{"id":924,"date":"2022-01-14T12:55:11","date_gmt":"2022-01-14T12:55:11","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2022\/01\/14\/venerable-maestro\/"},"modified":"2022-01-14T12:55:11","modified_gmt":"2022-01-14T12:55:11","slug":"venerable-maestro","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/cronica\/venerable-maestro\/","title":{"rendered":"Venerable maestro"},"content":{"rendered":"<h6>Portada: foto de la autora<\/h6>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Su apellido es Chiquito, aunque no por su tama&ntilde;o. El maestro Ra&uacute;l cuenta que su apellido real viene de dos apellidos en n&aacute;huatl: Xocoyotl y Cocotl. Me dice que en alg&uacute;n momento alguien decidi&oacute; que era m&aacute;s f&aacute;cil traducirlos al espa&ntilde;ol y los unieron en la palabra Chiquito. Le llaman maestro por su rol en la comunidad y porque da clases de n&aacute;huatl, pero en su juventud estudi&oacute; la carrera de ingenier&iacute;a qu&iacute;mica, aunque su coraz&oacute;n estaba m&aacute;s en las revueltas juveniles. Su casa est&aacute; en San Bernardino Tlaxcalancingo, nuestro punto de encuentro. Para m&iacute; es la primera vez, aunque he vivido en San Andr&eacute;s Cholula durante casi nueve a&ntilde;os. Subo a mi auto y comienzo la ruta.<\/p>\n<p>Subir al perif&eacute;rico provoca la sensaci&oacute;n que con certeza Manuel Bartlett so&ntilde;&oacute; para la ciudad y que Moreno Valle termin&oacute; de inyectar en los poblanos (y en todo aquel que visite la ciudad): Puebla es una metr&oacute;poli. Tres carriles de asfalto hidr&aacute;ulico de ida y tres de regreso, divididos por una elegante ciclov&iacute;a de piso en tart&aacute;n azul &mdash;para evitar el desgaste de las rodillas al correr&mdash;, con jardines y puentes para bicicletas que te llevan, sin tener que cruzarte con un solo carro, hasta la Estrella de Luz en una de las zonas m&aacute;s exclusivas de la ciudad, rodean a la quinta ciudad m&aacute;s grande del pa&iacute;s. En el horizonte, una <em>skyline<\/em> de rascacielos de oficinas y departamentos de lujo que se acomodan por secciones habitacionales cada vez m&aacute;s costosas en direcci&oacute;n a Atlixco.<\/p>\n<p>Tomo la salida hacia Camino Real a Santa Clara. Tras una curva pronunciada y una ligera rampa, doy de frente con un maizal. El rugir de los carros cruzando el perif&eacute;rico se queda atr&aacute;s con tal rapidez que siento como si me hubiera quedado sorda de repente. El asfalto se acaba y comienzo a brincotear en el asiento por los adoquines bajo las llantas. Avanzo con el carro en segunda para no incomodar a los perros que me miran con pereza, acostados casi a mitad de la calle disfrutando del sol, sin ninguna intenci&oacute;n de moverse para dejarme pasar. &ldquo;Qu&eacute; afortunados&hellip;&rdquo;, pienso con iron&iacute;a.<\/p>\n<p>Aqu&iacute; la gente vive bien. Casi todas las propiedades est&aacute;n sobre terrenos divididos en dos: de un lado la casa y del otro un maizal o una plantaci&oacute;n de nopales.<\/p>\n<p>Me estaciono frente a una casa de color azul con ventanas delineadas en blanco y un jard&iacute;n en el que hay un &aacute;rbol cuyas ramas esconden parcialmente a un Volkswagen Caribe color gris. Por la cantidad de hojitas secas y ramas que tiene encima da la impresi&oacute;n de que fuera una versi&oacute;n m&aacute;s compacta del DeLorean que alg&uacute;n viajero del tiempo est&aacute; tratando de hacer pasar desapercibida.