La boda

¡Nos vamos a casar!

No fue una sorpresa para nadie en El Clarinete que Pedro Martínez Pérez y doña Josefa Lezama Robles anunciaran su compromiso y boda, pero sí lo fue lo que ocurriría en la boda.

Prevista para el 29 noviembre, los preparativos iniciaron desde agosto con una propuesta que benefició a Sebastián: don Perico le traspasaría el departamento de renta congelada en el edificio El Parral. Ya había hablado con el dueño y todo estaba arreglado.

Eso le caía muy bien a Sebastián: el mover su taller de la China Poblana (con el olor de tacos árabes Israel) a El Parral (con la multitud de olores de las fondas justo abajo de su ventana) lo ubicaba en un lugar más céntrico, propicio para tener más clientes.

Había seguido la misma rutina desde que entró a la universidad: en la mañana clases en CU, en las bancas duras de los salones o tomando el sol en los pastos junto al lago del campus; en la tarde buscar componentes electrónicos, en el bullicio de la 11 Poniente, con sus locales llenos de luces para sonideros y el ruido de los autobuses que suben hacia el Paseo Bravo, y luego la soledad, el olor a soldadura y los cortos en el taller. Fin de semana distraerse leyendo, con una película o comiendo con Toño o don Perico, o preparar exámenes.

Ahora podía regresar de Ciudad Universitaria, bajarse a unas calles del departamento, en la 9, comprar componentes y llegar a casa, comprar comida o consumir directo en las fonditas y subir al departamento, con un ahorro considerable de tiempo. Y ya estaba en su último semestre, por lo que ese tiempo ganado lo usaba en preparar la tesis. Trabajar y estudiar era difícil, pero debía cumplir lo que le prometiera a su abue Lolita, que se titularía.

Además, había encontrado una oportunidad en el Barrio de los Sapos, el lugar donde se vendían cosas antiguas o por lo menos usadas.

La cosa fue así: un domingo que andaba chachareando pregunto por un radio que, al revisar, sería muy fácil de arreglar. Lo llevo a casa y al sábado siguiente lo llevó al mismo marchante que le dio casi el doble al verlo funcionando. Eso se repitió varias veces, lo que le permitió juntar para un traje, el primero de su vida, que usaría en la graduación en septiembre y en la boda de sus amigos en noviembre.

Escogió un azul marino para que sirviera para ambos momentos. Por un momento se imaginó a su abue Lolita viéndolo al probarse el traje, orgullosa y diciéndole lo guapo que se veía. —¿Tú crees? —dijo en voz alta, sorprendiendo al encargado del vestidor. Hacía poco que empezaba a hablar con ella como si estuviera ahí ¿será que tenía miedo de olvidar su cara y su voz?

La pareja había juntado los ahorros y compraron una casa de remate en la colonia Humboldt, gracias al consejo del señor N, sí, el del caso del Mercedes recuperado. Era una casa pensada para un matrimonio: sala, comedor, cocina y recamara principal en la planta baja, dos recámaras y un estudio en la planta alta, y una habitación con baño para el servicio, a la que accedías por una escalerita de la cocina o una puertita oculta al pasillo de las recámaras y el estudio.

Y un jardín bastante grande, sin contar la cochera, que les dio el espacio perfecto para celebrar una boda íntima, pero agradable. Don Perico y Pepita querían una fiesta íntima, un sábado a mediodía, que celebrara su unión sin pretensiones, una reunión de amigos y familiares donde Sebastián no faltaría.

Un chelo solista y un piano, tocados por amigos músicos de ella, entonaron “Estrellita” de Manuel M. Ponce. Doña Josefa Lezama Robles, maestra de música, reportera de sociales y experta en saberes ancestrales y espirituales, salió de la casa hacia el templete donde el juez, y sobre todo Pedro Martínez Pérez, periodista de nota roja, sobreviviente del temblor del 85 y mentor de Sebastián, la esperaba con el corazón alegre. Juntos sumaban más de cien años, pero frente al juez parecían dos adolescentes ilusionados.

Para el banquete fueron apoyados por un par de camareros que iban y venían entre la veintena de amigos, unos del periódico, otros de la escuela de música, un par de familiares de Pepita y Sebastián con su traje azul, orgulloso de haber servido como padrino.

