Para el psicólogo, empero, el duelo es un gran enigma, uno de aquellos fenómenos que uno no se explica en sí mismos, pero que reconduce otras cosas oscuras
Sigmund Freud
Si la experiencia analítica es una experiencia donde esencialmente se habla de amor, no habría relatos de amor sin hablar de pérdidas. Pérdidas amorosas o mortales. Nuestra historia es la historia de nuestras pérdidas.
El motivo del duelo puede ser tanto una separación como la pérdida mortal de un ser querido o, como dice Freud: “de una abstracción que haga sus veces, como la patria, un ideal, etc.”. Hay, sin embargo, dos figuras de la pérdida que complican la elaboración del duelo: el abandono, del lado del amor, y el estatus de desaparecido, del lado de la muerte.
La necesidad de realizar un duelo es algo que reclama nuestra atención como analistas. En análisis se habla de lo que hay que duelar. Desde el psicoanálisis, atravesar por un duelo implica un saber hacer con la pérdida, por lo que el proceso no está desligado de la castración y de los modos en que ese drama se haya subjetivado. En el duelo, propone Freud con respecto a las pérdidas en la guerra: “Lo construiremos todo de nuevo, todo lo que la guerra ha destruido, y quizá sobre un fundamento más sólido y más duradero que antes”.
Aunque Freud no se refiera específicamente al duelo, en un breve texto llamado La transitoriedad (1916) se pregunta sobre si el carácter perentorio, efímero de las cosas bellas, ya sea producto de la naturaleza o la cultura, implicaría restarle valor a su belleza o, por el contrario, dicha característica las tornaría aún más apreciables.
En 1916, Freud está atravesado por la Guerra, está dolido, en duelo. Ha perdido a familiares, un hijo incluido, pese a ello, resulta muy llamativo el tono optimista del texto, apuesta al valor de la belleza a partir de ser perentoria, finita, mortal; así, ante el horror de la guerra, toma una posición ética que apela al deseo y no al goce; en todo sentido, se trata de una erótica del duelo.
Sin duda, el optimismo es un recurso frente al horror de la muerte, es uno de los modos que encuentra el ser humano para tramitar el avasallamiento subjetivo que produce la pérdida de los objetos que nos son amados. Sin embargo, creo que el optimismo opera como recurso sólo cuando es producto del deseo del sujeto y no una imposición de la moral en turno. El optimismo prestado, hipostasiado, incluso, opera como lastre, se intensifica el dolor cuando al dolor se le quiere imponer la felicidad. Frases como: “¡Ya lo superarás!” devienen de un mandato moral que, al no realizarse, introduce mayor frustración.
El psicoanalista francés Jacques Lacan dirá que solamente se hace duelo de quien nos sabemos en falta. Ante la pérdida amorosa o mortal, lo que se instaura en el sujeto es una falta, una hiancia, con el objeto amado. El duelo lo dará el carácter irremplazable del objeto amado y perdido.
Sigmund Freud, en Duelo y melancolía, aborda la cuestión del duelo como la de alguien que ha logrado asumir una pérdida, saber hacer con la pérdida y, como toda pérdida, remite a la castración. En el duelo se asiste a la imposición de una falta, a quien está de duelo se le ha impuesto una falta de manera irremediable. Así lo escribe Freud en el mismo texto: “La realidad ha dado su veredicto y es inapelable”, y con ello se inaugura en el sujeto el tiempo de una nueva realidad, los tiempos del duelo. Llegar a esa posición requiere un proceso, un trabajo de economía libidinal que llamamos “duelo”.
El psicoanalista francés Jean Allouch hace una crítica muy poderosa a la metapsicología de Duelo y melancolía de Freud. Para ello, se monta de un cuento del escritor japonés Kenzaburo Oé y se apoya en el imperdible trabajo de Phillipe Aries sobre la muerte en occidente. Allouch escribe su Erótica del duelo en los tiempos de la muerte seca, una lectura que pone en cuestión la instrumentación del duelo al intentar definirlo en fases o etapas y que se prescribe desde una moral acorde a los tiempos. En realidad, se describe más bien un proceso moderno de exclusión de la muerte, silenciada, abandonada en las frías salas de hospital o las salas funerarias. Se tiene en la actualidad una actitud invertida, desocializada, ante la muerte, como señala Aries. En nuestros tiempos, a la muerte se le busca medicalizar, enfermatizar, se hacen prescripciones superyoicas sobre cómo transitar por los tiempos del duelo. Hay que señalar que la escritura del libro está atravesada por la muerte de la propia hija del autor.