<\/p>\n<p>&mdash;Hola, mucho gusto, y muchas gracias por ayudarme &mdash;Le digo a Faby, a quien solo conozco por mensajes de <em>Whatsapp<\/em> y que ha fungido como intermediaria para presentarme al maestro. Ella me saluda y la sigo mientras me dice que el maestro desde hace un tiempo le ense&ntilde;a a hablar n&aacute;huatl. Llegamos a la puerta donde hay un mosquitero con marco de madera. Por alg&uacute;n motivo, me sigo esforzando por recordar que contin&uacute;o en Puebla. Aguzo el o&iacute;do intentando escuchar los autos del perif&eacute;rico, pero no escucho nada, solo el ruidito de unos p&aacute;jaros y el movimiento de las ramas de los &aacute;rboles por el viento. El maestro sale de su casa, extiende una mano y me la ofrece. Nos estrechamos la mano. Ten&iacute;a mucho tiempo sin hacer eso.<\/p>\n<p>&mdash;Ahora vamos a tener que lavarnos las manos &mdash;me dice y me imagino que sonr&iacute;e un poco debajo de la tela gris del cubrebocas. &Eacute;l tampoco puede ver que le sonr&iacute;o, pero los dos sabemos que as&iacute; fue.<\/p>\n<p>Nos ofrece sentarnos en unas sillas de madera diminutas mientras &eacute;l se sienta en el escal&oacute;n frente a la entrada de su casa. Faby saca de su bolsa un saquito de caf&eacute; y se lo entrega, como agradecimiento por recibirnos. Con esto me doy cuenta de que no vengo preparada, aqu&iacute; hay costumbres que desconozco.<\/p>\n<p>Es un hombre de 65 a&ntilde;os, pero al mirarlo no soy capaz de calcular su edad. Solo la s&eacute; porque me dice que naci&oacute; en 1956. Est&aacute; vestido para el fr&iacute;o de la temporada, con botas y chamarra gruesa que lleva entreabierta y me permite ver que su camisa es una guayabera color rojo con bordados de florecitas en tiras verticales, lleva tambi&eacute;n un sombrero tipo fedora de pana oscuro. Solo puedo ver sus ojos porque el cubrebocas le cubre la mitad de la cara. Son negros y me miran entre desconfiados y atentos. Me pregunto si se est&aacute; intentando hacer un juicio sobre m&iacute;.<\/p>\n<p>El maestro Ra&uacute;l Chiquito naci&oacute; en Mayorazgo, donde sus pap&aacute;s se conocieron en una f&aacute;brica textil en la que su pap&aacute; trabajaba como obrero y su mam&aacute;, para los due&ntilde;os. Pero despu&eacute;s de un a&ntilde;o de vida lo trajeron a Tlaxcalancingo. Aqu&iacute; sus pap&aacute;s compraron, entre los dos, el terreno de la casa donde creci&oacute;. Cuando le pregunto si tambi&eacute;n ellos ten&iacute;an plant&iacute;os como los que vi al llegar, me explica con detenimiento sobre los tipos de cultivos que se acostumbra tener por aqu&iacute;. Inmediatamente noto, por el manejo de conceptos, que sabe muy bien de lo que est&aacute; hablando. Se expresa con calma, usa palabras complejas sobre agricultura y qu&iacute;mica mientras yo me empiezo a preocupar de no poder recordar o entenderlo todo. Por suerte me permiti&oacute; grabar nuestra conversaci&oacute;n.<\/p>\n<p>&mdash;Maestro &iquest;c&oacute;mo fue crecer aqu&iacute; antes de que existieran el perif&eacute;rico, los edificios y la zona comercial de Angel&oacute;polis?