrece algunos elementos conceptuales para pensar el fenómeno del mal y el feminicidio. Se reconoce, en principio, que la emergencia de la mujer como discurso en lo público a nivel masivo, situación que es muy reciente (sólo a partir de la segunda mitad del siglo XX, con la invención de sistemas de anticoncepción masiva), ha traído cambios radicales en las formas en que nos relacionamos hombres y mujeres.
Son varias las cuestiones que se nos impone pensar con respecto a esta nueva realidad, menciono sólo tres: a) poner en cuestión los discursos que buscan borrar las diferencias, que promueven lo hegemónico, dado que justamente lo que se nos revela (como ya adelantaba Freud desde 1910) es que hombres y mujeres estamos constituidos de manera diferente, tanto en el plano de la existencia como en lo sexual; b) rebasar la guerra de sexos que se sostiene en posiciones bizantinas que, tanto en discursos patriarcales como en feminismos radicales y excluyentes (es decir, neopatriarcales), sólo propician mayores expresiones de odio; y, c) hacer visible y analizable una nueva realidad social donde hay que generar (a nivel individual y social) espacios de estudio y reflexión sobre las nuevas subjetividades sexuales que transformen la fórmula siniestra que ubica el mal del lado de las mujeres, aunque también hay que moverse de los discursos victimistas que hacen a los hombres causantes de todos los males de las mujeres. No, no es una cuestión de género; es un asunto de goces y disfrutes de lo sexual en un contexto inédito donde tendrá que hacerse lugar a la convivencia a partir de la diferencia.






