Libros quemados

Cuando Don Perico entró emocionado a darle la nota a Barrabás, este nunca se imaginaría que el misterio a resolver desenterraría otro que le había dejado un beso.

Sebastián, estudiante de ingeniería electrónica, apodado Barrabás cuando hacía de detective, lo escuchó subir las escaleras. Su taller-apartamento estaba sobre una tienda, a unas calles de la China Poblana, y generalmente la puerta estaba abierta por si llegaba algún cliente a dejarle un radio o una tele para arreglar.

—Respire, Don Perico, que ya está pasando de verde a morado.

—Es que… me emocioné… y subí… muy rápido… las escaleras.

A Don Perico le llevó unos minutos y un vaso de agua recuperar el aliento.

—Pero mira esto, chamaco. En cuanto lo leí me dije: “Esta noticia es para mi amigo detective aficionado”, y salí corriendo de El Clarinete para acá —dijo, extendiéndole el periódico del día.

Puebla regresa a la oscuridad: misteriosa quema de libros

Puebla, miércoles 19 de marzo de 1991. En la Biblioteca Central ha ocurrido un evento misterioso: en las afueras de ese recinto de saber quemaron libros del acervo.

En un descuido de la encargada de recepción, un desconocido salió con varios libros y los quemó en un patio lateral de la biblioteca.

“Todavía no sabemos cuáles fueron porque no se registró el préstamo”, indicó la encargada.

El director de la biblioteca no se encontraba en el momento de los hechos, pero al cuestionarlo, indicó que haría un contraste entre los préstamos y los faltantes en los estantes. “Esto lo hacemos cada tres meses, pero lo vamos a adelantar.”

Un usuario de la biblioteca comentó que esto había pasado la semana anterior en otra biblioteca, más pequeña, en Momoxpan.

Hasta el cierre de esta emisión, ninguna autoridad ha declarado nada al respecto.

—Don Perico, ¿está pensando lo mismo que yo?

—¿Que Cuetzalan está bonito para ir en pareja en esta época del año? —contestó el periodista, viendo de reojo una foto de Pepita.

—¡No se haga! Esto no es una casualidad: hay alguien detrás de esto que necesita que esos libros no se lean. Eso es intrigante, por decir lo menos.

Don Perico ya tenía las llaves de “El Tigre” en la mano.

—¿Quieres que demos un paseo?

—¡Por supuesto!

“El Tigre” fue bautizado así por Toño el primer día que lo vio.

—Oiga, Don, como que le sobra vocho a sus rayas, ¿no cree? —Estaba el exagerado y sus cuates, pensó Sebastián esa vez. Sí, algunos rayones tenía el vochito, pero fuera de eso tenía un color azul que lo hacía igual que cientos de carros más, discreto como lo debe ser el auto de un periodista investigador.

Tomaron el auto, bajaron por la Diagonal y, mientras subían a la Reforma, Sebastián se emocionaba de recorrer esa avenida que pasaba cerca de su antigua casa. Sin embargo, debían seguir de largo hasta Momoxpan. En la radio del Tigre, “La célula que explota” de Caifanes terminaba para dar lugar a “La chica yeyé”, de Olé Olé. “Así mi vida”, pensó Sebastián: o muy dramática o un desmadrito. 

Conoció la biblioteca Benito Juárez cuando era adolescente, aquella vez que le regalaron una bici y se fue de aventura para estrenarla. No había cambiado mucho. Una casa a la que se accede por una escalera corta pero empinada, y enfrente un campo de fut con algunos árboles y juegos anexos.

Al estacionarse, vieron a lo lejos la banca y, a un lado de ella, vislumbraron un poco de pasto quemado.

Nicanor Morales, el encargado, relató una historia parecida a la de la Biblioteca Central, con la diferencia de que ya habían adelantado el inventario.

—¿Y encontraron algo? —preguntó Barrabás mientras preparaba su libreta azul, su herramienta de detective por excelencia.

—No, los títulos son variados: unos de historia, otros de ciencias, novelas, cuentos, como diez o doce. Si quiere se los dicto, joven. — Barrabás escribía en la libreta los títulos, reconociendo solo un par de ellos.

—Aunque puede ser que me fallen algunos que pudieran haber sido robados desde antes.

