Si en la ciudad de Roma alguien no conoce el arte de amar,
que lea mis páginas y ame ilustrado por mis versos.
Ovidio
…porque el amor, éste, demanda el amor, no cesa de demandarlo, lo demanda, aún. “Aun” es el nombre propio de esa falla desde donde en el Otro parte la demanda de amor
Jacques Lacan
Nunca dejamos de hablar de aquello sobre lo cual nada se puede decir en definitiva: el amor, la mujer, Dios o la muerte. El amor en particular se ha presentado tan enigmático y contrario a la razón que por mucho tiempo los filósofos y la ciencia lo dejaron de lado, sólo los poetas le daban voz al ambiguo sentimiento. Acudimos en las sociedades contemporáneas a una explosión de los modos de amar, se ama sin brújula, ya no tenemos las ars amatoria y los grandes mitos de amor de otras épocas.
Para pensar el amor en Occidente, esencialmente el amor erótico, tenemos tres grandes fuentes primarias, tres libros: La Biblia, con El Cantar de los Cantares, más puntualmente; El Banquete o sobre la erótica, de Platón, y El arte de amar, de Ovidio Nasón, escrito en el siglo I después de Cristo. Aunque a decir del escritor francés Stendhal, quien hace del amor el leitmotiv de su literatura, las concepciones del amor en Occidente provienen del mundo árabe medieval: “el modelo y la patria del verdadero amor hay que buscarlo bajo la tienda gris del árabe beduino”. El collar de la paloma se menciona como el principal tratado de amor en el mundo medieval, escrito aproximadamente hacia el año 1023 por el escritor Ibn Hazm.
Sobre el amor conocíamos sus modalidades, sus modos y formas (sus mitos), sus ritos propiciatorios, sus hechizos, sus brebajes… todo hasta antes de la modernidad. Las sociedades se organizaban a partir de las modulaciones de amor: por ejemplo, el Amor platónico, marcado por lo imposible, en tanto que su escenario ocurre en el plano de lo ideal, en el plano de lo Divino dado que el amor en Platón es expresión del deseo de contemplar nuevamente la belleza divina. A nivel de costumbre, en la Grecia Clásica se practica como virtud el Amor homosexual, es decir, el amor que se juega en el vínculo esencialmente intelectual y estético entre un hombre y un muchacho. Ahora tenemos homosexualidad, cierto, pero ya no más como paradigma de amor.
También conocimos las modulaciones del Amor cortés, conocido como fin’ amor con el amante fijado a la Dama como el objeto exclusivo de sus pasiones y sus cantos. Un estilo de amor con sus convenciones, gestas heroicas y secretos inviolables, un amor de carácter caballeresco y noble: la historia de amor narrado en la novela Tristán e Isolda, de Gottfried von Strassburg, nos deja el mejor ejemplo de esta forma de amar que se practicaba por la nobleza de la Edad Media.
Supimos, y aún tenemos algunas reminiscencias, sobre el Amor romántico, que supone su fundamento y trama en lo novelesco, donde hay, en algún lugar, aquel que nos completaría idealmente, pero hay que sufrir las desdichas para poder, por fin, alcanzarlo.
El amor, mejor aún, las formas del vínculo amoroso, con la modernidad y la llamada posmodernidad, sufrieron un vuelco o explosión encontrándonos con una impresionante cantidad de modalidades y modulaciones del amor. El motor de esa amplia variabilidad, sin embargo, continúa siendo el enigma que le subyace.
La sociología, en particular con la obra de Zygmunt Bauman, acuña el concepto de amor líquido para referirse a la fragilidad de los vínculos humanos y amorosos que se viven en la posmodernidad, caracterizados por la fugacidad, la superficialidad, etcétera. Estos vínculos se oponen al llamado Amor sólido, que caracteriza a las sociedades tradicionales, con vínculos estables y convivencia cálida, que serían las dadas en los principios de la modernidad, con la familia nuclear y extendida como modelo.
Partiendo de estas ideas, con la pulverización de los grandes mitos de amor, podemos observar en las sociedades contemporáneas tipos de vínculos amorosos inéditos, artes de amar hasta ahora desconocidas, tantas hay que tienen que inventarse neologismos para poder nominarlas. Es el caso del llamado Poliamor, que implica la posibilidad de tener más de una relación íntima, amorosa, con carácter de duradera, de manera simultánea, con varias personas (incluso del mismo sexo), con el pleno consentimiento y conocimiento de todos los involucrados. Hay diferencia si el vínculo entre varias parejas es sólo de carácter sexual y ocasional, lo que se practicaría entonces es el Swinging.
