El miércoles 6 de enero de 1993 Sebastián recibió la llamada de Don Perico anunciando que habían regresado de la luna de miel. Habían juntado los días de vacaciones para salir todo el mes de diciembre y recorrer desde Veracruz hasta Campeche, puebleando y al ritmo de dos enamorados sin prisa, sacando a carretera al Tigre, el vocho de Don Perico, que había respondido sin ningún contratiempo.
Así que el sábado estaba invitado a desayunar en la casa de los nuevos esposos.
Bajó del autobús en la catorce y caminó un par de calles dentro de la colonia antes de ver la reja blanca de hierro forjado con diseños curvilíneos, al estilo Art Nouveau. De verdad que el señor N les había conseguido una ganga con esa casa de estilo afrancesado pero con acentos poblanos.
Recordó, de la boda, un pequeño jardín antes del porche, con farolas y banco de hierro forjado: así de vieja es la casa, porque todo mobiliario exterior es de esa hechura.
Una campana hacía las veces de timbre y se sonaba con un cordón colgante fuera de la reja. Le abrió Don Perico, sonriendo y dándole un abrazo.
Pepita los esperaba en la cocina: estaba sirviendo champurrado y en el microondas se calentaban tamales de dulce, de mole y de rajas.
Pero antes de sentarse a la mesa sonó la campana: era Ángela, que también había sido invitada.
Después de los besos para Pepita y Sebastián, la atención se centró en la rosca de reyes.
—Es la receta de mi abuela, con almendras y un toque de vainilla, espero que les guste. Le digo a Pedro que me emocionó tanto que cupiera mi horno en esta cocina que le voy a preparar pan o pastel todos los fines de semana —dice Pepita mientras Don Perico reparte platos y cucharas.
—¡Me voy a poner como pelota!
Después de las risas, Sebastián se preguntaba si en ese horno también se podrían hacer pizzas. Se lo preguntaría a Don Perico en otro momento, no sea que Pepita se molestara.
Ángela inicia el ritual, con cuidado corta un pedazo y con las manos lo parte a la mitad para buscar el niño, sin suerte.
Los demás hacen lo mismo, siendo Sebastián el primero en encontrar un muñequito de barro que Pepita había mandado hacer para la ocasión.
—Morenito, como nosotros, porque Dios está en nosotros —dijo Pepita al ver la cara curiosa de los muchachos.
Ángela comentó, asomándose por la ventana hacia el jardín trasero Donde se hizo la boda hace un mes:
—Mira, Pepita, se parece al de la fuente.
Los demás también se asomaron, pero finalmente fue Sebastián el que salió al jardín siguiendo la mirada de Ángela. El sol apenas rozaba las copas de los arbustos y el aroma del champurrado quedaba suspendido en la puerta, como un eco doméstico.
Al fondo del jardín se hallaba la fuente: un retablo de azulejos azul y blanco incrustado en un respaldo de piedra, y en el centro la figura de un niño en azulejo que sostenía un pequeño corazón rojo entre las manos. Su carita, amorosamente trazada por el artesano, estaba radiante: los ojos, reDondos y serenos, miraban al frente con una expresión curiosa más que amenazante. El chorro de agua manaba de una boquilla colocada unos centímetros por encima de la coronilla, cayendo en un hilo fino que no llegaba a borrar la sonrisa del niño, sino que parecía, con su murmullo, acentuarla.
Sebastián se acercó decidido. Comparó al instante la figura del azulejo con el muñequito de barro que había encontrado dentro de la rosca: la postura, el corazón en el pecho, hasta la inclinación leve de la cabeza. Era evidente el parecido. En la repisa de piedra, junto a las hojas talladas, había una moneda reciente; su brillo denunciaba que no llevaba mucho tiempo ahí. También notó una marca pequeña en el borde de la pila, una ralladura apenas perceptible, como si algo metálico hubiese raspado la piedra no hacía mucho. Sebastián sacó su libreta azul para hacer anotaciones. Arrancó una hoja y la puso sobre la marca. Al repasarla con el lápiz se evidenció la figura de una flor.
Ángela apareció en el umbral con una taza en la mano y, al ver a Sebastián inclinado hacia la fuente, dejó escapar una risa ahogada.