Al salir fueron directo a la banca. Ahí apareció, de algún bolsillo de la chaqueta de Don Perico, la cámara para tomar fotos. Clic, de la biblioteca; clic, de la banca; clic, de las cenizas.

Barrabás, sentado en la banca, repasaba la lista. Era un buen lugar para leer, un árbol daba sombra y las pocas flores en su base soltaban un aroma dulce que invitaba a soñar con las historias de bosques y hadas, de nahuales y brujas, de héroes mitológicos.

Doce libros. ¿Qué quiere el desconocido? ¿Evitar que se lean? ¿Cuáles? ¿Por qué? Anotó estas ideas en su libreta. Era como aquel problema de su amigo Arturo, que estudiaba Física pero trabajaba de sastre. Una vez le ayudó con un pedido de uniformes para una fábrica. Había tomado las medidas de 37 de 40 de los trabajadores. ¿Y cómo le vas a hacer con los que faltan? “Usando la esperanza matemática, los promedios sobre las tallas y viendo de cuál piden más”, le dijo. Y sí, no le falló.

Volteó a ver a Don Perico.

—Es hora de conseguir más información.

La Biblioteca Central estaba en terrenos de la Normal del estado, a veinte minutos en el auto. Al entrar, Don Perico se identificó con su credencial de periodista ante la encargada de la recepción, Miss Dorita, que ya tenía un regaño encima y no quería otro más.

No pudo decir nada de quién pudiera haber sido, pero sí de algunos de los libros perdidos. Calculaban más de diez libros, pero entre ellos unos que acababan de llegar por parte del estado. Una barra de chocolate le dibujó una sonrisa nerviosa en la cara y, susurrando para que nadie la escuchara, le dictó a Barrabás los quince títulos.

Cinco de ellos coincidían con los de la biblioteca Benito.

—Sí, son de una colección exclusiva para las bibliotecas de la ciudad que donó la Escuela de Historia de la universidad. Llegaron hace pocos días —comentó Dorita.

Salieron a ver las cenizas. Don Perico tomó un par de fotos y luego se sentó junto a Barrabás, quien sacaba algo de su morral.

—¡Buena idea! —dijo, y sacó de su chaqueta su pipa. Barrabás le compartió tabaco, y permanecieron en silencio unos minutos contemplando aquello que antes fueran ideas, historias o sueños, y que ahora no eran nada.

Cuando estaban por dar la última bocanada, Don Perico lo volteó a ver.

—Yo soy un chismoso profesional: voy tras la noticia o tras la nota, y la cuento al mundo. Pero tú no eres periodista, Sebastián. ¿Te has preguntado qué ganas con ser Barrabás y perseguir los misterios? Ya te ganaste una paliza una vez y ya no eres un niño. ¿No será tiempo de hacer otras cosas?

Siguiendo la costumbre de los que fuman pipa, Sebastián se dio su tiempo para disfrutar la última fumada. Su amigo tenía razón. Le faltaba poco para terminar la carrera, cumpliendo lo que le prometió a su abue Lolita, ¿y luego qué? Era bueno resolviendo misterios, pero también le iba bien en la electrónica. Le gustaba mucho arreglar aparatos, aunque también tenía futuro en la industria. ¿Qué sigue en su vida? La paliza le dejó una leve cojera que le impide correr tras los malos o huir de ellos. Ya había perdido a su novia por esto de resolver los misterios, pero también había podido ayudar a sus amigos y tenía la satisfacción de detener a gente mala.

—Mire, Don Perico, también me lo pregunto, pero creo que resolver misterios me ayuda con la tristeza, la que traigo desde que se fue mi abue Lolita, y que medio olvidé con Azul, pero ella también se alejó y ahora lo que más me ayuda son estos juegos mentales que me permiten ayudar, creo.

—No, chamaco, no era mi intención ponerte triste. ¿Vamos a ver a Pepita y comemos con ella antes de que te lleve a la universidad? Tenías clase a las 4 según recuerdo. Además, estamos cerca de su casa.

—Sí, Doña Pepita siempre me sube el ánimo con su presencia tan querida. ¡Vamos!

