{"id":571,"date":"2021-07-13T13:54:27","date_gmt":"2021-07-13T13:54:27","guid":{"rendered":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/consultario\/2021\/07\/13\/marcel-proust-los-celos-masculinos\/"},"modified":"2021-07-13T13:54:27","modified_gmt":"2021-07-13T13:54:27","slug":"marcel-proust-los-celos-masculinos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/kaos\/marcel-proust-los-celos-masculinos\/","title":{"rendered":"Marcel Proust: los celos masculinos"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><em>Los pesares de mis celos retrospectivos proced&iacute;an del<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em> mismo error de &oacute;ptica que en los dem&aacute;s hombres.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Marcel Proust<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Con motivo de la conmemoraci&oacute;n de los 150 a&ntilde;os del nacimiento del escritor franc&eacute;s Marcel Proust (10 de julio de 1871), autor de la extraordinaria novela <em>En busca del tiempo perdido<\/em>, rescatamos este texto, con ligeras modificaciones, publicado en este mismo espacio en 2017.<\/p>\n<p>Los celos son un tema que cruza toda la obra del escritor franc&eacute;s Marcel Proust. Para &eacute;l, los celos pertenecen a esa familia de dudas enfermizas que est&aacute;n en el coraz&oacute;n del amor, son lo m&aacute;s propio de &eacute;ste y tienen la cualidad de hacernos m&aacute;s desconfiados y m&aacute;s cr&eacute;dulos al mismo tiempo. Los celos, en Proust &mdash;mejor dicho, el uso que el escritor hace de los celos en pr&aacute;cticamente todos sus personajes masculinos&mdash; no tienen como fin acercarse a la verdad sino disfrazarla con el saber.<\/p>\n<p>El celoso no es un amante del conocimiento sino de la suposici&oacute;n. Incluso podemos decir que cuando se interroga sobre la verdad de sus celos lo hace s&oacute;lo para poder tener la respuesta que disipe sus dudas. El amante celoso realiza una investigaci&oacute;n comparable a la de un erudito, busca s&oacute;lo para desmentir lo que ya sabe, busca los indicios que le permitan seguir creyendo.<\/p>\n<p>Para Sigmund Freud, inventor del mayor dispositivo de exploraci&oacute;n de la psique conocido hasta nuestros d&iacute;as, los celos responden a dos factores: por un lado, la proyecci&oacute;n de la propia tendencia a la infidelidad, sea o no reconocida &mdash;celos proyectivos les llama&mdash;; y por otro lado, se&ntilde;ala como factor generador una homosexualidad inconsciente que llevar&iacute;a a los celos delirantes. Para el maestro vien&eacute;s, la g&eacute;nesis de los celos es de car&aacute;cter ed&iacute;pico. La primera vivencia se remonta a la aparici&oacute;n de los primeros rivales de amor (los hermanitos, los pares) y al rival mayor (el padre), frente a quien hay que asumir perder al objeto amado, la madre. As&iacute;, los celos siempre tienen car&aacute;cter restrospectivo.<\/p>\n<p>Siguiendo los pasos de Freud, Lacan va m&aacute;s all&aacute; y nos muestra que los celos masculinos, adem&aacute;s de ser resultado de la duplicidad del objeto de amor y de deseo en la mujer, apuntan al desdoblamiento de la mujer con respecto a su goce. Mientras que &eacute;l la quiere toda para &eacute;l, ella tiene un goce que va m&aacute;s all&aacute; de &eacute;l, que no comparte con &eacute;l. Los celos se activan y se sostienen no por otro hombre sino, esencialmente, ante la &ldquo;evidencia&rdquo; de otro goce. Algo de esto podemos ver ilustrado en la novela <em>Albertine desaparecida<\/em>, de Marcel Proust.<\/p>\n<p>Poco antes de morir, en noviembre de 1922, Marcel Proust emprende una revisi&oacute;n profunda de su novela <em>Albertine desaparecida<\/em> (tiempo despu&eacute;s fue editada bajo el t&iacute;tulo de <em>La fugitiva<\/em>). La muerte lo sorprende y este trabajo intenso solamente fue publicado de manera p&oacute;stuma en 1925. La novela es continuaci&oacute;n de <em>La prisionera<\/em>, que es su novela anterior.<\/p>\n<p><em>Albertine desaparecida<\/em> es un cat&aacute;logo de las decepciones amorosas de su protagonista, con sus secuelas de celos e infidelidades. S&oacute;lo la literatura puede hacerle un lugar en la vida, es su tabla de salvaci&oacute;n. Albertine Simonet muestra un amor intermitente, lleno de dudas y deseos de infidelidad. No hay l&iacute;mite para que el deseo de infidelidad se exprese, m&aacute;s aun, habita el rec&oacute;ndito espacio de ella, traiciona a su amado una y otra vez, incluso m&aacute;s all&aacute; de la vivencia, es decir de manera fantaseada. Le llena de dudas. El autor nos muestra con ella, de manera directa y descarnada, el tiempo de la incertidumbre que es justamente el tiempo del amor. En realidad Proust nos deja ver aqu&iacute; una ampliaci&oacute;n de un tema que es eje de muchas de sus novelas y que le nombra como &ldquo;los faros giratorios de los celos&rdquo;, que no es sino el fondo, el tel&oacute;n de fondo como se dice, de las relaciones sociales. Nos muestra la potencia agresiva y destructiva de la pasi&oacute;n amorosa, pero tambi&eacute;n de la homosexualidad, y de las acciones creativas, el tiempo, la enfermedad y la muerte. Estos son los hilos con los que Proust teje un tiempo de silencios, de incubaci&oacute;n de lo incierto, tiempo de esa insidiosa intranquilidad del que ama, de esas dudas que son eternas. Al respecto, escribe Proust en <em>La tempestad sobre el mar<\/em>: &ldquo;no es preciso ser dos, basta estar solo en una habitaci&oacute;n, pensando para que se produzcan nuevas traiciones de nuestra amada, aunque est&eacute; muerta&rdquo;.