Antes de que se metiera el sol, justo en el momento de los brindis, un desconocido, también vestido para fiesta, paseaba entre las mesas y, sin razón alguna, perdió el conocimiento. La gente se reunió alrededor del personaje y una de las chicas que estaba coqueteando con Sebastián, lo atendió, pues resultó saber de primeros auxilios.

Al reaccionar, el tipo dijo no saber quién era ni como había llegado ahí. Todos estaban sorprendidos porque no sabían cómo había entrado, pero cuando se sintió mejor le ofrecieron algo de comer y beber y empezó a recuperarse. Poco más tarde se sintió mejor y quiso despedirse, pero al levantarse volvió a caer al suelo.

—Hay que llevarlo a descansar. Si quieren, yo lo puedo cuidar un rato —dijo la chica con espíritu de enfermera.

El corazón de Pepita no podía ver sufrir a alguien, así que volteó a ver a don Perico, que entendió la indirecta y, con ayuda de dos amigos, llevaron al desconocido a una de las habitaciones auxiliares. Ángela, que así se llamaba la chica-enfermera, se quedó con él.

Al regresar, don Perico le preguntó a Renato, el fotógrafo de El Clarinete, si había tomado fotos del suceso y vio a Sebastián, que ya había tomado el rol de Barrabás, tomando notas en su libretita azul y guardando un papel en la misma y acomodándose los lentes, mientras pensaba en lo ocurrido.

La música volvió con valses y tangos para la gente grande, pero cuando se cansaron de dar vueltas elegantes, llegaron las cumbias y la música disco. Sebastián, que apenas podía bailar sin pisarle los pies a alguien, agradeció el cambio de ritmo.

Sebastián se sorprendió bailando “Carmen, se me perdió la cadenita” de repente con Ángela, así que la alejó de la pista para preguntarle cómo estaba el desconocido.

—No lo sé, estuve un rato ahí, parecía dormido. Salí un momento al baño y ya no estaba. Creí que se había sentido mejor y salí a buscarlo. Pero no lo vi.

—¡Don Perico! —llamó Sebastián/Barrabás— Aquí hay algo raro. —Y entraron a la casa seguidos de Pepita, que ya no aguantaba los tacones.

En efecto, en la recámara no había huellas del tipo, pero el estudio parecía haber sido atravesado por un tornado.

Los libros de música de Pepita yacían desperdigados como naipes, con las páginas arrugadas. El librero de don Perico, donde guardaba sus investigaciones ordenadas por fecha, ahora era un esqueleto vacío, y sus papeles cubrían el suelo, como compitiendo con los de Pepita para ver quién hacía más caos. Las gavetas del escritorio estaban abiertas de par en par, algunas con los seguros forzados.

Sebastián sacó su libretita azul del bolsillo interior del saco manchándolo sin querer con la pluma. Ese saco que había comprado con tanto esfuerzo, reparando radios viejos en el Barrio de los Sapos, ahora testigo de algo que no esperaba ver en la boda de sus amigos.

Afuera, “Bésame mucho” sonaba en el jardín. Adentro, solo se escuchaba la respiración contenida de los tres.

—Este hombre me daba mala espina, Pedro. Lo sentí desde que apareció —decía Pepita mientras revisaba con la vista el estudio.

—Espera, Pepita —dijo Pedro empujándolos suavemente hacia afuera—. Vamos a cerrar todas las habitaciones y la casa para que nadie entre o salga.

—Tiene razón, don Perico, así no moverán alguna pista sin querer —dijo Sebastián, aunque por dentro sentía una punzada de rabia. Este era el día de ellos, el día que habían planeado con tanto cuidado. Y ahora, en lugar de estar brindando con sus invitados, tenían que cerrar habitaciones como si su casa fuera una escena del crimen.

—Y tendremos que terminar la fiesta antes para poder regresar a revisar —completó Pepita, que había captado la idea.

Pepita debió notar algo en la expresión de Sebastián, porque le puso una mano en el hombro.

—No te preocupes, mijo. Los misterios siempre te han encontrado. Mejor que sea hoy y no mañana, ¿no crees?

