Autores: Marco Julio Robles, Lorena Galindo, Guadalupe Aguilar, Arnulfo Sotelo
Jueves
No… no… esta blusa no sirve… Tal vez esa otra. No, esa tampoco. ¿De negro? ¿De rojo? Le voy a contar a mi mamá y que me ayude a elegir qué me pongo… No, no quiero contarle. ¡Ayyyy, qué emoción!… Sí, claro que le voy a contar pero lo haré cuando tenga el anillo en mi mano. Uy, la cara que va a poner mi papá cuando le diga que me caso con Ramón, que sí, que me llevó a La Mansión de Reforma y se hincó delante de todo el mundo y me dio el anillo con un diamante y que me pidió por fin que me casara con él. Ya es justo que me lo pida, llevamos ocho años de novios y nada, nada de nada: ni boda ni unión libre ni nada que se le parezca a un compromiso. Yo hasta pensaba que era mejor dejarlo ya y buscarme otro. Me acuerdo de cuando estuve a punto de andar con Omar y dejar a Ramón. Qué bueno que no lo hice, tal vez hasta me hubiera quedado como el perro de las dos tortas. Pero quizá no se hinque y prefiera decirle al mesero que esconda el anillo en mi postre. Yo me lo comeré con mucho cuidado, qué oso tragarme el anillo en un trozo de pastel. Ay, no, no, qué vergüenza. Y luego, si me trago el anillo, ni boda ni nada: hospital para sacarlo limpio… Operación, recuperación, vergüenza total. Aunque Ramón no es de esos que les guste mucho andar inventando cosas así. De seguro se pondrá muy serio, se va a levantar de la mesa y se acercará a mí con la cajita de terciopelo negro entre sus manos. Abrirá el pequeño cofre y me dirá: ¡Cásate conmigo! No, “cásate conmigo” tampoco es una frase muy de su tipo. Yo creo que será más tradicional y que sólo me dirá: ¿quieres casarte conmigo, mi amor? Ay, hasta las lágrimas se me salen nada más de pensarlo. ¡Debo usar muy poco maquillaje el sábado! Qué horror salir de La Mansión con los lagrimones negros por el rímel ensuciándome las mejillas, como la llorona o, peor, como Thalía en María Mercedes, cuando Itatí Cantoral la obliga a hincarse en el lodo. ¿O no es en esa novela? ¿Será otra? No lo sé… El chiste es que no sé qué ponerme. Me dan ganas de ir muy sobria, con una blusa negra y un pantalón gris, pantimedias negras y zapatillas de tacón fino cerradas en la punta. Por Dios, por Dios, por Dios, tengo que arreglarme las uñas… A ver… Hoy es jueves, la cita es el sábado a las dos de la tarde. Pasará por mí, pero, claro, si voy muy arreglada va a sospechar, pero si no me arreglo, ay, qué oso salir en las fotos como Chachita en Nosotros los pobres, con las mejillas tiznadas de mugre… Jaja, con mi anillo de diamantes, pero con las uñas sucias. Dios mío, que no se me olvide… que no se me olvide arreglarme las uñas. A ver, hoy es jueves. Si voy mañana, estarán en buen estado para el sábado. No voy a lavar ni un traste, no, no voy a meter las manos en el agua si no es para bañarme y lavarme las manos. Ay, ¿cómo irá vestido él? Mi Ramón, mi Monchito de mi corazón… Tal vez me sorprenda y llegue vestido de traje, con una corbata color granate y una camisa blanca, y los zapatos brillantes, bien boleados. Peinado hacia atrás con mucha gomina y oliendo muy, muy rico. Ya quiero que sea sábado. Desde que me dijo que el sábado nos veíamos para ir a comer a La Mansión de Reforma no he podido ni dormir de la emoción. Es que una vez yo le dije que ese restaurante era idóneo para una pedida de mano, y luego llega él, meses después, y me invita justo a ese restaurante. Es tardísimo, me voy a dormir. Mañana en la tarde me pondré dos rodajas de pepino en los ojos. Qué oso salir en las fotos de mi compromiso con las ojeras redondas y negras como mapache desnutrido.
