De las analogas diacrnicas del poder

Paralelismos narrativos entre El seductor de la patria, de Enrique Serna, y Vida de los doce Césares, de Cayo Suetonio Tranquilo.

 

 

“Aquellos que nos rigen y gobiernan,

los que tienen al mundo en su mano,

no les basta poseer un entendimiento ordinario,

ni poder lo que nosotros podemos…”

Michel de Montaigne

 

Cuenta Suetonio en la vida de Julio César que en la mañana de los comicios el futuro emperador advirtió a su madre que no volvería a casa si no lo hacía ostentando el cargo de pontífice. Evidentemente Julio César pronunció estas palabras motivado por la superioridad en que se estimaba frente a los demás, a quienes jamás consideró sus iguales. La vanidad a lo largo de la historia ha sido la marca distintiva de las y los grandes genios del arte, la política, la economía y las ciencias. Estos campos podrían contener los mayores logros de la humanidad, y sus peores errores. Les debemos, entre muchas cosas, la Historia, escrita precisamente porque las y los genios transformaron a su comunidad. La cultura, la geografía política, las innovaciones tecnológicas, así como las lenguas, son el resultado de las actividades de estos personajes. Basta ejemplificar con el idioma español resultado del interés por dilatar el territorio del imperio romano que funge como mediador entre un genio político y su deseo de expansión. El genio no tiene trabas lingüísticas, topográficas o morales para cumplir el objetivo de su vida: la legitimación que le asegura la posteridad.

El humano es el único ser capaz de crear Historia, pues es el único que documenta los hechos pasados, y para ello el poder tiene singular importancia. El afán de dominio no es exclusivo del Homo sapiens, todos los animales luchan contra otros de su especie para imponerse y ejercer su influencia. Lo que es exclusivo en el líder humano es que lo impone con leyes. Esto es lo que conocemos como política.

No es extraño que el genio sea (en política, ciencia, economía o arte) un tirano. Para ejercer el poder debe acapararlo todo. El genio no admite la mediocridad: es la totalidad o no lo es.[1] Al respecto, Michel de Montaigne argumenta que “la ambición no es un vicio de gente baladí”. La ambición del líder depende, en gran medida, de superar sus metas y prosperar en poder, creatividad o conocimiento, sin ocuparse de la opinión de los demás. En este sentido, la novela El seductor de la patria, de Enrique Serna, es la historia de la ambición, expuesta al juicio público, del hombre que modificó a todo un país durante el siglo XIX. Es una novela curiosa pues es la autobiografía epistolar del líder Antonio López de Santa Anna que el autor redacta sin el prejuicio común de los biógrafos que imponen la concepción subjetiva que tienen del hombre en cuestión.

Valiéndose de la polifonía como recurso literario, Serna convierte al lector en un personaje más de su obra pues es al lector extradiegético a quien remite las cartas. La participación de Manuel, el hijo del líder, es demasiado ambigua si pretendemos concebirlo como receptor de los documentos para escribir la biografía de su padre. La actitud que presenta en las pocas ocasiones que responde a las misivas es la de la curiosidad propia de un biógrafo. El lector es testigo indirecto de los actos del líder porque es a él, bajo la figura de Manuel, a quien están dirigidas las cartas. Por ende, reconstruye la vida del dictador como si fuese él quien juzgara con qué episodios se queda y cuáles olvida para relatar las peripecias del siglo XIX mexicano altamente influido por su padre (adviértase a Santa Anna como figura paterna de los mexicanos). De esta manera el lector, hipotético biógrafo intradiegético, defiende o desmiente a uno de los personajes más incomprendidos en la historia de México.

La obra está dividida en dos partes, constituidas por las cartas que envía a La Habana, durante poco más de dos años, Manuel María Giménez a Manuel López de Santa Anna. Del 16 de marzo de 1874 al 22 de julio de 1876 Giménez envía por correo, previamente dictados por su “Alteza Serenísima”, los recuerdos del presidente (desde su ingreso a las filas del ejército realista hasta los réditos que cobra el agiotista húngaro) con el objetivo de que el hijo redacte la biografía del padre para desmentir calumnias o corroborar verdades. El discurso se complementa con diarios, cartas entre los allegados al presidente, etc. Este corpus documental muestra que al protagonista no le importa nadie más que él. Para él la perspectiva de los demás es insignificante. Su egoísmo proviene de una indiferencia total; el líder concibe a los otros como herramientas.