<\/p>\n<p>&mdash;El pueblo de Tlaxcalancingo tiene su origen por ah&iacute; de la llegada de los espa&ntilde;oles. Ahora ya m&aacute;s o menos me voy enterando de que ya estaba habitado cuando llegan de Tlaxcala a habitar la zona. Hab&iacute;a un grupo de xochimilcas de este lado, que vinieron a vivirse antes de la llegada de los espa&ntilde;oles. Despu&eacute;s de la llegada de los espa&ntilde;oles, cuando ya vencieron a los mexicas, se viene un grupo, de contra, de Tlaxcala a fundar un barrio ac&aacute;. Otro pueblo, y as&iacute; fue creciendo. Con migraciones, sobre todo de Tlaxcala.<\/p>\n<p>Se queda callado. No s&eacute; si insistir con mi pregunta. Estira las piernas y cruza una sobre la otra. Noto que tiene en las manos un pedazo de mecate blanco y que juega con &eacute;l, distra&iacute;do, mientras habla, haciendo un aro y despu&eacute;s un nudo que va apretando con los dedos.<\/p>\n<p>&mdash;A m&iacute; vienen muchos a preguntarme &mdash;se r&iacute;e, como apenado&mdash;&hellip; y yo, entre otras cosas, les digo: estamos viviendo en el futuro. Estamos viviendo en un lejano futuro, porque si ustedes comparan el 1960 con 1860 no van a ver mucha diferencia. Algunos elementos como el tendido el&eacute;ctrico ya hab&iacute;an llegado, pero muy escaso. La t&eacute;cnica de las casas de adobe, con el cercado de carrizos y los nopales al lado&hellip;vete a 1600 y casi es todo igual. Los sembrad&iacute;os de la milpa. Todo era casi igual. Pero en 60 a&ntilde;os, de 1960 para 2020 podemos decir que nos trasladamos como tres mil a&ntilde;os al futuro. Antes la m&uacute;sica nos la pon&iacute;an en el radio, mis pap&aacute;s ten&iacute;an un radio que nos llev&aacute;bamos a la milpa. Ahora ya todos pueden traerla en este aparatito &mdash;saca de su bolsillo un celular inteligente marca Samsung, me llama la atenci&oacute;n lo cuidado que est&aacute;. No tiene ni un rasp&oacute;n, parece nuevo&mdash;. &iquest;Has escuchado a Mercedes Sosa? &mdash;Me pregunta mientras habilidosamente busca YouTube y pone una canci&oacute;n nost&aacute;lgica de una cantante con acento argentino y una guitarra espa&ntilde;ola.<\/p>\n<p>Ahora tenemos m&uacute;sica de fondo. Una cantante de folclor argentino. Me cuenta que en los a&ntilde;os setenta &eacute;l pod&iacute;a subir a lo que ahora es la carretera a Atlixco y no ver pasar m&aacute;s que un solo cami&oacute;n en todo el d&iacute;a. Que toda esa zona estaba vac&iacute;a. A&uacute;n as&iacute; sus padres se aseguraron de que fuera a la escuela, a la secundaria Venustiano Carranza, donde iba gente de todas las clases sociales y que era de las m&aacute;s prestigiosas de Puebla en aquellos a&ntilde;os.<\/p>\n<p>&mdash;Ven&iacute;a gente hasta de Chipilo, ya ves que all&aacute; son italianos. Y los de la Paz, que ser&iacute;an los <em>fifis <\/em>de ahora, y hasta los <em>chairos<\/em> de los barrios de los alrededores. Los vecinos dec&iacute;an que a qu&eacute; iba yo a perder el tiempo, que me fuera a ayudar a la milpa, a la pisca. Pero fue mi mam&aacute; la que dijo: &iexcl;no! &mdash;se detiene un segundo, pero parece m&aacute;s tiempo. Le brillan los ojos y cuando vuelve a hablar pareciera que se le entrecorta un poco la voz&mdash;&hellip; se va a estudiar la secundaria.