“El Tigre” rugió nuevamente. Los vochos del 85 siempre le habían parecido ruidosos y ahora, con sus achaques, su presencia era difícil de ignorar. Por eso Pepita los esperaba en la puerta, segura de que era Pedro el que la iba a ver, y recibió con una sonrisa a Sebastián. Para ella, era el nieto que nunca tuvo; no se lo decía, pero lo trataba como si lo fuera.

— Hola, muchachos —saludó con su voz grave pero aterciopelada—. Esperaba ver a Pedro en el periódico, pero tú, Sebas, eres una agradable sorpresa. ¿Tienen hambre?, les puedo preparar algo.

Pusieron a Pepita al tanto de lo que llevaban investigado. Ella escuchó atenta, pero de repente se paró y salió de la cocina sin decir nada. Regresó con su libreta de reportera abierta.

—¡Yo cubrí esa nota! Sí, fue el 14 de enero. Fue de esos eventos en los que el personaje está muy interesado en que se difunda la actividad. Esos valen la pena por la comida o el brindis. En este caso era un evento político disfrazado. El donante presentó los libros, pero también mostraba a los miembros de su equipo. Es un posible candidato a la alcaldía de la ciudad. No va a ganar, ni vale la pena recordar su nombre.

—¿Tiene la lista de libros?

—Esa nos la dieron en un papel y la dejé en la redacción. La pusieron en la nota. Principalmente eran libros de historia; cinco nada más.

—¿Reconoce alguno de estas listas?

—Sí, pero faltan. Mejor vamos a la redacción de El Clarinete. Podemos checar la nota y las fotos.

Por eso no fue a la escuela. Los tres subieron a “El Tigre” y se dirigieron directo a la hemeroteca de El Clarinete.

En efecto, de los cinco títulos donados había al menos uno en cada lista de los quemados, pero al pasar a las fotografías, Pepita pudo ver cómo Sebastián/Barrabás ponía cara de asombro.

—¿Estás bien? Parece que viste un fantasma —le preguntó.

Él la volteó a ver y asintió levemente. No entendía lo que veía en la fotografía. ¿Será cierto lo que ven sus ojos?

—Don Perico, ¿se acuerda que le conté la vez que descubrí quién ponía los mensajes en los autobuses y que luego la relacioné con el asesinato de aquel poeta, el M ese?

—Sí, Sebas, ¿por qué?

—Mire, creo que es ella, estoy casi seguro.

—¡Vaya! —dijo Pepita—. Esa es Catalina Flores Rojas, es docente de la Escuela de Historia, recién egresada y tan brillante que la han contratado de inmediato. Escribió uno de los libros de la lista: Crímenes y Academia, creo.

—Está entre los quemados, en la lista —confirmó Barrabás.

Por su parte, el periodista ya estaba revisando las anotaciones entregadas por Pepita a la redacción.

—No hay más información. Bueno, creo que debemos ir al Colegio de Historia.

La Escuela de Historia estaba en el edificio Arronte. Una hermosa casa colonial que poco antes de ser escuela fue hotel, por lo que podía presumir un elevador hecho de hierro forjado, un patio central empedrado y tres pisos de habitaciones que ahora son salones y oficinas.

Y una biblioteca. Aprovechando que la clase de Catalina tardaría otra hora en terminar, fue a revisar el fichero. Ahí aparecía el libro Crímenes y Academia, pero no estaba en el estante. Y le dijeron que no estaba prestado. Como era una biblioteca pequeña, pudo pasear por cada mesa y molestar a los lectores pidiendo ver qué libro estaban leyendo, pero ninguno lo tenía. Tampoco estaba en los carritos. Ese libro había desaparecido también de esa biblioteca.

Estaba fuera del salón cuando salieron todos y, con ellos, Catalina. Seguía siendo la misma mujer que recordaba, aunque con siete años más encima. No parecía haber gran diferencia de edad entre ella y sus estudiantes, pero Sebastián sabía que eso era una ilusión. Él sí había cambiado: los lentes nuevos, la cojera, los años de reparar aparatos encorvado sobre mesas de trabajo. No le extrañó que ella no lo reconociera de inmediato.

—Profesora, ¿me permite un momento? Es sobre su libro.

Ella metió la mano en la gran bolsa, buscando el spray de pimienta, pero al decidir que Barrabás no era peligroso le dijo: —Vamos a mi oficina.

