El fantasma de la prostitucin: tiempos de Covid

De entre las muchas secuelas de la Pandemia que nos aqueja en diversos ámbitos —en salud y economía, fundamentalmente—, también es factible percibir modificaciones y desgarraduras brutales en el tejido social. Uno de estos efectos “colaterales” es el incremento de la prostitución como una forma de acceder a los cada vez más escasos recursos económicos. Se volvió (quizá siempre lo fue) una actividad de sobrevivencia para muchas y muchos.

La prostitución no es un fenómeno nuevo, lo sabemos. Incluso le han llamado el oficio más antiguo del mundo. Su presencia y su historia efectivamente se remontan a los albores de la civilización. Se trata de una actividad secreta y semi-oculta que ha acompañado a todo conglomerado humano, lo mismo se ejerce en los arrabales que en las cortes.

Su origen se remonta al auge de la antigua Mesopotamia. Ya entonces se reconocen leyes que buscan “controlar” y proteger a las mujeres que realizaban el trabajo sexual. Se sabe que el famoso Código Hammurabi ya contiene algunas leyes sobre los derechos de la herencia de las prostitutas. Hay que decir que los esfuerzos por “regular” o “controlar” la prostitución mediante la imposición de leyes o normas, lo mismo que por la vía del establecimiento de zonas de tolerancia, ha fracasado hasta nuestros días. Hay algo en la prostitución que escapa al ordenamiento de la ley. Es justamente de ese “algo” de lo que nos ocuparemos en esta ocasión.

Es en la Grecia Clásica donde aparece el término “porne” que se deriva de “pernemi” que significa vender, y sabemos que en la prostitución “algo” se vende o se alquila. Lo mismo la ejercían hombres que mujeres, también por niños, tanto de manera obligada o como una actividad aceptada socialmente. Lo que permitía distinguir a quienes practicaban la prostitución era la vestimenta utilizada. En Grecia, la regulación existente obligaba a pagar impuestos a quienes ejercían la prostitución, igual que toda actividad. Se tenía conocimiento de tres categorías de prostitución: Chamaitypai que era ejercida en el exterior de las ciudades (después llamadas “rameras” porque se apostaban bajo una enramada en las afueras de las ciudades); Gephyrides, denominación que se usaba para aquellas que ejercían bajo los puentes y, las Perepatetikes que eran las que encontraban a sus clientes en las calles y después los conducían a su hogar.

Son evidentes, desde las ciencias sociales, las pocas luces con que se cuenta para determinar con “objetividad” las causas de la prostitución. Ante el fracaso se recurre, entonces, a generar los dispositivos sociales, económicos, jurídicos e incluso culturales que permitan, si no su eliminación, sí su regulación. En ese sentido, diversos estudios han señalado como sus causas a los sistemas patriarcales que producen y reproducen los sistemas de explotación en particular de las mujeres; pero también se ha analizado el fenómeno como una cuestión de oferta y demanda, de tal manera que, se dice, si no existiera demanda del cliente la prostitución desaparecería. Las cosas no son tan simples. Las leyes del mercado en diversos momentos han sumido a las poblaciones, en particular a las mujeres, en la pobreza, como ocurre con las condiciones que se agravaron a partir de la Pandemia de Covid 19. Entonces, la prostitución ha sido, para muchas mujeres, una forma de responder a estas condiciones adversas.

También los análisis se han centrado en el fenómeno de trata y el papel del “padrote”, proxeneta o enganchador como quien, haciendo gala de sus capacidades de seducción, engaña a las mujeres (aunque también a varones, niños sobretodo) ingresándoles a las redes de la prostitución, incluso con carácter internacional en un mundo globalizado. En la actualidad, en México —se sabe—, hay poblaciones casi enteras (como Tenancingo, en Tlaxcala) dedicadas a fomentar el trabajo de la prostitución. La familia en su conjunto participa de manera abierta y sin pudor en las actividades que fomentan la prostitución o trata con fines de explotación sexual.