—¿Qué miras, curioso? —preguntó.
—Nada importante —respondió él y se acercó a la chica para darle un beso rápido en la boca—. Solo miraba.
La escena quedó así: el agua canturreando, la figura de cerámica con su carita descubierta como testigo inmóvil, y el muñequito de barro que inquietaba con su parecido al de la fuente. Sebastián sintió, por un instante, la pequeña excitación del que ha dado con una pieza que podría encajar en un rompecabezas que aún no sabe que existe. Regresaron a la cocina.
Los tamales seguían calientes. Por un rato la pareja adulta charló sobre lo que hicieron en su viaje. Sebastián estaba un poco callado, aunque se dejaba querer por Ángela que le tomaba de la mano o lo abrazaba cuando Pepita decía algo romántico.
Finalmente, no aguantó más y preguntó.
—Bueno, Pepita, ¿fue a propósito? ¿El muñequito y la fuente?
—Sí y no.
Ángela se rió, estaba esperando ese momento desde que partieron la rosca.
—Me explico: fui al barrio de La Luz y con el primer alfarero que ví que hacía más que ollas, entré y le pedí cuatro niños dios para la rosca. Los quería de barro vidriado y con una forma distinta a la de los de plástico que salen en la rosca que venden en las panaderías. Me mostró una imagen antigua que tenía en la pared y estuve de acuerdo en que usara esa.
—Bastará con preguntar al artesano sobre la imagen y tendremos una respuesta al “caso de los gemelos” —dijo Don Perico.— Casi se escucharon las comillas.
—Pero antes, los regalos de reyes para los niños —dijo Pepita dirigiéndose a la sala.
Los jóvenes no habían vuelto a la casa desde la boda. Sebastián se reía cuando se daba cuenta de que las edades de los esposos sumaban 115. Ella le llevaba un año a él, pero Don Perico había sufrido mucho y se veía más acabado. Claro que eso nunca se lo diría a sus amigos porque estaban rejuvenecidos con la boda.
Hasta ahora se daba cuenta de esas historias previas antes de la unión. Se podían ver en los muebles de la casa: de madera maciza y elegantes los de ella, más sencillos y funcionales los de él.
Se sentaron frente a una de las peculiaridades de la casa, la chimenea, atentos a las bolsas de regalo sobre la repisa de piedra de la chimenea.
Sebastián no podía dejar de pensar en la libreta azul. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón para tocar la moneda y el calco de la flor. La repisa de piedra de la chimenea era lisa y oscura, y contrastaba con los azulejos de talavera que la rodeaban. Mientras Pepita y Don Perico se enfrascaban en un debate juguetón sobre quién abriría primero su regalo, Sebastián deslizó la mirada por la repisa.
Su mirada se posó en la foto de boda de sus amigos haciéndole sonreír, lo que Ángela tomó como señal para otro beso, ahora largo y apasionado.
—Quietos niños, que me va a salir una perrilla —dijo el periodista seguido de un “¡ouch!” por el codazo que le metió Pepita por ordinario. —Mejor vamos a ver al alfarero.
El tigre entra por la reja grande de regreso, un pasillo para el auto directo hacia la cochera y jardín trasero.
Han regresado. Del artesano han paso al mercado de la Acocota por carnitas y mientras comen, Sebastián entra en modo Barrabás para entender lo que han encontrado hasta el momento.
Sebastián, con los labios todavía cosquilleándole por un beso de reciente de Ángela, sostenía un taco de maciza con salsa verde. Los demás estaban igual de concentrados en su festín.
Don Perico, siempre el más pragmático, masticó lentamente antes de resumir, limpiándose la comisura con una servilleta.
—A ver si lo entendí bien. El alfarero del barrio de la Luz no hizo el muñeco, solo hizo un molde a partir de una foto que tiene pegada en la pared.
—Una postal vieja, sí —confirmó Ángela, tomando un sorbo de cerveza—. Dijo que la consiguió hace años en un puesto de antigüedades del Parián. Es una imagen recurrente en la talavera antigua.
—¿Y qué figura era? —preguntó Pepita, interesada en el origen de su “dios morenito”.