<\/p>\n<p>En la familia del maestro Chiquito se habl&oacute; siempre el n&aacute;huatl. &Eacute;l cuenta que su abuela era lo &uacute;nico que usaba para comunicarse, no quer&iacute;a hablar en espa&ntilde;ol. Fue su mam&aacute;, quien trabajaba en la casa de los due&ntilde;os de la f&aacute;brica Mayorazgo, la que empez&oacute; a prohibirles hablar ese idioma. Los urg&iacute;a a hablar en espa&ntilde;ol para que no los rechazaran, pues en la f&aacute;brica se burlaban de los que no sab&iacute;an hablar espa&ntilde;ol bien, porque dec&iacute;an cosas antiguas como <em>ansina<\/em> y <em>mesmamente<\/em>. Pero &eacute;l siempre se mantuvo curioso y escuchaba a escondidas cuando los adultos lo usaban hasta poderlo entender a la perfecci&oacute;n. Tambi&eacute;n tuvo una novia que en una ocasi&oacute;n lo invit&oacute; a la monta&ntilde;a con su familia y ah&iacute;, gracias a que sab&iacute;a el idioma, pudo disfrutar de las leyendas de boca de la abuela, alrededor de una fogata. Leyendas que aclaran el nombre del volc&aacute;n Malinche, al que yo siempre escuch&eacute; que le llamaban as&iacute; por &ldquo;traicionera&rdquo;, pero que en realidad se llama Malintzin (como la interprete despu&eacute;s convertida en Do&ntilde;a Marina) y que obtuvo ese nombre por un supuesto romance extramarital con el Popocat&eacute;petl, que result&oacute; en embarazo&hellip;<\/p>\n<p>El trabajo de toda su vida ha sido luchar contra s&iacute; mismo. Con las cosas que cre&iacute;a eran las correctas y despu&eacute;s deshacerlo todo y volver a empezar. En sus a&ntilde;os de estudiante en la BUAP se vio muy influenciado por el &eacute;xodo de profesores universitarios que ocasion&oacute; la dictadura de Pinochet. &Eacute;l cuenta que le dec&iacute;an la <em>universidad marxista<\/em>, porque tra&iacute;an consigo libros que hac&iacute;an escandalizarse a la derecha poblana. En Tlaxcalancingo no hab&iacute;a una biblioteca con esas obras, entonces Ra&uacute;l decidi&oacute; poner una. Uno de sus primeros actos en la comunidad. Despu&eacute;s de eso vinieron los secuestros de camiones para llamar la atenci&oacute;n de las autoridades, para hacerles ver que en Tlaxcalancingo no se dejar&iacute;an oprimir, que estaban organizados. Exig&iacute;an que redujeran las tarifas del transporte p&uacute;blico, que los dejaran vender sus cosechas en la ciudad, que les dieran un espacio en la administraci&oacute;n municipal.<\/p>\n<p>&mdash;La ventaja es que no me cas&eacute; joven. Por eso es que hay tantas cosas aqu&iacute; en Tlaxcalancingo, porque yo y otro se&ntilde;or, que se llama Euseberto Chiquito, nos dedicamos de lleno a la actividad pol&iacute;tica, social, obras de teatro, en fin, todo eso. En los noventa era una anomal&iacute;a tener 33 a&ntilde;os y no estar casado. Andr&eacute;s Coyotl, mi amigo, lleg&oacute; un d&iacute;a a mi casa, eran las ocho de la ma&ntilde;ana y yo segu&iacute;a durmiendo. Entr&oacute; a mi casa y me dijo: &ldquo;estoy preocupado&hellip; &iquest;qu&eacute; no te gustan las mujeres? &iquest;O qu&eacute; pasa contigo? &iquest;Por qu&eacute; no te has casado?