La profesora le hizo señas al policía para que abriera el elevador.

—Las escaleras son muy empinadas —dijo, señalando discretamente hacia Sebastián. El policía asintió y quitó el seguro de mala gana, dándoles las instrucciones para usarlo. Ella sonreía y revisaba cada detalle, cual niña en dulcería sin decidir qué elegir.

La oficina era amplia, pero había al menos cuatro escritorios, todos llenos de libros y hojas. Solo hasta que ella puso la bolsa en uno de ellos pudo concentrarse en los adornos de las paredes y la pintura del techo falso. En sus tiempos debió ser muy caro hospedarse ahí.

—Ahora sí, dígame, ¿ya encontró mi libro? —La pregunta sorprendió a Barrabás. La vez pasada no se había dado cuenta de sus ojos negros, y ahora, al cuestionarlo, lo veía fijamente y él se había embelesado.

—En realidad estoy buscando varios libros, entre ellos el suyo. Dígame, por favor, ¿qué es eso de que no encuentra su libro? ¿No tiene una copia o un borrador?

Ella lo vio un poco extrañada.

—Ya decía que no venías de parte de la Dirección. Mira, aquí tenía el borrador en una caja de cartón, junto con algunos recortes que en el libro aparecen. También en el estante tenía un par de copias, una de referencia y otra para regalar. Hace tres semanas desaparecieron. Lo reporté en la Dirección, pero me dijeron que debió ser un error y que pronto encontrarían a quien las haya tomado, y que no hiciera mucho alboroto.

Barrabás sacó su libreta del morral de lona y ella sintió alivio. Pensó: la cara se me hace conocida, la cojera no, el pelo sí, los lentes no… ¡Pero esa libreta! La misma que sacaba todos los días en el autobús.

—Oye, yo te conozco, ¿verdad? Eres el chico que descifró los mensajes en el autobús —Y al recordar el beso que le diera, se ruborizó como quinceañera—. Tengo mucho que contarte, pero no aquí.

En efecto, las escaleras estaban empinadas. Salieron del edificio buscando un lugar seguro, pero Catalina no aprobaba cafés o bancas, por lo que Barrabás tuvo la idea de ir a la Escuela de Música, donde Pepita daba algunas clases por la tarde, con la suerte de que la encontraron explicando una escala a un alumno en una sala de piano. Entraron cuando el chico terminó.

—Mira, Pepita, la profesora Catalina —Pepita la saludó de beso en la mejilla. Barrabás le explicó la situación.

—Para disimular ensayaré algo mientras platican.

Las notas iniciaron suaves; era “Clair de Lune”, de Debussy. Pepita se entregaba a la interpretación con un sentimiento que se podía casi palpar. Escucharon por unos minutos hasta que Catalina volteó a verlo.

—M era mi ídolo —comenzó Catalina, mirando hacia el piano donde Pepita tocaba suavemente—. Juntos empezamos un movimiento de resistencia. No solo en la universidad; había células en la Normal, en algunos sindicatos…

—¿Células? —preguntó Barrabás, escribiendo en su libreta.

—Por lo peligroso de la situación usábamos el sistema de notas en los autobuses. Tú las descifraste.

Sebastián recordó aquellos días, las notas codificadas, la sensación de estar tocando algo más grande que él.

—Los líderes empezaron a morir —continuó ella, con la voz más baja—. Uno en una pelea callejera, otro atropellado. Cuando viste la nota de “M traidor” fue que descubrimos que él había informado a alguien.

Los ojos se le pusieron tristes.

—El día que murió, intenté hablar con él, pero lo vi leyendo un papel y salir hacia las escaleras. Lo seguí discretamente, alcancé a oír que hablaba con alguien y luego oí el ruido de la caída. Me asomé, pero no vi nada. Regresé a la fiesta para esconderme en la multitud y desaparecí de la ciudad hasta aquel día que te encontré en el zócalo.

Barrabás la escuchaba fascinado por sus ojos negros. “Más negro que el negro”, recordó aquella frase de la calibración de un reóstato en una televisión analógica. Solo recuperó la concentración para preguntar:

—¿Y el beso?

Catalina contestó sonriendo:

— Era para distraerte, y logré, ¿verdad?

