Lunes 27 de noviembre de 1995.
9 de la mañana.
Sebastián entró a la cocina de la Yollotlcalli, la Casa del Corazón, y alcanzó a escuchar a Don Perico decir:
—¡Mientras yo tenga entre mis amigos a un abogado, una mística y un policía, yo me peleo con quien me da la gana!
—Sebastián, querido, ¡qué bueno que viniste! —Don Perico y Pepita se voltearon y lo abrazaron efusivos, lo que distrajo a Sebastián de analizar la frase. ¿Por qué diría algo así antes de irse?
Sebastián estaba un poco mosqueado. Había venido a despedirlos porque salían de viaje por su cuarto aniversario de bodas, pero apenas el sábado los había visto, cuando fue a ver con ellos Pulp fiction en su VHS y se quedaron hasta tarde discutiendo si lo que vieron era comedia negra o neo-noir.
El desayuno transcurrió de lo más normal. Ayudó a abrir la reja para que saliera el Tsuru que habían rentado para el viaje. “No nos vaya a dejar tirados el Tigre”, había dicho Don Perico cuando vio que Sebastián levantaba una ceja al notar que no llevaban el vocho sino el otro carro.
Todo listo, pero antes de subir al auto Don Perico se acercó a Sebastián y lo abrazó.
—Si pasa algo, busca a Magaña. El sabrá que hacer —le dijo después de soltarlo a regañadientes. Subió al auto y se alejó.
Sebastián alcanzó a ver la carita triste de Pepita despidiéndose con la mano. No dejaba de pensar en que esa despedida fue más emotiva de lo habitual.
Cerró la reja, entró a revisar que no hubiera nada mal puesto, y se fue a su departamento-taller a trabajar.
Cinco días después, el sábado 2 de diciembre, Sebastián fue a la casa de la pareja como siempre, a la hora de la comida, pero a diferencia de la última vez, la casa estaba vacía.
Revisó el registro de las cámaras de seguridad y quedó claro que no habían regresado.
Se preocupó.
Buscó en la cocina la tarjeta de la agencia de renta de autos.
¡No lo habían devuelto el viernes!
Toño, su amigo policía, no le podía recibir la llamada ya que estaba en una junta de seguridad. Fue cuando recordó que tenía que llamar a Magaña. Buscó el número en su libretita azul y marcó. No estaba, dejó mensaje con Memo, el mesero de la tortería-cantina El Jirofle, que hacía de secretario del abogado.
Por primera vez en su vida, Sebastián sentía pánico. Desde hace años Perico y Pepita eran como sus papás adoptivos, el cariño era mutuo y perderlos era algo inconcebible.
Magaña, “el abogado de mucha maña”, no se sorprendió cuando Sebastián lo buscó. Lo citó para media mañana del domingo 3 de diciembre en la única mesa libre de la cantina del Jirofle, su oficina extraoficial. Sebastián, con la urgencia marcada en el rostro, no perdió el tiempo.
—¿Estás seguro, morro? —preguntó Magaña sin rodeos, encendiendo un cigarro sin filtro. Su mirada, viva y penetrante, calculaba los ángulos.
—Completamente. El coche no regresó, Magaña. Y esa despedida fue rara. Me dijo que te buscara si “pasaba algo” —explicó Sebastián, sintiéndose más Barrabás (el investigador) que Sebastián (el amigo) para mantener la calma.
Magaña mostró su sonrisa torcida, acariciando su bigote tupido.
—Újule, Julita. Si él usó esa despedida, el problema no es un coche descompuesto. La ley es como la cobija, muy corta pa donde le jales, y a Don Perico le gusta jalarla mucho, pero sin lana. Dame unas horas, vamos a buscar información.
Usando sus contactos en la renta de autos y en las casetas de peaje, Magaña confirmó la ruta esa misma tarde. El Tsuru había seguido una línea recta y rápida, pagando peajes, hasta llegar al puerto de Veracruz.
Viajaron esa noche en el Tigre, Magaña en su traje barato pero impecable y Sebastián desarreglado por la preocupación. El último rastro sólido era una gasolinera antigua y solitaria después de Paso del Toro. Claramente habían cambiado la ruta, pero no pareciera que fueran de paseo. Parecía una huida.
Un anciano despachador, con un overol manchado, fue el único testigo. Al ver la foto, supo quién era Perico.