La crítica esencial al trabajo de Freud va sobre la idea del duelo como sustitución del objeto perdido. Ante la prueba de realidad, ante el irremediable veredicto de la muerte, Allouch destaca el carácter de irremplazable del objeto perdido, lo mismo que las huellas imborrables que deja en la subjetividad de quien está de duelo. Tal como ocurre con Antígona y la muerte de su irremplazable hermano Polinices o en Hamlet y la muerte de su amada Ofelia. La pérdida deja un agujero, la pérdida reclama al sujeto una nueva posición subjetiva; el duelo reclama instaurar una distinta función al deseo. El duelo impone un desprendimiento radical, una renuncia irrevocable. El duelo nos impone una pura pérdida.
Para Freud, el duelo implica una sustitución del objeto perdido, una reorientación libidinal; para Allouch, por su parte, del duelo no se sale sino adentrándose en la pérdida hasta el fondo, a fondo perdido. Ahí radica el carácter erótico del duelo, demanda un sacrificio de un trozo de sí, es literal un duelo con la muerte. Es así como se valora lo perdido y no se agota en el ser del muerto. Es algo a delimitar que se le ofrece al doliente; delimitar una pérdida le concede su apuesta al deseo. Es cierto, el dolor no es por lo perdido tanto como por la promesa no realizada. En quien está de duelo su establece una división entre saberse dejado y no saberse en es esa condición. Se trata de un saber irremediable que no tiene lugar.
¿Qué puede ocurrir entonces cuando el duelo, como trabajo simbólico, lo que implica un desasimiento libidinal del objeto, no se produce o, como vimos que ocurría durante la pandemia, queda imposibilitado? Esta imposibilidad se presenta por dos vías, como ya dijimos, por la vivencia del abandono en el amor (acto sin palabra, acto violento), y en la condición de desaparecido (acto sin palabra, acto violento), del lado de la muerte.
En la muerte no hay la certeza ante la falta de un cuerpo; literalmente la falta falta, y es así, justamente como Lacan define a la angustia, dirá que la angustia emerge cuando la falta falta. En el amor, quien es abandonado mantiene la esperanza del retorno del otro amado, guarda luto pero no hace duelo. Para hacer duelo es necesario asumir lo irremediable de la falta. ¡Para hacer un duelo hace falta un muerto!
En la terrible vivencia de encontrarse con la desaparición del amado, aun en ese estado de desolación, se tiene la esperanza de que esté con vida, pero al mismo tiempo se demanda un cuerpo, o bien una confiable evidencia de su muerte que permita hacer el duelo y recomponerse en la realidad. Con un cuerpo es posible hacer ritos fúnebres y así darle un lugar al dolor, quizás arropados por la idea de que ya descansa. El cuerpo le pone límites a la incertidumbre que alberga consuelo, el cuerpo le pone límites a la angustia, el duelo le arranca a la angustia su certeza. ¡Ya no está, pero yo sí!
Pero volviendo a la imposibilidad de transitar el duelo en el abandono y con el desaparecido, vale recordar que Lacan, en su lectura de Antígona (quien es enterrada viva), en el Seminario sobre la Ética ha ubicado la relación de lo bello con la muerte. Lo bello de Antígona es el brillo que emana de su acto ante la muerte de su amado hermano Polínices. Ella desacata la prohibición de Creonte y le da sepultura a su hermano, reclama su tiempo del duelo, es castigada dejándola muerta en vida, enterrada, arriba al entre dos muertes, como le llama Lacan.
Antígona es quien, en completa soledad, no cuenta siquiera con la ayuda de su hermana Ismene. Asume su destino trágico atravesando todas las barreras, tanto la barrera del “bien” como la de lo “bello”, en su empeño de otorgarle sagrada sepultura a su hermano, lo que implica evitar su deshumanización y la propia.






