Ir de la China Poblana a Ciudad Universitaria no es cosa fácil en bicicleta, por lo que la deja en casa, baja al bulevar y toma un camión de los verdes, que lo deja en la esquina de la 14 Sur y San Claudio, en la mañanita, para su primera clase. Lástima, cuando iba en su bicla se imaginaba ser tan veloz como Kaneda, hasta se imaginaba que era él en el póster de Akira. No se imaginaba cómo Beto, el amigo de Rebeca, había conseguido la película recién estrenada, pero estuvo padre verla en la videocasetera que el mismo Beto le diera para arreglar y donde dejó el VHS olvidado.
Ese día, miércoles 4 de mayo, la universidad terminaba actividades por la mañana, ya que poca gente llega, pues muchos van a sus pueblos o están preparando la noche mexicana. Como Azul, su novia, que estaba con su familia en Oaxaca, desde el mismo 4, aprovechando el puente patrio que curiosamente solo celebran en Puebla y en USA.
Él, por lo mientras, pasó toda la tarde terminando de arreglar el radio de don Lázaro, el de la tienda de abajo del depa. Él le hacía el favor de avisarle si llegaba un cliente, o recibir el recado cuando no estaba en su depa-taller.
—Ahí está su chillón, don Lázaro, funcionando y limpiecito que ya parecía radio de taller mecánico.
—Mire nomás —lo revisa, pone un casete y le pucha al play—. ¿Cuánto le debo, mi Sebas? —pregunta mientras se empieza a escuchar “Negrita de mis pesares / ojos de papel volando…”
—¿Cómo cree?, tómelo a cuenta de los favores que me hace.
El sábado 7 de mayo ha quedado con Rebeca para entregar el VHS. Llega con Beto, que lo primero que hace es revisar si ahí está su copia pirata de Akira; este 1988 pinta como un gran año para el cine.
—Sebas, ¿te enteraste? —le dice con cara de chisme, chisme.
—¿De qué?, cuenta, cuenta —le imita Sebastián el tono de vieja chismosa.
Y entonces le platica que había un cartel en la entrada de la dirección y de varios edificios donde se anunciaba la visita del Tata Tacho Nahualo para la noche del 4 de mayo, lo pusieron martes 3 por la mañana. El cartel invita a la conferencia del maestro Tata Nacho Nahualo sobre las ciencias oscuras indígenas, y a la exhibición práctica donde se convertirá en nahual; ahí mismo, en el auditorio de la escuela a las 5 de la tarde. —¡Llegó un chingo de gente! —le decía Rebeca entre carcajadas—. Aunque la universidad estaba vacía en otras partes, mucha gente esperó afuera del auditorio por el afamado brujo y claro, ese güey nunca llegó —comentó entre risas.
—¿De qué se ríen? —pregunta Beto preocupado—. Yo estuve ahí, me avisó una amiga de administración. La verdad, sí estuvo bien gacho que no llegara el Tata Nacho Nahualo. —Sebastián y Rebeca se miran conteniendo la risa.
—Óigame, don Sebastián, ¿usted cree esas cosas? —Rebeca preguntó con fingida seriedad.
—Mire, doña Rebeca Alatriste del Cornado…
—¡Coronado! —le lanza un manotazo corrigiendo.
—Como decía mi abuelita Lolita —continuó—, “La magia solo existe para quien cree en ella.”
—“La ignorancia es madre de la admiración” —replica Rebeca.
—“Qué elegancia la de Francia” —revira Sebastián—. Pos mi maestro de cuántica lo dice de otro modo —arremete ella de inmediato, pero hace una pausa.
—¿Y cómo lo dice? —cae Beto redondito.
—¡Creencias de gente pendeja!
Sebastián se convirtió en un géiser viviente, pues la frase cayó cuando estaba tomando un poco de agua.