Viernes
¡Oh, no!, no dormí casi nada, otra vez por la emoción del día de mañana. Y lo poco que dormí… fue para tener una pesadilla horrible: Ramón traía el anillo en una hermosa cajita dorada, pero no encontraba el restaurante La Mansión, caminaba de un lado para otro, buscando el lugar, dudaba si entrar o no y yo le decía, sí, es allí, entra y pide la mesa que reservamos, ya voy en camino. Se alejaba Ramón y de repente se subía a un helicóptero. Yo le gritaba: ¡No te vayas! ¡Es aquí! Veía que el anillo se soltaba de su mano, yo hacía malabares para atraparlo, pero caía en el piso, se abría la cajita, salía el anillo disparado y caía a una rendija de una coladera. Desperté gritando como loca, me palpitaba el corazón y sudaba frío. ¡Uf! Qué tranquilidad, pensé, solo fue una pesadilla. Qué ojeras traigo, me voy a poner más rodajas de pepino desde las 7 de la noche. Ya parezco oso panda. Lo bueno que tengo aquí un poco de maquillaje para las ojeras, lo usaré de emergencia si mañana no estoy espléndida a la hora de irme a mi gran cita. Tengo que darme prisa o voy a perder mi horario en el Nails Spa para mi manicure y pedicure. Hoy tienen que quedar mis manos y pies muy lindos, y de paso me haré el alaciado permanente de mi cabello. Ramón ya me ha visto así y le ha encantado, entonces no lo verá como algo fuera de lo común. La presumida de la hermana de mi Monchito cuando se dé cuenta que su hermano me dio el anillo, le bajará a su altivez, la muy suertuda, porque es lo único que tiene: “suerte”. Cuando le dieron, hace tres años, el anillo de compromiso y hasta mariachi le llevó su marido, dijo con su voz de tonta: “no me lo esperaba”. Hipócrita, si toda mujer es lo que siempre está esperando, el anillo de compromiso, la boda, el banquete, la felicidad. Ramón, no hayas olvidado la talla de mi dedo, le pedí hace dos semanas que me acompañara al Palacio de Hierro con el pretexto de ver unos anillos que una prima me había encargado para una boda porque iba ser madrina de anillos, pero solo fue un pretexto para que escuchara Ramón cuál era la talla de mi dedo. En voz alta casi grité: ¡me queda cómodo en mi dedo anular izquierdo este anillo, soy talla seis! Le di pistas sobre varios anillos de compromiso que me gustaron con el hermoso diamante. Aunque parecía distraído, yo sé que fingía para no ser evidente y darme la sorpresa el sábado. ¡Qué lindas me quedaron mis uñas! Se tardaron en darme gusto, sobre todo con los brillitos que les insistí que tenían que ir donde se hacía la media luna de la uña. Me encanta esta técnica: la parte cercana a la raíz de la uña de un color, y la parte de arriba de otro color, los brillitos siguiendo la línea donde se separan los dos colores y hacen la media luna. Me dijeron las empleadas que con el gelish ya no se requiere tanto cuidado de las uñas, que aguantan hasta tres semanas. Me quedaron manos de princesa, brillan como el polvo de Campanita, la de Peter Pan. Ya me veo, recibiendo de esas manos fuertes, poderosas, protectoras de mi Ramón, el anillo con ese diamante en un restaurante tan lujoso, con música de fondo de piano o el cuarteto de cuerdas. Luego bailaremos y todas las personas aplaudirán, unas mujeres hasta llorarán porque recordarán cuando les dieron su anillo de compromiso y ahora allí estarán con el amor de su vida, sus hijos y nietos. Ya contraté a un amigo que le gusta tomar fotografías, y es de redes sociales. Hasta me propuso que hiciéramos un face live, quedará grabado para la eternidad. Por eso tengo que lucir hermosa, pero discreta, luego, sé que Ramón me invitará a ver alguna obra de teatro a Bellas Artes, la de Cásate conmigo, bueno, no sé si aún estará en el teatro, veremos la que sea, pero una divertida. No quiero empañar con tristezas o terror mi alegría de ese día. Sé que terminaremos los dos brindando con champagne en un lujoso hotel también de Reforma, ese a donde le gusta llevarme. Pero ahora entraré como toda una princesa de cuento de hadas, con su príncipe y mi anillo de compromiso brillando en mi dedo.
Sábado
¡Ashhhhhhh! Otra vez no pude dormir. ¡Qué espanto! Y ahora sí las ojeras están a todo lo que dan. Espero que las rodajas de pepino me ayuden un poco a quitarme esos horribles círculos negros que se me hacen alrededor de los ojos cuando no duermo bien, o como ahora, que me siento tan estresada.