Sebastián dejó el taco a medio terminar y se inclinó, señalando la libreta azul que descansaba a un lado de su plato, aunque no reveló la hoja interior.
—La imagen en la postal es el Niño de las Flores.
Don Perico frunció el ceño.
—¿Un niño Jesús con flores? Tiene rasgos indígenas ¿Es alguna advocación especial?
—No exactamente, es el niño del sagrado corazón, pero con flores —intervino Sebastián—. El alfarero no supo decirnos de dónde salió la imagen, solo el nombre. Pero la descripción encaja con los dos muñecos: es una figura que, en el diseño de la talavera antigua, va acompañada de símbolos florales. Es un patrón de diseño.
Pepita pareció aliviada.
—Bueno, entonces es solo un patrón antiguo de la ciudad. Qué bonito que mi muñequito sea un rescate histórico.
—Sí y no, Pepita —dijo Sebastián, adoptando un tono más grave. Ángela le tomó la mano bajo la mesa, preparándose para la inmersión detectivesca.
—La cuestión es: ¿por qué ese patrón, que es común, tiene tanta presencia en tu nueva casa? —Sebastián sacó la moneda que había guardado. Era un peso actual, limpio, sin pátina.
—El Niño de las Flores es un patrón. Pero la moneda es una ofrenda. Alguien puso dinero en esa fuente muy recientemente. ¿Quién pone una ofrenda en una fuente privada, Pepita?
Pepita dudó.
—Nadie que yo sepa. A la casa solo han venido los albañiles que nos ayudaron a arreglar los desperfectos, y tú y Ángela.
—Y el señor N, el que les consiguió la ganga de casa —añadió Don Perico.
—Exacto —dijo Sebastián—. Y por último, lo que dijo Don Perico y que fue el detonante de todo. ¿Qué tiene que ver el “caso de los gemelos” con una figura religiosa popular?
—Pepita, ayúdame con esto. ¿Qué tipo de flor es esta? —Barrabás mostró la calca y Pepita la tomó, aunque ya de lejos sabía lo que era.
—Es la forma en que nuestros artesanos indígenas representaban la rosa, muchos de los grabados de la virgen tienen esa imagen ¿De dónde la sacaste?
—De la fuente. Ahora que lo pienso, puede que no sea una ofrenda, tal vez alguien trató de borrar la flor y olvidó la moneda al ser interrumpido.
El papel calcado y la moneda pasaron por todas las manos para ser revisado.
Barrabás enunció ceremoniosamente:
—Esto es lo que tenemos:
La figura: El Niño de las Flores, un patrón local.
La acción: Una moneda reciente como ofrenda o como herramienta, hallada en la fuente.
El misterio: ¿Por qué intentar borrar la rosa?¿Qué tiene que ver con el niño?
Apliquemos la regla de oro: motivo, oportunidad, medio.
Barrabás hablaba y anotaba al mismo tiempo:
“Medio: La moneda utilizada para intentar borrar la rosa.
Oportunidad: El tiempo entre la llegada de los esposos y la visita de Sebastián.
Motivo: Aún desconocido, pero debe estar relacionado con la rosa o el Niño de las flores.”
Ángela miró a Pepita como pidiendo permiso, y ella asintió con la cabeza.
—Sebastián, ¿recuerdas que te dije que ayer estaba ocupada? Era porque Pepita me pidió que fuera al archivo a buscar todo lo que hubiera sobre la casa.
Sacó un sobre de su bolso
—Aquí está, les leo:
La colonia Humboldt se fundó el 11 de agosto de 1913 y comprende las calles de la 16 a la 32 Norte, y del Bulevar Xonaca a la 14 Oriente, a unas cuadras del Barrio de El Alto y de La Luz, que son barrios fundacionales de la ciudad de Puebla.
La colonia Humboldt fue fundada en el rancho de la Rosa, del alemán Pablo Pertesen.
Las familias fundadoras fueron principalmente de origen alemán.
En una de las rotondas se puso el primer monumento a la madre de México.
—Vaya, fundada en los años de la revolución mexicana. Si estos eran terrenos de una hacienda podría haber tesoros enterrados, recuerdo las historias de mi abuela de como escondían sus joyas en lugares impensables como el retrete o en los establos. —Pepita se quedó pensando y Don Perico la veía embelesado.