—Sí, el señor del bigote alegre y la señora elegante. Llenó el tanque, preguntó por un atajo, el más corto, para ir a San Miguel de la Cruz. No se veía preocupado, más bien apurado.
Sebastián sintió un escalofrío. El nombre del pueblo era nuevo, ajeno a cualquier conversación con la pareja.
El pueblo era un laberinto de calles empedradas envuelto en una niebla densa y constante que apagaba el sonido. Las casas de piedra volcánica eran bajas, oscuras, silenciosas, como si hubieran emergido de la montaña. Olía intensamente a leña quemada y a humedad. Era un lugar donde la luz se rendía rápido.
Se detuvieron en la casa de Doña Soledad. La dueña, una mujer alta y con el rostro adusto, apenas si abrió la puerta.
—Aquí no ha llegado ningún fuereño en días. Solo gente de casa. No conozco a esos señores, declaró, con una firmeza que a Magaña no le pareció sincera.
—Chiangaos —siseó Magaña a Sebastián mientras se alejaban—. A esa señora le acaban de pagar para que se le olvidaran las visitas.
Siguieron el único camino de terracería que salía del pueblo, un sendero lodoso que terminaba en un maizal abandonado.
Siguieron por horas, días, hasta que Magaña tuvo que regresar por falta de recursos.
Al dejar a Sebastián en su casa, el sábado 9 de diciembre, el muchacho estaba devastado.
—¿Qué pasó aquí, Magaña? —Preguntó con la voz quebrada. No era una pregunta sobre hechos, sino sobre el vacío que le dejaba la certeza habían desaparecido.
El lunes 11 de diciembre, una semana después de haber iniciado la búsqueda sin éxito, Sebastián se presentó en la verdadera oficina de Magaña: un cubículo polvoso en el Centro Histórico, con pilas de expedientes en equilibrio tal que parecían sostenidas por fe y amenazas. El abogado, impecable a pesar del caos, revisaba un acta en modo “el suscrito Licenciado Magaña”.
Sebastián no había dormido bien. Había pasado días en su departamento-taller, ahora más un cuartel de Barrabás que un hogar, esperando una llamada de Magaña que nunca llegó.
—Mi estimado colega —Magaña hizo un gesto al portafolio cerrado sobre el escritorio—. El suscrito, Licenciado Magaña, considera que hicimos un rastreo ejemplar. Pero la ley es fría, y a partir de la falta de datos o pruebas no hay código legal que aplicar.
Sebastián se sentó, el rostro demacrado. El modo Barrabás, el investigador, apenas resistía.
—¿Qué sigue, Magaña? Hay que buscarlos de alguna otra forma. ¡La mística! Usted es el abogado, Toño el policía. ¿Quién es la mística?… —Dijo desesperado el muchacho. Inmediatamente se dio cuenta de que la mística era Pepita; a fin de cuentas, la conoció cuando necesitaron entender sobre nahuales y brujos. Otro callejón sin salida.
—La mística no es una pista, chamaco —lo cortó Magaña con un ademán—. Lo que sigue es la burocracia de la ausencia. Mira.
Magaña deslizó dos documentos por el escritorio. Uno era el testamento de Don Perico; el otro, una copia del reporte de desaparición oficial que él ya había tramitado, demasiado pronto para el gusto de Sebastián.
—Legalmente, ya notificamos a las autoridades. La policía, con suerte, echará un vistazo al Tsuru si lo encuentran. Pero para que un juez se tome esto en serio, necesitamos agotar los recursos.
Magaña se recostó en su silla, el bigote crispado.
—En virtud de lo estipulado en el artículo… —Magaña pensó un momento y dijo un artículo al que Sebastián no puso atención—. En el entendido de que la ley es una pared sin sentimientos: cinco años tienen que pasar para que un juez pueda emitir una presunción de muerte. Cinco años de silencio y trámites.
Sebastián sintió que las palabras lo golpeaban más fuerte que un puñetazo. Cinco años. Cinco años para aceptar que Don Perico y Pepita no volverían. El Tsuru, las maletas, el maizal, todo se le vino encima. El investigador se rindió. El amigo afloró. No le importaba la herencia, sino la ausencia.
—Pero… pero ellos van a regresar, ¿verdad, Magaña? —La voz de Sebastián se quebró, aferrándose a la última hebra de esperanza.
Magaña tomó una bocanada de su cigarro. Por una vez, el abogado cínico permitió que la humanidad cruzara sus pequeños ojos vivaces.
