Elixir

Las dos calaveras entablaron conversación ese día. Uno era el médico Zamora, muerto de cirrosis luego de años de intentos de dejar el alcohol, y que todavía conservaba los ojos amarillentos por la ictericia, aunque todo el tiempo se los tenía que acomodar en sus cuencas y, de la desesperación, a veces los aventaba, no muy lejos pues era lo único que le quedaba. El otro era Don Panchito, un comerciante de verduras que trabajaba en una central de abastos, muerto de delirium tremens, una enfermedad que altera el cerebro y provoca alucinaciones por dárselas de chelista. Creyó que Jesucristo lo llamaba y cruzó una carretera hasta que otro loco borracho le dio remate a la tremens. Don Panchito tomaba chela quemada todos los días, pues no había con qué enfriarla, mientras que el médico Zamora se la pasaba viéndolo desde lejos. Es que a Zamora se le antojaba, pero la vieja lucha que tuvo en vida, dejó como residuo aquella costumbre vouyerista de espiar a otros viciosos. Hacía un calor de aquellos que matan y se encontraron sentados debajo de una palma, al lado de una cisterna de agua enverdecida.

—¿De cuál cerveza tomas? —preguntó Zamora, con los huesos de la mano en uno de los ojos, a Don Panchito, quien miró la botella de su caguama para encontrar una etiqueta que no había.

—Pues no sé, ¿pero quieres? —le ofreció el comerciante de verduras.

—No, no, gracias.

—Pues bueno —respondió Don Panchito y regresó a la tomadera. Luego notó que el médico se le quedaba viendo todavía y,. ante eso, le dijo: —Ya tómale, se ve que quieres.

—Bueno, pero poquito —dijo con sus reservas. Pero luego, ante el miedo a satisfacer su deseo, rechazó nuevamente la oportunidad —No, no, mejor no.

—Hombre, ya estamos muertos, qué importa —y todavía le hizo unos gestos de ofrecimiento, estirando los huesos del brazo con el que sostenía la cerveza.

—No, gracias. Es que yo no soy como tú.

—¡Ah! ¿Qué? Si sólo te estoy ofreciendo. ¿A qué te refieres con eso?

—Pues sí, como tú, de los que se dejan llevar y no hacen nada al respecto.

—Pues en eso tienes razón. Solo lo disfruto compadre, y tú deberías hacer lo mismo. Qué molestia la de cargar con culpas del pasado y qué molestia son los que cargan con culpas en vida también.

—¿Estás diciendo que era mejor que me dejara llevar por el vicio, como tú?

—Otra vez con las comparaciones. Mira, amigo, pues con los 45 años que viví, fueran muchos o pocos, fue suficiente para entender que soy así y ya.

—Eres un idiota.

—Y de los finos —levantó su botella al aire y le dio un buen trago.

—Yo era como tú: un vicioso. Pero cuando empecé a perder familia y amigos me di cuenta que algo andaba mal en mí, y por eso me fui a ver a los mejores psiquiatras y a los mejores lugares para rehabilitarme.

—Y mira cómo estás —contestó Don Panchito. A Zamora se le cayeron los ojos y uno cayó cerca del pie ahuesado del primero.

—Bueno, pero debes entender una cosa —dijo mientras los buscaba —. Los genes son el destino y los padres los dioses del Olimpo. El ser humano sucumbe a sus influjos, pero a veces surge en él una pequeña conciencia —Don Panchito dio un empujoncito con su pie para acercarle un ojo—. Gracias… Y como te decía, es esa pequeña conciencia la cual puede, a veces, cambiar el curso de un par de cosas. He ahí la diferencia entre tú y yo. Yo sí quiero cambiar, tú no.

—Deja de decir tanta tontería. En ese caso, déjame decirte que entre tú y yo no existe ninguna diferencia. A lo mejor tú tienes tus ojos y yo mi chela, pero al final, el zorro es zorro y la rata es rata, la guacamaya es guacamaya, el tomate es verde y los jitomates rojos. Nunca cambiamos. Yo soy el alcohólico que lo disfruta y tú eres el de los escrúpulos por el alcohol. La rata es rata, el panteón es panteón. En ese caso, ¿quién está mejor?, ¿tú, con tu culpa, o yo, con mi chelita sostenida por esta palma de huesos que no sé cómo es que se articula? ¡Si ni siquiera hay carne!

—A ver, escucha bien, pedazo de marioneta de circo, calavera prostituta de la calle con zapatos negros —Zamora tenía la mano otra vez debajo de uno de sus ojos para que no se cayera de la cuenca —, piensa, si es que todavía piensas, que todos fuéramos haciendo el tonto por la vida. Piensa que un día a la gente que sigue viva se le puede acabar el mundo por un grupo de tontos que lo destruyen.

—Pues mira, letrado de mierda, moscas en las verduras —interrumpió aquel discurso que Zamora preparaba—, si piensas que el mundo se puede salvar de un grupo de tontos que buscan destruir el mundo, con sus bombitas, pues síguete creando cuentos, pues, aunque haya quienes creen que el mundo puede cambiar, habrá otros, por siempre, que su naturaleza será la de acabar con todo. Y aunque tengan el necio deseo de cambiar, si su naturaleza es la de lanzarnos unas bombitas a todos, por diversión o por poder, pues lo harán aunque vacilen. Así que te recomiendo que ahora que estás muerto aprendas una lección de verdad y no como las que te contaron en vida y te hicieron perder el tiempo.

Zamora había enfurecido. Agarró uno de sus ojos, porque el otro tenía que dejarlo caer, pues con la otra mano tomó la cerveza de Don Panchito y se la rompió en el cráneo. Y luego también se cayó el ojo con el que estaba viendo. Don Panchito empezó a forcejear y apretó a Zamora entre sus brazos, y Zamora peleaba sin poder ver, dando puñetazos al aire. Entonces Don Panchito lo aventó contra el suelo y Zamora anduvo de un lado a otro dando puñetazos o buscando sus ojos. Pero Don Panchito los había agarrado y le dijo que, o tomaba y aceptaba que tenía razón, o le aplastaba sus ojos. Y así, aquel día en que ya comenzaba a caer la tarde, el médico Zamora acompañó a Don Panchito en un atardecer en el que el líquido que tanto amaban corría por los poros de sus erosionados huesos. No tardaron en hacer un brindis por la muerte y porque la rata es rata y porque el jitomate es jitomate y porque el naranja es un color. Zamora perdió sus ojos y, más tarde, la cruda moral le llegaría por su imparable vicio, mientras que para Don Panchito sería un día más para disfrutar del elíxir de los mortales y los inmortales.

 

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Juan Pablo Valdez

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