Tras los agresivos reproches de toda clase que con frecuencia las niñas dirigen a sus madres hay, en realidad, una única acusación: la de no haberles dado la clave de acceso a la feminidad.
Massimo Recalcati
Para Triana y para Melody
La sexualidad humana en la lectura del psicoanálisis, según lo ha planteado Sigmund Freud en Tres ensayos para una teoría sexual, acontece en dos tiempos lógicos, y entre ambos se presenta un periodo de latencia. Esta secuencia es justamente lo que va a diferenciar al ser humano de todas las demás especies animales y lo va a alejar, sexualmente hablando, de manera radical del circuito de la evolución biológica.
En el primer tiempo, también llamado de la sexualidad infantil, la sexualidad quedará marcada por las elecciones de objeto teniendo como sede el propio cuerpo. El goce se condensa en sus orificios y superficies, que devienen zonas erógenas, hasta llegar al complejo de Edipo y sucumbir a la represión. Se trata de un periodo, en principio, con carácter autoerótico, por lo que el chupeteo y las prácticas masturbatorias serán muestras de la exteriorización de esta sexualidad infantil. Sólo más tarde, se espera alcance el estatus de la primacía genital y ésta sea sofocada por la represión y así dar paso así al periodo intermedio llamado de latencia. Durante este primer momento fundante, el cachorro humano enfrenta sin mayor defensa su primer pasaje al acto normativo: dejarse caer en el campo del Otro que le precede, como señala la psicoanalista Silvia Amigo. Se trata de la primera alienación fundante.
Más tarde, en el periodo de latencia, se va a constituir (o no) lo que después serán los diques de la sexualidad: el asco, el sentimiento de vergüenza y los reclamos ideales en lo estético y lo moral que se refleja en el pudor. Aquí el flujo de los impulsos sexuales no ha cesado, pero su energía es desviada del uso sexual y aplicada a otros fines. La cultura se convertirá en la fuente de donde vendrán las satisfacciones que antes provenían de su propio autoerotismo. Después de este periodo de latencia, por cierto cada vez más corto, con la pubertad se van a introducir los cambios que llevan la vida sexual infantil a su conformación definitiva, heteroerótica. Se trata de este periodo de la vida que Freud va a llamar Las metamorfosis de la pubertad en el tercero de sus ensayos de teoría sexual.
Es en 1905 cuando Freud escribe los mencionados ensayos, no existe en alemán la palabra adolescente, por lo que la palabra que usa Freud es pubertad. Freud va a señalar dos procesos relevantes en esta etapa, partiendo de la maduración genésica, las transformaciones corporales propias de la madurez sexual y los cambios psicológicos que le acompañan. Estos dos aspectos son: un marcado desasimiento de la autoridad de los padres y, además, el hallazgo del objeto exogámico a partir de la diferencia de los sexos. Se incorpora la posibilidad del encuentro con el cuerpo sexual del Otro. No se trata en ningún momento de algo natural, se trata del encuentro con el deseo. Como tal, el deseo se dirige siempre hacia el Otro. Es deseo de Otro deseo, es deseo del deseo del Otro, como enseña Jacques Lacan.
En la pubertad, con la tensión genital que le es propia (la edad de la cosquilla o de la punzada le dicen y no sin razón) se re-edita el drama del complejo de Edipo y castración. Esto presenta una complicación dado que se está ya en condiciones físicas para hacer posible el incesto y el parricidio: esas dos tendencias pulsionales que habrán de quedar reprimidas. De tal modo que esta nueva oleada de sexualidad (en muchos casos resulta devastadora psíquicamente hablando, al grado de hacer surgir la psicosis o demencia precoz) deberá oponérsele una renovada represión que le lleve a abandonar los objetos edípicos y posibilitar así el hallazgo del objeto exogámico y heterosexual (haciendo referencia al “hetero” como alteridad, como otro, diferente de sí, sea del otro sexo o del mismo). Más aún, también con la pubertad se abre con toda su magnitud el terreno de la fantasía, donde se desarrollará, en principio, el encuentro con el objeto de satisfacción. Un encuentro que, en sentido estricto, es un reencuentro. No podemos soslayar que muchos cambios se han dado desde que Freud planteaba sus ideas (aunque hay que decir que a los tres ensayos le hizo comentarios hasta incluso 1925) y lo que hoy vivimos con la adolescencia. Por ejemplo, la pubertad inicia cada vez más temprano y se prolonga hasta muy tarde en la vida de los sujetos.
