Don Perico llegó al Jirofle unos minutos después de Sebastián. Quedaron de verse en ese local para comer aquellas diminutas tortas rellenas de fabulosos guisos sin sospechar la historia que les traería aquel curioso personaje.
Sebastián se puso de pie al verlo y le dio un abrazo. Se veían casi todas las semanas y a veces se quedaba en casa de Don Perico y Doña Pepita, pero los últimos días ellos estaban ocupados y él estaba triste por la partida de Ángela. Y eso quería contarle a Don Perico.
Eran las tres de la tarde, por lo que iniciaron con un refresco frío: Chaparrita de uva y de naranja, y en la primera ronda una torta de chorizo ranchero, la especialidad de la casa
Estaban por pedir una segunda ronda, pipián para Sebastián, Salpicón para Don Perico, cuando un singular personaje entró y se dirigió a la tercera mesa de las tres del local, donde estaban los amigos.
—Mi queridísimo colega, ¡Don Perico el de los palotes! —Dando sonoras palmadas al recién llegado, Don Perico contestó:
—¿Qué pasó con ese respetillo licenciado? ¿Qué va a decir aquí mi amigo?
Sebastián se levantó y dió la mano al licenciado.
—Sebastián Cuautle Tepox, señor…
—Fermín Magaña Santibáñez, servidor.
Volteó a ver al mesero y él asintió. Por lo que agregó:
—Yo sé que estamos entre amigos, pero por favor, pasemos a mi oficina —y abrió la puerta del fondo.
Ahí cambió el ambiente. Tampoco había muchas mesas, pero sí una barra donde el camarero se transformó en cantinero y empezó a destapar una cerveza para Magaña.
—Memito, una… no, de una vez dos de chorizo. El consumo corre por mi cuenta, así que trae la orden de los señores y sírveles sus alcoholes que vamos a platicar.
Empezó a medir a Sebastián con la mirada. Su panza le impedía pegarse a la mesa por lo que se sentó de lado y cruzó la pierna. Sebastián alcanzó ver un bulto en el calcetín ¿Un arma?
—¿Este es tu famoso Barrabás? Se ve muy tiernito para andar en estas aguas, Perico.
—No te dejes engañar por su cara de niño bonito. Este cabrón resolvió lo de la Sombra del Carolino cuando ni la policía podía.
Magaña, el abogado de mucha maña, como le decía Don Perico cuando lo veía llegar, empezó a retorcerse el bigote, tupido pero ya con algunas canas, igual que su cabello, que ya presentaba entradas que trataba de disimular con el peinado. Sebastián calculó que debía pasar de los cincuenta, igual que Don Perico.
—Újule. Pos órale. A ver, chamaco, una pregunta rapidita: si un testigo jura que vio algo pero las pruebas físicas dicen otra cosa, ¿a quién le crees?
—A ninguno —contestó Sebastián pasando a modo Barrabás, el detective aficionado y dando un trago a la cerveza recién servida—. Busco por qué no coinciden.
Magaña, con sonrisa torcida, lo miró con seriedad.
—Chance y Perico no estaba tan pendejo al traerte.
Don Perico los veía, divertido. Decidió que a la siguiente ronda pediría coñac caro para quitarle lo hablador a Magaña. Este se levantó pensativo, eligió una canción en la rocola y regresó a la mesa. Lleva un traje azul y corbata roja, no muy caro pero perfectamente planchado. Los zapatos, aunque boleados, mostraban el cansancio de muchas calles.
Empezó a sonar Caminos de Michoacán y entonces le dijo a Barrabás:
—Morro, tengo un caso que me trae loco.
Sebastián, hasta ese momento, estaba un poco decepcionado: venía para platicar con su amigo de como Ángela se iba a Europa, y no quería una relación a distancia. Por alguna razón le recordó a su amiga Rebeca, la estudiante de física que le ayudó con el caso de Tata Nacho y que fue crucial en el caso de La Sombra, que se fue sin decir nada y que sus padres decían que estaba estudiando en Italia. Eso lo estaba deprimiendo.
Ahora él fue a la rocola y le depositó una moneda.
El tiempo pasa, y no te puedo olvidar… esa versión estaba cargada de sentimiento y melancolía, evocando el dolor de un amor perdido y la nostalgia de los recuerdos.
Don Perico se acordó de la partida de Ángela, se arrepintió de haber seguido a Magaña a esa cantina discreta, pero albergaba la esperanza de que el caso distrajera un poco a su Sebastián. Le hubiera gustado usar la frase Como el cuervo que se enamoró del cucú del reloj, pero no terminaba de decidir quién era quien.
Magaña abrió su portafolio, cuero, café, gastado por el uso, y un folder abultado con fotos, reportes escritos a mano, facturas de restaurantes. Tamborileba con los dedos sobre el portafolio mientras organizaba los documentos.