He estado pensando mucho por qué me siento así. Debería estar feliz por esta experiencia tan maravillosa de que mi Ramón me pida matrimonio, aunque creo que se está metiendo en mi cabeza un temor, más que eso, un terror. ¿Y si la cita no es para que me entregue el anillo de compromiso? Pienso que haría un gran ridículo de llegar toda producida, con mi cabellera lacia y mis uñas de media luna, para que solamente fuera una comida normal. Y que llegara mi amigo para tomarnos las fotos y se me quedara mirando con cara de Whatttt. ¿Y entonces que haría yo? ¿Soltarme a llorar? ¿Salir corriendo con la cara toda chorreada de rímel? ¿Tomar el primer taxi que viera o el pesero que fuera pasando? ¡Ayyyyy! Por Dios. ¿Por qué estoy pensando tantas cosas tan horribles? A mi amiga Regi le pasó algo peor. Unos días antes de su boda el novio canceló. Ya tenían la iglesia, el vestido, ¡el depa! Y nada. A avisarles a todos que no habría boda. Lo más gacho es que el novio, que ya andaba con otra chica, fue a la iglesia y, sabiendo que había habido una cancelación, tomó la misma fecha para casarse con la otra. Mi pobre amiga Regi quedó muy mal después de esa experiencia. Se alejó de los amigos, se concentró en el trabajo y así fue pasando su vida, hasta que años después se volvió a enamorar y finalmente se casó. Recuerdo haber pensado que Regi no alcanzó a ver que quizás el novio no era una buena persona, o que no la quería tanto, o que no era más que un hijo de la chingada sin sentimientos. Pienso que a mí nunca me pasará algo así, y menos con un hombre como mi Ramoncito, que es buena persona y me quiere. Quizá no me lo había pedido antes porque quería estar seguro de nuestra relación. Aunque ahora vamos muy bien… Bueno, desde hace unas semanas anda raro, pero yo creo que es porque ahora tiene un nuevo roomie. También creo que los pleitos fuertes que a veces hemos tenido han sido porque no nos hemos casado y ya llevamos ocho años de relación. La espera ha sido demasiado larga, por eso tuve dudas acerca del amor de Ramón. Pero hoy será el gran día. Uno de los más felices de mi vida. Aunque ahora que lo pienso bien, sería mejor que le baje dos rayitas y lo tome con calma. Creo que mejor le voy a decir a mi amigo el de las fotos que no vaya y así me quito un estrés más. Voy a tranquilizarme e intentaré disfrutar del momento. Yo siempre me hago grandes expectativas de las cosas y luego sufro el descalabro de una desilusión. También pensé que, si Ramón no me pide matrimonio, ¿qué voy a hacer? ¿Terminar con él? ¿Hacerle un pancho? ¿Ponerle un ultimátum? O simplemente mantener la calma y disfrutar lo que venga. Fluir… como dicen. ¡Qué difícil situación! Por Dios, ¿qué hora es? Ya se me hizo tarde, me voy a bañar. Sigo con los pelos de punta por los nervios. No sé cómo se me ocurrió decirle a mi mamá sobre la cita de hoy con Ramón, no le di detalles, pero ella es muy suspicaz: comienza a darme consejos ahora que estoy de prisa… Debes cuidar tu reputación, tú eres una chica decente, fíjate bien en lo que vas a hacer… Ay, si ella supiera… Todos los hombres son iguales, afirma mi mamá mientras me ayuda a limpiar mis zapatillas, cortados por la misma tijera, bien me aconsejó tu abuela y ahora lo hago contigo, es algo que nunca falla, nos hablan bonito y siempre lo mismo, prometer y prometer hasta meter y, una vez metido, se olvida lo prometido. Con una sonrisa sarcástica, mamá agrega: salen a comprar cigarros y nunca más regresan. Por favor, mamá, eso ya me lo has dicho muchas veces. Ya son las 12 y se me está haciendo tarde, perdona que te deje, pero estoy de prisa. No quiero imaginarme si le hubiera contado de la vez que fui con Ramón a Tulum con la condición de que me portaría bien, solo tendríamos contacto físico agarrados de la mano, uno que otro besito, abrazos tiernos y alojamiento en cuartos separados. Y luego lo que sucedió. No, no, no, a veces ni yo misma se cómo me atreví. Desde luego, pienso que el lugar provocó todo: la playa, el arrullo de las olas, la luna empezando a salir. Reconozco que yo inicié. Le propuse a mi Monchito ir al cuarto para romper la promesa que le había hecho a mi mamá. Mientras caminábamos me decía que, aunque él no había prometido nada, sentía que, como caballero, estaría fallando ante mi familia. Cuando ya estuvimos solos, mis pensamientos solo me decían que era la oportunidad de sentirme mujer, que me entregaría a él sin ninguna condición. Recordé las advertencias que me había hecho mi mamá, pero no me importaban. Esos momentos los sigo recordando con emoción, la alegría y el placer que sentí, aunque hay algo que me sigue inquietando: Ramón no sintió lo mismo, tal vez sentía cierta culpa porque yo le entregaba mi virginidad antes de casarnos. Las siguientes tardes, mientras yo disfrutaba plenamente como mujer, él seguía reflexivo y callado. Cuando regresamos a México fui a visitar a mi amiga Mirna para platicarle de mis vacaciones y pedirle consejo sobre mis experiencias. También quería conocer su opinión sobre el comportamiento de Moncho y, como le tengo mucha confianza, le conté todo, y aunque no es mucho mayor que yo, es una mujer muy madura. Por eso, apenas comenzaba a decirle sobre la posible petición de matrimonio, se rió de mí y me dijo: ya sabes que a mí me gusta la libertad, no creo en el matrimonio ni en la unión libre, ni nada que requiera algún compromiso de mi parte. Nunca me falta algún amigo que me invite durante el fin de semana para ir a cenar, a bailar y luego hacer cositas… Creo que para la próxima vez no debes portarte muy tímida ni recatada, como si fueras la madre Teresa de Calcuta, pero tampoco muy zorra y degenerada, algo medio. Aunque pensándolo bien, a muchos hombres les gustan las pervertidas de las que hacen de “tocho morocho”. Después de aclararme estas cuestiones, se levantó de un salto, fue a su recámara y trajo el libro del Kama Sutra. Estudia las fotos y grabados porque van a transformar a ese minino en un tigre, lo volverás loco de pasión.