—¡Ora! No salpique —respinga Beto—, bien decía mi abuelo: “perro, perico y poblano no lo toques con la mano…” ¡Ya me pendejearon!
Así que el lunes siguiente, después de ver el cartel con sus propios ojos, “que se comerán los gusanos” (ya deja de los dichos y refranes en paz); y después de escuchar quejarse a un par de secretarias que se cansaron de esperar para ver si el brujo les decía con quién les engañaba el marido o dónde encontrarían el amor, Sebastián fue introducido a la oficina del director.
—¡Santas leyes de la Termodinámica!, ¿qué van a decir de nosotros las otras escuelas de ciencias? —machacaba el insigne Dr. Perrozales—. Reconozco el ingenio y el humor, pero esto no lo podemos dejar así. Sebastián pensaba que en realidad no creía que esto llegara tan lejos cuando vio el periódico en el escritorio. “Sesión espiritista en la escuela de ciencias de la Angelópolis”, titular a ocho columnas en la sección de nacionales, eso sí, pero con letrotas rojas.
—Ya he pedido derecho de réplica para el viernes —lo miró a los ojos—. Porque tú eres Barrabás, ¿verdad?
—Doctor, ¿qué es lo que quiere de mí? —Sebastián no podía creer que el director supiera de su alter ego detectivesco.
—Muy simple: tenemos idea de quién lo hizo, los sospechosos habituales; solo quiero que demuestres que sí fueron ellos para ponerlos en el reporte —la mirada del director era a la vez iracunda y maquiavélica—. Te daré una beca por tu apoyo y el de tus amigos —esto último lo dijo con la mirada hacia la ventana. Barrabás entendió todo al ver quién estaba afuera. —Obviamente no puedes decir que te he pedido esto, pero sí necesito esa confirmación con alguna prueba contundente.
Sebastián se dirigió a la jardinera, donde Rebeca lo esperaba con Lalo.
—Óyeme “Revaca”, ¿qué te pasa? Nomás ves burro y se te ofrece viaje.
—¡No me digas así, no te enojes! —ella lo mira con ojitos de borrego a medio morir—. Es que me quedé pensando que no era justo que los bromistas se rieran de ilusos como Beto sin consecuencias. Yo sé que una beca no nos cae mal y también sé quién lo hizo, pero no sé cómo demostrarlo. Y yo sé que Barrabás sí sabrá cómo. Ándale, qué te cuesta, no seas así—. Rebeca pensaba que alguien tenía que ponerle un alto a esos listillos. Y si de paso se divertía, mejor.
—¿Y La-lombriz qué? —todos le decían de ese modo a Eduardo por el juego de palabras del apócope con su apellido, Ambriz. Una similitud fonética juguetona. A veces los apodos no tenían mucho misterio o razón, había pensado alguna vez Sebastián/Barrabás.
—Es mi brazo derecho —dijo Rebeca con tono bobalicón y abrazando a Lalo, que le llevaba dos cabezas de alto y eran como dos Rebecas de ancho. Sebastián siempre se había preguntado qué le había atraído de la carrera de física a alguien que parecía halterofílico… halterófilo… ¿halterófisico? ¿halterofilosófico?, levantador de pesas, pues.
—Y tengo pistola por si hace falta —agregó ufano, mirando a Rebeca.
—Bueno, tú eres la empresaria, tú el brazo armado y yo el tonto que los trae al ruedo —bromeó Sebastián.
Pasando a modo Barrabás, murmuró:
—Necesitamos un plan.
Barrabás hojeó su libreta con una sonrisa ladeada.
—¿Y si les damos un sustito? —dijo en voz baja, más para sí que para sus amigos. Ellos lo miraron con desconfianza.
—¿Qué traes entre manos? —dijo Lalo.
—¿Seguro que va a funcionar? —preguntó mientras Barrabás le mostraba la libreta.
—No. Pero si se asustan la mitad de lo que asustaron a Beto, me doy por bien servido.
