Hay das en que mi corazn alla

Nada tiene que ver el dolor con el dolor

Nada tiene que ver la desesperación con la desesperación

Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas

No hay nombres en la zona muda

Enrique Lihn

 

Hay días en que mi corazón aúlla después de escuchar las noticias. Miro hacia la pared, no sé qué hacer. No me gusta la posición de observadora, como una especie de voyeur de algo íntimo, sólo parcialmente visible, de algo horroroso que se muestra sólo a medias y que forma parte de la intimidad de una mujer que está expuesta y que ya no puede defenderse, argumentar o contar su versión de los hechos. Siempre como si la vida femenina valiera menos. ¿Quién garantiza que la mujer fue extraída de la costilla? ¿Quién garantiza que Dios es padre y no madre?

Sin ofrendas o amuletos para su protección, las mujeres andan por el lado oscuro de la vida, justo ahí, donde los hombres malos se ocultan para atacar, utilizando su órgano sexual como arma de tortura para someter y sus manos como arma mortal para estrangular. Y las noticias dicen que ella salió de casa y su cuerpo fue encontrado inerte: en un barranco, en un descampado, en un pozo, en una fosa común, en un hotel, en un basural o descuartizado en varias bolsas negras… Porque un hombre decidió usarla, matarla y botarla. ¿Las mujeres deberían ocultarse en un claustro para escapar a la barbarie?

El dolor que supone, para una familia, el asesinato de una niña o de una mujer, puede muy bien ser retratado por Carlos Fuentes: “Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte que no nos mata a nosotros sino a los que amamos.”

El mundo es un escenario de violencia creciente donde los asesinatos, feminicidios y desapariciones de personas se multiplican, especialmente de mujeres o niñas. Por eso, como si se tratara de un elemento ritual, se incorporan a la realidad de las mujeres desaparecidas, las madres buscadoras en México: esas mujeres que tejen redes de solidaridad y resisten a los embates de un sistema predatorio, generador de muerte y cargado de indiferencia hacia las vidas femeninas. Lo hacen enfrentando amenazas, indiferencia y desprecio tanto de organizaciones criminales como de órganos de seguridad pública y de procuración de justicia; porque el Estado representado por hombres es, sencillamente, machista y siempre solapa a los machos psicópatas, haciendo evidente la negligencia de las autoridades, así como la implicación de servidores públicos y la incapacidad del Estado para garantizar la seguridad pública. Una vez desaparecidas las víctimas, la búsqueda de esas personas apenas engrosa las estadísticas de la creciente impunidad que impera en todos los países de Latinoamérica. Rubén Blades muy bien lo expresa en su canción: “A dónde van los desaparecidos \busca en el agua y en los matorrales\ y por qué es que se desaparecen\ por qué no todos somos iguales”

La desesperanza crece como hiedra en la región y la inseguridad, que lastima y mata, también. Las mujeres y las niñas son las desaparecidas y las madres son las que sufren el calvario de cargar con las ausencias eternamente presentes, con el hueco y el vacío que las va matando, confirmando la célebre frase de Alphonse de Lamartine: “A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en el mismo ataúd.”

Es sabido que la problemática de la violencia contra la mujer es de carácter global y eso, absurdamente, conecta a todas las mujeres como potenciales víctimas de feminicidio, ya que muchas veces ni la casa, que a su vez sirve de refugio y abrigo, es un lugar seguro para las mujeres o niñas.

No es aceptable que muchas mujeres, haciendo un viaje metafórico del recorrido vital desde el nacimiento e infancia hasta la muerte, tengan que cuidarse y ocultarse de los hombres psicópatas que andan sueltos e impunes por los caminos de la vida. ¿Ellas deberían buscar un traje que les cubra la piel por completo? ¿O el traje que desvela, que deja entrever partes del cuerpo no tiene la culpa? ¿Cuándo los hombres comprenderán que deben respetar el espacio íntimo, llamado cuerpo, de cada mujer o niña que pueblan el planeta?

La vida de las mujeres y niñas se desangra sin remedio antes de ser tirado al vertedero y eso es más trágico de lo que pudiera parecer, es más infausto que el enfoque que dan en los medios. Por eso, hay días en que mi corazón aúlla después de escuchar las noticias, bramando por las hijas, rugiendo por las madres, gruñendo por el respeto a la vida.

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Márcia Batista Ramos

Es escritora, filósofa y Cónsul Honoraria de Brasil en Oruro, Bolivia. Autora de más de una decena de libros en diversos géneros, su obra ha sido traducida a 16 lenguas, consolidándola como una figura clave del intercambio cultural iberoamericano. Es columnista internacional en medios de Europa y América, y presidente para Bolivia de la Cámara Internacional de Escritores & Artistas. Distinguida con múltiples Doctorados Honoris Causa, su trabajo combina la creación literaria con una profunda labor de crítica y gestión cultural. A la fecha fue publicada en 38 países.

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