Y al igual que siete años atrás, Barrabás/Sebastián se quedó sin saber qué decir.

Pepita, con un profundo suspiro, dejó de tocar Debussy. La sala se llenó de un silencio tenso que duró apenas un segundo. Entonces, sus dedos encontraron las teclas de nuevo, pero ahora las notas eran más graves y sentidas. Era “La Llorona”, ejecutada con una tristeza honda, su melodía actuando como el lamento por el movimiento perdido y el alma en pena de M.

La letra habla de dos besos, que irónicamente aquí son el último de Lolita, su abue, y el de Catalina, que fue solo una distracción. Sebastián sintió el golpe de esa verdad. El destino era un poeta cruel.

Barrabás volteó hacia el morral, extrajo un paño y limpió los lentes para hacer algo de tiempo.

El tono de la música lo devolvió a la lógica.

—¿Qué decía ese papel que M estaba leyendo? ¿Por qué murió? ¿Y cómo se conecta esa traición con los cinco libros de historia que el desconocido ha quemado?

Catalina asintió con los ojos húmedos.

—Recuperé la nota del suelo cuando regresé a la fiesta. La guardé todos estos años. Decía: “Hasta aquí llegaste. Veme en las escaleras” y ponía las iniciales JS.

—¿Y la pusiste en el libro? —preguntó Barrabás, conteniendo el aliento.

Ella sonrió con ironía y desesperación.

—Sí, en mi libro Crímenes y Academia puse un facsímil. Es uno de tantos casos de la historia que registro en el texto, en que un académico es asesinado, pero era el único en el que yo tenía una prueba directa.

Volteando nerviosa hacia la puerta continuó:

—El autor de los crímenes es alguien que puede perder mucho si se demuestra su historial delictivo y por eso busca desaparecer mi libro.

Finalmente, casi en un susurro dijo:

—El robo de mi borrador hace tres semanas fue una advertencia. Él sabe que el secreto está en mi libro. Cuando termine la quema de libros sé que vendrá por mí.

Barrabás se acomodó la chamarra de cuero café, guardó la libreta y se ajustó los lentes. Miró a Doña Pepita y le dijo el plan.

El primer paso: que Don Perico usara sus fuentes para saber en qué bibliotecas se repartieron los libros. Pepita llamó a El Clarinete desde el teléfono de la dirección de la escuela de música y entonces salieron hacia el periódico.

No bien llegaron a la esquina de El Clarinete, vieron venir a “El Tigre”.

—¡Suban rápido! —el periodista parecía alarmado.

Una vez arriba, arrancó con destino al Paseo Bravo.

Mientras sorteaba autos y ciclistas, les contó que su fuente le había explicado el proceso de entrega y procesado de los libros en las bibliotecas, y lo más importante: la lista de ellas. Solo son: Colegio de Historia, Momoxpan, La Libertad, Central y Benjamín Franklin.

Cierran a las ocho, por eso la prisa.

Llegaron 7:40, y el bibliotecario los recibió nervioso. Al preguntarle, les contestó que hace unos minutos el arco sonó cuando un tipo pasó por él. Se dio cuenta que la chamarra iba abultada y le dijo que se estuviera, a lo que el tipo emprendió la huida. Cree que se llevó libros, pero no sabe cuáles.

Le piden que revise si están los cinco del Colegio de Historia y, en efecto, faltan tres de ellos, contando el de Catalina. JS está un paso por delante de ellos.

Don Perico golpeó el volante con frustración.

—Son las siete cuarenta y siete. La Libertad está a veinticinco minutos, si no hay tráfico. Llegamos tarde, chamaco.

Sebastián se recargó en el asiento. El rostro de Catalina era una máscara de desesperación. La idea de que el libro pasaría la noche sin protección, con JS acechando, era insoportable.

—Ya es muy tarde para ir a la biblioteca —dijo Barrabás, con voz dura y precisa—. Pero no es tarde para un amigo. Don Perico, ¿sabe dónde vive Toño? Lléveme allá. Es el único lugar donde estaremos a salvo esta noche para planear cómo vamos a entrar en la biblioteca de La Libertad a primera hora.