—Claro, chamaco —mintió. No era por ser mala onda, pero a veces la verdad legal era peor que la esperanza falsa—. Vete a tu taller, ponte a trabajar. Ellos van a regresar. Y cuando lo hagan, te van a regañar por andar todo ocioso.
Magaña le dio una palmada en el hombro. Sebastián se fue. El abogado se quedó solo, viendo el portafolio que contenía el testamento y los documentos de Perico, y por primera vez, no sonreía.
A pesar de su cínica postura legal, Magaña no había dejado de mover algunas piezas. No era por la paga, sino por la lealtad que le debía a Perico, su “queridísimo colega”. Entre el periodista y Barrabás le habían ayudado con muchos casos y ya les había agarrado mucho cariño, de ley que sí.
Le latía que el problema no era una desaparición; era un secuestro o, peor, un ajusticiamiento. Y para eso, necesitaba moverse fuera de los códigos.
En lugar de llamadas a sus “contactos”, Magaña visitó la trastienda de una peletería oscura cerca del Mercado La Victoria. Ahí lo esperaba un hombre de rostro indistinguible, con un saco de cuadros barato y un cigarro consumiéndose entre los dedos.
—Dicho lo anterior, mi argumento final es que Don Perico no se iría sin avisar —explicó Magaña, dejando una pequeña pila de billetes sobre la mesa.
El contacto, un ex oficial de la judicial con más deudas que neuronas, asintió y tomó el dinero. Magaña no pagó por saltarse la ley; pagó por el silencio.
La respuesta llegó al día siguiente en un sobre sellado con una mancha de grasa. Magaña lo abrió con un cortapapeles de hueso y sus pequeños ojos se abrieron un poco más de lo habitual.
Don Perico, a través de sus artículos —algunos publicados bajo seudónimo, otros archivados en su máquina de escribir—, había estado investigando a un grupo conocido en el argot local como el Poblanishment. No era un cártel, sino la élite económica y política que se movía bajo la mesa, controlando licitaciones, terrenos y los titulares de los periódicos.
Perico había encontrado una pauta. La pareja no se había ido de vacaciones, había huido porque la investigación de Perico estaba a punto de explotar. Magaña encontró un recorte sin fecha. Don Perico estaba a días de publicar una nota que ligaba al Poblanishment con una casa que parecía abandonada, pero que escondía una casa de citas donde había trata de mujeres menores de edad.
El hallazgo lo llevó a un segundo contacto, en la sala de redacción de un periódico de bajo tiraje donde Perico solía colaborar. Magaña se presentó como “pariente” y, tras un intercambio de frases cifradas, logró hablar con un editor nocturno.
—Con el debido respeto que usted se merece, Licenciado —dijo el editor con la voz baja y temblorosa, usando la frase de Magaña, mirando de reojo hacia la puerta—, este es el tercer caso en un año. Tres periodistas han desaparecido investigando lo mismo. No hubo cuerpos. Solo silencio. El último fue hace seis meses.
El editor se inclinó hacia Magaña, el miedo le brillaba en los ojos.
—Si lo aprecia, no lo busque más. Perico sabía dónde se metía. Si aún está vivo, está oculto. Si no lo está, ya no hay nada que buscar.
Magaña regresó a su oficina. No llamó a Sebastián. Encendió un cigarro y se puso de cara a la ventana empolvada, viendo el tráfico en el Centro. Cambió la pistola pequeña del tobillo por una Trejo modelo 1 que se puso al cinto. “Por si las moscas”, se dijo para tranquilizarse. Con ráfagas de 1400 balas por minuto no necesitaba preocuparse por afinar la puntería.
El Poblanishment no eran maleantes de poca monta; era gente que operaba con la impunidad de la ley en el bolsillo. Magaña entendió de golpe la despedida de Perico: la mención al abogado, la mística, el policía.
Perico no se estaba jactando de sus amigos; estaba dando un mapa de escape. La mística para la fe, el policía (Toño) para la protección inmediata y el abogado (Magaña) para los problemas legales. Pero este problema era ilegal y Magaña, por primera vez, no veía un amparo que pudiera conseguir.
El silencio de la señora de ese pueblo no era un fracaso. Era la advertencia de Perico a Magaña: no sigas este rastro.
Magaña tomó el portafolio que contenía el testamento de Perico. “Mi estimado colega —murmuró—, esto está más enredado que medias de piruja en tiempos de aguinaldo.”