&rdquo;<\/p>\n<p>&Eacute;l ten&iacute;a otras cosas en mente: antes de pensar en hacer cargos religiosos de mayordom&iacute;as o casarse, quer&iacute;a terminar su carrera, seguir en las actividades culturales para acercar lo que &eacute;l consideraba la cultura a la comunidad. Sent&iacute;a que la vida de occidente, la europea, era la que deb&iacute;a seguirse, a la que deb&iacute;an aspirar a parecerse. En una ocasi&oacute;n organiz&oacute; en el atrio de la iglesia la obra de Jesucristo Super Estrella. &Eacute;l fue el mism&iacute;simo Jes&uacute;s. Estaba atorado entre culturas, entre idiomas. Parado en un pueblo al que la modernizaci&oacute;n se empezaba a devorar. Sent&iacute;a que deb&iacute;a abrir los ojos a su gente, que aprendieran del mundo, as&iacute; como &eacute;l hab&iacute;a aprendido. Quer&iacute;a traer la cultura a Tlaxcalancingo.<\/p>\n<p>No fue hasta mediados de los noventa cuando se dio cuenta que ser ingeniero qu&iacute;mico le hab&iacute;a ganado tan solo un trabajo en las refresqueras, con sueldos miserables. Entonces decidi&oacute; volverse carpintero. Aprendi&oacute; el oficio con habilidad y empez&oacute; haciendo trabajitos. Para ese entonces empezaron a llegar personas de la capital. Su amigo, aquel tan preocupado por su solter&iacute;a, le consigui&oacute; trabajo con un se&ntilde;or llamado Julio Glockner, hijo. Le pidi&oacute; que hiciera todos los detalles de su casa en madera: puertas, ventanas, muebles, libreros. Se fue entonces a trabajar a esa casa. Cuando termin&oacute; los libreros sigui&oacute; con los otros muebles, mientras Glockner los llenaba con una gran cantidad de libros, que lo deslumbraron.<\/p>\n<p>&mdash;Hab&iacute;a de nahuatlismo, diccionarios de n&aacute;huatl, historia de M&eacute;xico. Yo le pregunt&eacute; a qu&eacute; se dedicaba y me dijo que era antrop&oacute;logo. &Eacute;l y su esposa lo eran. &iquest;Me vas a prestar uno de estos libros?, le pregunt&eacute;. Y me dijo bien tranquilo: s&iacute;, s&iacute;, ll&eacute;vate los que quieras&hellip;<\/p>\n<p>Despu&eacute;s la voz se corri&oacute; y otra familia lo contrat&oacute;: los Gatica Fern&aacute;ndez, que ten&iacute;a mala fama en el pueblo, o al menos as&iacute; lo cuenta el maestro, pues la gente que hab&iacute;a ido a trabajar con ellos comentaba que los trataban mal.<\/p>\n<p>&mdash;Por eso se me hizo bien raro cuando me preguntaron por un maestro de n&aacute;huatl. Me dijeron que eran parte de una organizaci&oacute;n y que necesitaban a un maestro porque quer&iacute;an que en la preparatoria se ense&ntilde;ara ese idioma, y pues como yo siempre lo he escuchado, s&iacute; sab&iacute;a. Y me contrataron.<\/p>\n<p>A su clase la llam&oacute; &ldquo;lengua e historias mexicanas&rdquo;, pero a los muchachos de la preparatoria no les gustaba el tema, se preguntaban porqu&eacute; deb&iacute;an estudiarlo. El maestro Chiquito no sab&iacute;a qu&eacute; contestarles, aunque sent&iacute;a el impulso de algo m&aacute;s fuerte que &eacute;l, una especie de llamado, como si esa b&uacute;squeda de traer &ldquo;la cultura&rdquo; a su pueblo, por la que tanto hab&iacute;a trabajado en su juventud, se empezara a revelar m&aacute;s clara en su mente. Tal vez la cultura no deb&iacute;a traerse, sino que ya exist&iacute;a en Tlaxcalancingo.<\/p>\n<p>Por su amistad con Julio Glockner Rossainz se decidi&oacute; a estudiar antropolog&iacute;a. Ten&iacute;a m&aacute;s de treinta a&ntilde;os y eran los noventa. Pero eso no lo intimid&oacute; y se inscribi&oacute; nuevamente en la BUAP, donde &eacute;l cuenta que desde su primer d&iacute;a hizo amigos.