Cuerpo, ertica y espanto

El psicoanálisis es la ciencia de la erótica de los cuerpos

Jacques Lacan

 

Y el hecho es que nadie hasta ahora ha determinado lo que puede un cuerpo.

Spinoza

 

¿Qué es el cuerpo humano? ¿Dónde empieza el enigma del cuerpo humano? El cuerpo humano no es cualquier cuerpo, es uno que está atravesado por lo erótico. El cuerpo erógeno es de lo que se trata en el psicoanálisis. El cuerpo erógeno es el Alfa y Omega del psicoanálisis, se trata de un cuerpo organizado y animado no por el instinto sino por la pulsión. Por tanto, el cuerpo humano no es simplemente un hecho biológico sino una construcción secundaria hecha de palabras. Es ese más allá de lo biológico lo que singulariza al cuerpo humano.

Trieb (pulsión) es el concepto que Freud va a introducir al discurso de la ciencia y a la vida cotidiana para designar a la fuerza constante que anima lo humano. La pulsión es un concepto límite, así lo pensó Freud desde 1095; la define como siendo un representante de lo orgánico en el campo de lo psíquico. El cuerpo humano no se reduce al cuerpo biológico, ni la pulsión es el instinto. Hay consecuencias conceptuales y, sobre todo, de proceder clínico, en estos planteamientos: por ejemplo, si el instinto opera para conservar la vida, la pulsión, producto del efecto de la represión, escapa al orden vital, lo desordena y condena al sujeto a la incompletud e insatisfacción. Si el instinto opera para garantizar la conservación de la vida, la pulsión, por la vía de lo erógeno, pervierte el camino para dirigirse a la muerte.

No nacemos con un cuerpo, sino que se nos impone la larga e interminable tarea de darnos un cuerpo; se nos impone la larga, dolorosa y hermosa epopeya que implica darnos y reconocernos un cuerpo, un “propio” cuerpo. Se trata de un proceso que no se hace de una vez y para siempre, la apropiación del “propio cuerpo” es algo que tenemos que repetir de manera constante, hasta el último aliento.

Sobre el cuerpo humano se han lanzado casi todas las miradas: la antropológica, la económica, sexual, religiosa, etc, pero, si con alguna consideración de estudio del cuerpo el psicoanálisis guarda distancia epistémica, es con el cuerpo visto y tratado desde la medicina, sin que por ello deje de dialogar con la medicina. Freud y Lacan mismos son médicos de origen. Para la ciencia de Hipócrates, lo real del cuerpo se equipara con el organismo, con la carne, las mucosidades, las cavidades y los fluidos. El cuerpo de la medicina, por otro lado, también es el de la anatomía, aquello que se hace visible del cuerpo. Pero este tampoco es el cuerpo del psicoanálisis.

En Psicoanálisis y medicina, Lacan escribe: “este cuerpo no se caracteriza simplemente por la dimensión de la extensión: un cuerpo es algo que está hecho para gozar, gozar de sí mismo”. Ahí, en el goce del propio cuerpo, en la erótica del cuerpo, más aún Lacan encuentra lo real del cuerpo, su espanto, su angustia, su relación con la nada, su muerte.

El cuerpo humano opera como una caja de resonancias del deseo, opera como un campo de batalla entre la sexualidad (Erótica) y la muerte (Espanto), así lo propone el psicoanálisis. Estas coordenadas freudianas, atravesadas por la triada necesidad-demanda-deseo, nos llevan, con Jacques Lacan, a pensar el cuerpo a partir de los tres registros que el psicoanalista francés nos propone: el imaginario, el simbólico y el real.

En el registro de lo imaginario, el cuerpo pasa por los dispositivos especulares que posibilitaran la vivencia ilusoria de unificación del cuerpo a partir de la imagen que el Otro le devuelve y le marca. El cuerpo está para ser marcado por el Otro: por la cultura, la ley, el lenguaje y sus representantes. El organismo del recién nacido, fragmentado y en desamparo, encuentra en la imagen del Otro su unidad, su límite, su silueta, su contorno. El cuerpo, como nos lo hace ver Lacan en el Estadio del espejo, donde, en el encuentro con el cuerpo unificado en el espejo, se produce en el niño un estallido de júbilo, el niño, en la niña claro, se reconoce en el cuerpo que ve unificado en el espejo, el cuerpo que especularmente viene desde el deseo de Otro. Se trata de un cuerpo unificado, sí, pero en lo imaginario, fuera de sí, en el Otro, en la dependencia del Otro que le devuelve una imagen de sí mismo. En lo imaginario, el cuerpo es espejo de las pasiones y opera como imán erótico.

Pero el cuerpo también resulta ser un lienzo, página en blanco, es el lugar donde se inscribe nuestra historia, en ocasiones se tatúa, y en otras, más dolorosa, se corta. En el registro de lo simbólico, el cuerpo es archivo del amor y el odio, los cuidados y abandonos; en el cuerpo simbólico se inscribe la cartografía de los encuentros y los desencuentros, en el cuerpo se inscriben las desgarraduras del ser. Es mapa de los abandonos y las mudanzas. En el cuerpo se encuentran inscritas las cicatrices de la infancia. El cuerpo es el portador de la historia del sujeto, sus amores y sus desamores han dejado huella, heridas quizá abiertas. En el cuerpo se inscriben los jeroglíficos del amor, los misterios del encuentro y alianzas con el otro cuerpo, pero también los dolores.

En el registro de lo real, el cuerpo está hecho de gritos y silencios, miradas desorbitadas y aullidos silenciados. Lo real del cuerpo es lo que se resiste al signo, como el aullido, ese grito que desgarra toda inscripción, como un golpe seco, lo real del cuerpo atañe al horror, al dolor y a la marca en la carne. Lo real del cuerpo es la sede del espanto. El cuerpo en lo real es reducido al desecho. Lo real del cuerpo es la evidencia del cuerpo fragmentado, en lo real se muestra lo que escapa a la representación y queda exiliado de la propia historia del sujeto.

En la experiencia amorosa podemos ver de manera consistente el juego entre estos tres registros: en principio los cuerpos se atraen, la imagen del otro es imán erótico que despierta las pasiones. Lo erótico se hace presente. Pero la atracción, para no consumirse en el fuego ardiente del cautiverio erótico, convoca a las historias, se hacen pactos y los amantes se desnudan, ya no sólo el cuerpo, ahora se muestran al otro las cicatrices, las heridas, los dolores de la existencia, el dolor de existir. Sin embargo, el encuentro de los cuerpos y las historias muestran el rostro del horror, los silencios, los gemidos, los gritos, el espanto, la muerte.

 

Nota: este texto es un resumen de la introducción de un libro de mi autoría Erotica y espanto, próximo a aparecer.

 

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Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanaltica. Miembro fundador de la Fundacin Social del Psicoanlisis. Ha sido Director fundador de la Maestra en Psicoanlisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicologa. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del pas y atiende clnica en prctica privada en Puebla.

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