El dolor de amar

Nunca estamos menos protegidos contra las cuitas (dolores) como cuando amamos; nunca más desdichados y desvalidos que cuando hemos perdido al objeto amado o a su amor

Sigmund Freud

En último término de la existencia no hay nada sino el dolor existir

Jacques Lacan

¿Qué es el psicoanálisis? El psicoanálisis es un dispositivo clínico y teórico que Freud inventa para poder escuchar la desazón de existir que eventualmente invade y aqueja a todo ser humano, en particular en aquellos que se reconocen como neuróticos. La ansiedad, los miedos sin objeto, los padecimientos del alma o la angustia, incluso, responden a eso que Sigmund Freud reconoce que existe en el ser humano, desde 1893, como una tendencia a la desazón. Parece que el ser humano no puede escapar fácilmente al dolor de existir. Nacemos en una condición de desamparo estructural que nada podrá calmar, en definitiva. 

Jacques Lacan, el psicoanalista francés que reinventa el psicoanálisis, en el seminario VI El objeto en psicoanálisis, propone que el dolor de existir es un dolor persistente que viene a reparar quién sabe qué dolor debido a la falla irremediable que insiste entre el sujeto y su objeto de amor. Esa desazón de existir, en su extremo radical, se presenta como melancolía.

La melancolía, esa afección que data de la teoría humoral de Hipócrates, el padre de la medicina. En el cuerpo, decía, se conjugan cuatro sustancias o humores: sanguíneo, bilis amarilla, bilis negra y flema, la pérdida de la homeostásis entre ellas implicaba la pérdida de la salud mental o anímica.

La bilis negra, se decía, era ese tóxico corrupto responsable de la melancolía. El padre de la medicina decía que, ante su persistencia: “si el miedo y la tristeza duran mucho, se trata de una melancolía”.

No hay cabida para pensar la melancolía como un monolito o manual de expresiones sintomáticas. Se trata más bien, como señala la psicoanalista Marcela Martinelli en su libro Las melancolías. Goce de vida/Goce de muerte,en una puntuación que hace radical diferencia entre la melancolía (así, en singular, esa que señalan y a la vez excluyen los manuales) y las melancolías, así en plural, escribe Marcela hablando de las melancolías en su variabilidad: “es posible conceptualizar como posición subjetiva en plural, de forma tal que sean las melancolías, y que abarque desde estados de tristeza de duración variable hasta la vivencia de dolor en estado puro (según Lacan), que paraliza a quien lo padece”.

Una de las inútiles variables diagnósticas que persisten hasta nuestros días es la que intenta determinarla a partir del factor temporal que las divide entre episodio depresivo temporal, disimia, trastorno depresivo mayor, trastorno maniaco depresivo o bipolar, etc. Las melancolías también han sido confundidas con las depresiones, la tristeza e incluso ha sido visto como un pecado.

La cosa no es nueva. Ya en la Edad Media se habla del Taedium vitae (el tedio de vivir), la tristeza y la acedia. Esta última es llamada también como El demonio meridiano y se muestra asociada a la pereza moral. Es tratada, entonces, como un Pecado Capital. La pereza de existir era tomada como una falta mayor, tal como hoy es vista como un pecado contra la ética del trabajo. La acedia se refiere fundamentalmente a la pereza intelectual, esa especie de sopor o torpeza mental, también descrita como modorra. Se trata fundamentalmente de una fatiga psíquica, la cual se muestra incluso con actividad maniaca. Se trata de un agujero en lo psíquico que es rechazo fundamentalmente de un saber, un rechazo del inconsciente, es decir, un rechazo de quién sabe qué, un rechazo de algo desconocido cuyo saldo es un dolor de existir o dolor de amar cuyo el efecto es un empobrecimiento del yo, donde se presenta una dolorosa identificación del yo con ser nada, con el desecho. La angustia o el agotamiento son sus señales.

Jacques Lacan le da nombre a este dolor del interior, a la desazón señalada por Freud, le llama dolor psíquico o dolor de existir. Y más preciso aún, le llama dolor de amar, cuyo daño se ubica no en el cuerpo sino en la desgarradura entre el que ama y su objeto de amor. Efectivamente, el dolor de amar o dolor de existir se presenta como la ruptura brutal y súbita del lazo que nos vincula con el ser o la cosa amada. Con ello, el principio del placer queda abolido y el deseo pierde su brújula. Sin embargo, ante esa ruptura, el yo se alcanza a percatar de su trastorno; lo recibe, no lo acepta, y reacciona enloqueciendo. El dolor viene justo de ese percatarse, por parte del yo, de la irremediable ruptura (trauma significa ruptura) del vínculo con el objeto de amor.

Dos respuestas se presentan ante el trauma. Frente a la ruptura amorosa se experimenta el dolor psíquico (o dolor de existir) o la angustia. Hay diferencia entre ambos, en Freud: el dolor es la reacción involuntaria ante la pérdida efectiva de la persona u objeto amado, mientras que la angustia corresponde a la reacción ante la amenaza de esa pérdida.

Ante la conmoción que produce la pérdida o la amenaza de pérdida del objeto amado, en la realidad o en la fantasía, el yo se defiende y el dolor de existir es la expresión de esa defensa; en ella, el yo concentra todas sus fuerzas en el rechazo y el recuerdo, al mismo tiempo, de la representación del objeto amado y perdido. El dolor es resultado de saber perdido al objeto amado.

Ante la pérdida, el yo tiene que emprender un doloroso proceso de decatectización que, dice Freud en Duelo y Melancolía: “se ejecuta pieza por pieza, con un gran gasto de tiempo y de energía, dando lugar a un proceso doloroso que una vez cumplido permite la restitución del yo y sus lazos con otros objetos”.

Pero eso no ocurre con la melancolía, aunque como dice Martinelli, mejor señalar a las melancolías, dado que ahí la libido es retirada del objeto, pero no se desplaza sobre otro sino que se mantiene en el yo, dando lugar a una identificación del yo con el objeto perdido. Freud lo dice en una sentencia célebre: “la sombra del objeto ha caído sobre el yo”.

Para Lacan, en el dolor de existir o el dolor de amar, a partir de su propia clínica, se trata de ese dolor intolerable al que se refiere como un sentimiento de “pura existencia”, una existencia desprovista de máscara, declinación del fantasma donde el dolor que se experimenta en aquellas experiencias, conscientes o no, lacera desde una existencia desinvestida.

Ante ese dolor indecible, con una causa visible o no, hay, sin embargo, una salida. Ante el dolor de existir, el deseo opera como intermediario, es decir, opera como suplencia al dolor de existir. Es mediante el deseo, la única vía quizá, que es posible ponerle dique al abismo (traumatismo) que nos amenaza con desbordarnos y abrir la puerta a lo que viene, darle lugar a lo inédito, a lo por-venir. En este sentido, el deseo es un operador, como diría Spinoza, “el centro de la experiencia humana”, es la brújula del amor (le desinviste de toda ilusión) que opera transformando, como atinadamente señala Lacan en su famoso aforismo: “sólo el amor permite al goce condescender al deseo”.

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Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanaltica. Miembro fundador de la Fundacin Social del Psicoanlisis. Ha sido Director fundador de la Maestra en Psicoanlisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicologa. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del pas y atiende clnica en prctica privada en Puebla.

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