Si el desasimiento se prolonga, la compleja tarea de construirse un proyecto propio se ve obstaculizado. Además, en una época socio-histórica marcada por el capitalismo salvaje que impone su mandato de consumo, los adolescentes quedan excluidos de lo social. Freud en 1905, aunque lo intenta, no se puede desprender de cierto tufo evolucionista, por más que marque diversas líneas en torno a la constitución del sujeto que lo van a distanciar de lo biológico (como ubicar la sexualidad en dos tiempos). Por lo tanto, será Jacques Lacan quien vendrá a marcar una ruptura con la idea de una psicogénesis o desarrollo psicológico.
Lacan nos recuerda que en la reunión de la Sociedad Psicoanalítica de Viena del miércoles 13 de febrero de 1907 se abordó el tema del Despertar de la primavera, obra de teatro del dramaturgo Frank Wedekind presentada en 1891. Esta obra de teatro fue titulada en principio Eine Kindertragödie (La tragedia de los niños) y narra la tragedia que viven tres adolescentes (Moritz, Melchior y Wendla), de entre 13 y 14 años, en su despertar a la sexualidad en la adolescencia. Justamente, se utiliza el significante primavera para aludir al despertar de lo que se encontraba ya pero latente. El argumento es tan intenso como simple y pleno de actualidad: el estudiante Melchior y Wendla encuentran respuestas a sus preguntas sobre la sexualidad en una granja. Wendla le pregunta a su madre ¿cómo nacen los niños?, la respuesta es el silencio de la madre. Wendla busca a Melchior y queda embarazada. Su madre la obliga a practicarse un aborto, algo sale mal y antes de morir, la adolescente vuelve a preguntar: “¿Por qué nunca me hablaste de estas cosas?” Por otro lado, Moritz, amigo de Melchior, se suicida porque ha tenido malas notas en la escuela. El perturbado padre, revisando la habitación de Moritz encuentra un escrito obsceno sobre el coito; la letra le resulta desconocida, y luego descubre que es de Melchior, que le había dado a leer lo que había escrito sobre sus interrogantes sexuales. Melchior es expulsado de la escuela y, al huir del reformatorio al que lo llevaron sus padres, llega a un cementerio. Mientras lee la inscripción en la tumba de Wendla que reza “Murió de anemia. Bienaventurados los que tienen puro el corazón” (vemos a una madre que se niega reiteradamente a reconocer a su hija como sexuada). Repentinamente ve a Moritz que se ha levantado de su tumba y se le acerca llevando la cabeza en las manos. Moritz intenta seducir a su amigo vivo para que se una a él en el reino de la muerte, donde no hay soledad ni sufrimiento. Sin embargo, en medio de esta escena de mortífera seducción, aparece un misterioso “hombre enmascarado” y obliga al fantasma a volver a su tumba y lleva a Melchior consigo ofreciéndole un plato de sopa caliente, dejando de culparse por el disgusto de sus padres. Este hombre enmascarado, al poner en juego el falo significante, hace un agujero en lo real de la muerte y, por tanto, hace un lugar a la vida, a la sexualidad.
Lacan, en un texto de 1974, sintetiza este argumento diciendo que el dramaturgo para señalar que se presenta en la adolescencia lo que Lacan señala como la irrupción de lo real del cuerpo lo que no se reduce a los cambios somáticos o caracteres sexuales secundarios. El despertar de la primavera será entonces una irrupción de lo real del sexo. En ella, se enfrenta el adolescente a la ausencia de un saber sobre el sexo. Es un encuentro brusco, despertante literalmente, con lo real que hace que el sujeto se vea obligado a bordear con significantes esa masa que irrumpe. Se requiere, desde lo simbólico, un intento de anudamiento con lo imaginario que podría apartar de lo real su tendencia inercial a la muerte.