Cabe destacar la cantidad de nombres, históricamente importantes para la nación, que aparecen en la novela epistolar. No es para menos, Santa Anna se codeó con la gente trascendente de su tiempo.

Por otra parte, nótese que el general nunca se dirige directamente al lector; entre sus recuerdos y nuestros ojos siempre hay intermediarios. Excepto en una ocasión en que, obnubilado por el brujo Wolfgang y Dolores Tosta, el genio senil exclama incongruencias. La voz del hombre, y no del mito, nos parece tan vulgar como las palabras que utiliza: “estoy cojito”. Por ello comprendemos que las leyendas requieren de intermediarios para continuar ejerciendo su influencia luego de mucho tiempo. Y la leyenda detrás de un líder político es coerción colectiva.

Serna cuenta la historia del “cojo traidor” que gobernó lo que fue, antes de su llegada, el territorio más extenso de Hispanoamérica. En sus últimos años de vida, reducido a la humillación y la impotencia, el genio se encierra en su cuarto sin alentar nuevas ambiciones. Es una leyenda con las ventajas que ello implica: la certeza de tener un lugar entre los protagonistas de la Historia. A la par de las desventajas que supone la vida: hambre, pobreza, mediocridad. El general sabe que su tragedia particular consistió en morir a destiempo, en sobrevivir a sus éxitos pretéritos, incapaz de superarlos o emularlos, para convertirse en un impotente monumento de su pasado.

El seductor de la patria se asemeja al trabajo del biógrafo de otro líder político: Julio César. Las coincidencias en ambas vidas son notables: la toma del poder luego de guerras civiles en sus respectivas épocas, la opulencia en su forma de vida, etc. Suetonio escribió de Julio César que:

 

sumido en la confusión por el sueño de la pasada noche (pues, mientras dormía, había soñado que violaba a su madre), lo interpretaron como un presagio del dominio del globo terráqueo, puesto que la madre que había visto sometida a él no era otra que la tierra, considerada madre de todas las criaturas. (Suetonio, 22)

 

De la misma forma, en diversas ocasiones Santa Anna concibe a la patria como madre de los mexicanos y declara que “se la va a coger”, o literalmente la penetra, como en la presentación del himno nacional donde tiene relaciones sexuales con una mujer disfrazada alegóricamente de la patria. Las analogías son recurrentes en una y otra biografía como por ejemplo en las composiciones musicales que cantan sus glorias; así como Georg Fridrich Häendel compuso la obra Julio César en Egipto; Francisco González Bocanegra compuso el Himno Nacional Mexicano en honor a Santa Anna.[2] En el clímax de su popularidad el dictador llevó a cabo innumerables actos públicos que consolidaron su lugar en la Historia tales como embellecer a la Ciudad de México de la misma forma que el César embelleció Roma (Véase Suetonio, pág. 64). El genio político actúa similarmente en todas las épocas y tienen mas o menos el mismo resultado: la traición. César asesinado por Bruto; Santa Anna desprestigiado por la opinión pública.

Las y los genios políticos calculan sus acciones para adquirir la legitimación pública. En los casos que nos ocupan, ambos aprendieron a mover tanto leyes como individuos según su conveniencia para usarlos como escalones de la jerarquía del poder. El ejercicio de su influencia provocó para ambos la aclamación popular: “muy pronto comprendí que para servir a la corona y servirme de ella, necesitaba escapar de la telaraña legal (…) las leyes son elásticas y el poder siempre las utiliza como instrumento para obrar a su antojo”. (Serna, 2003: 69). La voluntad del líder se impone a la reglamentación que somete a la masa. Las leyes se modifican para servirlo. El reconocimiento social es indispensable porque significa que la sociedad lo concibe como modelo. La admiración es una exigencia para trascender ya que admiramos lo que es superior a nosotros, lo que sobrevivirá a nuestro tiempo. Los genios imponen la conducta y así permiten la continuidad de la Historia. El vulgo, al intentar imitarlo, confirma el poder cultural del genio creador.