A Sebastián siempre le ha gustado la voz de Pepita, aterciopelada, pero en tono muy bajo, casi de hombre, lo que contrasta con su elegancia en el porte y en la ropa.
No entiende qué ve Pepita en Don Perico, ese periodista de nota roja que ha visto demasiado. Sebastián sabe de sus penas, de las noches difíciles, del peso de tantas historias violentas. Por eso busca distraerlo siempre con los misterios, estos rompecabezas que tienen solución, no como las tragedias que Don Perico cubre cada día.
—Podemos hacer dos cosas: seguir buscando en otros archivos sobre la historia de la colonia o de la casa, y hablar con el señor N y los albañiles. —Barrabás se sienta a terminar la cerveza, pronto le dirá a los amigos que debe llevar a Ángela a su casa y aprovechará para estar con ella a solas.
—Oye, Sebastián, mientras estábamos en el viaje pensamos mucho en lo que pasó en la boda y queremos contratarte para que pongas cerraduras electrónicas en toda la casa. —Don Perico todavía le da otro trago a su botella mientras espera la respuesta.
—Claro que sí. El miércoles puedo empezar, una vez que consiga todas las chapas ¿Para todas las puertas?
—Sí, no queremos que otro abusivo se meta en nuestras habitaciones. —Pepita ha rematado con eso.
—Bueno, pero por lo mientras, Ángela y yo nos vamos, que todavía la tengo que llevar a su casa.
El miércoles, a las cinco de la tarde, Sebastián se toma un descanso y revisa la lista para ver su avance: segundo piso, dos recámaras y un estudio, listo; faltan el cuarto de servicio convertido en cuarto de trebejos, en pausa. Hasta ahí lo dejaría ese día.
El día siguiente será el piso de abajo: las puertas exteriores (principal y de la cocina), la interior, de la recámara principal. En todas las ventanas bloqueos automáticos para que solo se abran desde dentro.
Eso lo hace jueves; el viernes, la reja y la cochera.
Sus amigos están por regresar, por lo que no le sorprendió escuchar ruidos en el patio trasero, lo que le sorprendió fue ver a una persona en la fuente del Niño de las flores. Bajó sin hacer ruido. Lo reconoció, así que salió saludando.
—¡Señor N! Gusto en verlo. ¿Cómo entró y que hace ahí?
El señor N estaba a punto de correr cuando vio salir a Pepita por la cocina. Y a Don Perico con el Tigre por la entrada de autos.
Nervioso, se acercó a la cochera como le indicaron los dueños de la casa.
—Que sí, que yo le rasqué un poquito con la moneda, es que tenía moho y no lograba ver el símbolo —Dijo más tarde al ser interrogado sobre la fuente.
—¿Pero por qué se mete cuando no estamos?
—Por curiosidad, ¿saben? Hace unos días me acabo de enterar de una historia y quería ver si era cierta. Cuando estaban de vacaciones, vine como quedamos, para cuidar de la casa, pero no encontré nada. Es más, me rindo. Les cuento porque creo que no es cierta.
Contó que el dueño de la casa era pariente del dueño del hacendado, por eso había mandado a hacer la fuente con el niño de las flores. Pero el constructor tenía un artesano azulejero que enamoró a la niña de la casa. Un amor imposible. A ella la mandaron de viaje y a él lo corrieron. Pero antes de irse, ella le dejó un mensaje que el padre interceptó: en nuestro escondrijo te dejo mi corazón. Dicen que era una joya muy cara, pero nadie la encontró nunca. Ahora me retiro de su casa y de la búsqueda, me rindo como he dicho.
—Lo acompaño —dijo Don Perico. Al regresar, mostró las llaves que le ha quitado al señor N.
—No sé ustedes, pero no le creo nada cuando dice que se retira.
—Ni yo
—Yo menos, Pepita, pero ¿Qué opina de la historia de amor?
—Bastante posible —llevó la mano a su pecho y tomó el broche que siempre llevaba. Agregó con voz melancólica—. Este me lo dio mi abuela en su lecho de muerte. Si me apartara de él, sería para salvar a Pedro o para darlo a mi hijo.