Rebeca sonrió.
—Tienes un lado perverso, detective.
—Todos lo tenemos —respondió, soltando una fingida y macabra carcajada.
El miércoles siguiente, a las 9 de la noche, dos figuras se acercaban a la puerta de la biblioteca. Eran el Cuervo y el Coyote, apodados así uno por negro y otro por malote, ambos de Computación, siempre andaban juntos y haciendo maldades y burlándose de los demás. El viento que arreciaba les terminó de orillar a asomarse: todo estaba oscuro, al entrar la puerta se cerró tras de ellos estrepitosamente.
—Te, te dije que no viniéramos —el Coyote trataba de ocultar su miedo sin éxito.
—No te rajes, cabrón. La nota decía que nos presentáramos o el que Tata Nacho Nahualo nos iba a embrujar, yo no quiero que me haga zombi y me deje como tú.
—Pinche Cuervo, como si no me diera cuenta de que estás temblando.
—Uuuuuuu —se oyó una voz de ultratumba—. ¿Quién se atreve a invadir mis dominios?
—No le vas a enseñar a nadar a un pescado —decía el cuervo tratando de parecer valiente, pero apenas terminaba de hablar cuando una imagen espectral se apareció un par de pasos atrás del mostrador de la biblioteca, justo donde empezaba la estantería. Era blanca, cadavérica y parecía que flotara. Casi trasparente. Se podían ver los estantes de libros atrás de ella. Casi se van de espaldas, pero los detuvo un horrible ruido, como de cadenas sobre la puerta metálica de la biblioteca.
—¿Son los que mandó el maestro? Digan sus nombres —el espectro a veces tenía cabeza y otras no.
—Francisco Fajardo.
—Abelardo Pérez.
—¡Los nombres de sus nahualeeees! —bramó el espectro.
—Creo que quiere nuestros apodos. El Coyote y el Cuervo, señora.
—Mi maestro quiere saber por qué usaron su nombre en vano.
—Solo era una broma estudiantil —dijo el Coyote.
—No creímos que el Tata se enterara —completó el Cuervo.
—¡Retardados! ¡Obscenos! ¡Idiotas! —recitaba Rebeca ya bien metida en el papel, cuando de repente un rayo iluminó la sala. En esos breves instantes se dieron cuenta de que donde estaba el espectro era una proyección sobre un cristal. Lo cual el Coyote comprobó lanzando una perforadora que estaba en el mostrador.
Barrabás salió de abajo de la mesa que estaba cerca de ellos, apagando la grabadora que le prestara don Perico, dando un chiflido, señal para que Lalo entrara y se uniera a los madrazos, dejando en stand by a ambas sabandijas de sendos porrazos.
—¿Estás bien? —gritó hacia Rebeca, que salía de atrás de uno de los estantes.
—Sí, mi Barrabás, te dije que las clases de óptica nos iban a funcionar. Justo en ese momento llegó el velador y el director, quienes estaban esperando una señal para intervenir. Se llevaron a los dos babosos a la dirección donde ratificaron por escrito su maldad, recibiendo una cita con las autoridades universitarias para valorar el castigo adecuado.
Don Perico platicaba muy animadamente con el tendero. Ahí los había citado, la 7 Sur y la 13. Le contaba cómo había manejado el director de la escuela de ciencias la rueda de prensa donde desmentía el bulo que habían hecho una sesión espiritista.
—Ya sabes, Justino, con discursos sobre la pureza de la ciencia y bla, bla, blá. Mira, ya llegaron los tres mosqueteros.
—Muy bien, don Perico, gracias por prestarnos la grabadora. ¿El director respetó su primer turno para preguntar?
—Sí, ha estado de poca madre. Con decirles que el Tata me ha mandado a decir que me da una entrevista en exclusiva para limpiar su nombre.