Otro modo de vínculo amoroso lo encontramos en el Amor confluente, que se maneja como el amor con una visión “realista” mediante el establecimiento de un consenso donde se daría una relación sexual e incluso amorosa con respeto a los proyectos de realización personal de los involucrados. Los objetivos de este vínculo son claros: el intercambio afectivo y la satisfacción sexual, y se mantiene mientras exista interés de las partes. A diferencia del amor romántico, aquí el otro ya no es complemento.
Desde luego, no podemos dejar de percibir que en estas —y en muchas otras— formas de vínculo amoroso el sello de época es el individualismo, a diferencia de otras épocas en las cuales la figura del amado era la central. También vemos que hay una sustancial modificación con respecto al carácter desechable (como cualquier objeto de consumo) que adquiere el vínculo amoroso. El sello operaría como un precepto: “úsese y tírese” (con el consentimiento o no del partenaire).
El amor es entonces sometido a estos imperativos de goce de los objetos de placer que se hacen serie en una sustitución sin límites y sin renuncias, donde el otro deviene en instrumento temporal de goce. Hay que señalar de paso que estos nuevos vínculos amorosos implican un borramiento de las diferencias en cuanto a las posiciones sexuadas masculino-femenino; son modalidades que se presentan con una pretendida igualdad de goce para ambos sexos: se trata, con lo peligroso de la propuesta, de una homogenización del goce.
Ante tal panorama, vale preguntar: ¿qué es lo que caracteriza al amor en nuestros días? Partiremos de una aseveración realizada por la psicoanalista francesa Colette Soler en su libro La maldición del sexo: en nuestros días, pese a las fallas de todas estas artes amatorias contemporáneas, prevalece el afán de hacer pareja, escribe: “algo no anda entre los hombres y las mujeres. Aunque se podría argumentar que esto ocurre desde siempre, no es desde siempre que nos quejamos sobre esto”.
Sólo por comparación con otros momentos podemos hablar de los nuevos vínculos amorosos, es decir, un nuevo lazo amoroso de acuerdo a los parámetros de la época, con sus complicaciones económicas, su violencia, sus usos mediáticos y tecnológicos; ninguno de estos factores puede estar ausentes en las formas en que en la actualidad se construyen los lazos amorosos.
La emergencia del sujeto de la individualidad, entregado a un goce que podríamos llamar autista, solitario, distinto del anterior sujeto de la norma o el vínculo al Otro que regula el lazo social, también genera nuevos y peligrosos modos de vínculo ya no de amor sino de goce.
Para el psicoanalista francés Jacques Lacan “lo que hace al vínculo es el amor”, el amor será aquello que no cesa de no inscribirse. El amor entonces tiene estatuto de mediador al goce. Esta mediación del amor pasa por tres dimensiones: a) los unos solos utilizarían al amor para alcanzar un goce sexual; el amor haría así funciones de velo; es el amor un goce velado; ese velo se encuentra constituido por la imagen; b) el otro, el otro del amor, opera como un objeto; c) además de representar al otro sexo, algo diferente de sí. La elección pasaría por estas dimensiones, en caso contrario, elegir por el objeto sin la imagen y sin la diferencia, se trataría de una elección pasada por el fetichismo, es decir, el paradigma del amor perverso.
El psicoanalista francés Jean Allouch escribe en 2009 un muy interesante libro bajo el título de El amor Lacan. Ahí nos da interesantes coordenadas para seguir los planteamientos de Jacques Lacan con respecto al amor, planteamientos que lo desligan de todo lo formulado con anterioridad, incluyendo lo planteado por Freud, y nos podrían servir como orientación para descifrar (que no resolver) el enigma del amor, y lo lleva a pensar la invención por parte de Lacan de una nueva figura del amor. Tendríamos que analizar, propone Allouch: “la relación del amor y el saber, del narcisismo amoroso, del amor sentimiento cómico, del amor como don, de la reciprocidad amorosa, del amor como romperse con(tra) el parêtre, del amor como carta, del odioenamoración, del amor como fracaso”. El amor Lacan se plantearía, así, la posibilidad de construir un amor menos tonto, con sus enigmas incluidos, nunca sin ellos.