—Por cierto —dijo Don Perico buscando el consentimiento visual de Pepita—, quédate con estas llaves, para nosotros eres de la familia y puedes entrar y salir cuando quieras.
Sebastián Cuatle Tepox, conocido como Barrabás cuando juega al detective, soltó una lagrimita mientras abrazaba primero a uno y luego a la otra con el corazón a flor de piel.
—Además, la recámara más grande, la que da al jardín —dijo Pepita emocionada—, es tuya para cuando te quieras quedar.
—¿Hoy?
—Sí, si quieres.
Estuvieron quietos un ratito y luego comieron y se fueron a dormir tarde.
El jueves fue día de cables y códigos, pero el viernes, cuando llegaron los amigos, Barrabás los recibió en la reja de entrada después de que tocaran la campana porque sus llaves no abrían.
—Reprogramé todos los sensores y cambié los códigos, no sea que el señor N o alguien más tenga copias de las llaves viejas. Ahora solo funcionan con su huella digital o su código personal. Las de la reja, la entrada principal y lo de la cocina son así, las de dentro de la casa tienen un código, ahora se los muestro.
—Muy bien muchacho ¿Cuánto te debemos?
—Nada
—¿Cómo no?, si se ve que esto es carísimo
—Es mi regalo de bodas.
—Gracias chico, pero, ¿estás seguro?
—Eh, sí, es que acabo de encontrar un tesoro. El tesoro es la historia, Don Perico, que nos llevó al escondite.
—Lo hiciste?
—¿Qué fue? ¿Dónde estaba?
—Realmente no lo sé, solo sé dónde está y quería que ustedes lo sacaran.
—Vamos, vamos.
En eso, Ángela baja las escaleras y de la nada explica:
—Hola! Le estuve ayudando a Sebas, pero me cansé y subí a tomar una siesta.
Don Perico levantó las cejas al ver a Ángela, luego miró a Sebastián con una sonrisa que no necesitaba palabras. Sebastián se aclaró la garganta, un poco incómodo, y entró en modo Barrabás para evitar más comentarios.
—La Rosa es el apellido de la familia, pero también el nombre de la niña, Ángela lo verificó. El artesano era Artemio Sánchez, que apareció después en Tlaxcala.
Eso lo sabemos. Lo siguiente es algo aproximado, seguramente. Artemio siempre supo que su amor era imposible y que tarde que temprano buscarían separarlos. Pero mientras tanto, se dejaban cartas de amor en el escondite que preparó.
Y por eso era relevante la marca en la fuente. El artesano trabajaba con piedras y azulejos. El amante quería ser discreto y ocultar de las miradas sus mensajes. Por lo tanto, el escondite debía estar en piedra y azulejo y tener igual una marca, pero muy pequeña, discreta.
En cada habitación y sección de la casa me preguntaba si había un lugar que cumpliera los requisitos y si veía algo lo revisaba con lupa, literalmente.
—¡Lo encontraste! —Chilló emocionada Ángela que no había escuchado la noticia antes.
—El lugar es inesperado —Barrabás se dirigió hacia la puerta principal, salió al porche y bajo las escaleras.
—Miren con cuidado. ¿Qué cumple que tenga, al tiempo, piedra y azulejos?
—¡La escalera! —Ángela se acercó, pero no vio nada.
—No lo verás, está muy disimulado. Miren, la parte horizontal de un escalón es la huella y la vertical la contrahuella o tabica. No me vean así, lo busqué en la enciclopedia de Don Perico. —Barrabás mostró su nota en la libreta con el dibujo de un escalón.
—Lo curioso de esta escalera es que las tabicas sobresalen un par de centímetros, tal vez una pulgada. Si ves por detrás de esa parte que sobresale…
Don Perico se arrodilló en el suelo, pasando los dedos por debajo de la tabica sobresaliente. Nada. Movió la mano hacia la siguiente.
Tampoco. Entonces, en la tercera escalera, sus dedos se detuvieron.
—Aquí hay algo —murmuró.
Sacó una linterna pequeña del bolsillo (siempre cargaba una, hábito de periodista) y alumbró el espacio. Ahí, apenas visible, estaba la marca: una pequeña raspadura en forma de rosa, idéntica a la del calco de Sebastián.
