¿Qué es la vida? Es lo real. En el gran fondo de la vida hay silencio, del silencio venimos y al silencio vamos, somos un silencio que habla, muerte viva somos. La muerte propia es el lugar del Gran Silencio que nos habita desde recién nacidos; ahí donde se despliega la vida hay ya habitación de la muerte, nacemos moribundos. Del Gran Silencio venimos y al Gran Silencio vamos, el silencio es nuestro gran fondo. Octavio Paz escribe sobre el silencio:
Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.
El silencio está en todas partes de lo humano, basta con “guardar silencio” para que el silencio se “haga”, es necesario el silencio para que la palabra que arrastra a un sujeto se haga letra, ficción.
Para el escritor, el silencio siempre está antes de escribir la primera palabra en la hoja en blanco, además, el silencio también está entre las palabras, entre una y otra; la palabra rompe el silencio sólo para abrir otro silencio. Lo mismo pasa con el pintor, para quien el silencio es roto con el trazo en el lienzo blanco sólo para terminar en el silencio, y la melancolía; el psicoanalista francés Jacques Lacan le llama, desde el seminario 9, La identificación, trazo unario. El silencio es lo propio de lo humano, es su trazo y su traza, su alfa y su omega, el silencio es su erotismo, su vida, las cuestiones más relevantes de la vida se viven en silencio. El silencio está en el núcleo de lo humano, es su esencia, quizás a la par que lo es el erotismo.
Pese a la estridencia de nuestro tiempo, el silencio atraviesa todo lo humano. La cultura no es sin el silencio, la cultura es la respuesta humana ante la preexistencia de la muerte. El silencio es lo que de la muerte da vida, podemos pensar el silencio como inicio de la creación. Así lo podemos constatar, por ejemplo, con la ocurrencia y relevancia del silencio en la música: una nota escrita resuena en el alma del compositor y se rompe el silencio.
El silencio aparece ante la falta de ruido, si es que acaso la falta de ruido existe.
¿Podemos realmente estar en silencio? ¿Acaso no el silencio ha sido una utopía a la que desde todas las prácticas humanas se pretende alcanzar algún día? El silencio absoluto se ha intentado alcanzar desde las artes todas: en la arquitectura se busca en el espacio vacío, en la literatura con la página en blanco, está entre cada nota musical. George Steiner, al hablar del silencio, dirá que “…parece, en virtud de la perspicacia de Wittgenstein, no tanto un muro como una ventana”. El mismo filósofo Ludwig Wittgenstein, al reflexionar sobre el silencio, lo ubica cercano a la esfera de la experiencia mística. El silencio es cercano a la muerte, el silencio es lo real de la muerte. Si en el principio fue el verbo, el verbo, sin embargo, está precedido por el silencio y al silencio va, el verbo, la palabra, la creación o el ruido surge en un necesario fondo de silencio.
En La Barca Silenciosa Último Reino VI, Pascal Quignard se pregunta: “Para los hombres, ¿qué es la muerte? El hombre que ya no toma parte de un diálogo. La boca que ya no responde al lenguaje. En el seno de lo imprevisible, lo irrevocable define la sorpresa del silencio sobre el rostro”.
Cercano a lo místico, como quiere Wittgenstein, el silencio acompaña prácticamente a todas las prácticas religiosas o espirituales. En el Budismo, por ejemplo, aunque considera en algo el llamado “voto de silencio”, lo considera como una práctica que opera como una promesa y la finalidad es no abrir la boca para evitar responsabilidades, sin embargo, no lo recomienda como algo cotidiano ya que no fomenta el bienestar de la comunidad. En el hinduismo se llama “mauna” a la práctica del silencio que fomenta la reflexión y la contemplación, aunque fundamentalmente opera como un medio para buscar la misericordia divina. El silencio es la virtud del asceta y opera como compañero en la soledad de la ermita. También el silencio es una vía para alcanzar la felicidad en el Dharmashastra hindú.
En la antigua religión llamada Jainismo, en la India (una religión no teista), el silencio es un “voto” solemne para los monjes. Es casi tan valorado como su forma de vida ascética, o la no-violencia y el respeto por todos los seres vivos, es el silencio la vía por la que los maestros fomentan la introspección y alcanzar la pureza espiritual.
En 2005, Philip Gröning estrena su documental El Gran silencio. El director solicitó el permiso para grabar la vida diaria de los monjes cartujos, al interior del monasterio Grande Chartreuse en los Alpes franceses. Los monjes le dijeron que necesitaban tiempo para pensarlo y ya le responderían, se tardaron 16 años en responder. Fue aceptado para que viviera con ellos durante seis meses. Grabó sin usar luz artificial. Dentro del monasterio rige el voto de silencio, los monjes no hablan entre sí, sólo hablan en las oraciones. Cada uno en lo suyo y en comunidad, el sobrio edificio rodeado de la nieve alpina nos envuelve en el silencio, el director sólo usa los sonidos ambientales del lugar y con ello nos sumerge en otro tiempo y otras tonalidades.
La orden de los monjes y monjas Cartujos, fundada por San Bruno, nacido en Colonia, es una comunidad de monjes y monjas dedicados a la contemplación. Su “comunidad”. Sumidos en el silencio, su grito de alegría, cuando salían a divertirse jugando en la nieve, cuatro días al año era: ¡Oh, bondad! Como una forma de expresión de eso real que se decía entre ellos: “para descubrir la inmensidad del amor”.
Entrar a esa zona del silencio, a esa zona trágica pero también divina, no es nada fácil. Quien se atreva, tendrá que librar una fuerte batalla, muchos demonios propios tendrá que enfrentar. Cambiar de vida nunca ha sido sencillo, requiere, para ellos, para los monjes y las monjas cartujas (porque en la pureza, esa pureza suya, hay “equidad de género”), austeridades, paciencia, lectura y escritura (quizá de sí mismo/a), procuran la profundidad en sí mismo/a, al igual que ocurre con los monjes benedictinos o cisterciense. Sin embargo, la llamada senda cartujana pasa por la soledad y, fundamentalmente, el silencio.
La soledad no se vive con sufrimiento; para los cartujos, la soledad es la forma más hermosa del día a día. La comunidad existe en su justa medida, quizá sin saberlo, haciendo honor a esos versos de Jaime Sabines: “Los amorosos callan, el amor es el silencio más fino, el más temblorosos, el más insoportable”.






