Quizá mi afinidad con el contexto de lo freaky se dio de forma natural cuando en mis años de secundaria me refugié, entre varias cuestiones, del bullyng (aquella célebre generación y animosa del sacacas, el tubo, calzón chino y variaciones) en libros de ciencia ficción, así como de literatura fantástica, videojuegos y sobre todo muchas caricaturas japonesas; es una narrativa habitual de ciertas juventudes que eligen estar en la periferia del salón de clases, en el mundo individual, en la obcecación de negarse a la convivencia social para evitar ser exhibidos, además, por sus coetáneos ante ciertas limitaciones. Durante los años noventa yo era feo, pobre y prieto (bueno, lo sigo siendo) y transité mi juventud rodeado de compañeros de mayor poder adquisitivo, que tenían popularidad con las chicas y eran golpeadores natos de nerds; por ello elegí el mecanismo natural de sumergirme, por ejemplo, en las “maquinitas” de la colonia Independencia jugando Street Fighter 2, donde yo me sentía poderoso cuando le ganaba retas a chicos más grandes que yo, una manera extraña de equilibrar la vida con lo virtual.
Cuando fui creciendo como consumidor de entrenamiento y llegué a la literatura (ya menos freaky en ciertas cuestiones, más social, pero igual de prieto), encontré en autores como Kafka y Kobo Abe, con narrativas y personajes que me fascinaron por la reflexión sobre cómo fueron concebidos. Pienso mucho en K., de la novela El Castillo, de Kafka, un hombre que vive todo el tiempo agobiado por recibir reconocimiento y aprobación por parte de los burócratas para los que trabaja. Durante mis años de secundaria, que antes mencioné, aunque elegí ser un raro aislado, no dejaba de tener esa misma sensación de ansiedad por ser aceptado por mis compañeros y en algún momento ser alguien popular o por lo menos sentirme parte de algo. Para el caso de Kobo Abe, cuando leí Los cuentos siniestros pude asociar esas mismas sensaciones de personajes que transitan por un corrosivo aislamiento en las grandes urbes con un proceso de visibilización de un siniestro incorpóreo, que implica despertar la culpa, una culpa sin sentido que nace por el simple hecho de ser diferente, un inadaptado, un outsider.
Leí Animales Sonrientes, del joven escritor poblano David Marín, un libro publicado por la Secretaría de Cultura del Estado de Puebla en 2020, el año de pandemia, además y precisamente el libro surge de una convocatoria que se llamó Letras confinadas, la cual alentaba a crear literatura en medio de aquellos años de encierro.
Animales Sonrientes es una antología integrada por cuatro cuentos en los que encontré algunas temáticas que ya mencioné: entornos kafkianos, tipos raros, conflictos de realismo sucio combinados con absurdo, de cuya ejecución narrativa es solvente. Otro autor mexicano contemporáneo que ha logrado elaborar una literatura sólida con esta clase de historias de lo raro en la actualidad es Alberto Chimal, destaco su libro de cuentos Manos de lumbre. Las historias de Animales Sonrientes tienen escenarios muy diferentes entre sí, pero se hacen unidad en la peculiaridad de sus protagonistas: hombres con victorias efímeras, alimentadas por su cosmovisión.
El primer cuento es homónimo al libro y trata sobre un joven con una prometedora carrera profesional, pero que se convierte en un vagabundo y es secuestrado para ser partícipe de una dinámica estilo Battle royale o El Juego del Calamar, donde se incentiva con estímulos eróticos y cuya premiación podría resultar en convertirse en un ente del sistema opresor; por cierto, en ese ecosistema todos usan cabezas de animales.
El segundo cuento es “Ovni”. Al desarrollarse en un contexto mexicano no pude evitar pensar en Jaime Maussan cuando lo leí y en toda la narrativa sensacionalista que permeó en diferentes medios. El relato trata sobre un profesor que vive con sus progenitores. En algún momento el padre sufre un accidente que lo deja paralítico y, al pasar por diversas revisiones médicas, los especialistas no encuentran explicación sobre la anomalía; el afectado sobre explica que su padecimiento se dio por una abducción, algo que desata una serie de conflictos y situaciones en la historia que raya en delirios propios de una película de David Lynch, desarrollados casi con el mismo nivel de eficacia en la creación de sus expectativas paranoicas como las del director estadounidense. El final es una joya que dialoga con aquello que denominamos e insistimos en llamar leyenda urbana.
El tercer cuento se llama “El profesor Austin” y es el que más ahonda en el tema de la culpa cuando, mediante largas secuencias de analepsis o recuerdos, un mayordomo narra cómo fue que en su infancia una grey religiosa expulsó de forma violenta a su maestro de alemán de su pueblo, acusándolo de paganismo. De repente el libro me hizo pensar en algunas películas de los años ochenta y noventa que iban sobre satanismo, sectas y similares, pero adaptado a un entorno más reciente, una de ellas: El misterio de Salem’s lot, inspirada en una novela de vampiros escrita por Stephen King.
En sí todo el libro de David Marín tiene un diálogo muy nutrido con el cine de serie B. El libro cierra con “Objetos perdidos”, que va sobre un coleccionista de objetos raros que encuentra en el metro de la ciudad, incluso se vuelve el responsable de ese departamento y propone hacer un museo para que dichas piezas sean exhibidas. La frustración le llega cuando deja de encontrar cosas que le resultan interesantes y entonces se compara con una compañera del trabajo y un libro, por demás peculiar, que ella encontró. Hay una interesante exploración respecto a los límites sobre el valor y la percepción que tenemos de él para considerarlo importante.
Resalto que en todos los cuentos del libro existen acertados mecanismos y vericuetos para cerrar de forma contundente, al régimen escritural que apelaba el autor argentino Abelardo Castillo y que las motivaciones de los personajes no siempre son claras, pero hay toda la intención de que sea así, para dejar en el lector atisbos de que la exhibición lúdica de la rareza permite dejar abiertas más preguntas que respuestas.