<\/p>\n<p>Un fantasma se repite una y otra vez en la obra de Proust, el fantasma de la infidelidad homosexual. As&iacute; lo expresa el protagonista de <em>Albertine desaparecida<\/em> cuando se&ntilde;ala, por ejemplo, que cuando &eacute;l pensaba en Albertine era pensar en lo que hac&iacute;a, d&oacute;nde lo hac&iacute;a, lo que hac&iacute;a con otras mujeres, lo que le interesa era saber del goce de Albertine, lo que gozaba con otras mujeres. Se trata del anhelo siempre presente de saberlo todo de la pareja, saber incluso aquello de lo que no se quiere saber: esa pulsi&oacute;n de saber es la fuente del odio. El protagonista revela el desgarre que se experimenta ante este saber que no puede ser dicho. El autor hace decir al protagonista ante la partida de Albertine: &ldquo;si bien en aquellos momentos lamentaba que no volver&iacute;a a verla, esa pena llevaba la marca de mis celos&rdquo;. Lo que lamentaba de los momentos en que la amaba era no poder decirle que lo sab&iacute;a todo. Eso era tanto como apresurar su partida. &iquest;De qu&eacute; sab&iacute;a todo? No simplemente que ella le era infiel, m&aacute;s a&uacute;n, sab&iacute;a de la existencia de ese goce femenino al que s&oacute;lo le era factible acceder por las v&iacute;as del saber. Lo que lacera al celoso, es que sabe de ese otro goce, y no se goza con &eacute;l. El hombre celoso sabe de la existencia de ese otro goce, pero al mismo tiempo no sabe c&oacute;mo se goza m&aacute;s all&aacute; del goce f&aacute;lico. S&oacute;lo queda suponerlo.<\/p>\n<p>Resulta muy interesante que el goce de Albertina sea expresado como un goce homosexual entre mujeres. El enigma que persigue el que cela es develar el misterio sobre &iquest;c&oacute;mo goza una mujer? (y m&aacute;s a&uacute;n, entre mujeres); lo que incita al protagonista es saber c&oacute;mo goza Albertine, lo que incita al celoso es saber c&oacute;mo goza el otro. Se le supone al otro un goce desmedido del que se le ha despojado, un goce que vive la pareja o el rival y del que queda excluido. Por ello el celoso, interroga, quiere saberlo todo sobre el goce del otro; esp&iacute;a, quiere verlo todo sobre ese goce del que se supone excluido.<\/p>\n<p>Para el aquejado de celos todo es un dato que constata la existencia de ese goce otro, que lo excluye. As&iacute; los celos se hacen un guion comprensible que se caracteriza por rechazar lo que se sabe, a partir de que los datos (aun los imaginarios) son tomados como &iacute;ndices de una verdad que puede probarse. La fuente del sufrimiento del que cela es una pasi&oacute;n dentro de las tres que son del ser. Lacan nos habla de tres pasiones del ser, las tres se coagulan en el celoso: el amor, el odio y la ignorancia. La cuesti&oacute;n no es amar, no es odiar incluso, es no saber sobre el goce del otro, qu&eacute; hace con el rival que no hace con &eacute;l mismo. Por eso el celoso se ve comprometido en sus afectos por una obstinada b&uacute;squeda de saber que embarga todo su ser. Al celoso lo mueve el af&aacute;n de ver todo, de saber todo, sigue pistas, explora indicios pero, parad&oacute;jicamente, parece que lo que busca es dejar velada la verdad de su b&uacute;squeda. Los celos son un duelo que se posterga.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Los pesares de mis celos retrospectivos proced&iacute;an del mismo error de &oacute;ptica que en los dem&aacute;s hombres. Marcel Proust &nbsp; Con motivo de la conmemoraci&oacute;n de los 150 a&ntilde;os del nacimiento del escritor franc&eacute;s Marcel Proust (10 de julio de 1871), autor de la extraordinaria novela En busca del tiempo perdido, rescatamos este texto, con [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":100,"featured_media":572,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[21],"tags":[],"class_list":["post-571","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-kaos"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/571","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/users\/100"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=571"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/571\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/media\/572"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=571"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=571"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/archivo.e-consulta.com\/blogs\/nuevoconsultario\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=571"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}