—¿Y va a ir? —Barrabás tenía miedo de ver caer a su ídolo—. Tengo un dilema, ¿le doy escaparate a ese parásito abusivo o nomás le miento la madre de lejitos? Solo estoy esperando a la tarde para ver si mi jefe no se ha enterado de la propuesta, porque él no lo va a dudar: me manda porque me manda.
Sebastián, feliz por la respuesta, volteó hacia Rebeca y Lalo.
—Bueno, pero si nos citó aquí es porque se va a caer con los chescos, ¿verdad? —preguntaron casi a coro y asintiendo como perritos emocionados.
—Algo mejor. Miren, les presento a mi amigo Justino, el químico —Volteando a ver al químico—. Don Justino, haga su magia para estos muchachos. Chicos pasen por aquí.
La tienda dejaba poco, la verdad; el negocio real de don Justino era el bar clandestino que tenía en la trastienda, y su magia se cataba en cada coctel.
“Sé que la vida empieza/ en donde se piensa/ que la realidad terminaaaa”; coreaban los cuatro, junto con Pedro Infante, el himno oaxaqueño: “Dios nunca muere”, con los primeros tragos. Los sentó en dos bancos largos bajo un tejadito y no salieron de ahí hasta que cayó la noche, todos mareados pero contentos de haber ganado a los malos, aunque sea por esta vez.
La semana siguiente transcurrió en una calma engañosa. El director había manejado la situación con maestría, los periódicos habían publicado su derecho de réplica, y el asunto del falso Tata Nacho parecía sepultado. Sebastián había regresado a su rutina: arreglar aparatos en su depa-taller, ir a clases en el camión verde y, siempre que podía, pasar por Azul y darse infinidad de besos antes de llegar a su casa.
Fue un miércoles por la tarde, mientras regresaba de la universidad cargando la mochila y un radio que había terminado de reparar para la señora Remedios, la que vivía frente uno de los parques de San Manuel. Dando la vuelta hacia la 14 notó unos pasos apresurados detrás de él. Al voltear, reconoció la silueta del Coyote acercándose por la calle solitaria. No venía solo; el Cuervo lo esperaba en la esquina, bloqueando el paso hacia el bulevar.
—Órale, pendejito —le gritó el Coyote con una sonrisa torcida—. ¿Creías que se iba a quedar así?
Sebastián comprendió de inmediato. La venganza que había temido desde que vio sus miradas de odio en la dirección ahora tomaba forma. Intentó correr hacia la 14 Sur, pero el Cuervo ya había cortado la retirada. Era uno de los típicos callejones de la colonia, los dos lo arrinconaron.
—Por tu culpa nos van a correr de la universidad —escupió el Cuervo—. Ahora vas a saber lo que se siente.
Se defendió como había aprendido, pero eran dos. El primer golpe lo recibió en el costado, el último lo tiró al suelo. Cuando trató de levantarse, el Coyote le pateó la pierna derecha con saña. Sebastián sintió un dolor punzante que le atravesó desde el tobillo hasta la rodilla. Algo había crujido.
—La próxima vez no te metas donde no te llaman —fue lo último que escuchó antes de que se alejaran, dejándolo tirado entre la basura y los escombros.
Un vecino lo encontró una hora después, cuando regresaba de la chamba. Entre los dos lograron llegar al consultorio del doctor Rentería, tres calles más allá. El diagnóstico fue desalentador: fractura en el peroné y ligamentos dañados en el tobillo.
—Vas a quedar bien, pero va a tomar tiempo —le dijo el doctor mientras le enyesaba la pierna—. Y es probable que te quede una pequeña cojera. Nada grave, pero vas a tener que cuidarte.
Sebastián asintió en silencio. Barrabás había ganado ese caso, pero ahora entendía que hacer justicia también tenía su precio. Esa ligera cojera que le quedaría para siempre sería el recordatorio de que, en este oficio de detective aficionado, no todos los casos terminan sin cicatrices.






