Adis, Lolita

Aleida era su interés amoroso al inicio del bachillerato técnico: ella, en electricidad; él, en electrónica.

Pero ella tenía novio y se dejó pretender sin decirle nada, hasta que un día él insistió en llevarla a la casa y el novio llegó y la subió al autobús llevándosela consigo. Su amigo Axel se lo había advertido: “esas pulgas no brincan en tu petate”.

Dos años después la encontró en la calle, la saludó y ella le dio su teléfono. Por eso Aleida no se sorprendió con la llamada que recibiera una mañana muy temprano.

—Hola, necesito un favor —dijo Sebastián con tono afligido.

—Por supuesto —dijo Aleida.

El punto era que su abue estaba muy mala en San Alejandro. Él salió de cuidarle en el turno de la noche y se acordó de ella; ahí se le ocurrió llamarla a esa hora, 6 de la mañana del miércoles.

—Lo que más le duele a mi abue es que me quedaré solo —dijo Sebastián mientras retenía apenas las lágrimas—. Pero le dije que sí tenía novia y que se la iba a presentar, que se llamaba Aleida. Sí, nunca dejé de pensar en ti, pero ayer se sintió peor y me pidió llevar a Aleida para que la conociera. ¿Podrías ir y darle un poco de consuelo? No te lo pediría si no creyera que le aliviaría un poco su dolencia. A las 4 es la hora de visitas —Aleida dijo que sí.

 

El reloj de la sala de espera marcaba las cuatro en punto cuando Sebastián entró al hospital, con el pelo revuelto por el viento que soplaba entre las colonias como si quisiera llevarse todos los secretos del barrio. Aún tenía el sabor amargo del café que había tomado para mantenerse despierto después de la mala noche cuidando a su abuela Lolita.

Malena, la enfermera de turno, una mujer regordeta con uniforme blanco tan almidonado que parecía poder sostenerse por sí solo, apenas levantó la mirada de su revista cuando él pasó frente al módulo de información. Desde hacía varios días, Sebastián había estado yendo y viniendo al hospital.

—¿Cómo sigue la señora Lolita? —preguntó con voz cansada.

—Mejorando —contestó Sebastián—. Vengo con alguien que quiere conocerla. ¿No la vio pasar? —los nuevos visitantes debían registrarse con ella para que les diera un pase. —No, nadie subió.

Mintió, claro, como llevaba mintiendo desde que le dijo a su abuela que le presentaría a Aleida, su supuesta novia, la chica de electricidad que había electrificado su corazón desde el bachillerato. Pero la mentira quedó flotando en el aire, como las motas de polvo que bailaban bajo los tubos fluorescentes del pasillo.

Una chica miró al muchacho dormido en una silla de la sala de espera. ¿Era él? Claro que sí, el mismo del teléfono. Miró su reloj de pulsera, blanco y pensó “4:20, la tal Aleida no va a llegar”. Dudó un momento, mordiéndose el labio inferior. Pero subió.

Eran las 5:30, estaba molesto por haberse quedado dormido, no sabía si ella llegado. Pero no había otra entrada para las visitas, seguro que lo veía y lo despertaba de haber venido.

Sebastián subió taciturno en el ascensor viejo que rechinaba como las bancas de madera de la iglesia en domingo de misa. La puerta de metal se abrió con un gemido, revelando el pasillo del tercer piso.

Cuando entró a la habitación 314, lo primero que notó fue la sonrisa de Lolita, radiante como un foco recién cambiado. No era la sonrisa cansada de una enferma, sino la de alguien que guarda un secreto maravilloso.

—¡Sebastián! —exclamó Lolita, extendiendo sus manos arrugadas hacia él—. ¡Acaba de irse tu novia! ¡Qué muchacha tan linda! Se cruzaron en el elevador, seguro.

El mundo de Sebastián se detuvo por un instante, como cuando en las vías del tren se detiene la locomotora antes de continuar su marcha. Sus ojos se abrieron tanto que parecía que se le iban a salir.

—¿Mi novia? —preguntó con voz ahogada.

—¡Aleida! —contestó Lolita con entusiasmo—. Es preciosa, y tan educada. Me contó que están enamorados desde hace mucho, pero que apenas pudieron noviarse cuando se reencontraron.

Sebastián se sentó lentamente en la silla junto a la cama, sintiendo que las piernas no le respondían. Su mente trabajaba a toda velocidad, como los circuitos de las radios que reparaba en sus clases de electrónica.