Sebastián asintió, pero no pudo evitar pensar que los misterios no escogían buenos momentos para aparecer.

—Por lo mientras, vea, don Perico: este pedacito de papel se le cayó al tipo ese. ¿Le dice algo? —dijo Sebastián, entregándole una tarjeta arrugada con un número telefónico y la dirección de esta casa garabateada con tinta azul—. Mientras lo mira, voy a buscar a Ángela para ver si consigo alguna otra pista.

Ella estaba tomando una bebida y le sonrió al verlo, pero no pudo decirle nada más. Aparecieron Perico y Pepita, silenciaron la música y con el viejo pretexto de la edad avanzada, sonando a que ya querían iniciar la luna de miel, despidieron a los invitados.

—Pepita, ¿puedo quedarme un poco más? Mi papá quedó de pasar por mí más tarde. Pero puedo ayudar a limpiar aquí.

Ángela no tenía realmente ganas de irse. Sebastián la observó un momento con su libretita en la mano, preguntándose si era solo amabilidad o si había algo más.

—Debemos aclarar algo de una vez —dijo Ángela una vez que se quedaron solos—. No tengo nada que ver con el tipo ese. Aquí Sebastián me ha hecho preguntas y me mira raro, como si fuera sospechosa.

Angela era becaria en El Clarinete, haciendo su servicio social como pasante de la escuela de periodismo de una universidad pequeña.

—Y sí, tú me gustas, ¿ya?

Sebastián parpadeó detrás de sus lentes. La libretita azul seguía en su mano, abierta en una página llena de notas sobre el desconocido. Por un momento no supo si anotar eso también.

—Yo… este… —se ajustó los lentes, un tic nervioso que nunca había podido controlar—. No es el mejor momento para…

—Lo sé —interrumpió Ángela con una sonrisa—. Por eso lo digo ahora. Para que no haya dudas cuando esto termine. Y no lo anotes, tonto.

Sebastián asintió, sin saber muy bien qué responder. Los misterios siempre le habían resultado más fáciles de resolver que las personas.

Si no fuera por la gravedad de la situación, Pepita y Perico hubieran soltado la carcajada, pero en lugar de eso abrieron la casa.

—No supongamos nada, empecemos de abajo para arriba revisando cada habitación, closet o baño. Tomen algo para defenderse —indicó Pepita, que recordaba las historias de la abuela en la época de la revolución—. Vayamos por parejas.

Ángela y Perico captaron la intensión, pero Sebastián solo pensó que era una idea práctica para que nadie quedara solo y fuera atacado. De manera natural los jóvenes empezaron por la cocina y los mayores por la sala.

Así, repartiéndose las habitaciones y los baños, revisaron más rápido. Afortunadamente no había nadie, y pudieron dedicarse a revisar el estudio.

En un momento de descanso algo quedó claro: aunque el caos era para atrasar el inventario, las cosas de ambos estaban tan bien identificadas que quedó claro que faltaba una de las carpetas con la investigación del periodista sobre uno de los casos de nota roja: el muerto del motel barato de la 4 Poniente de la semana anterior a la boda. Hasta donde sabía, él era el único con fotos del cadáver.

—Usemos la regla de oro: motivo, oportunidad, medio. —dijo Barrabás mientras se frotaba la barbilla.

Estaban en el patio, aprovechando las mesas de la fiesta y cenando del banquete que todavía tenían. Abrieron uno de los mezcales que le regalaron al novio mientras se organizaban.

—El motivo parece desaparecer la cara del cadáver, que por cierto también se reportó como desconocido. —Don Perico lo enunció claramente.

—La oportunidad fue nuestra boda, Perico, o sea que el ladrón nos conoce —Pepita seguía molesta por la intromisión, pero sabía que juntos eran capaces de resolver el misterio.

—¡Y yo fui el medio! —Soltó de repente Ángela, dándose cuenta del porqué de las miradas de Barrabás.

—Por lo mientras, puedes revisar tu agenda por si tienes ese número, Pedro, yo también lo haré con la mía —Pepita no quería perder ni un minuto.

Ángela y Sebastián se quedaron solos en el patio. Hacía un poco de frío, pero la noche era agradable.