El protagonista de El seductor de la patria se antoja sagaz y oportunista cuando argumenta que: “La política es el arte de comprar y vender favores. Un político tiene poder, o bien cuando los demás le deben muchos favores, o cuando está en disposición de hacerlos”. (Serna, 2003: 103). Esta visión es compartida por personajes de otras novelas del mismo autor. Antonio López de Santa Anna y fray Juan de Cárcamo, de Ángeles del Abismo, son testimonio de las relaciones de poder entre los agentes de la oligarquía mexicana. Ambos utilizan los favores como impulso para alcanzar las esferas más altas de administración social.

 

Tlacotzin no sabía qué le ofendía más: si la insaciable gula de los frailes o sus intrigas por el poder. ¿De modo que los cargos se vendían al mejor postor dentro de la orden? Con razón Cárcamo había abierto la carnicería: necesitaba fondos para seguir ascendiendo. Su futuro dependía de que supiera ordeñar a los indios de Amecameca, y con el fruto de sus esquilmos, lograra ganarse la voluntad de otros falsos apóstoles. (Serna, 2004: 111)

 

Las intrigas y alianzas del fraile auspician el paralelismo de por sí evidente. El fraile, representación religiosa del poder, concibe a los fieles como siervos. Para alcanzar un priorato se vale de amistades importantes que lo ayudan a subir los peldaños de la escalera al cielo. Al final de la obra cuando el fraile muere “su cuerpo incorrupto difunde un olor a azucenas”. Ese es el objetivo del genio: influir a pesar de la muerte.

Sociológicamente entendemos la dictadura de Santa Anna como una creación jerarquizada basada en las relaciones en las que el líder ocupó una posición privilegiada desde donde transformó a la nación. En términos de Pierre Bourdieu, el genio tenía “peso funcional” en el sistema social.

 

La relación que un creador sostiene con su obra y, por ello, la obra misma, se encuentran afectadas por el sistema de las relaciones sociales en las cuales se realiza la creación (…) por la posición del creador en la estructura del campo intelectual. (Bourdieu, 241)

 

En el ensayo “Campo cultural y proyecto creador”, Bourdieu sostiene que las relaciones de poder se forman para alcanzar la legitimación cultural. En El seductor de la patria los constantes desfiles con los que agasajan al líder consagraron su “peso funcional” en la historia mexicana. El prestigio aseguró su influencia en el campo político del país y del extranjero durante un cuarto de siglo. Con su posición privilegiada conservó “entero” el proyecto de la patria luego de la independencia. No obstante, si el seductor convenció a propios y extraños de su autoridad política, es inexplicable porqué después del apellido Santa Anna solemos leer el epíteto “traidor”. Santa Anna debió morir en la batalla de Tampico luego de expulsar definitivamente a la corona española del territorio mexicano. Venciendo a Barradas (que se creía un nuevo Hernán Cortés; otro genio político) los mexicanos lo recordarían como un prócer al nivel de Hidalgo o Morelos, ya que ese fue su momento más “legítimo”. Ante la prórroga vital el libertador de México se volvió un traidor repudiado. Algo tiene la muerte para tildar de héroe nacional o tirano corrupto al mismo sujeto. Agreguemos a esta circunstancia que la estructura del campo cultural se invirtió con nuevos “líderes” que actuaron conjuntamente para instaurar una forma de gobierno radicalmente opuesta al genio político: la democracia.[3]

La segunda parte de la biografía del seductor se caracteriza por el cambio en la postura del líder frente a la masa. Después de la campaña de Texas, se percató que “este país nació de rodillas” y sus habitantes jamás se levantarían. Quizá el estigma de México sea el auto desprecio. La indolencia con la que ignoraron al líder cuando buscó apoyo para la guerra contra los norteamericanos fue la verdadera causa de que el territorio nacional quedara (como su líder) incompleto. Pese a su tendencia a la exageración, Santa Anna marcha al norte con un ridículo ejército de individuos malcomidos, sin paga ni instrucción, diezmado por las enfermedades y el cambio abrupto del clima desértico; la guerra estaba perdida antes de comenzar. Después de la previsible derrota, el genio vuelve a un país que aún no nace, un aborto de España que en el siglo XIX no se desarrolló. 170 años después aún percibimos algunas limitaciones propias de una colonia.