—¡Aquí está! —exclamó finalmente.
Pepita y Ángela se acercaron de inmediato. Sebastián sonrió. Su hipótesis había sido correcta.
—Ahora, si ven por el frente, esa tabica se une con la otra con un pequeño defecto en una parte que casi no se ve. Pepita por favor, mete ahí este desarmador.
Un poco duro al principio, pero después la piedra se empezó a deslizar con muy poco esfuerzo de parte de Pepita.
En el hueco había algo envuelto con trapo. Era una placa de azulejo y una carta.
Llevaron todo adentro, a la luz. Sobre la mesa de la cocina pusieron la placa de talavera, sencilla pero muy bonita, con letras estilizadas en azul y blanco. En ellas se leía “Yollotlcalli”.
Pepita empezó a leer la carta:
Puebla de los Ángeles, a 13 agosto de 1915
Mi Rosita
Debo partir. Las tropas y la fiebre no dan tregua; no hay comida, y si me quedo aquí, solo seré otra carga para mi gente. Pero no te abandonaré.
He tomado el Corazón, la joya que has dejado aquí para pagar nuestra boda, no por codicia, sino por el viaje.
Es el único billete para la costa y el barco a España. Allá te buscaré y si no te encuentro podré trabajar y esperar.
El escondrijo está vacío, pero nuestra promesa no.
Si el destino me permite el regreso, pondré esta placa en el arco de la cocina, donde te robé el primer beso bajo la luz de la lámpara. Será la señal de que volví por ti y por el Corazón que dejamos pendiente.
No me olvides, por favor.
Sálvate.
Siempre tuyo, Artemio.
Las mujeres y los hombres empezaron a llorar.
Sebastián le apretó la mano a Ángela: “Lo encontramos”, susurró y ella asomó una sonrisa.
El tesoro era más de lo que esperaban y a la vez menos de lo que imaginaban.
Pepita habló con la voz rota:
—Somos testigos de un instante en la historia, de la época de crisis de la Puebla de los Ángeles, sitiada ya por zapatistas y constitucionalistas. Con una epidemia, si no me equivoco, de tifo, donde el hambre y la escasez era lo cotidiano. Y en ese terrible momento un amor floreció y quedó en pausa para la eternidad.
Don Perico, con cara seria, salió de la cocina y regresó con herramientas.
—Ayúdame Sebastián.
En pocos minutos, la placa estaba encima del arco de la cocina que daba al comedor.
“Yollotlcalli”
—“Corazón-casa”, o mejor “Casa del corazón”, es el nombre de esta casa, así se le queda en honor a los trágicos amantes de la revolución —anunció Pepita más calmada.
Don Perico de pronto puso otra cara seria.
—Ahora solo queda una cosa. Averiguar si Artemio regresó a Tlaxcala o si Rosita se salvó del tifo. Mañana llamo a mi contacto en el Archivo General. Luego, me encargo de ese embustero del Señor N. Ya verá que es bonito es aparecer en la nota roja.
Tres semanas después, Don Perico llamó a Sebastián.
—Tengo noticias del Archivo —dijo sin preámbulos—. Artemio Sánchez llegó a España en octubre de 1915. Trabajó en Barcelona como azulejero. Murió en 1936, durante la Guerra Civil. Nunca se casó.
Sebastián guardó silencio.
—¿Y Rosa?
—Rosita de la Rosa sobrevivió al tifo. Se casó en 1918 con un comerciante. Tuvieron cuatro hijos. Murió en 1972, a los ochenta años.
—Entonces nunca se reencontraron.
—No. Pero encontré algo más —Don Perico hizo una pausa—. En el testamento de Rosita, ella dejó instrucciones específicas: si algún día aparecía una placa de azulejos con la palabra “Yollotlcalli”, debía instalarse en el arco de la cocina de la casa familiar.
—Ella sabía que él lo intentó.
—Y nunca dejó de esperar.
Sebastián miró por la ventana hacia la fuente del Niño de las Flores.
—Entonces hicimos bien en ponerla.
—Hicimos bien —confirmó Don Perico.