<\/p>\n<p>&mdash;Una muchacha jovencita se sent&oacute; a lado m&iacute;o, y de su bolsa, mientras llegaba el profe, sac&oacute; una torta y la parti&oacute; a la mitad y me invit&oacute;. Y yo que cre&iacute;a que me iban a discriminar por mi edad.<\/p>\n<p>La antropolog&iacute;a result&oacute; ser lo suyo. Se encontr&oacute; fascinado por las c&aacute;tedras de los profesores. En su grupo de estudio marxista, aquel que hab&iacute;a armado con sus amigos del pueblo, empez&oacute; a refutar desde la antropolog&iacute;a los argumentos de sus compa&ntilde;eros. Juntos siguieron haciendo mucho trabajo por la comunidad: crearon un programa de radio, hicieron un partido pol&iacute;tico llamado La Uni&oacute;n Popular de Tlaxcalancingo, y levantaron el Xochipitzahuac o La Fiesta de los Pueblos Indios, en los que organizan danzas, exposiciones gastron&oacute;micas y culturales.<\/p>\n<p>Todo esto sucedi&oacute; en los noventa, mientras la administraci&oacute;n de la ciudad de Puebla miraba hacia los terrenos de cultivo de la zona y se frotaba las manos con anticipaci&oacute;n. Un d&iacute;a, sin m&aacute;s, se acercaron representantes del gobierno a los ejidatarios. Les dijeron que les iban a expropiar los terrenos porque toda esa zona, lo que ahora conocemos como Angel&oacute;polis, se iba a convertir en una reserva ecol&oacute;gica.<\/p>\n<p>&mdash;S&iacute; conoces ah&iacute; por la estrella de Puebla, &iquest;no? Ah&hellip; pues ah&iacute; era el terreno de mi abuelito. Ah&iacute;, todo eso hasta donde est&aacute; el restaurante Sanborns. El terreno del centro comercial que est&aacute; enfrente era de mi t&iacute;o Pedro&hellip; Todo eso eran nuestros terrenos. Se los expropiaron a cinco pesos el metro. En ese tiempo habr&aacute;n sido 50 mil pesos.<\/p>\n<p>Mariano Pi&ntilde;a Olaya, ex gobernador de Puebla, expropi&oacute; la zona que ahora conocemos como Angel&oacute;polis y despu&eacute;s vendi&oacute; los terrenos m&aacute;s caros, en d&oacute;lares. El maestro Chiquito cuenta que buscaron llamar la atenci&oacute;n de la gente, demostrarles que esos terrenos expropiados eran productivos. Pusieron una exposici&oacute;n en el z&oacute;calo de Puebla, llevaban sus cosechas para que la gente los ayudara. Pero no pudieron contra el monstruo que los acechaba. Se dedicaron a separarlos uno por uno. Los fueron enemistando, les vendieron la idea de que era una buena acci&oacute;n dejar esas tierras para un centro ecol&oacute;gico. La realidad ya la conocemos todos: Angel&oacute;polis es una zona comercial de lujo, mientras que la lucha del maestro Chiquito se convirti&oacute; en lo que ahora conocemos como la Feria del Nopal.<\/p>\n<p>&mdash;Toda esa zona era nuestro campo. Nos &iacute;bamos hasta el r&iacute;o, antes de que pusieran la carretera, y tra&iacute;amos chapulines, hongos, hierbas, aves, hab&iacute;a hasta pececitos en los riachuelos para hacer caldos&hellip; En fin. Despu&eacute;s de eso, yo ya ten&iacute;a esposa e hijo y nos &iacute;bamos a caminar, y ya estaban construyendo ciudad judicial.