—Mi cliente es Don Rutilio Ochoa. Tiene cuatro restaurantes aquí en el Centro: El Chorrito, La Charrita, El Rincón del Pancito y Casa Amelia —Magaña prendió un cigarro sin filtro y le dió una fumada larga antes de continuar—. Desde hace dos meses, un cabrón ha estado comiendo y largándose sin pagar. Siempre lo mismo: pide, come tranquilo y luego se para con algún pretexto pendejo y desaparece.
Barrabás tomó una de las fotos. Se veía borrosa, tomada desde lejos, probablemente por algún mesero con cámara desechable.
—¿Ya lo identificaron?
—Sí y no —Magaña se retiró el cigarro de la boca y señala otra foto con mejor enfoque.
—Tenemos descripciones, algunos meseros hasta lo reconocen. Es Melesio Martínez López, estudiante de Derecho.
Hizo una pausa significativa.
—El detalle, chamaco, es que el cabrón fue novio de la hija de mi cliente.
Don Perico, que estaba por darle un trago a su cerveza, se detuvo a media acción.
—Ah, entonces es por despecho.
—Eso dice Don Rutilio —Magaña se sobó el anillo de turquesa en su meñique izquierdo, un gesto que Barrabás asociaba con nerviosismo.
—Pero aquí está lo cabrón: el chamaco alega que lo están inculpando, que porque dejó a la hija ahora lo quieren hundir. Y mira, morro, no tenemos pruebas tan sólidas como yo quisiera. Los videos están borrosos, los testimonios varían, algunos dicen que traía lentes, otros que no; unos que traía bigote, otros que no. El cabroncito es listo. Nunca deja huellas claras.
Memito, el cantinero, trajo la segunda ronda de tortas y tres cervezas sin que nadie los pidiera. Conocía bien a su cliente.
Magaña extiendió más fotos sobre la mesa. Barrabás las examinó una por una mientras masticaba pensativo su torta de pipián.
—Peor tantito: el chamaco ya metió una contrademanda por difamación. Dice que Don Rutilio está inventando cosas para arruinarlo. Y como es estudiante de Derecho, sabe exactamente cómo moverse. Conoce los códigos mejor que muchos licenciados con años de experiencia.
Barrabás estudiaba las fotos en silencio. En la rocola ahora sonaba El Rey, de José Alfredo Jiménez. Magaña tamborileaba al ritmo sobre la mesa. Sacó la pipa, la cargó, usó el encendedor desechable de Magaña, dio una calada y arrojó el humo hacia el techo, donde descubrió una mosca chismosa.
—¿Y por qué Don Rutilio no lo denuncia formalmente a la policía? —preguntó Barrabás regresando la vista a las fotografías—. Con cuatro restaurantes, debe tener contactos.
Magaña se quedó callado un momento. Se retorció el bigote y le dio un trago largo a su coñac.
—Dice que no quiere escándalo. Que es malo para el negocio. Que por eso me contrató a mí, para manejarlo… discretamente.
Don Perico, que conocía a su amigo desde hace años, captó el tono.
—¿Legal o “legalmente”?
A Magaña no le gustaba que el periodista usara su frase, aquella que le permitía definir qué tipo de cliente tiene enfrente para poder cobrar adecuadamente.
Magaña adoptó súbitamente su voz de abogado formal, señal de incomodidad.
—Estamos en el entendido de que mi cliente prefiere resolver esto sin involucrar autoridades mayores, por lo tanto, el suscrito licenciado Magaña aceptó el caso bajo esos términos.
Barrabás notó el cambio. Levantó la vista de las fotos y miró fijamente a Magaña.
—¿Puedo ver más fotos de las escenas? No solo del sospechoso. Todo.
—¿Para qué? —Magaña frunció el ceño—. El morro no está en todas.
—Exacto —Barrabás extendió la mano esperando más material—. Quiero ver lo que sí está en todas.
Magaña dudó un momento, luego sacó más folders del portafolio. Reportes de cada incidente, fotos de las mesas después de que Melesio se fue, facturas, testimonios escritos a mano.
Barrabás organizaba todo cronológicamente mientras Don Perico y Magaña platicaban de otras cosas y pidieron una ronda de cervezas. La rocola sigió sonando. Pasaron veinte minutos.
Finalmente, Barrabás separó cuatro fotos específicas y las colocó en fila.
—Las tazas de café.
Magaña dejó su cerveza a medio camino de su boca.
—¿Qué?
—En cada foto hay una taza de café sin terminar. Siempre en la mesa donde comió Melesio. Pero no están en la misma posición.
Don Perico se inclinó para ver mejor. Magaña se acercó también, el cigarro colgando de su boca.