Don Perico asintió, reconociendo la lógica. “El Tigre” rugió y tomó la desviación hacia la casa de su amigo policía. Por primera vez en esa tarde, al saber que no tenían que correr más, Catalina se permitió un suspiro. Ahora, el único ruido que llenaba el auto era el ronroneo irregular del motor del vocho.

Ya estaban por dar las nueve cuando llegaron a la casa de Toño, en La Libertad. El oficial José Antonio Malo Reyes, Toño pa los cuates, todavía llevaba el uniforme cuando abrió la puerta y se puso contento al ver a Barrabás y compañía.

—¡Ese, mi Toño! ¿Cómo está su gato? —dijo Sebastián mientras lo abrazaba.

—¿Gato? —cayó redondito Toño.

—¡Gato madre! —dijo Sebastián, soltando la mentada de madre que inició su juego el año pasado. El chiste, una desesperada búsqueda de normalidad, ganó la mirada severa de Pepita, la risita de Don Perico y los ojos en blanco de Catalina.

Llevaban tacos árabes para cenar y Toño fue rápido por cervezas.

—Esta es tu casa, Catalina. Cualquier amigo de Sebastián es mi amigo. —Toño quería mucho a Sebastián, y siempre pensó que Barrabás le había dado más de lo que él le había devuelto.

La algarabía duró poco. Mientras comían, Pepita resumió el caso y Barrabás le entregó la libreta azul con todos los nombres, fechas y listas.

—Debe ser Juan Segundo Sánchez —dijo Toño, su rostro endureciéndose al oír las iniciales JS.

—Es el donante de los libros —dijo Pepita.

—Un empresario local que busca la alcaldía. Un pez gordo —completó Toño.

—Un pez gordo que robó tres libros de la Franklin hace una hora —replicó Don Perico.

—El borrador fue robado hace tres semanas —añadió Catalina, con la mirada fija—. Él es el asesino de M. Lo que no te había dicho es que los recortes que incriminan a JS no los tenía en la caja de cartón. Los tengo a resguardo con alguien más.

Toño dejó su cerveza. La gravedad de la acusación disipó el resto de la broma del gato.

—No podemos detenerlo por robar libros, y el asesinato de M es caso cerrado…

—No, Toño —interrumpió Barrabás, su voz tensa—. La quema de libros no es vandalismo, es destrucción de evidencia de homicidio. Catalina fue testigo de que M tenía la nota que JS le dio, citándolo en las escaleras. La prueba está en la última copia de Crímenes y Academia, en la biblioteca de esta colonia y en los otros papeles que guarda Catalina.

Toño asintió, reconociendo la lógica.

—Mi turno de jugar. Voy a hacer unas llamadas para confirmar su coartada de 1984 y conseguir algo más sólido que las iniciales.

El resto de la noche fue una planificación tensa. Toño llamó a sus contactos en la comandancia para verificar el historial de JS y pedir un favor.

—El plan es simple —dijo Barrabás, señalando el mapa de la colonia La Libertad—. La biblioteca abre a las nueve. JS va a estar ahí para ser el primero en entrar.

—Lo conseguí —Toño colgó el teléfono—. La policía municipal tiene la orden de no molestar al candidato Sánchez, pero conseguí un par de uniformados leales a las nueve en punto. Y JS tuvo un despido polémico de su primer trabajo en el municipio justo después de la muerte de M. Tenía algo que ocultar desde entonces.

—Perfecto —dijo Barrabás—. “El Tigre” de Don Perico es demasiado ruidoso para una emboscada, y mi cojera no me sirve para una persecución. Yo entro con Don Perico como lectores. Toño, usted y su respaldo estarán en autos sin identificar en las esquinas. Cuando JS tome el libro, ustedes lo rodean.

—Por mi seguridad —pidió Catalina—, me quedaré en “El Tigre” con Pepita, viendo la comandancia desde la contraesquina.

—Trato hecho —dijo Toño.

La mañana se sentía fría y tensa. Eran exactamente las 9:05 a.m. en la Biblioteca de La Libertad.

Don Perico leía el periódico en una mesa lateral, con la cámara bajo el brazo. Barrabás estaba en el pasillo de Historia. La sala estaba casi vacía. El bibliotecario, un hombre nervioso alertado por Toño, ya había señalado con la mirada la estantería de los libros donados.

