Las habitaciones de la memoria

La tía Nena fue tía política de mi padre. Era una mujer pequeña y ágil, siempre sonriente, hablaba con calma y se expresaba de manera sencilla, con un vocabulario propio de una niña. Ella cultivaba muchas plantas medicinales entre las flores de su jardín y tenía un armario donde guardaba un sinfín de hierbas que representaban una cura para cada mal.

Jugué con muñecas con su nieta Dulce, comí los postres preparados por su hija Diva y bebí algunas infusiones de la tía Nena para curar mi alma anciana en mi cuerpo de niña.

Aun en la niñez, me enteré que la tía Nena era indígena. Fue un momento de mil y una preguntas:

¿Si la tía Nena es india, por qué no está en su tribu?

¿Si la tía Nena es india, por qué usa ropa?

¿Y si la tía Nena visita a su tribu y, cuando los visita, va con ropa o desnuda?

¿Cómo la tía Nena aprendió a hablar el portugués?

En fin, las preguntas se amontonaron en mi mente de niña y no podía verbalizarlas, y no sabía cómo sería mi próximo encuentro con la tía Nena. Me causaba angustia pensar en cómo la miraría en la próxima vez que fuera a su casa.

Los días pasaron y con ellos mi preocupación por el origen de mi tía Nena desapareció.

Ahora percibo la fuerza de los prejuicios sobre los indígenas en Brasil. Prejuicios que nos inculcan desde muy pequeños, porque nos enseñan que los indígenas son incapaces según la ley y por eso permanecen en las reservas indígenas.

Lo cierto es que volví a la casa de la tía Nena después de saber que ella era indígena. Me sentí un poco nerviosa al saludarla y me senté junto a ella para observarla y vi que la tía Nena era dulce, buena, cariñosa y eso era lo que me importaba. Percibí que ella también observaba mi alma, entonces yo le pregunté:

—Tía Nena, ¿Nena es tu nombre verdadero?

Con la sonrisa de costumbre, ella respondió, iluminando la tarde:

—No, hijita, no me llamo Nena. Mi nombre verdadero es Zolmerinda. Por si acaso, ese nombre no tiene nada que ver con el idioma de mi tribu káingang.

Ya pasan muchos años que mi tía Nena dejó este mundo y, de vez en cuando, me pregunto si después de la muerte ella volvió para su aldea a la sombra de las araucarias o si fue para dónde fueron los demás, a una de las habitaciones de la memoria.

 

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Márcia Batista Ramos

Es escritora, filósofa y Cónsul Honoraria de Brasil en Oruro, Bolivia. Autora de más de una decena de libros en diversos géneros, su obra ha sido traducida a 16 lenguas, consolidándola como una figura clave del intercambio cultural iberoamericano. Es columnista internacional en medios de Europa y América, y presidente para Bolivia de la Cámara Internacional de Escritores & Artistas. Distinguida con múltiples Doctorados Honoris Causa, su trabajo combina la creación literaria con una profunda labor de crítica y gestión cultural. A la fecha fue publicada en 38 países.

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