El uso ertico del enojo

Canta oh, diosa la cólera funesta del pélida Aquiles

Homero. Iliada.

 

 

Hablando de la cólera: “es el afecto que surge cuando lo real atraviesa las empresas del deseo”.

Colette Soler.

 

Hace un tiempo leí un texto de un excelente teórico del psicoanálisis, Gerard Pommier, se llama Del buen uso erótico de la cólera. Un libro de lo más interesante sobre ese afecto que se piensa oscuro, el enojo o la cólera, y sus incidencias en el cuerpo. El enojo (la ira, la cólera, el berrinche en el niño), toma al cuerpo como su caja de resonancia. Con el enojo, el cuerpo muestra enrojecimiento, tensión, crispación, llanto, dolor. El diccionario de la RAE dice que el enojo es un movimiento del ánimo que suscita ira contra alguien, sus sinónimos son, enfado, irritación, exasperación, alteración, enfurecimiento, indignación, cólera, furia, mosqueo, cabreo, bronca, calentura, rebote.

Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis, decía en algún momento que había un indicio de que el niño sería un futuro obsesivo. Decía que en un momento dado el niño experimenta un profundo apego a un objeto o lugar, si su fijación ponía en predicamento a los adultos, entonces ahí se manifestaba el germen de la patología obsesiva; pues bien, los berrinches en los niños son expresión de un desborde de ira o enojo. Se trata de un incremento de excitación, un efecto agudo, algo que “hace perder el sentido de las cosas”, decía Breuer, el amigo, colega médico, y muchas veces mecenas de Freud, con quien publica Escritos sobre la histeria entre 1893 y 1895.

En el enojo, las emociones (afectos) se desbordan y las asociaciones se suspenden. En un cuadro matricial de 1926, que Freud nos muestra en Inhibición, Síntoma y Angustia, propone, en la línea del movimiento, que a las emociones, cuando se desbordan, le suceden las conmociones y lo acerca a la angustia. El enojo es un afecto habitado por aquello que Freud llamaba “pensamientos querellantes” y que Erasmo de Rotterdam menciona como aquello que aqueja a los “discutidores empedernidos”, en su Elogio de la estulticia. De la ira, de esa pasión que nos aplasta, es algo de lo que hay que curarse. Pinel llamaba a la ira “locura breve” y Esquirol decía que la ira o cólera estaba vinculada con la furia maniaca.

El enojo o la ira no pueden existir sino como ese resto que implica la relación del sujeto con el Otro, se manifiesta cuando se rompe la trama simbólica que se teje entre ambos. Y, sin duda, la ira también está vinculada con la agresividad. Ocurre cuando algo en la relación con el Otro reporta pura pérdida, absoluto caos.

Se han mencionado a lo largo de la historia dos vertientes de la ira, es un afecto bifronte: una cara es la ira ardiente y la otra la ira fría. La primera se presenta ante la pérdida de cualquier posibilidad, en la “sin remedio” como se dice, la ira se presenta cuando, ante una situación, se está perdido y sólo prevalece el impulso presente. La otra, la ira fría, por el contrario, implota, se retiene, se contiene, se agazapa, acecha en espera de la oportunidad de descargarse sobre el objeto con el que mantiene una identificación mórbida. Ya sea por la vía de la implosión o explosión, el enojo es un afecto de gatilleo, formación reactiva; el odio no, el odio genera estrategias de destrucción; la ira, el enojo, destruye y ya.

La ira, el enojo, sin embargo, aunque convocado a la destrucción, también tiene una cara vivificante: es un llamado a la renovación. Incluso, en griego enojo o ira se dice Thymos, y significa inspiración. El enojo es un buen aditivo para la renovación, se trata del buen uso erótico de la cólera. Siempre ha despertado curiosidad el afecto del enojo. En la teoría de los humores, planteada por Hipócrates y desarrollada por Galeno, se propone que estamos conformados por cuatro humores o líquidos: la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra. Y estos se corresponden o generan predisposición hacia un tipo de temperamento: el sanguíneo, el flemático, el colérico y el melancólico. Tenemos aquí el temperamento colérico relacionado con la bilis amarilla. Decían que es en la juventud cuando esta sustancia, la bilis amarilla, predomina y es lo que nos hace irritables y violentos.