Creo que después de darme el anillo y pedirme matrimonio, iremos a su depa y la mejor manera de celebrarlo es que volamos a hacer el amor, como lo que me aconsejó Mirna. Tengo que verme muy sexy, creo que este brasier negro me queda bien, pero no, mejor no, porque me queda muy ajustado y me veo muy pechugona. Tal vez este rosa que me levante el busto, no es porque ya tenga las tetas muy caídas, pero creo que estará bien verme más sensual y guapa que de costumbre. ¿Y los calzones? Estos harán juego, pero están muy grandotes, se parecen a los que usa mi mamá. ¿Y si llevo esta tanguita? Se ve bien, y no deja nada a la imaginación, pero… con esto se va a ver mi horrible lunar en la nalga izquierda. No me gusta. Algún día me haré un tatuaje en ese lugar para disimularlo, pero, pensándolo bien, cuando me lo vio Ramón no le dio importancia. Con las noches que he pasado sin dormir bien, en este momento vuelven a estar en mi cabecita loca los pensamientos pesimistas y las dudas, y no es para menos: últimamente he notado a mi Monchis muy pensativo, aunque yo creo que si me citó en ese lujoso lugar es para algo importante. Si no me da ningún anillo ni me pide matrimonio, creo que me voy a mostrar muy firme: ya no debo esperar más tiempo, no quiero seguir como novia con derechos ni quiero ser su pareja en unión libre. ¿Por qué me estoy desilusionando antes de tiempo? Pero puede ser. No, no quiero ni pensarlo.
El Uber que pedí llegó diez minutos tarde. Nos enfilamos hacia Reforma, el tránsito va muy lento, a vuelta de rueda. Según me dice el conductor, los maestros cerraron la calle y solo abren un carril durante 15 minutos cada hora. Ya me estoy desesperando porque nos han desviado varias cuadras a la derecha, ya son las dos de la tarde. Dios mío, es tardísimo. Me bajé del auto. Tuve que caminar cuando menos durante quince minutos.