—¿Cómo le hago para convencerte de que no soy una espía?

—No eres una espía, a lo más una cómplice, y tal vez involuntaria.

—¡Que emocionante! ¿Y que haces con los cómplices? ¿Les pones las esposas?

Ya estaba demasiado cerca y Sebastián no sabía si separarla con firmeza o besarla. El corazón le latía tan fuerte que estaba seguro de que ella lo escuchaba. Pero entonces Ángela escuchó que llamaban en la reja.

—¡Mi papá! —dijo, alejándose de repente—. Voy a despedirme.

Sebastián exhaló sin darse cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Se ajustó los lentes con manos temblorosas y puso la libretita sobre la mesa. Los misterios son más fáciles que las personas, pensó por enésima vez.

Cuando Ángela regresó, tenía esa sonrisa que lo desarmaba por completo. Sin decir nada, tomó la pluma de su bolsillo y anotó su número en la libretita azul.

—Mañana vengo, pero si hay algo que pueda hacer antes, me llamas, ¿sale? —Le dio un beso en la mejilla y salió a la calle.

—¿Tú qué opinas, Lolita? ¿Es cómplice o solo estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado? Guapa sí que es, ¿verdad? —Otra vez en voz alta, pronto le tendrían que poner una camisa de fuerza.

Las notas del Intermezzo de Manuel M Ponce lo sacaron de su trance. Al entrar don Perico, le hizo señas de que no interrumpiera. Unos minutos después, elperiodista abrazó a Pepita.

—Así se tranquiliza mi Pepita, toca algo tan hermoso que se nos olvida lo enojados que estamos.

—El número estaba en mi agenda. Es del propio del Licenciado Fulano. —Dijo ella, con las manos sobre el piano.

—Debemos actuar rápido. ¿Sabes la regla de oro del periodista, Sebastián? Siempre respalda tus evidencias. La carpeta que se llevaron tenía las fotos del muertito, pero en el periódico tenemos los rollos. ¿Qué dices querida?, apenas son las once, ¿quieres dar un paseo en el Tigre?

Don Perico ya estaba tomando las llaves. El Tigre rugió en la noche mientras cruzaban la ciudad vacía. En el radio sonaba un desconocido Alejandro Sanz cantando “Pisando fuerte”, Pepita le bajó un poco el volumen. Sebastián iba en el asiento trasero, viendo cómo don Perico manejaba con una mano mientras Pepita le sostenía la otra. Incluso resolviendo un misterio en su propia boda, se veían felices.

—¿No te molesta esto, Pepita? —preguntó Sebastián—. Es tu noche de bodas. Ella se volteó con una sonrisa.

—Mijo, después de tantos años sola, tener a alguien con quien resolver misterios a medianoche es exactamente el tipo de luna de miel que quiero.

Don Perico le apretó la mano.

—Por eso nos casamos, ¿verdad querida?

Esa forma de festejar era realmente única, parecía decir Lolita dentro de la cabeza de Sebastián.

Encontraron copias ya impresas de las fotos y las fotocopias de documentos de la carpeta, no solo recuperándola por completo sino aumentándola con todo lo que encontraron del Licenciado Fulano.

Pero era tiempo de descansar un poco. Ellos en la recamara nupcial y él la recámara de invitados, que con el paso sería su recámara cada vez que los visitara y se quedara hasta tarde.

Eran las nueve de la mañana cuando sonó el timbre. Con la cabeza como una bola de corcho, Sebastián fue a la puerta de la calle.

Ángela entró con la brisa invernal, mareándolo un poco. Traía el periódico del domingo en la mano, abierto en la sección nota roja.

—Sebastián… tienes que ver esto.

En una foto aparecía el desconocido, y la nota lo daba por muerto a tiros en una cantina del centro, el sábado al mediodía.

Sebastián no entendía nada, pero don Perico se emocionó y gritó tan fuerte que despertó a media colonia.

—Pinche Fulano ¡Estás que te caes y rebotas de pendejo!

Don Perico extendió las fotos sobre la mesa del patio. El sol de la mañana iluminaba los rostros en blanco y negro.

—Miren esto —dijo, señalando una foto del motel—. El muerto reportado como “desconocido” tiene un tatuaje en el antebrazo izquierdo. Un escorpión con las iniciales F.R.