—Mire, licenciado —Barrabás señaló cada foto—. Primera vez, La Charrita, hace dos meses: taza a la izquierda del plato, asa apuntando hacia las tres en punto tomando como referencia la silla en que se sentó. Segunda vez, El chorrito, seis semanas atrás: taza a la derecha del plato, asa apuntando a las nueve. Tercera vez, El rincón del pancito: taza al centro frente al plato, asa a las doce. Cuarta vez, hace dos semanas en Casa Amelia: taza otra vez a la izquierda, pero ahora el asa apunta a las seis.
Magaña se quitó el cigarro de la boca lentamente, retorciéndose el bigote con la otra mano.
—¿Y eso qué chingados significa?
—No lo sé todavía —Barrabás estudiaba las fotos con intensidad—. Pero es deliberado. Melesio está dejando mensajes.
—¿Mensajes para quién? —Don Perico miró las fotos con renovado interés—. Si es despecho, ¿para la hija?
Barrabás niega con la cabeza lentamente.
—O para el papá.
El silencio que siguió era incómodo. En la rocola terminaba una Me cansé de rogarle y hubo un momento de silencio antes de que empezara la siguiente.
Magaña se puso más serio. Su mano bajó instintivamente, un gesto casi imperceptible, hacia su tobillo derecho. Don Perico lo mió alarmado y con el gesto endurecido. Magaña reaccionó, dió una calada al cigarro.
—¿Qué estás insinuando, chamaco?
Barrabás fumó de su pipa.
—Deme chance, en un ratito le digo.
Barrabás pasó varios minutos estudiando las fotos en silencio. De vez en cuando la mano acarició la barbilla donde, por primera ocasión desde que lo conoce, Don Perico vio barba de dos días. Algo andaba mal en el chico, seguro.
Magaña y Don Perico bebían cerveza, platicaban de otras cosas. Pidieron una tercera ronda de tortitas: ternera, pulpo y lomo envinado. Finalmente, Barrabás levantó la vista.
—Tal vez esto no es solo despecho. ¿Por qué alguien dejaría mensajes codificados en una venganza romántica? Las venganzas de despecho son obvias, ruidosas, emocionales. Esto es… calculado. Casi profesional.
Magaña se movió en la silla, incómodo.
—El cliente dijo que es despecho.
Barrabás, con todo el control.
—El cliente miente.
Magaña se puso tenso, su mano bajó nuevamente cerca del tobillo, donde cargaba la pistola. Es su “último recurso” pero el joven estaba muy engreído. Empezaron a sonar las “Coplas de Dos Tipos de Cuidado”.
—Óyeme bien, morro. Cuidadito con andar diciendo esas cosas sin pruebas.
—Fermín, el chamaco solo está pensando en voz alta. Explícate, Sebastián. —Dijo Don Perico calmando las aguas.
Barrabás se ajustó los lentes y dijo concentrado:
—Según estos documentos, Melesio no solo estudia Derecho, es un genio en el tema. Además, en los testimonios dicen que salió con la hija, Amelia, durante ocho meses. Tuvo acceso a los restaurantes. Es inteligente. Y de repente, sin escándalo público, sin dramas, empieza a hacer estos… “robos”. Pequeños, molestos, pero nada grave. Y deja mensajes codificados. ¿Y si Melesio descubrió que Don Rutilio lava dinero en los restaurantes y esta era la única forma de presionarlo sin que Amelia se enterara o se viera afectada?
Calló un momento para tomar un trago de cerveza. Don Perico aprovechó para cuestionar a partir de su olfato de nota roja.
—Licenciado, ¿usted realmente cree que esto es despecho? ¿O Don Rutilio tiene otra razón para querer resolver esto sin policía?
Magaña se quedó callado, mirando su cerveza.
—Yo solo soy el abogado —dijo en voz baja.
—Fermín, si hay algo raro aquí, necesitamos saberlo. No voy a meter a Barrabás en algo turbio.
Magaña suspiró, se retiró el cigarro de la boca:
—Miren… yo tuve la misma sospecha. Hace una semana le pregunté directo a Don Rutilio: “¿Por qué no llamamos a la policía, a la judicial, hacemos esto formal?” Y se puso bien nervioso. Me dijo “No, licenciado, usted resuélvamelo discretamente, le pago extra.”
Ahora a él le tocó tomar un trago antes de hablar.
—A mí me pagan por resolver problemas, no por hacer preguntas incómodas. Pero sí, algo no cuadra.
—¿Y si Melesio descubrió algo durante la relación? Algo que Don Rutilio no quiere que salga a la luz —Sebastián, que llegó a su límite de alcohol antes de empezar a marears, ha pedido un refresco de cola bien frío y sorbe el popote después de preguntar. Empieza a sonar “Contrabando y traición” y Magaña se le quedó mirando fijo antes de preguntar
—¿Como qué?