Hay diversas expresiones literarias o míticas que revelan la existencia e incidencia de la ira, por ejemplo, la ira de Dios; existen múltiples expresiones biblícas al respecto, como se puede leer en Isaías 13-9: “He aquí, el día del Señor viene, cruel, con furia y ardiente ira, para convertir en desolación la tierra y exterminar de ella sus pecadores”. La ira como respuesta ante la falta, el pecado, se trata de una ira justiciera. También se sabe de la ira en Aquiles, en la Ilíada, esta ira está basada en la venganza. Desde el primer verso de la Ilíada sabemos que se trata de la cólera de Aquiles. Ocurre que Agamenón le arrebata a su esclava Briseida, Aquiles, siendo un semidios, reacciona cegado de furia y, justo antes de desenvainar su espada, la diosa Atenea lo detiene. Tenemos entonces, por un lado, a la ira como una acción de justicia y, por el otro, la venganza, en Aquiles, como impulsoras del enojo y su arrebato destructivo.

Sin duda, en ambas tramas se cumple aquello que el psicoanalista francés Jacques Lacan decía de la cólera como un afecto que ocurre cuando las cosas no ocurren como se espera, las clavijas no encajan en los hoyitos. Otra relevante psicoanalista Colette Soler, al hablar de los afectos, señala a la cólera como un afecto que surge cuando lo real (lo imposible) atraviesa las empresas del deseo. El enojo es una respuesta ante lo imposible, es una reacción ante lo real. Cuando el Otro falta o no responde, uno de los posibles afectos es el enojo. Cuando el Otro falta en el sujeto se actualiza la condición original de desamparo (Hilflosigkeit) que le precede. El enojo se manifiesta con frecuencia con el malhumor, que aparece también cuando el sujeto no puede hacer otra cosa con aquello que se presenta como disruptivo.

La ira se muestra en una acción de descarga inmediata, no ocurre así con la angustia ni con el terror, según escribe Breuer en Estudios sobre la histeria. En el caso del terror, la tendencia no es a la acción motriz sino a la parálisis, se suspenden las asociaciones, como ya se decía.

Cuando la cólera, el enojo o la ira no se pueden tramitar en acciones motrices se transmuta en palabras surgiendo el dicho cólerico, expresión que desborda el control de lo que se dice y que escapa a la voluntad. Sigmund Freud ubica a la obsesión como el principal portador de la ira (junto con la duda y el remordimiento). Se trata de un enojo recurrente con intenciones agresivas, en particular contra aquel o aquella que ubica como quien imposibilita su goce, con frecuencia el padre. Se trata de una defensa frente a la angustia que se traduce en otro afecto, como la ira o el enojo. Freud nos señala que la angustia tiene valor de cambio, escribe: “es la moneda corriente por la cual se cambian o pueden cambiarse todas las mociones afectivas cuando el correspondiente contenido de representación ha sido sometido a represión”.

Jacques Lacan nos ilustra aún más con respecto a este afecto del enojo o la ira, se trata de un afecto que está en relación con lo simbólico, pero no es ni significante ni representación. La cólera, la ira, el enojo, son efectos análogos que señalan la irrupción de lo real y con ello la ruptura de una trama simbólica, escribe Lacan: “… lo real que llega en el momento en que hemos hecho una bella trama simbólica, en que todo va muy bien, el orden, la ley, nuestro mérito y nuestra buena voluntad. De repente nos damos cuenta que las clavijas no entran en los agujeritos. Ese es el origen del afecto de la cólera”. La cólera es la respuesta que se nos impone cuando las cosas no salen como esperamos, se trata de una agresividad hacia el otro o consigo mismo, como producto de que la emergencia de lo real rompe las ilusiones y produce una herida narcisista, y sabemos que la agresividad es la respuesta ante una herida narcisista. Una cuestión complicada en una época que nos mandata gozar a toda costa, bajo el slogan de “todo se puede”.

Quizás el psicoanálisis, ese último oasis para la subjetividad, sea una posibilidad de hacer un uso erótico (de vida) al promover un movimiento del goce que en el enojo se juega al a la construcción de un otro lazo con el Otro.

 

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Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanaltica. Miembro fundador de la Fundacin Social del Psicoanlisis. Ha sido Director fundador de la Maestra en Psicoanlisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicologa. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del pas y atiende clnica en prctica privada en Puebla.

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