El silencio en mi departamento se rompió por los golpes en la puerta. De discretos pasaron a enérgicos y después decididamente fuertes.
El ruido se esparció por la sala, entre los sillones de cuero gastado, por la cocina con su aroma a tabaco y café, y llegó a las recámaras, despertando el sueño de los libros apilados en muebles y libreros y del periodista que gruñó al levantarse en modo zombi para atender la puerta.
Ya medio despierto, escuché su voz detrás.
—¡Ya despierta, Pedro Martínez! ¿Qué haces? —Pepita pasa de los cincuenta, y aunque siempre dice que ya nada puede sorprenderla, no pude dejar de notar un leve gesto de retroceso y los ojos más abiertos al verme tras abrir la puerta. Debía estar hecho un asco. Otro gesto vino por el tufo, al recibir el beso en la mejilla.
—Vamos a la cocina —le dije con voz de lija. Milagrosamente, la cocina estaba limpia y ordenada.
Puse café y descolgué el teléfono.
—Sí, Pedro, el del periódico —la voz se fue suavizando—. Dos chilaquiles bien picosos y cervezas… Sí, aquí le doy, doña.
Volteé a ver a Pepita, que me dijo, con un gesto, que no quería nada.
—Mira cómo estás, Perico. ¿Qué hiciste ayer? —preguntó—. Espera, ¿por qué pediste otros chilaquiles?
—¿Quién ha de ser? ¡Sebastián! Está en la recámara de invitados. Lo hubieras visto ayer, que el festejo se puso un poco triste.
Pepita se preocupó. Quería al muchacho como al hijo que nunca tuvo.
—No me digas, ¿a sus veinticuatro y se pone triste en su cumpleaños? Eso lo he visto en gente mayor, pero en muchachos casi no. ¿Qué pasó?
Después de servirle café, le empecé a contar.
Habíamos acordado días antes vernos en el bar La Ópera, ese que está a una calle de la Parroquia del Carmen. Se ha vuelto mi favorito desde que clausuraron la cantina de mi amigo el químico.
Yo ya estaba en la mesa, terminando mi primer trago, cuando vi llegar a Sebastián.
Te hubiera gustado ver su entrada: en la rocola sonaba “Ases y tercia de reyes”, de Juan Gabriel, cuando cruzó las puertas abatibles, buscándome con la mirada. Ya lo conoces, con sus pelos rebeldes, alto y regordete. Los que lo conocían lo respetaban. Con su chamarra de cuero, jeans y morral al hombro, ya solo le faltaban botas para parecer el héroe de un western.
Pero fallaría como vaquero en que siempre evitaba las peleas, más aún desde que unos malos perdedores le dejaran esa leve cojera que se notó al llegar a mi mesa.
—¡Felicidades, chamaco! —le dije con entusiasmo. Pero no acababa de abrazarlo cuando vi su cara triste otra vez.
Después de pedir su cerveza, sacamos las pipas y estuvimos callados unos minutos. Algo intuyó el mesero, porque aparte de llevar un cenicero trajo un par de consomés bien calientitos.
Luego me contó la historia que lo tenía inquieto. El caso de la rata gigante de La Victoria ya era historia vieja, pero este asunto reciente en la Catedral, el del lápiz roto, no lo dejaba en paz.
Semanas antes, me dijo, había visto gente reunida en el atrio. Curiosos, algunos asustados. Tuvo que empujar para acercarse al cuerpo que yacía ahí. ¡Gente morbosa y sin quehacer!
La puerta de la torre, ahora de metal, había sustituido a la de madera que rompieron para verificar que el muchacho había estado solo. Sebastián, en modo detective, subió a revisar. Por eso rompió la puerta y por eso se ganó tres días de arresto.