Sabía que lo mejor para Sebastián, y para la propia seguridad de Perico y Pepita (si estaban vivos), era que Sebastián pensara que estaban muertos o que se habían ido. La ley no podía ayudarlo. Sebastián/Barrabás tendría que actuar solo y fuera del radar.
Barrabás pasaba diario al despacho de Magaña, al verdadero si no estaba en El Jirofle, tanto para dar ideas como para preguntar si había noticias. Toño mismo le decía que la policía no encontraba nada.
Magaña sentía un el corazón apretado al ver cómo Sebastián se iba como encogiendo con el pasar los días.
—Son chingaderas —se volvió una frase que repetía siempre que recordaba “Si lo aprecia, no lo busque más”.
Una semana después de dejar a Sebastián destrozado en su oficina, y tras los descubrimientos sobre el Poblanishment, el abogado Magaña estaba solo en su despacho. Las luces del Centro estaban casi todas apagadas. El único sonido era el crepitar de un cigarro sin filtro.
A las once de la noche del 18 de diciembre, el teléfono de su escritorio —una reliquia de baquelita— sonó. Magaña dudó.
—Diga… —contestó con el tono áspero que usaba para sus deudores.
Del otro lado no había interferencia, solo una voz seca, apenas un susurro.
—Fermín…
Magaña se levantó tan rápido que tiró la silla. Su portafolio —donde guardaba la pistola— estaba a solo un metro, tan lejos y tan cerca.
Rápidamente cerró la ventana y corrió la cortina.
—¡Cabrón! ¿Dónde estás? ¿Sabes el lío que armaste?
—En un pueblo que no existe. Escucha, ya no tengo tiempo. Los que me buscan son gente que entiende de códigos. El Poblanishment. No voy a decir el nombre de ninguno, no quiero que te mueras todavía.
—¡Ya lo sé! Encontré el rastro. ¿Le pagaste a la señora del pueblo?
—Doña Soledad, la mística. Era la advertencia. Para ti. Una señal de que no queríamos que nos siguieran. Tienes que entender esto, Fermín, es lo más importante. Si Sebastián sabe que estamos vivos, lo usarán o lo eliminarán para sacarnos. Él es mi único punto débil que conocen.
—Lo extrañamos mucho, no lo dejes solo —se oyó la voz de Pepita, Don Perico retomó:
—Te vas a reír, a Doña Soledad le dicen la mística porque tiene contactos con el otro lado, pero del otro lado del charco. Nos ayudará a escapar, a salir del país si todo sale mal.
Magaña se llevó la mano a la sien. Su respiración era pesada.
—El reporte oficial de desaparición los mantiene a raya. Su protocolo es claro: no tocar casos activos que ya estén en el radar de la ley. Les da mucho más miedo el papeleo que la policía real. El reporte nos da tiempo.
Don Perico tosió, un sonido seco y lejano.
—Cuídalo como si fuera tu hijo, Fermín. No le digas nada. Ni una palabra. Él tiene que creer que estamos muertos. Por su seguridad.
—¿Cuánto tiempo, Perico? El chamaco está devastado. Ya firmó los papeles…
—No sé. Meses. Un año. Hasta que mis contactos y yo podamos movernos y limpiar el tiradero. Si ve que te alejas, creerá que estás comprando tiempo para ti. Tienes que ser su ancla en la tierra.
—El chamaco está muy mal, Perico. Está que se lo lleva la tristeza.
—Por eso te necesito. No dejes que haga una pendejada. Que no busque a nadie más. Que no use a la mística. Si no hay cuerpo, tiene que ser paciente. Es la única forma de que no se meta en la boca del lobo.
Hubo un fuerte crujido metálico del otro lado. Un portazo.
—Me tengo que ir. Confío en ti.
El teléfono se cortó con un clac ensordecedor.
Magaña se quedó de pie, la mano temblando sobre el auricular muerto. El cigarro se le cayó de los dedos y aterrizó en el suelo de linóleo, sin que el abogado lo notara. Se dejó caer en la silla, tomó el portafolio que contenía el testamento de Perico y lo apretó contra su pecho.
El “abogado de mucha maña” se encogió. El cinismo se esfumó. Por primera vez en años, Magaña no pensó en un artículo ni en un amparo, ni en cuánto podía sacar de la situación. Lloró en silencio por su amigo y por el muchacho que acababa de condenar a un doloroso y prolongado duelo falso.