Sebastián se acercó, ajustándose los lentes.

—¿Y eso qué…?

—Ahora miren esta —Don Perico puso otra foto al lado—. El tipo que apareció “muerto”

en la cantina el sábado. ¿Ven algo raro?

Ángela fue la primera en notarlo.

—No tiene el tatuaje.

—Exacto. Porque el muerto de la cantina es Fulano Rodríguez, el político corrupto. Y el del motel es el pobre diablo que usaron para simular su muerte.

Pepita tomó otra foto del archivo, una de la boda.

—Y este —dijo, señalando a un camarero que servía copas al fondo— es el mismo que aparece en esta otra foto con Fulano. Entró y salió del estudio. El amnésico fue solo una distracción.

Sebastián sintió que las piezas encajaban. Sacó su libretita azul y anotó: “Motivo: eliminar prueba de suplantación. Oportunidad: nuestra boda. Medio: el camarero cómplice + amnésico de distracción.”

Pepita apareció fresca y lista para la acción.

—Y yo sé a quien le podemos llevar las fotos.

El Tigre se detuvo frente a una residencia elegante en La Paz, justo enfrente de la Iglesia

del Cielo. Era una casa de esas que tienen aire acondicionado y jardín bien cuidado, no

como las del centro donde el polvo se acumula en las ventanas.

Una señora de unos cincuenta años, bien vestida pero con cara de no haber dormido en días, abrió la puerta.

—Pepita… ¿qué haces aquí tan temprano? —preguntó con sorpresa.

—Margarita, necesito que veas algo —dijo Pepita con suavidad.

Don Perico extendió las fotos sobre la mesa de la sala. La señora se sentó despacio, como si presintiera lo que venía.

—Este es el hombre que murió en el motel hace dos semanas —explicó don Perico—. Según la policía, era un desconocido. Pero mira el tatuaje.

La señora Margarita palideció.

—Ese es… ese es el tatuaje de Fulano. Se lo hizo cuando cumplió cuarenta.

—Exacto. Y este —Don Perico puso otra foto— es el hombre que “murió” en la cantina el sábado. Sin el tatuaje.

Margarita cubrió su boca con las manos temblorosas.

—Me dijo que tenía que desaparecer por un tiempo. Que había problemas de negocios. Me dejó sin nada, ni una cuenta bancaria, ni los papeles de la casa… todo lo puso a nombre de otras personas. Yo creí que había muerto, que me había dejado viuda… pero él…

Las lágrimas corrieron por sus mejillas, no de tristeza, sino de rabia.

—Ese cabrón está vivo. Y yo puedo identificarlo —dijo con voz firme—. Llamen a la policía. Esta vez no se va a escapar haciéndose el muerto.

Sebastián vio cómo Toño (sí, el mismo de sus días en El Cuexcomate, ahora en la policía judicial) entraba con dos agentes más. Pepita había llamado desde el camino. Barrabás sacó su libretita azul y escribió la última anotación del caso: “Caso resuelto. Motivo: borrar evidencia de suplantación. Medio: camarero cómplice. Oportunidad: boda de Don Perico. Justicia: la esposa traicionada.”

Cerró la libreta con satisfacción. Afuera, las campanas de la Iglesia del Cielo tocaban las diez de la mañana del domingo 30 de noviembre de 1992, que pintaba para cerrar como un buen año para los amigos.

Volteo hacia Ángela y le preguntó:

—Oye, ¿quieres ir al cine? —Se imaginó a Lolita sonriendo, y se prometió llevarle rosas a su tumba más tarde. En la Iglesia del Cielo empezó a sonar la Marcha del príncipe de Dinamarca, de Jeremiah Clarke, la cual escucharon mientras se despedían.

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Daniel Mocencahua Mora

Divulgador científico, matemático de formación. Apasionado de la ciencia y la tecnología, sobre todo de los robots. Miembro del nodo Puebla de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia. Ha escrito dos libros de divulgación y un libro y varios cuentos de ciencia ficción. Conduce todos los viernes el programa ¡Es ciencia! por TVBUAP en el 18.1 de señal abierta y 118 de Megacable.

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