Me contó que pensó en nosotros, pero que no nos imaginaba en un lugar así. ¿Te acuerdas cuando el sacristán dejaba subir a las parejitas por unos pesos? ¡Y lo hicimos! Al principio te mareabas, pero allá arriba te sentías libre, como si pudieras volar. Ahí te besé por primera vez, apenas hace un par de años. Nos portábamos como chamacos.
Pero sigo, que quiero contarte todo antes de que despierte Sebas y organicemos su fiesta.
Al subir a la torre, revisó cada rincón. En lo alto dedujo por cuál ventana había saltado el joven: había raspones al pie de la misma. Sin embargo, la ventana opuesta también tenía marcas parecidas, mampostería rota y, justo debajo, la mitad de un lápiz quebrado bruscamente. Lo recogió con cuidado. Olía vagamente a aceite de madera y estaba manchado de tierra rojiza.
Mientras él estaba allá, llevaron el cadáver a la morgue del hospital de San Pedro, en espera de que alguien lo identificara. Eso ocurrió al día siguiente, cuando la señora Eladia, madre de Cristóbal, llegó desde la comandancia.
Tenía la negra sensación de que era su hijo: el supuesto suicida que llevaba una nota, un par de monedas, las llaves de la puerta rota… y la mitad de un lápiz, también roto. La otra mitad, Sebastián la había encontrado arriba, en la torre.
Y era precisamente el lápiz roto lo que no le cuadraba a Sebastián.
El nombre de Barrabás ya había aparecido dos veces en El Clarinete de Puebla: una en la nota roja, por el caso de la rata, y otra en el del Tata Nacho. Puro show, ya sabes. Pero mi Sebas merece más, y lo logrará.
El caso de Cristóbal Morales no fue el más sonado, pero mostró al joven Barrabás que los misterios del amor pueden ser más fuertes que nada. Y sin embargo, para los demás, solo fue una nota amarillista con una foto borrosa del cuerpo.
Después de que falleciera Lolita, su abue, Sebastián traspasó el local del mercado y se mudó a la ciudad, por la China Poblana. Ya no era el chamaco de antes; ahora era Barrabás, el que descifraba lo que nadie quería ver.
Y ahí estaba, en La Ópera, con esa mirada que ya conocía. Sonaba una de Leo Dan cuando sacó su libretita azul, ya casi deshecha, y me dijo:
—Don Perico, le cuento algo que me pasó.
Lo soltó como quien comenta el clima, pero yo, que lo conocía desde chamaco, sabía que cuando hablaba así era porque necesitaba sacarse algo del pecho.
Barrabás contaba sus casos como quien arma un rompecabezas para un niño: primero la torre con su ventana raspada, luego el funeral en Santiago, después la carpintería con su olor a aceite y su tierra rojiza. Pero yo te los cuento como fue, día tras día, para que entiendas por qué aquel muchacho regordete que resolvía misterios por amor a su abuelita nunca volvió a ser el mismo después del caso del lápiz roto.
La madre del difunto no creía en el suicidio, sobre todo porque era un muchacho enamorado y correspondido. Todas las tardes se reía con Hilaria, la hija del panadero, en el jardín del Carmen, antes de acompañarla a casa. Ese nivel humilde pero honesto no atraía ni a la nota roja.
Pero el lápiz estaba roto.
Y la nota decía, como si fuera requisito: “No se culpe a nadie de mi muerte. C.”
Sebas devoraba el periódico cada día. Yo mismo le conseguí permiso para entrar al archivo de nota roja de El Clarinete. De ahí se enteró de todas las maldades del hombre: desde el albañil que decapita al compañero hasta el niño rico que reporta la desaparición de su novia.
Llenaba su libreta azul de garabatos y símbolos, hasta que entendió que solo su abue podía descifrarlos. Luego volvió al texto común, aunque indescifrable para los demás.
Como ingeniero electrónico, lo llamaban a veces para arreglar los radios de las patrullas. Trabajaba cerca de la policía, pero no veía más que escándalos de borrachos o robos menores. Ningún misterio.