Ramón ya me estaba esperando. Le platiqué mi odisea para llegar, pedí un poco de agua para calmar mi sed. Ya en calma, quise disfrutar del lugar. Por la ilusión que tenía todo me pareció muy bonito. Me detuve al ver en la mesa de al lado a un apuesto muchacho. Se me hizo conocido, de alguna revista o tal vez de la tele, pensé. Me quedé embebecida al verlo: esa espesa barba tan bien cuidada, no como mi Monchis que es casi lampiño. Tanto me gustó que casi me olvido del motivo por el que había ido al restaurante. Entonces cuestioné a Ramón acerca de cómo sería una boda ideal para él. Noté de inmediato que se avergonzó y cambió de tema. Yo permanecí en silencio, un momento, pensando que me gustaría que mi boda fuera en un gran jardín en Cuernavaca. De hecho, ya había preguntado en varios lugares algunos detalles como los precios y los horarios. Te preparan paquetes para que elijas el banquete, la música, la decoración. No me gustaría en una iglesia oscura y sombría. Aunque no soy atea, soy, como dicen, una comecuras. Ahora pienso que esto de la boda va a ser un problema con mi familia. Mis papás siempre han considerado que el matrimonio es sagrado. Ya veo a mi mamá escogiendo la iglesia, claro, como ellos ya tienen más de 40 años de casados no se dan cuenta de que en la actualidad hay más opciones. Discretamente volteo a ver a “mi” galán, me sonríe, y yo, confundida, rápidamente rehuyo su mirada, mientras Ramón, a quien en este momento no pongo atención, sigue hablando de su trabajo y de que saldrá pronto de vacaciones. Me gana la tentación y miro al hombre de la otra mesa de nuevo. Ahora levanta una copa y hace la señal de que está brindando por mí. Me pongo nerviosa, si contesto con una sonrisa, va a creer que soy una “buscona”. Ramón se dio cuenta, por eso me preguntó si lo estaba escuchando. Sí, sí, claro, respondí. Pero ¿qué estoy haciendo?, pensé. De verdad eres una buscona, me dije, mira que estar coqueteando con otro hombre el día de tu pedida de mano. Argumenté que me daba una corriente de aire para cambiarme de lugar en la mesa, pero gran error: ahora lo veía reflejado de frente a través de un gran espejo. Lo encontré apuesto, atlético, me imaginé con él en un gran jardín reposando mi mejilla sobre su torso desnudo. Esto no podía seguir así, quería dejar de soñar. Traté de inventar algo en relación con el supuesto anillo que me iba a entregar Ramón, pero no me salía nada. No, no, aleja esos pensamientos adúlteros de tu cabeza, Mónica, me censuré una y otra vez. Pero a la oportunidad la pintan calva, como decía mi abuelo. Pensé en acudir a los sanitarios, pasar frente a su mesa, hacerle una seña para que me siguiera, y ya en un lugar discreto intercambiar nuestros números de teléfono para ver qué pasa. Pero, ¿en qué estoy pensando? Soy una idiota, sí, una tonta. Ese chavo guapérrimo me ha deslumbrado, estoy siendo infiel antes de casarnos. ¿Será un indicio de que el matrimonio no es para mí? Me están sudando las manos, ya no puedo disimular, pensé. Entonces Ramón me dijo: pensaba dejarlo para después, pero… voltea y le dice al chavo guapísimo: Michel, ven acá. La que se quedó calva de la impresión soy yo. ¡Qué estúpida fui! Se conocen, son amigos o primos, o qué sé yo, pensé. Mientras caminaba hacía nuestra mesa, traté de recomponerme. Sonreí como lela y me sequé las manos en mi propio vestido, pues estaba sudando a chorros. Cuando ya estábamos los tres en la mesa, Ramón comentó que Michel era sobrino del dueño del hotel donde nos hospedamos en las vacaciones. La tarde que te sentiste muy mal por la comida que habíamos comido en la playa, continuó Ramón, y dormiste toda la noche, estuve en el bar platicando con él. Me contó que quería ser bailarín y que algún día viajaría a la ciudad de México para lograrlo. Seguimos en comunicación y llegó a casa hace dos semanas, con la intención de hacer una audición para inscribirse en el INBA. Se dieron las cosas y ha surgido entre los dos un amor inesperado, una ardiente pasión que hemos disfrutado increíblemente. El tiempo ha pasado en un instante y hemos decidido casarnos. En ese momento se abrazaron, se besaron y yo me quedé tan sorprendida que lo único que se me ocurrió fue vaciarles la jarra de agua fría que tenía a la mano. Los comensales de las otras mesas, aún sin saber el motivo, aplaudieron mientras que yo salí corriendo. Corrí dos o tres calles, descalza, porque ya no aguantaba los tacones que llevaba. Iba llorando y no dejaba de preguntarme por qué me había citado justo ahí para decirme una cosa así, delante de todos. Quizás el muy cobarde lo había hecho de ese modo para que yo no pudiera armar un escándalo en grande. Y le salió bien porque no me quedé ahí gritándoles todo lo que sentía. Corrí mucho, luego caminé y, al final, me quedé sentada un par de horas en una banqueta. No sabía qué hacer ni adónde ir, ni sabía tampoco qué les iba a contar a mis padres y a mis amigas… Por suerte mi amigo el fotógrafo no había llegado cuando sucedió todo aquello. Tal parece que llegó cuando Michel y Ramón ya se habían ido también.
Decidí levantarme cuando la manifestación de los maestros se acercó. Venían gritando consignas en contra del gobierno. Llevaban pancartas, mantas y altavoces. Gritaban todos juntos: ¡Justicia, justicia, justicia! Me uní a ellos, grité con todas mis fuerzas, grité varias veces mientras seguía llorando, clamé por justicia una y otra vez hasta que mi voz ya no era mi voz…