A las 9:15 a.m., la puerta se abrió abruptamente. Entró un hombre alto y fornido, vestido con una chamarra holgada pero fina: Juan Segundo Sánchez.

No se molestó en disimular. Fue directo a la sección de Historia, localizó el anaquel de la universidad y vio que solo quedaba una copia de Crímenes y Academia. La tomó, la deslizó bajo su chamarra junto con otros que cogió al azar y caminó hacia la salida.

Don Perico lo reconoció, pero fingió demencia. Sin embargo, hizo una señal discreta a Barrabás con un movimiento del periódico. Sebastián se adelantó y, cojeando ligeramente, se plantó a un metro de la puerta, donde lo pudieran ver desde afuera.

—¿Olvidó registrar su préstamo, señor Sánchez? —preguntó Barrabás, con voz firme y sin miedo.

JS se detuvo. Miró a Barrabás con la irritación reservada para los subalternos. No entendía por qué ese donnadie le estorbaba.

La irritación cambió a sorpresa cuando la puerta se abrió de golpe. Toño entró, acompañado por el otro oficial, ambos con una velocidad profesional.

—¡Juan Segundo Sánchez, queda usted detenido! —ordenó Toño.

JS intentó reír.

—Ustedes no saben quién soy. Llamaré a mi abogado.

El oficial abrió la chamarra de Sánchez, y seis libros cayeron al suelo, haciendo un ruido sordo. Uno de ellos, Crímenes y Academia, rodó hasta los pies de Barrabás.

En la comandancia, el ambiente era frío y la tensión palpable. JS se sentía tranquilo; robar libros no era un crimen y creía que saldría rápido con una multa. Pedía su llamada y seguía amenazando.

—No lo estamos acusando de hurto, señor Sánchez —dijo Toño, su voz resonando en la sala. Miró la pila de libros, señalando el de Catalina—. Lo estamos acusando de destrucción de evidencia de homicidio calificado y del asesinato del poeta M en 1984. Y del patrón de homicidios de los líderes de la resistencia.

Sánchez perdió el color.

—No… no tengo idea de qué está hablando.

—Sí la tiene. Catalina Flores, su testigo, lo vio. Y esta nota —Toño mostró el facsímil del libro de Catalina— demuestra que usted citó a M en las escaleras de la universidad porque el traidor se había convertido en un problema. Lo eliminó para asegurar que su historial quedara limpio para esta candidatura. Usted es el JS que asesinó a M y lo encubrió por siete años. Con esta evidencia podemos reabrir el caso y conseguir una orden para revisar sus registros de 1984.

Ya en la comandancia, Pepita y Catalina entraron discretamente en la sala de visión detrás del cristal. Catalina miró fijamente a Sánchez, su rostro inexpresivo.

Sánchez intentó sostener la mirada de Toño, pero sus ojos se desviaron. Se fijaron en el reflejo de una mujer en el cristal. No podía verla bien, pero sabía que ella estaba allí. El hombre poderoso se derrumbó.

Don Perico llamó a varios de sus amigos periodistas para que cubrieran la nota. El escándalo sería enorme: el candidato político era un asesino.

Catalina se acercó a Sebastián y le dio un abrazo.

—Gracias, ahora me siento segura.

Y luego un beso en la boca, simple pero efectivo.

—Este es de verdad.

Sebastián se quedó callado nuevamente, sobre todo cuando vio al novio de Catalina, todo preocupado. Catalina tomó el sobre que traía y se lo dio a Toño. Eran las pruebas que faltaban.

—Don Perico, ya pasa de mediodía, ¿podemos ir con su amigo el químico?

El periodista lo vio como quien ve a un perrito en la calle. Subieron al Tigre con rumbo a la cantina clandestina de su amigo el químico. Barrabás miraba distraído las calles. Hubo beso, no había amor, pero había justicia. Y esa, al menos por este día, era suficiente para acallar la tristeza.

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Daniel Mocencahua Mora

Divulgador científico, matemático de formación. Apasionado de la ciencia y la tecnología, sobre todo de los robots. Miembro del nodo Puebla de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia. Ha escrito dos libros de divulgación y un libro y varios cuentos de ciencia ficción. Conduce todos los viernes el programa ¡Es ciencia! por TVBUAP en el 18.1 de señal abierta y 118 de Megacable.

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