Kader Attia en Puebla: sueño y pesadilla de Occidente

Kader Attia (Dugny, Francia, 1970) es un artista conceptual franco-argelino. Su obra se centra en la historia: sus heridas abiertas, su rehabilitación como memoria común, la reconciliación con el pasado. La obra del artista muestra una preocupación por el daño civilizatorio en sus procesos coloniales y de conquista y, también, la necesidad de una reparación, una sutura y cicatrización del trauma histórico. Sus métodos son interdisciplinarios: video, instalación, escultura, fotografía.

La exposición de Kader Attia (2025) llamada Un descenso al paraíso se exhibe en el Museo Amparo de Puebla. Dicha exposición está compuesta por instalaciones, colecciones de objetos varios recuperados, ready mades. En Attia se entrelazan el discurso social, la perspectiva política, la dimensión histórica, la comprensión filosófica en temas como la modernidad, el discurso decolonial, la crítica de la ciencia, la dimensión cultural del fenómeno colonial.

La historia de la modernidad señala rupturas, encuentros y desencuentros, conquistas, descubrimientos. En las instalaciones del artista se proponen artefactos que cuentan historias de colonización, trazos de viajes, entrecruzamientos de culturas diversas, intercambios tecnológicos. Attia busca deconstruir ciertos mitos culturales y colocarlos bajo su mirada crítica. Su doble nacionalidad le permite estar en medio de ese conflicto colonial entre periferia y metrópoli.

Hay una razón para pensar en ese oxímoron relacionado con la expresión “descenso al paraíso” cuando, para la modernidad, el paraíso está en el norte global, supuestamente la cuna de civilización, el pensamiento, las ideas y, por supuesto, la ciencia. Se espera que se ascienda al paraíso, no que se descienda. Cambiar los supuestos de esa relación entre el Norte y el Sur crea una inversión de valores y una crítica a las jerarquías. Para el imaginario moderno, el norte es el ideal, es atavismo de una civilización legítima, el dilema que nos provoca su influencia abarcadora, el polo magnético hacia el que volcamos las miradas. Desde esa perspectiva, el Sur viene a ser la periferia, el patio trasero, el lugar de exploración, la última frontera y, también, el sitio del trauma, del despojo, el saqueo y la explotación, el sucio vertedero de desperdicios de la metrópoli europea.

Pensemos en su instalación Crucifijos de culturas colonializadas no occidentalizadas para abordar una señal de influencia y conquista. Los objetos que Kader Attia selecciona desde su sensibilidad los convierte en parte de un símbolo, de un lenguaje que contiene una ola de reminiscencias relacionados con guerras, sucesiones, vasallajes, esclavitud. Un objeto con un crucifico sincrético y no occidentalizado también es una señal de resistencia de algún pueblo sometido al tutelaje del eurocentro global: pueden provenir de Mali, Benín, Indonesia, cualquier país africano. Esos crucifijos son una victoria y una derrota, el reflejo de una hibridación cultural, asimismo, un símbolo de resistencia social y religiosa.

La instalación Continuo de reparación: La escalera de Jacob está orquestada como un espacio tanto interior como exterior. Desde afuera, semeja una ciudad de libros. Estos son ladrillos que conforman una fachada exterior esperanzadora, el sueño de la razón y el conocimiento, la compulsión por el saber y el intelecto; el ideal moderno de que las respuestas a los misterios del mundo llegarían tarde o temprano. Artistas como Goya hablan del sueño de una razón que produce monstruos: el ideal de conquista, el colonialismo, la mecanización y la creencia en la infalibilidad y la eficacia de la ciencia occidental. Esta ciudad-biblioteca tiene un núcleo que es un depósito de deseos, de sueños de exploración y descubrimiento.

Al interior de la instalación (Fotografía 1), el ser humano es ese infeliz bibliotecario que entra incidentalmente a esa biblioteca babélica de la que no se puede sustraer. Esa biblioteca es subjetiva porque también está interiorizada. Al adentrarnos en la instalación, vemos ese núcleo como una vitrina, un gabinete de curiosidades que incluye instrumentos de medición, sextantes, un microscopio fusionado con un telescopio, brújulas, astrolabios. Ese “continuo en reparación” muestra los anclajes, los sueños fallidos, los propósitos, las decepciones, los cambios de marcha, las exploraciones. Ese centro al interior de la ciudadela es la Modernidad: el ideal de lo racional cartesiano, la necesidad de observar, clasificar, objetivar. Al final, será ese ego conquiro del racionalismo.

A partir de ese centro, el espectador puede dirigirse nuevamente al exterior ya desde una posición centrífuga que forma un espesor, una serie de acumulaciones, de una cartobibliografía de ese sueño en el que todos estamos inmersos: una excrecencia formada por referencias, enciclopedias, mapas, textos poéticos, novelísticos. O bien la pesadilla que conforma occidente en sus procesos de explotación, saqueo, expropiación. El impacto de la visión es doble: el infierno y el paraíso. El saber tiene un núcleo en la conquista y la dominación, pero también es posible escapar de él.

En otra de sus instalaciones, Algunas huellas de la modernidad, el artista decide incluir un tendido de durmientes de vías ferroviarias. Para el artista, cada huella abandonada del sueño de esa modernidad supone una cicatriz que se queda, una forma de abandono, una especie de caparazón de lo que alguna vez fue la férrea voluntad de avanzar, de incidir sobre las personas y los paisajes, y de intervenir en la naturaleza como algo que se expolia, se extrae o se conquista. Los durmientes de madera traídos de Alemania parecen descansar ese sueño centenario. La visión del artista nos lleva a resignificar objetos de apariencia inofensiva o inocua, a tender una luz sobre ese pasado que a veces nos resistimos a cuestionar.

Referencia

Attia, K. (2025). Un descenso al paraíso. Exposición de arte. Museo Amparo, Puebla. México.

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Noé Vázquez

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