Las formas y variedades de la prostitución son muchas, aunque siempre están marcadas por el intercambio económico (material) por sexo, aunque no siempre se ha tenido claridad sobre lo que se compra (el tiempo, el simulacro del amor, el sexo). En nuestra época cruzada por el capitalismo salvaje (con el agravamiento producto de la Pandemia), en la búsqueda siempre fallida de la relación sexual, por medio del dinero se espera que no haya lugar para la falta que nos constituye como sujetos. Con eso, con el dinero, se puede tener Todo de las mercancías que devienen fetiche en una transacción que cumple con los principios del capital: fácil, rápido y seguro.

Aquí se asoma ese “algo” enigmático que se juega en el fenómeno de la prostitución: entrar en relación con una persona-objeto con quien se puede Todo, con quien se puede hacer Todo. Pareciera que en esa relación de compra-venta, que apunta a Tener Todo, se busca desconocer la afirmación del psicoanalista Jacques Lacan: No hay relación sexual.

Hay un sin número de referencias culturales y artísticas sobre la prostitución y sus practicantes, y sus consumidores. La literatura y la pintura ha dibujado a quien ejerce la prostitución como seres casi objetos envueltos en el glamour o bien en el vicio. Quizá la primera mujer ligada a la prostitución es María Magdalena, quien acompaña a Jesús en su pasión desde la seducción de su belleza. El personaje es fascinante porque también se le ha mostrado como pecadora arrepentida, una fantasía que se repite en algunos asiduos a los burdeles: redimir a una prostituta, librarla del pecado.[1] Quizá como reminiscencia de un anhelo infantil de rescatar a la amada perdida.

Esta dicotomía entre virgen-puta (es decir, una mujer que no es cualquiera) ha sido recurrente en la literatura, como lo constata García Márquez, en su Memoria de mis putas tristes, con Delgadina, una prostituta virgen con la que un viejo periodista se encuentra para celebrar sus 90 años y, al estar dormida, le permite conocer otra forma de “hacer el amor”, ahora por la vía de la palabra, cuando ya la potencia sexual ha declinado. También encontramos esta fórmula puta-virgen en el genial Yasunari Kawabata y su novela La casa de las bellas durmientes, un burdel muy singular que sólo admite ancianos y donde las mujeres prostitutas son bellas doncellas que se encuentran drogadas y no pueden ser despertadas por los clientes. Ellos duermen a su lado y se llenan de juventud; ellas, en el silencio de su sueño, no se oponen a que los ancianos revivan sus encuentros amorosos ya perdidos. Pero el ejemplo más relevante de esta fórmula virgen-puta la encontramos en Medida por medida, de Shakespeare. Señala la dicotomía entre el convento y el burdel, instituciones ambas que han tenido como función el control de las mujeres. Las personajes son, por un lado, la señorita Isabelle, comprometida a la castidad garantizada por su devoción y el encierro en el convento, y por el otro lado, la señora Overdone, la prostituta siempre dispuesta a desplegar sus artes amatorias con todo aquel que pueda pagar. Nada más distante que estas protagonistas a quienes, como es obvio, la moralidad de la época les impide hablar entre ellas. Es el lector quien las vinculará en su imaginación y encontrará las similitudes entre ambas, la virgen y la puta. Hay algo de inasible, un halo de misterio, un enigma, rodeando a la sacerdotisa que ejerce la prostitución, lo mismo que en su escenografía que parece, lo mismo en el burdel de mala muerte como en las salas elegantes, ambos dispuestos para desplegar todas las fantasías.

Algo del misterio sobre ese “algo” que sostiene el fantasma de la prostitución es revelado por el psicoanalista Helí Morales quien, al abordar la cuestión de la prostitución, en su libro Otra historia de la sexualidad, plantea que es en la relación con la prostituta donde el hombre muestra, de la manera más clara, “el fantasma de obtener el goce de una mujer mediante el pago, mediante algo del orden del tener: como si fuera posible tener a una mujer”.

 

 

[1] Freud hace referencia al tema en un extraordinario texto que lleva el sugerente título de Sobre un tipo particular de elección de objeto de amor en el hombre.

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Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanaltica. Miembro fundador de la Fundacin Social del Psicoanlisis. Ha sido Director fundador de la Maestra en Psicoanlisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicologa. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del pas y atiende clnica en prctica privada en Puebla.

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