Tras la llamada de Perico, la prioridad de Magaña cambió de “resolver el caso” a “proteger al testigo”. La idea de dejar a Sebastián solo en la Casa del Corazón —un lugar que el Poblanishment podría vigilar— o solo en su departamento del Parral era intolerable.
Con la excusa legal de que Sebastián necesitaba estar cerca de su despacho para la “burocracia de la ausencia”, Magaña lo instaló en su propio departamento en un viejo edificio del barrio de El Carmen. Era un refugio desordenado, lleno de libros de leyes forrados con plástico, olor a tabaco añejo y café quemado.
Sebastián no protestó. Estaba en modo zombi, la parte emocional que ahora estaba sumergida en la depresión. No comía, apenas dormía y la barba le crecía descuidada, ocultando el rostro del estudiante aplicado y el investigador agudo. Parecía una sombra en el sofá de cuero gastado de Magaña.
El abogado, obligado a jugar el rol de padre sustituto, luchaba por reanimarlo. Lo intentaba con la comida (tacos de canasta fríos que compartían en silencio), con casos simples (papeles sin importancia que le lanzaba para que el Barrabás latente se activara) y con caminatas nocturnas por el parque aledaño.
A veces, funcionaba. Sebastián se enderezaba un poco, analizaba un diagrama eléctrico viejo o debatía por inercia un punto del Código Penal. Pero un recuerdo, un aroma, o una simple mención al “aniversario” de Perico y Pepita, lo devolvía al abismo. Magaña no podía consolarlo con la verdad, solo con el silencio y la presencia.
La Navidad llegó envuelta en esa melancolía forzada. La noche del 24, el departamento de Magaña estaba más silencioso que nunca. La ley dictaba que no había nada que celebrar. La verdad dictaba que sus amigos estaban vivos, pero ausentes.
Magaña, sentado en la ventana abierta, mirando las luces lejanas de la Catedral y el zócalo, sirvió dos tequilas añejos en vasos de cristal opaco. No se habló de la cena, ni de los regalos, ni de la pareja desaparecida.
Sebastián, con la mirada perdida en la bruma de la ciudad, levantó su vaso.
—Feliz navidad, Licenciado.
Magaña, sintiendo el peso de la mentira y la responsabilidad, chocó su vaso.
—Feliz navidad, chamaco.
Bebieron en silencio, cada uno anclado en su propia soledad. Sebastián, llorando una muerte que no había ocurrido; Magaña, conteniendo el llanto que ya había derramado, sabiendo que tenía que ser el muro de contención hasta que Perico pudiera regresar. El duelo falso de Sebastián continuó.
El tiempo se había arrastrado hasta la víspera de Año Nuevo. Magaña había salido un momento para comprar una botella de ron, y tacos, dejando a Sebastián solo en la oscuridad del departamento de El Carmen. Cuando regresó, el portazo resonó en el silencio, pero no obtuvo respuesta.
Magaña subió por la escalera de caracol de metal oxidado que daba a la azotea. Cuando regresaba creyó ver una silueta fumando. La niebla y el frío de la noche envolvían los tejados, y abajo, los fuegos artificiales empezaban a reventar sobre el Centro Histórico.
Ahí estaba Sebastián. Estaba de pie en el pretil, justo al borde, con la barba crecida y la ropa sucia, mirando hacia el abismo. La pipa en la mano con la última braza encendida. Sus gafas reflejaban las luces explosivas de la ciudad. Estaba demasiado cerca del abismo.
Magaña no gritó. No corrió. Sacó un cigarro, lo encendió y su voz salió raspada y cínica, justo el tono que usaba para ocultar el pánico más profundo.
—Ándale pues, aviéntate.
Sebastián no se movió, pero se tensó.
—Aviéntate, Sebastián. Don Perico regresa y le digo “Tu chamaco se mató porque no aguantó la espera.” Y se va a encabronar. Y me va a preguntar: “¿Qué tipo de abogado de mucha maña eres que ni a un escuincle sabes cuidar?” ¿Así o más pendejo quieres que me vea ante él?
La mención de Don Perico regresando rompió el muro. Sebastián se giró un poco, las lágrimas corriendo por su rostro sucio.
—No puedo, Magaña. No puedo estar sin ellos. Primero mi abue, luego ellos. Ya no sé qué hacer.