Por eso no entendía por qué nadie seguía el caso de Cristóbal.
El capitán le daba largas a la madre, hasta que dejó de recibirla. Entonces Sebastián empezó a indagar por su cuenta, con el lápiz roto como espina en la cabeza.
Tres días después, la parroquia abrió sus puertas para la misa de cuerpo presente. Afuera llovía, como si el cielo también quisiera lavarse las manos. Barrabás llegó cuando el padre comenzaba el responso, con el pelo húmedo y la libreta protegida bajo la chamarra.
Por la noche fue al funeral. La vecindad tenía ocho apartamentos con cocina y un patio central con lavaderos. Habían empezado los rosarios. La caja estaba cerrada. Más cerrada parecía Hilaria, que lloraba quedito junto al féretro.
Doña Eladia lo reconoció por la libreta azul. Se acercó, le tocó la manga, depositando en él toda su fe y le agradeció en silencio.
Doña Eduviges, la vecina del 4, le dio más chismes que pistas, pero una sí servía: José Juan, carpintero, estaba enamorado de Hilaria y no era correspondido.
Al día siguiente, Sebastián lo visitó. Los moretones en la cara lo hacían sospechoso. La tierra roja del patio y el olor a aceite coincidían con los del lápiz roto.
Sebastián volvió a revisar su libreta y notó algo: en la mitad del lápiz había una letra minúscula, una J.
Volvió con doña Eladia. Ella le mostró una nota arrugada hallada en el pantalón sucio de Cristóbal. Decía:
“Nos vemos en la torre. Quiero decirte algo importante. A las 8. H.”
No era la letra de Hilaria, sino la de José Juan.
Barrabás no necesitó más. Esa tarde fue a la carpintería. José Juan lo recibió con cara de pocos amigos.
—Fuiste tú, ¿verdad? —le soltó Sebastián.
José Juan intentó empujarlo, pero Barrabás conocía las peleas de barrio. Lo esquivó y lo derribó contra un banco de trabajo. Luego lo inmovilizó.
—¡Habla!
Y habló.
Confesó todo entre lágrimas: había falsificado la nota, citando a Cristóbal en la torre para reclamarle por Hilaria. Discutieron. Se empujaron. Cristóbal resbaló, se golpeó la cabeza y quedó inconsciente. José Juan, en pánico, escribió la nota falsa, le puso las llaves y las monedas, y lo arrojó por la ventana, fingiendo un suicidio.
—No quería matarlo —dijo—. Solo asustarlo… solo eso.
Sebastián lo dejó en el suelo y caminó hasta la comandancia. Toño, su amigo de la comandancia, lo recibió incrédulo. Minutos después, el carpintero ya estaba detenido.
Doña Eladia no supo si sentirse aliviada o más triste. Al menos tenía la verdad.
Hilaria lloró más, aunque nadie supo si por Cristóbal o por el escándalo. Se fue a vivir con una tía a Veracruz.
Doña Eladia rezó más por el alma de José Juan que por la de su hijo. Decía que al menos Cristóbal murió con el corazón limpio.
Y Barrabás volvió a escribir en su libreta azul, cerrándola esta vez con una liga doble: “Nunca subestimes un lápiz roto.”
Doña Eladia no dijo nada más. Solo tocó la libreta, la acarició como si fuera la mano de su hijo, y Sebastián entendió.
“Tal vez no se trata de resolver cosas”, pensó, “sino de estar ahí cuando nadie más quiere ver.”
Se preguntó si eso era ser detective: encontrar verdades que no siempre traen consuelo.
No hubo villanos claros ni justicia como en las novelas. Solo una ausencia más pesada que el misterio.
Pero él ya no era el mismo. Su mirada es más triste.
Por eso llegó, directo de ver a la señora, con esa cara larga a La Ópera.
En la mesita de la sala puedes ver la libreta azul, abierta como una herida, como una promesa.