—Abuelita, ¿cómo era ella? —preguntó, intentando mantener la calma.

—Morena, con el pelo a los hombros, ojos grandes, y llevaba un vestido azul muy bonito —describió Lolita, con los ojos brillantes de emoción—. Pero lo mejor de todo, Sebastián, es el secreto que me contó.

—¿Qué secreto? —murmuró él, temiendo la respuesta.

—¡Que cree que le vas a pedir pronto que se casen! —exclamó Lolita, juntando sus manos sobre el pecho—. ¡Y que te va a decir que sí! ¡Qué feliz estoy!

 

Mientras Sebastián salía del hospital con la confusión revoloteando en su cabeza como mariposas negras, no podía dejar de pensar en quién sería esa misteriosa mujer que se había hecho pasar por Aleida. Que físicamente era distinta a la chica de la visita. ¿Cómo sabía de su existencia? ¿Por qué había ido a ver a su abuela? Y lo más inquietante: ¿por qué inventar un futuro matrimonio?

 

La respuesta llegó mientras cruzaba la calle, cuando recordó la llamada telefónica que había hecho desde el hospital esa mañana. Había usado el teléfono público del pasillo; atrás de él, una muchacha esperaba para hacer su propia llamada. La había visto de reojo: morena, pelo corto, vestido azul, un reloj de pulsera totalmente blanco. Ella había volteado cuando Sebastián mencionó el nombre de Aleida y el zocalito de San Felipe, donde la vio por última vez, aunque él no le vio la cara.

Sebastián se detuvo en seco en medio de la calle, provocando que un ciclista tuviera que esquivarlo mientras le mentaba la madre. Había encontrado la primera pista del misterio.

Esta chica había escuchado su conversación. Había oído sobre Aleida, sobre la abuela enferma, sobre el favor que necesitaba. Y luego, viendo que Aleida no aparecía a las cuatro, había decidido subir ella misma con Lolita.

Pero, ¿por qué?

Sebastián, ahora como Barrabás, regresó sobre sus pasos hacia el hospital San Alejandro, decidido a desentrañar este misterio. El sol comenzaba a ocultarse detrás de los edificios bajos de la colonia, borrando del cielo el color del vestido de la misteriosa impostora.

No sabía quién era la chica del vestido azul, pero estaba seguro de algo: entre los pasillos tristes del hospital encontraría la respuesta. Y cuando la encontrara, entendería por qué alguien querría hacerse pasar por el amor de su vida, ante los ojos ilusionados de su abuela Lolita.

El jueves por la noche Barrabás revisaba en su libretita azul los avances de su pesquisa sobre la chica. Las pistas fueron: el pelo corto y la hora tan temprana de la mañana. O era una enfermera o iba a cuidar a alguien, como él. Salió de la duda cuando el bolero que trabajaba en la explanada del hospital le dijo que sabía de una enfermera con ese tipo de reloj, pero no sabía en qué nivel trabajaba. Malena se apiadó de él y le buscó las enfermeras que habían salido del turno nocturno ese día. Volverían después, por la noche. Y sí, regresaron varias pero un par de ellas tenía descanso la noche de ese miércoles y llegarían en la noche del jueves.

La encontró.

Sebastián se quedó inmóvil cuando la vio caminar hacia él por el pasillo del hospital. Había algo en esa cara que le resultaba familiar, pero no lograba ubicarla. Ella se detuvo a unos pasos de distancia, con las manos entrelazadas frente al uniforme blanco, mordiéndose el labio inferior.

—¿Sebastián? —preguntó con voz temblorosa.

Él la miró fijamente, entrecerrando los ojos. El pelo corto, los ojos grandes, ese gesto nervioso de tocarse la oreja izquierda…

—Te conozco de algún lado —murmuró, frunciendo el ceño.

Gabriela bajó la mirada, jugando con el reloj blanco de su muñeca.

—Soy Gabriela —susurró—, la prima de Naila.

Sebastián abrió los ojos como platos. El recuerdo llegó de golpe: una tarde en casa de Naila, una chica tímida que lo miraba desde la cocina mientras él revisaba una tarea de matemáticas.

—¿Gabriela? —su voz sonó áspera—. Pero… ¿por qué…? ¿Cómo sabías…?

Ella levantó la vista, con los ojos brillantes.

—Terminé mi turno ayer por la mañana y estaba llamando a mi mamá para avisar que ya salía —las palabras se le atropellaban—. Tú estabas en el teléfono adelante de mí y… y te escuché.