Magaña se acercó lentamente al borde. No había mentira ni frase legalista en su voz, solo una verdad que le quemaba por dentro. Se sentó en el suelo de concreto, dejando su botella a un lado.
—Yo tampoco, morro. Yo tampoco puedo estar sin mi amigo. Perico es el único cabrón que me paga con cemitas y me llama “colega” sin reírse. Es el único que está ahí para romper la soledad. Por aquí estoy. Chingándole. Fingiendo que sé algo para que él pueda seguir vivo.
Sebastián lo miró, confundido por la revelación de la debilidad del abogado, pero Magaña siguió.
—Porque eso es lo que hacemos, chamaco. Aguantamos. Aguantamos esta pinche tristeza. Aunque duela. Y si no puedes por ti, aguanta por él. Como diría Don Perico: “Si está fuera de tus manos, que esté fuera de tu cabeza.”
Magaña extendió una mano firme y regordeta. Sebastián la tomó.
El abogado no lo soltó hasta que estuvieron de vuelta en el departamento. Magaña no preguntó nada sobre el intento, ni sobre la depresión. Simplemente preparó un café espeso y cargado.
Las horas pasaron. Magaña, en un acto de terapia improvisada, sacó los viejos expedientes que había trabajado con Don Perico años atrás. El caso del restaurantero, el caso de la rata gigante del mercado la Victoria… Contó historias de la vieja amistad, de los líos, de las veces que Perico lo había sacado de apuros legales y hasta amorosos. Por primera vez, Sebastián vio el afecto genuino detrás del bigote torcido. Barrabás se activó, no por la búsqueda, sino por la necesidad de entender a la persona que estaba honrando con ese silencio.
Al amanecer del 1 de enero, cuando el departamento que olía a café y cigarro se iluminaba con el sol y Magaña por fin se había dormido en el sofá, Sebastián se levantó y miró por la ventana.
Abajo, en la calle silenciosa y helada, un gato lo miraba curioso.
Al verlo, Sebastián ya no sintió tanto el peso del duelo.
“Aguantar”, pensó Sebastián, enderezándose. Se puso sus gafas. “No. Investigar.”
El Sebastián destrozado se había ido. Barrabás tampoco estaba.
Había pasado un mes desde la noche de la azotea. Sebastián, con la rutina impuesta por Magaña: la mayoría de los casos, si no tenía trabajo en el taller, lo acompañaba para dar opinión técnica.
Magaña, por su parte, seguía en su oficina. La mañana del 31 de enero, un sobre de papel manila sin remitente y sin sello postal apareció discretamente pegado detrás de la puertecilla del medidor de luz. Solo un contacto de la vieja guardia sabría dónde dejarlo.
Magaña lo abrió con su cortapapeles de hueso de carnero. Dentro, encontró dos objetos.
El primer objeto era una fotografía. Don Perico y Pepita estaban juntos, sonriendo con una familiaridad forzada, pero sus ojos eran serios y tristes. Era la sonrisa de la despedida final.
Magaña le dio la vuelta a la foto. Escrita a mano, con la caligrafía inconfundible de Don Perico, estaba el mensaje que confirmaba la mentira:
“No volveremos. Cuídalo. Gracias. P y P”
El abogado cerró los ojos un instante. No había fallado.
El segundo objeto era un recorte de periódico, sin fecha ni nombre.
“Investigación sobre corrupción en Puebla, sin fundamento; denunciante retira cargos.”
Era el cierre. El Poblanishment había borrado el rastro legal. La pareja era ahora, oficialmente, un “Caso Cerrado” y a la huida.
Magaña se recostó en la silla. Abrió el cajón de su escritorio y sacó una botella de whiskey del bueno y una copa polvosa. Se sirvió un trago corto y lo levantó hacia la foto que confirmaba la supervivencia de su amigo.
—Órale, cabrón. Mucha suerte, mi estimado colega.
Bebió el mezcal. Guardó la foto de Perico y Pepita en su caja fuerte, junto con los documentos del testamento y la Trejo lista para la acción. Luego, Magaña sacó de su funda de tobillo la pistola .22 cromada, el dinero sucio y las balas que siempre llevaba consigo. Los revisó con un metódico silencio.
Miró por la ventana, hacia el horizonte industrial de la ciudad. El miedo que sintió la noche de la llamada se había disipado.
Sebastián sobrevivió. Don Perico y Pepita están a salvo. Él había cumplido su promesa.
—Aguantamos, Perico. Los dos aguantamos —murmuró Magaña, volviendo a enfundar la pistola.