<\/p>\n<p>Lo miro incr&eacute;dula. No consigo hacerme a la idea de que ese hombre que tengo frente a m&iacute; pudo ser el due&ntilde;o del terreno del <em>Sanborns<\/em> de Angel&oacute;polis. &iquest;C&oacute;mo pudo soportarlo? Ver a otras personas hacerse millonarias. Me pregunto que se sentir&aacute; ser el y pasar ahora por eso edificios, esas construcciones. Pero la diferencia entre el maestro Chiquito y yo, y todos los que crecimos en el mundo cruzando el Perif&eacute;rico, es que para su cultura no existe la idea de acumulaci&oacute;n. &Eacute;l me explica que la cultura ind&iacute;gena no piensa como nosotros porque no es capitalista. La gente nace y existe, as&iacute; como una planta o el ma&iacute;z, o las nubes. Existen y no tienen que hacer nada m&aacute;s que ser, y ya tan solo por eso son preciosas.<\/p>\n<p>Me dice que por eso es tan importante saber n&aacute;huatl, que en M&eacute;xico no hablamos espa&ntilde;ol, sino <em>espanahuatl<\/em>, y que sabiendo el idioma entender&iacute;a como este representa toda una cosmovisi&oacute;n de las costumbre e ideales de la gente prehisp&aacute;nica. Me cuenta, para explicarme, que unos a&ntilde;os atr&aacute;s lleg&oacute; de Espa&ntilde;a una ling&uuml;ista que se qued&oacute; maravillada con la manera en que la gente hablaba el espa&ntilde;ol.<\/p>\n<p>&mdash;Me dijo que hab&iacute;a ido al mercado y hab&iacute;a escuchado una conversaci&oacute;n de unas marchantas:<\/p>\n<p>&ldquo;Comadrita, gu&aacute;rdeme tantito mis ollitas, voy rapidito a traer unos frijolitos, ahoritita vengo&hellip;&rdquo;<\/p>\n<p>&Eacute;l le explic&oacute; aquellas formas de ver, de manera tan sagrada, a la vida y a las cosas vivas que de la tierra nacen. Le dijo que los pobladores prehisp&aacute;nicos demostraban con el idioma lo venerable que estas eran. Para ello ten&iacute;an el sufijo <em>tzin<\/em>. Entonces una flor, que en n&aacute;huatl es &ldquo;xochitl&rdquo;, al mencionarla con respeto se volv&iacute;a &ldquo;xochitltzin&rdquo;. Al llegar el idioma castellano a nuestras tierras, se busc&oacute; la mejor forma de traducir ese concepto y solo lo lograron con el diminutivo <em>ito<\/em>. Lo que aquella ling&uuml;ista escuchaba era simplemente la traducci&oacute;n del nombramiento respetuoso a los objetos, personas y frutos que de la tierra nacieron.<\/p>\n<p>El maestro Chiquito me ha dado una ense&ntilde;anza de vida, no tan solo por los datos hist&oacute;ricos de la ciudad, si no por su forma de entenderla. &Eacute;l nunca busc&oacute; riquezas ni poder. En todo momento busc&oacute; lo m&aacute;s importante que &eacute;l asegura hay en la vida, compartir. Por eso dedic&oacute; su vida a su pueblo, a su cultura y hasta hoy, en medio de una pandemia que parece eterna, me recibe con humildad y me cuenta un poco de lo que fue Tlaxcalancingo y mientras me despido de &eacute;l me pregunto cuanto tiempo m&aacute;s falta para que la vida de consumo devore estas tierras y se lleve consigo al venerable maestro Chiquito, al tlamachtiani<em>tzin<\/em>.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Portada: foto de la autora &nbsp; Su apellido es Chiquito, aunque no por su tama&ntilde;o. El maestro Ra&uacute;l cuenta que su apellido real viene de dos apellidos en n&aacute;huatl: Xocoyotl y Cocotl. Me dice que en alg&uacute;n momento alguien decidi&oacute; que era m&aacute;s f&aacute;cil traducirlos al espa&ntilde;ol y los unieron en la palabra Chiquito. 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