Nuestros cuerpos se sintieron y se buscaron;
nuestra sangre y nuestra piel entendieron.
…Pero ambos nos ocultamos turbados.
Constantino Kavafis (En los peldaños)
A la memoria de mi maestro y amigo Javier Mena, quien me enseñó a Kavafis
Como leídos con el sol de la tarde, los versos de Constantino Petrou Kavafis (Alejandría 1863-1933) son como tenues rayos de luz que apenas y nos permiten vislumbrar la inimaginable belleza de un cuerpo que parece estar eternamente a punto de realizar la proeza de transformarse en cuerpo deseante. Entre sus versos corre la potencia de lo erótico, es justo de esa potencia de lo que se alimentan los recuerdos.
Desde la potencia erótica de sus letras, Kavafis habla del cuerpo, del cuerpo erógeno, del cuerpo erótico, del cuerpo vivo, brillante, del cuerpo que se trasciende y transforma en deseo. En su poética, la carne se envuelve en el inagotable deseo: “Recuerda cuerpo, cuanto te amaron/ no sólo los lechos que tuviste, sino también los deseos que brillaron abiertamente/ en los ojos que te vieron,/ las voces temblorosas que algún obstáculo frustro/ Recuerda los ojos que te vieron,/ las voces que temblaron por ti./ Recuerda cuerpo”.
Así, de recuerdos, de obstáculos, de inagotables frustraciones está compuesta la historia de Constantino Kavafis. La familia de línea materna era originaria de la comunidad turca de Constantinopla, de un barrio llamado El Fanar, que vivía de la grandeza helena que ya los siglos habían devorado. Constantinopla, la ciudad de origen materno de nuestro poeta Constantino, es la misma donde alguna vez enseñaron los pitagóricos, igual que Plotino. Es el mismo lugar donde Euclides escribió sus tratados de geometría. En los tiempos de Kavafis, sin embargo, esa grandiosa y luminosa Constantinopla estaba en decadencia. Sólo se quedaba en el recuerdo. Alejandría, la gran Alejandría ha perdido su brillo e importancia. En su obra, Constantino Kavafis escribe como arqueólogo: recrea la grandeza, la belleza y brillo de la ciudad en sus habitantes.
La decadencia de la ciudad del poeta es análoga con la decadencia social y económica de su padre. De ser un rico comerciante, pasa sus últimos días detrás de un escritorio y muere en la completa miseria. Esa ciudad en decadencia y sus personajes, sin embargo, son profundamente amados por el poeta alejandrino. En su poesía establece un diálogo con sus antiguos dioses, se vincula con ellos de forma íntima, casi melancólica, escéptica e incluso cínica. Pero siempre con una potencia erótica. Con su poesía rehace una memoria citadina de lo no visto, escribe desde un contemplativo dolor por lo perdido, hace nacer poéticamente una ciudad invisible, como las de Italo Calvino; pero no lo hace desde la queja, no con el lamento de lo que ya no está. No. Por lo contrario, con su poética da vida a lo inexistente; con el deseo que se juega en su poética, hace existir lo inexistente con todo su antiguo brillo, con su poesía rescata de la memoria colectiva la grandeza y esplendor de Alejandría y de Constantinopla.
El poeta habita una ciudad inexistente, en su actualidad no encuentra, como ocurre con los aquejados de melancolía, nada que sostenga su existencia. Su búsqueda está atrapada en la nostalgia de una ciudad ya casi inexistente, y, sin embargo, parece que de ahí no quisiera salir. Así nos lo muestra al final de ese poema llamado En la tarde: “…Y salí fuera al balcón con melancolía/ salí a pensar en otras cosas, al menos contemplando/ un poco de la ciudad amada, un poco/ de ese fragor de calles y de tiendas”.
Alejandría, en los tiempos de Kavafis, es una ciudad en ruinas, tanto físicas como morales, es la ciudad en la que vive un poeta casi desconocido, un “poeta secreto”. Su obra se leía sólo por un círculo muy reducido de lectores empedernidos. El poeta muere en 1933 y su obra se publicará hasta 1951. Tampoco parece que le interesaba mucho salir de ese anonimato, que además le permitía esa especie de vivencia intima que recrea en su poética.
Con ese mismo escepticismo de la eterna espera, el poeta evoca la llegada de los Bárbaros, que acaso pudieran salvar al pueblo de Alejandría: “…Por qué cayó la noche y los Bárbaros no llegaron / y gente que viene de la frontera/ asegura que ya no existen los Bárbaros/ y ahora,/ ¿qué sucederá sin los Bárbaros?/ Estos hombres al menos ofrecían una solución”. Esta espera deja al pueblo, y al poeta como su representante, en esa espera interminable.
Los versos de Kavafis no sólo recrean la belleza de la ciudad, también recrean la eterna belleza de los cuerpos. Siendo un griego moderno, políglota, era un ardoroso amante del arte, sobre todo de la escultura. La poesía le permite hacerse escultor, el talla imágenes con palabras, como se talla el mármol con martillo y cincel, con palabras talla un cuerpo y lo muestra con efusividad: “Vean con atención esta Rea: venerable, arcaica./ vean a Pompeyo, a Mario/ Emilio Pablo,/ Escipión el Africano./ Es tan real la semejanza que pueden ser ellos mismos./ […] Pero hay una obra que prefiero,/ a la cual más atención he dedicado;/ en un cálido día de verano,/ cuando mi mente se acercó al ideal soñé/ vi en mis sueños a este joven…Hermes”.
El erotismo es una potente columna en su poesía, le permite poner palabras a esa permanente lucha entre una ferrea moral cristiana y sus proscritos amores. En su poesía se permite hacer alabanza de su prohibido placer: “Jura con frecuencia empezar una vida nueva;/ pero cuando llega la noche, con sus consejos,/ tentaciones y promesas…/ cuando viene la noche con sus instintos,/ deseando, buscando/ accede sonriente a su acostumbrado placer.”
Kavafis habla y vive en su poesía, la habita desde sus visiones eróticas, íntimas, las cuales recomienda, por ser escasas, cuidar. Escribe en el poema Cuanto puedas: “Aunque no puedas hacer tu vida como quieras/ inténtalo al menos/ cuanto puedas: no la envilezcas en el trato desmedido con la gente,/ en el tráfago desmedido y de los discursos”.
Sus visiones eróticas habitan su recuerdo; y en sus recuerdos, constantemente, recorre los bellos cuerpos de los efebos, esbeltos y de belleza acabada, que le amaron y, por que le amaron, son ya inexistentes, son los que ya no son. Le escribe a los amores a los que no se puede acceder sino, como enseña Parménides, por la sensación, es decir, por la vía del cuerpo, por el cuerpo erótico. Su poesía es evocadora de los recuerdos eróticos en el lector, conmueve, logra poner al lector de su poesía en contacto con ese territorio enigmático de los recuerdos que hacen resonancia en el cuerpo, con su poesía Kavafis evoca la memoria erótica del cuerpo.