El abogado de mucha maña se levantó, se puso el traje que siempre estaba impecable y apagó la luz del despacho, dejando que la oscuridad se tragara la esa triste historia.
Pasaron dos semanas de febrero, el abogado seguía con su rutina de casos en la penumbra legal.
“La rutina es la única cura cuando las anclas se pierden”, le había dicho a Sebastián, que siempre se sumergía en el taller, desarmando la radio más compleja que tenía, buscando pistas en diagramas eléctricos en lugar de escenas del crimen.
Pero el miércoles 14, Magaña irrumpió en el taller, quitándole el cautín de la mano a Sebastián.
—Órale, morro. Ya estuvo suave.
—¿Qué? —preguntó Sebastián, que no se había bañado en días.
—Necesitas aire, chamaco. Hueles a muerte, a mugre y a pinche soldadura quemada. Hoy te invita el Licenciado Magaña, y no te atrevas a decir que no.
Caminaron sin rumbo por el Centro Histórico. Magaña hablaba de fianzas y códigos civiles; Sebastián, de la resistencia de la mica del radio al ácido. Finalmente, terminaron en la zona de Los Sapos.
—Vamos a sentarnos —dijo Magaña, señalando la entrada de un pequeño café de barrio—. Te invito un café. Uno de verdad, no el aguado de oficina. Si saliendo no estás mejor entonces nos vamos mi cantina favorita, la Ópera, ahí Lupita nos dará unos menyules para levantar los ánimos.
El interior del café estaba casi vacío. La luz era tenue y tranquila, un refugio contra la prisa del mundo.
Detrás del mostrador estaba la mesera. Joven, con el cabello oscuro recogido en una trenza pulcra que le daba una seriedad inusual. Llevaba un atuendo negro, austero. No sonreía fácilmente. Tenía esa economía de movimientos de quien observa más que participa; todo era preciso, medido. Sus ojos, inteligentes y atentos, le daban un aire de estar esperando algo más seguir ahí para siempre.
Tomó la orden de Magaña (un expreso cargado) y la de Sebastián (un simple americano) sin dejar ver alguna emoción.
Mientras esperaban, Sebastián la observó sin darse cuenta. Su mente de Barrabás analizando la pauta: cómo organizaba las tazas en la repisa con una precisión geométrica; cómo leía un libro en el mostrador, Sebastián no alcanzó a ver el título; cómo había algo en ella… algo quieto, contenido, como un manantial a punto de desbordarse.
Ella regresó con la orden. Al poner la taza frente a Sebastián, sus miradas se cruzaron por un solo segundo.
Ella no sonrió. Él tampoco.
Pero en ese breve encuentro, hubo algo. Un reconocimiento sin palabras. La sensación de que ambos estaban mirando la misma herida oculta.
Ella se retiró. Sebastián tomó el café, pero ya no miró por la ventana. Miró hacia el mostrador, donde ella había vuelto a su libro. Había algo en la forma en que ella leía —concentrada, ausente del mundo— que le resultaba familiar. Como si ella también estuviera escapando de algo.
Por primera vez en meses, Sebastián sintió curiosidad por alguien que no fuera Don Perico o Pepita.
Magaña, que no perdía detalle a pesar de fingir interés en el periódico, sonrió con su sonrisa torcida.
—Órale. Ya te vi.
Sebastián se sobresaltó.
—¿Qué?
—Nada, morro. Nada. —Magaña bebió su expreso y se levantó.
“¿Ya se te quitó la tiricia? Chance y sí, chance y no”, pensó para sí mirando con esperanza a Sebastián.
Salieron a la calle. Sebastián se sintió obligado a voltear una última vez hacia dentro del café.
Ella estaba limpiando una mesa cerca de la ventana, pero por un instante —apenas un segundo— también volteó hacia la calle.
Sus miradas se encontraron otra vez.
Luego ella regresó a su trabajo, y el aire de enigma que la envolvía se cerró como un libro. Sebastián sintió un pequeño impulso, una nueva curiosidad que desplazaba el dolor.
El duelo no había terminado.
Y así, sin saberlo, Sebastián comenzó una nueva rutina. Los domingos en Los Sapos.
No para resolver misterios, sino para sobrevivir a la pérdida.
Y en algún punto, entre el café y las miradas esquivas de la mesera de negro, la supervivencia se convertiría en algo más.






