No hay nada que satisfaga tanto, al niño y al adulto, como los cuentos populares de hadas.
Bruno Bettelheim
En esta fiesta se celebra a la vez un duelo y un pacto.
Sigmund Freud
Los afectos son ambivalentes. La Navidad y, sobre todo, las celebraciones del Año Nuevo no escapan a esta condición. Sobre la Navidad se han escrito innumerables cuentos. La época navideña ha sido motivo de inspiración para escritores y autores tan diversos como E. T. A. Hoffma,n, con su cuento El Cascanueces y el rey de los ratones, o el irlandés Oscar Wilde autor de El Gigante egoísta, lo mismo que Agatha Cristhie, quien escribió Navidades trágicas. Incluso el poeta y premio Nobel Dylan Thomas escribió La conversación de Navidad. John Tolkien, el famoso autor de El señor de los anillos, escribió Cartas de Papá Noel en 1994, se trata de las cartas ilustradas que Tolkein escribía a sus hijos cada año como si fuera Papá Noel, eran historietas ilustradas.
En muy diversas épocas, autores de todos los géneros se han referido a la Navidad en diversos tonos, incluso dramáticos y hasta tétricos.
La Navidad, ese gran mito que ha fungido como sostén de las sociedades occidentales cristianas, tiene por lo menos dos puntos de vista: por un lado, ha sido y es aún tomada como paradigma de la felicidad, la abundancia y el amor, lo que la convierte en una época cargada de sentimentalismos que anhela una reconciliación con lo mejor del ser humano. Aunque, por otro lado, la Navidad es vista también como un fuerte motivo para la nostalgia, el recuerdo de tragos amargos, de ausencias, de tristeza, soledad y abandono. La literatura sobre la Navidad adquiere eventualmente tonos de pedagogía de moral social, lo mismo que se muestra como una denuncia a la falsedad y fracaso de lo social y sus valores.
Cuentos de Navidad, de Charles Dickens, escrita en 1843, es un clásico de la literatura navideña. La maestría y profundidad de esta obra literaria ha causado olas de reverberancia hasta nuestros días en múltiples adaptaciones de cine o teatro. La historia del escritor inglés es simple: el señor Scrooge, un anciano avaricioso, detesta la Navidad y sus celebraciones, para él, son una pérdida de tiempo cuando todo su interés está puesto en hacer negocios. Para el anciano amargado, todo va a cambiar cuando una noche lo visita el fantasma de su ex socio Jacob Marley, muerto siete años antes. El amigo, mejor dicho el espectro del amigo, llega arrastrando pesadas cadenas como castigo por su vida egoísta y le advierte a Scrooge sobre una próxima visita que le hará cambiar de parecer respecto a su adoración por el dinero. El anciano Scrooge no toma en cuenta sus palabras.
La visita anunciada son tres espíritus: los de la Navidad pasada, la Navidad presente y la Navidad futura. La primera muestra al viejo amargado su vida de infancia; la Navidad presente le muestra cómo celebra la Navidad su empleado Cratchit, pese a la pobreza y la enfermedad de uno de sus hijos; por último, la del futuro le muestra la tragedia en que se convertirá su vida al borde de la tumba. Ante esta revelación, el anciano recapacita y, como signo, sin que se sepa que es él, le envía un pavo a su empleado. El viejo Scrooge se arrepiente y redime.
Vemos en este clásico cuento de Navidad que es el sentimiento de culpa ante la amenaza de un futuro trágico lo que el autor usa para introducir su moraleja: nos presenta al futuro como un castigo por el egoísmo, pero también como posibilidad de redención después del arrepentimiento y sometimiento.
Sabemos que la obra literaria, para bien o para mal, no se puede separar de su autor, así, en Dickens, el tono melancólico, nostálgico, incluso amargo de este cuento de Navidad proviene de su infancia. A los doce años, su padre fue llevado preso, y él tuvo que trabajar todo el día en una oscura y húmeda bodega, con tan sólo la compañía de las ratas, hecho que le resultó fuertemente traumático y le lleno de desolación y resentimiento.
Sin nos detenemos en otro cuento de la época navideña, encontramos en La vendedora de cerillas un verdadero relato de estremecedor, ahora en el fin de año. El autor es ni más ni menos que el danés Hans Christian Andersen, quien con toda crudeza nos muestra el lado aterrador de la época. El argumento estremece: la última noche del año, una noche muy fría, en medio de las casi solitarias calles cubiertas de nieve, una niña harapienta y descalza camina de un lado a otro intentando vender sus cerillos que nadie compra. Agotada, se sienta en el suelo y hecha bolita para paliar el frío, saca un cerillo e intenta encenderlo sin lograrlo por la humedad, con dificultad consigue encenderlos y uno a uno los va consumiendo para darse un poco de calor. Y así, uno tras otro, mientras imagina aquellos lugares donde desearía estar. Mira al cielo y ve una estrella cruzar el cielo. “Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia Dios”, le había dicho su abuela, a la que ve de pronto aparecerse ante sí. Justo en el último fósforo, ambas se resguardan del frío. Al día siguiente, la pequeña cerillera es encontrada en la misma calle, sola y muerta de frío.
La ambigüedad afectiva que la Navidad moviliza tiene en uno de sus polos lo que se ha llamado “depresión blanca” o “blues de Navidad”, y entre sus síntomas se señalan el insomnio, la ansiedad, estados de tristeza o irritabilidad y falta de apetito.
Llama la atención que Sigmund Freud, en una carta escrita a su amigo Fliess el 1 de enero de 1896, llamada Manuscrito K: las neurosis de defensa, le agregue el subtítulo de Un cuento de Navidad. Lo cierto es que ahí, en ese texto pre-psicoanalítico, Freud expone sus primeras ideas sobre la defensa psíquica. Dirá que tanto la histeria como la neurosis obsesiva y la paranoia son respuestas a recuerdos traumáticos, y hace su recorrido por estas instancias clínicas como si fuera un cuento. En esta carta del 1 de enero dirá Freud su célebre cita: “En esta fiesta se celebra a la vez un duelo y un pacto. El primero es por algo perdido: los que no están, lo que no se logró. El pacto es un nuevo arreglo con la divinidad, sea Dios, la vida, la contingencia, el estado de cosas, lo irremediable, lo imposible, etc. En ambos casos, nos sigue convocando a desafiar al futuro” (Freud, 1896)