Por otra parte, Montaigne comentó de Julio César lo que bien pudo comentar de Santa Anna pues ambos eran objeto de las intrigas de sus aduladores para derrocarlos del poder y ambos reprendían las conspiraciones análogamente, el uno en su palacio romano el otro en su hacienda veracruzana.[4]

Los excesos de Santa Anna no se limitaban a campañas militares o peleas de gallos; se extendían a las prácticas con sus subordinados. Recordemos el fragmento en que el dictador promulga leyes para reglamentar la indumentaria de los léperos que asistían a sus banquetes. Las insignias con las que condecoraba a sus soldados y los uniformes que mandó hacer a Francia corresponden al lujo con el que Julio César vistió a sus legiones.

 

ponía en ellos tanto cuidado que los equipaba con armaduras guarnecidas de plata y oro, tanto para ostentación como para conseguir que su firmeza en el combate fuera mayor por miedo de perderlas (…) con este método los hizo muy adictos a él. (Suetonio, 85)

 

Este parecer ratifica la hipótesis: los genios políticos actúan de manera parecida, salvo diferencias accidentales, como en este caso donde la voluntad era la misma pero el resultado fue opuesto por la intercesión de causas ajenas al genio: Mientras Roma era un imperio en apogeo, México se caía a pedazos por las luchas internas. El ejército romano estaba bien adiestrado, era fiel a Julio César e incluso comía, en contraste con el ejército que reclutaba su “Alteza Serenísima”, mismo que intentaba realzar su indumentaria militar con balines colgados como medallas. Estos personajes recuerdan una herencia hispánica: la dignidad de hidalgos a pesar del hambre.

No cabe duda de que la picaresca ejerce gran influencia en Enrique Serna cuando crea a sus personajes (el líder era un criollo orgulloso que gobernaba un país de hambrientos). En oposición a la moralidad anglosajona en la que la economía, así como las relaciones interpersonales, depende de la frugalidad, encontramos el derroche de la cultura hispánica, secuela de la cultura heredada.

En conclusión, para las bellas artes es indispensable el genio, pero la política no es un arte. El genio político hará de su poder una tiranía que irremediablemente conducirá a sus gobernados a la desdicha y la desigualdad. Por muy calculador que sea el tirano, la masa en algún momento advertirá con rencor el saqueo y la imposición a la que está sometida por culpa de la vanidad del engreído. Para que la “polis” funcione es necesario el equilibrio. La democracia únicamente es posible con la moderación del poder, los genios son incompatibles con esta idea.[5] La noción de república es un proceso colectivo en el que personas promedio se organizan con otras como ellas para beneficio de una nación.

 

BIBLIOGRAFÍA

ANÓNIMO. (1997). El lazarillo de Tormes. Porrúa, México

BOURDIEU, Pierre (1995) Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario. España. Ed. Anagrama

DALÍ, Salvador. (2010) Diario de un genio. Tusquets Editores, México

MONTAIGNE, Michel de. (1997). Ensayos escogidos. UNAM, México

SERNA, Enrique (2004) Ángeles del abismo. Joaquín Mortiz, México

_____. (2003) El seductor de la patria. Booket, España.

SUETONIO. (1992) Vida de los doce Césares. Planeta-De Agostini, España

 

[1] “Esta noche, por primera vez después de por lo menos un año, contemplo el cielo estrellado. Lo encuentro pequeño. ¿Seré yo el que crece o es el universo el que se encoge? ¿O las dos cosas a la vez?” (Dalí, 85)

[2] Estrofas silenciadas del Himno Nacional Mexicano: “Del guerrero inmortal de Zempoala / te defienda la espada terrible, / y sostiene su brazo invencible / tu sagrado pendón tricolor. // Él será el feliz mexicano / en la paz y en la guerra el caudillo, / porque él supo sus armas, de brillo, / circundar en los campos de honor.”

[3] “ya ni siquiera el pueblo estaba contento con la situación presente, sino que, a escondidas y a las claras, rechazaba la tiranía y reclamaba libertadores”. (Suetonio, 98)

[4] “intentaba, valiéndose de la clemencia, hacerse amar hasta de sus propios enemigos, conformándose en las conjuraciones que le eran conocidas con declarar simplemente que de ello estaba ya advertido” (Montaigne)

[5] Véase el comportamiento del actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Picture of consuper

consuper

notas