—No sé. Pero estos “robos” parecen diseñados para llamar atención sobre los restaurantes sin que Melesio se exponga directamente denunciando. Es casi como si quisiera forzar una investigación.
—¿Investigación de qué? —Don Perico paró la oreja al oír lo último.
—De lo que sea que Don Rutilio está ocultando.
Magaña se quedó en silencio largo rato, retorciéndose el bigote.
—Chingaos. Si tienes razón, chamaco… estoy en medio de un desmadre. Esto está más enredado que corbata de borracho en quincena.
Luego, hablando más para sí mismo que para la mesa
—Si Don Rutilio está lavando dinero o algo así, y yo lo ayudo a callar a Melesio, me convierto en cómplice. Y se me hace que no es algo que se arregle con un amparo… o con un “amparito” de quinientos pesos. Por eso me llamó.
Miró al techo, mientras lanzaba anillos de humo pensando en voz alta.
—Pero si no lo ayudo, pierdo el cliente y probablemente me hunde, el cabrón tiene contactos en el ayuntamiento. La ley es como la cobija, ladea pa donde la jales, y jalas con dinero.
—¿Qué vas a hacer, Fermín?
Magaña mostró su famoso sonrisa torcida, pero sin humor
—Lo que siempre hago, Perico, mi muy estimado colega. Buscar el ángulo donde salgo vivo. Dicho lo cual…
Se para, guarda fotos y documentos en el portafolio. Le acerca una tarjeta a Barrabás. La dirección es justo arriba del Jirofle.
—Barrabás, ¿verdad? Gracias por el análisis. Me diste mucho en qué pensar.
—¿Y ahora qué sigue? —pregunta el joven
—Ahora voy a tener una conversación muy honesta con Don Rutilio. Voy a decirle “Con el debido respeto que usted se merece…” Le diré que su caso está muy débil, que Melesio tiene buena defensa, y que, si insiste en seguir adelante, va a terminar con una investigación formal que él no quiere. Que conciliemos.
—¿Y si no acepta?
— Entonces yo le voy a mostrar mi “argumento final” —saca un revolver de una funda del tobillo — Renuncio al caso y le digo que se busque otro abogado. Yo soy transa, pero no pendejo. No voy a arriesgar mi cédula, y tal vez mi pellejo por un cliente que me está mintiendo. Ya veré como toreo a sus contactos— Guarda el arma distraídamente en el portafolios donde Barrabás ve un sobre que intuye trae las balas de repuesto.
Le extiende la mano a Barrabás.
—Tienes buen ojo, chamaco. Y más importante, sabes cuándo algo huele mal. Eso es más valioso que conocer todos los códigos.
—¿Y Melesio?
—Ese cabrón también se está jugando el futuro. Si descubrió algo ilegal y su estrategia es esta… o es muy valiente o muy pendejo. Probablemente las dos.
Se puso su saco, acomodó el portafolio. Le dio una palmadita en el hombro mientras guiñó un ojo, como un gesto de “ya quedó arreglado”.
—Te debo un favor, Barrabás. Y créeme, en esta ciudad un favor del Lic. Magaña vale más que mil favores de cualquier otro. Ahí nos vidrios.
Otro abrazo sonoro con Don Perico y salió de la cantina.
Sebastián puso monedas en la rocola mientras Don Perico regresaba del baño.
Se escuchaba La chancla que yo tiro cuando Don Perico preguntó, más para tantear su ánimo que para escuchar su respuesta.
—¿Qué crees que va a pasar?
—Creo que Magaña va a renunciar al caso. Y creo que Don Rutilio va a dejar de perseguir a Melesio… porque no le conviene que esto crezca.
—¿Y la justicia?
—A veces la justicia es que los malos se cancelen entre ellos. Melesio dejará de robar, Don Rutilio no lo denunciará, y ambos siguen con sus vidas.
—Qué cínico te estás volviendo, Sebastián.
—Aprendí del mejor.
Se rieron.
Dos semanas después, Barrabás vio una nota pequeña en el Clarinete, el periódico donde trabajaba Don Perico:
12 de junio de 1994.
Don Rutilio Ochoa, prominente restaurantero del Centro Histórico, anuncia la venta de dos de sus establecimientos para “enfocarse en proyectos familiares”. En declaraciones breves, Ochoa mencionó que busca “simplificar operaciones” y “pasar más tiempo con su familia”.
Barrabás sonrió. El mensaje era claro: Don Rutilio estaba cerrando las operaciones más expuestas.
Y en la calle, sentados en una banca del zócalo, Melesio y Amelia leían el mismo periódico. Sonreían. Se besaban. Entre sus manos entrelazadas, nadie notó la pequeña taza de café de papel, el asa apuntando exactamente hacia afuera de la banca, como las manecillas del reloj marcando las doce. Mediodía. El momento perfecto para comenzar de nuevo.