—¿Me escuchaste?

—No quería, pero mencionaste a Aleida, y el nombre de tu abuela, y que necesitabas ayuda —se limpió una lágrima que amenazaba con caer—. Después vi que dormías en la sala de espera y… y que tu novia no llegaba.

Sebastián se pasó una mano por el pelo, tratando de procesar lo que estaba oyendo.

—¿Entonces tú…?

—Subí a ver a tu abuela —confesó Gabriela, con la voz quebrada—. No podía dejar que se sintiera decepcionada. Se veía tan ilusionada cuando le dijiste que le ibas a presentar a Aleida…

Un largo silencio se extendió entre ellos. Sebastián la observaba como si la estuviera viendo por primera vez. Gabriela se secó los ojos con el dorso de la mano.

—¿Cómo sabías tanto sobre mí? —preguntó él, con más suavidad.

—Naila me mostró una foto tuya en la secundaria —sonrió tímidamente—. Decía que eras el chico de electrónica, el famoso “Barrabás”, el chingón que resolvía todos los misterios del barrio. Yo… yo siempre recordé esa tarde cuando nos conocimos.

Sebastián sintió un nudo en la garganta. No podía creer que alguien, prácticamente una desconocida, hubiera hecho algo así por él.

—Gabriela… —comenzó, pero la voz se le quebró.

—Sé que estuvo mal mentirle a tu abuela —continuó ella apresuradamente—. Pero cuando la vi tan feliz, hablando de ti, de lo mucho que te ama… no pude decirle la verdad. Le conté que nos habíamos reencontrado, que estábamos juntos… incluso le dije que creía que me ibas a pedir matrimonio.

—¿Le dijiste qué?

—Lo siento, se me ocurrió en el momento —se sonrojó—. Ella estaba tan contenta… Sebastián, tu abuela te adora. Habla de ti como si fueras su hijo, no su nieto.

Sebastián cerró los ojos, sintiendo que todo el cansancio y la angustia de los últimos días se le venían encima de golpe. Cuando los abrió, había lágrimas en sus mejillas.

—Gracias —susurró—. No sabes lo que esto significa para mí. Ella es… es todo lo que tengo.

—Lo sé —Gabriela dio un paso hacia él—. Se nota en cómo hablas de ella, en cómo la cuidas.

—¿Podrías…? —Sebastián se aclaró la garganta—. ¿Podrías volver a visitarla? Sé que es mucho pedir, pero…

—Por supuesto —respondió ella sin dudar—. Cuando termine mi turno, iré a verla. Es una señora muy dulce, Sebastián. Me recordó mucho a mi propia abuela.

Él asintió, incapaz de hablar. Por primera vez en días, sintió que no estaba completamente solo.

—Gabriela… —murmuró—. ¿Por qué lo hiciste? De verdad.

Ella lo miró directamente a los ojos, con una mezcla de valentía y timidez.

—Porque quería ayudarte —dijo simplemente—. Y porque… porque siempre quise que me vieras. Desde aquella tarde en casa de Naila, cuando tenía trece años y era demasiado tímida para hablar contigo.

Sebastián sintió algo moverse en su pecho, una calidez que no había experimentado en mucho tiempo. No sabía qué decir, pero por primera vez en días sintió que tal vez las cosas podrían estar bien.

Le dio gusto ayudarlo y le prometió ir a ver a Lolita al terminar el turno, que la esperara.

 

Lolita falleció el viernes 17 de julio de 1987 a las 6:40 de la mañana, con una sonrisa serena en el rostro mientras veía a Sebastián tomado de la mano de Gabriela, quien también le ofrecía una mirada dulce y comprensiva. En la mesita de noche, una pequeña flor azul que Gabriela había traído como silencioso homenaje a la ilusión de Lolita.

Barrabás lloraría a Lolita toda la vida, su verdadera madre, y lo haría en silencio después del entierro, como ella lo había deseado. Pero en ese silencio, la presencia constante de Gabriela sería un silencioso testimonio del último regalo para Lolita: la promesa de no estar solo.

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Daniel Mocencahua Mora

Divulgador científico, matemático de formación. Apasionado de la ciencia y la tecnología, sobre todo de los robots. Miembro del nodo Puebla de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia. Ha escrito dos libros de divulgación y un libro y varios cuentos de ciencia ficción. Conduce todos los viernes el programa ¡Es ciencia! por TVBUAP en el 18.1 de señal abierta y 118 de Megacable.

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